Capítulo 23 — El director del hotel #2
Tampoco podía llevársela hacia una zona técnica donde quizá estuviera ocurriendo algo que comprometiera exactamente su investigación.
Ravel había dejado al segundo gendarme, Morel, en el vestíbulo.
—Morel.
El hombre apareció.
—Sí.
—Con madame Darcourt.
Hélène sonrió.
—Qué honor.
—No sale de este salón.
—Eso sonó a orden.
—Lo era.
Delacroix fue con Lenoir.
Avanzaron por el corredor de servicio.
La sala del generador estaba dos niveles por debajo de la cocina, conectada con una escalera estrecha que André había mostrado el primer día como una dependencia que casi nunca utilizarían.
Naturalmente.
El hotel parecía vengarse de cada frase semejante.
Al bajar escucharon voces.
Ravel.
Rémi.
Bien.
Delacroix aceleró.
Entró.
Ravel estaba junto al cuadro principal.
Rémi examinaba una caja de contactos.
Bernier sostenía una lámpara.
—André —dijo Delacroix.
Los tres levantaron la vista.
Silencio.
—¿Qué?
Ravel miró alrededor.
—Estaba aquí.
Delacroix sintió el frío.
—¿Dónde?
—Fue a comprobar el bypass manual.
—Solo.
—A diez metros.
—¿Dónde?
Rémi señaló una puerta lateral.
—Cuarto del regulador.
Delacroix ya caminaba.
—Monsieur Delacroix —dijo Ravel.
—Ahora.
Abrió.
Vacío.
Pequeña dependencia.
Tubos.
Un cuadro.
Llaves colgando.
Una puerta al fondo.
Abierta.
—¿Dónde lleva?
Rémi palideció.
—Galería de mantenimiento.
Delacroix lo miró.
—Y.
—Montacargas inferior. Depósitos. Otra escalera a cocina.
Ravel juró.
—Cottin.
Nada.
Delacroix salió hacia la galería.
No corría.
Esta vez sí.
La diferencia dejó de importarle.
—¡André!
Eco.
Un ruido metálico.
A la derecha.
Siguieron.
La galería era estrecha, baja, iluminada por bombillas protegidas con rejilla. Había conducciones a ambos lados y el suelo conservaba aquel residuo oscuro de grasa y polvo de servicio que Delacroix había visto en su habitación días atrás.
Llegaron a una bifurcación.
—¿Cuál? —preguntó Ravel.
Rémi escuchó.
—Montacargas.
Fueron.
La puerta estaba cerrada.
Delacroix la abrió.
Nada.
El montacargas no estaba en ese nivel.
El hueco descendía.
—André.
Un golpe.
Esta vez detrás.
Delacroix se volvió.
No venía del montacargas.
Una dependencia lateral.
Ravel abrió de una patada.
André estaba en el suelo.
Vivo.
Eso fue lo primero.
Después Delacroix vio la sangre.
El director estaba apoyado contra una tubería, una mano en el abdomen y otra intentando agarrarse al suelo. Había una herida en el cuero cabelludo y el traje estaba desgarrado en el hombro.
—Lenoir.
El médico entró.
—Atrás.
Se arrodilló.
André intentó hablar.
—No.
Delacroix se acercó.
—No hables.
—La...
Lenoir abrió la chaqueta.
Su expresión cambió.
—Herida abdominal. Estrecha. Profunda.
—¿Arma?
—Algo punzante. No puedo decir más todavía.
André respiró con dificultad. Tenía una contusión reciente en la sien y el hombro del traje desgarrado, como si hubiera intentado apartarse de algo demasiado tarde.
El cuarto mostraba la violencia de ese movimiento: una silla volcada, una caja desplazada, un manojo de papeles en el suelo y una lámpara rota junto a la pared.
Nada obligaba todavía a imaginar una pelea entre dos personas.
Podía haber forcejeado con alguien, pero también podía haber caído intentando escapar de un ataque ya iniciado.
Junto al cuadro, Delacroix vio un pequeño gancho metálico fuera de sitio y un hilo negro muy fino roto cerca de una tubería. No lo tocó. Lo registró únicamente porque en aquel hotel los objetos insignificantes habían adquirido la costumbre de volverse importantes después.
—¿Quién? —preguntó Ravel.
André abrió los ojos.
Delacroix se inclinó.
—No fuerces.
—La...
Otra vez.
—¿Qué?
—Visita.
El director tragó sangre.
No mucha.
Suficiente.
—Once...
Delacroix sintió la fecha.
Once de enero.
—Sí.
André buscó la chaqueta de Delacroix con la mano.
—La nota.
—La tengo.
—No...
Tosió.
Lenoir presionó.
—No hable.
André negó.
—No... basta.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Qué falta?
El director intentó respirar.
—Registro.
—¿Qué registro?
—Visita.
—El libro.
André asintió apenas.
—Página...
Lenoir lo miró.
—Está perdiendo mucha sangre.
Ravel habló:
—¿Quién le hizo esto?
André cerró los ojos.
No contestó.
Delacroix sintió pánico.
No por perder una pista.
Por perder a otro hombre.
—André.
El director abrió los ojos otra vez.
—No era...
La voz se perdió.
—No era quién.
André movió los labios.
Delacroix acercó el oído.
—...segunda...
—¿Qué?
—Primera...
Después el cuerpo perdió tensión.
Lenoir se inclinó de inmediato.
—No.
Trabajó.
Presión.
Pulso.
Respiración.
Delacroix permaneció junto a ellos durante lo que le pareció demasiado y probablemente fueron segundos.
El doctor levantó la vista.
No tuvo que decirlo.
André Cottin estaba muerto.
Delacroix cerró los ojos.
Había prometido que no habría otro.
No a André.
A sí mismo.
A todos.
Otra promesa sin valor.
Ravel se puso de pie.
Su rostro había cambiado.
Ya no era el hombre recién llegado que toleraba la experiencia de un detective civil porque el caso resultaba extraño. Había perdido a una persona bajo protección policial.
—Nadie sale.
Delacroix abrió los ojos.
—Hélène.
Ravel lo miró.
—Está con Morel.
—Compruébelo.
Bernier corrió.
Rémi estaba blanco.
—La dejé...
Delacroix se volvió.
—A quién.
—A André. Dijo que iba al regulador. Yo estaba mirando el contacto con Ravel.
—¿Cuánto?
—Dos minutos.
Otra vez.
Siempre parecía poco.
Dos minutos eran suficientes para demasiadas cosas.
—¿Quién sabía que veniríamos al generador?
—Todos los que vieron parpadear las luces —dijo Ravel.
—¿Quién sabía que André iría al regulador?
Rémi pensó.
—Alguien que conozca el sistema.
—Tú.
—Sí.
—André.
—Sí.
—Quien hubiera visitado esta zona.
Rémi cerró los ojos.
—Sí.
Delacroix sintió que Hélène volvía sin necesidad de nombrarla.
Primera visita.
Segunda visita.
Mireille.
Veyrac.
Pero Mireille estaba abajo.
Veyrac muerto.
Quedaban menos.
Bernier regresó.
—Madame Darcourt está en el salón con Morel. No se ha movido.
Ravel miró el reloj.
—¿Desde cuándo?
—Desde que monsieur Delacroix salió.
—Todo el tiempo.
—Sí.
Delacroix sintió el golpe.
Hélène tenía coartada desde el momento en que él y Lenoir abandonaron el salón.
Pero André ya había salido antes.
¿Cuándo ocurrió el ataque?
—Lenoir.
El médico estaba todavía junto al cuerpo.
—¿Qué?
—Tiempo desde la herida.
—Minutos.
—¿Cuántos?
Lenoir miró con irritación.
Delacroix corrigió.
—Compatible con que ocurriera antes de que yo saliera del salón.
El doctor pensó.
—Sí.
—Cinco minutos antes.
—Sí.
—Diez.
—Posible.
Delacroix recordó la secuencia.
Ravel, Rémi, André y Bernier habían salido juntos.
Él permaneció con Hélène y Lenoir.
Pasaron quizá cuatro minutos antes del nuevo apagón.
Luego Delacroix esperó.
Después salió.
Hélène podía haber atacado a André antes de que él partiera al generador únicamente si ya estaba aquí.
No.
Ella había permanecido en el salón al inicio.
Ravel la había visto cuando salieron.
Entonces no.
A menos que el ataque ocurriera después y Morel mintiera.
O Hélène se hubiera movido antes de que Morel quedara asignado.
La cronología debía reconstruirse.
No ahora.
Primero escena.
—Papeles —dijo Delacroix.
Ravel siguió su mirada.
Varias hojas habían caído junto a la caja desplazada. Entre ellas había un fragmento de papel más grueso atrapado bajo una esquina de madera.
Delacroix se agachó sin tocarlo.
Se veía una fecha parcial:
... janvier 1930
Ravel se acercó.
—No lo mueva.
—No pensaba.
El brigadier llamó a Bernier y dejó constancia de la posición.
Delacroix observó el corte del papel. No parecía una hoja arrancada allí a toda prisa: uno de los bordes era viejo y recto; el otro, reciente e irregular, como si un documento ya separado se hubiera roto durante la caída.
André había intentado decir registro. Visita. Página.
Eso no demostraba que otra persona hubiese venido a destruir nada. Podía significar algo más simple: André había llevado consigo parte del registro precisamente porque acababa de comprender que importaba.
—Quiero revisar sus bolsillos antes de que traslademos el cuerpo —dijo Delacroix.
Lenoir asintió.
En el bolsillo interior de la chaqueta encontraron otra porción de la misma hoja, doblada dos veces y manchada en un extremo. Los bordes coincidían con el fragmento atrapado bajo la caja.
Ravel exhaló.
—La trajo él.
—Eso parece.
Delacroix sintió una incomodidad distinta. André había escrito dos copias de su recuerdo y, además, se había llevado la página que podía respaldarlo. No confiaba ya en que una sola forma de conservar una verdad fuera suficiente.
—No murió porque alguien viniera a buscar el registro —dijo Ravel.
—No podemos afirmarlo. Pero tampoco necesitamos inventar una segunda persona en este cuarto para explicar por qué el papel está aquí.
La diferencia importaba.
Delacroix llevó la mano al bolsillo.
Esta vez no importaba que alguien lo viera.
Hélène no estaba.
Sacó el sobre.
Ravel hizo lo mismo con su copia.
—Ahora —dijo.
Delacroix abrió.
Una hoja.
La letra de André.
Leyó.
Durante la primera visita de madame Darcourt, el 4 de enero, le expliqué que la puerta lateral del regulador no cerraba bien si el pasador interior quedaba levantado.
Se lo señalé porque se quedó sola unos minutos mientras fui a buscar una llave.
Le dije que nadie más lo sabía salvo Rémi y yo y que debía cerrarla empujando dos veces.
Delacroix sintió cómo la galería se estrechaba.
Continuó.
El 11 de enero, la persona que se presentó como madame Darcourt abrió esa misma puerta desde el corredor sin pedirme llave y después la cerró correctamente, con el doble empujón.
En ese momento no me llamó la atención porque creía que era ella.
Hoy comprendí que, si la segunda visitante no era madame Darcourt, debía conocer un detalle que yo solo había explicado a la verdadera madame Darcourt durante la primera visita. No sé qué conclusión sacar.
Silencio.
Ravel leyó su copia.
Rémi cerró los ojos.
Delacroix permaneció quieto.
Eso cambiaba mucho.
La segunda visitante sabía un detalle que André afirmaba haber explicado únicamente a Hélène, además de Rémi y él mismo.
Posibilidades.