Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 23 — El director del hotel
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Capítulo 23 — El director del hotel

Armand Delacroix no abrió la nota de André Cottin durante los siguientes cuarenta y tres minutos.

Lo supo porque miró el reloj más veces de las necesarias.

No era curiosidad lo que le costaba dominar, o no únicamente.

Después de cinco asesinatos, una hoja doblada podía contener una diferencia entre vivir y morir, y la parte más razonable de su mente insistía en que resultaba absurdo retrasar una información potencialmente decisiva cuando ya había gendarmes en el hotel y la evacuación estaba a punto de comenzar.

La otra parte, la que había aprendido a fuerza de cadáveres, entendía que saber algo también modificaba la conducta.

Una mirada más larga hacia Hélène, una pregunta evitada, un cambio en la distribución de los gendarmes podía revelar exactamente cuánto había escrito André.

Así que Delacroix mantuvo la nota cerrada dentro del bolsillo interior de su chaqueta y se obligó a ocuparse de la evacuación.

Thérèse sería la siguiente en bajar.

Ravel había decidido mantener a Hélène en el Grand Hôtel des Cimes hasta poder verificar su declaración sobre Lyon y aclarar la visita del once de enero.

Rémi también debía quedarse, porque todavía era necesario para operar la estación superior.

André permanecería hasta que la mayor parte de los huéspedes hubiera descendido y los cuerpos pudieran empezar a trasladarse.

Delacroix no tenía intención de marcharse antes que ninguno de ellos.

El plan era sencillo.

Eso ya le parecía sospechoso.

—La cabina vuelve en veinte minutos —dijo Rémi desde el acceso a la estación.

Tenía el rostro cansado, pero la llegada de los técnicos de abajo le había devuelto algo que Delacroix no le había visto desde la muerte de Géraud: la posibilidad de confiar nuevamente en una máquina.

—¿Todo correcto? —preguntó Ravel.

—Hasta ahora.

—No me gusta ese añadido.

Rémi lo miró.

—Entonces eligió mal la profesión para subir una montaña.

Ravel soltó aire.

—Estoy empezando a echar de menos a los delincuentes de valle.

Mireille había enviado desde abajo una segunda nota con el técnico recién llegado. Estaba a salvo, había prestado declaración inicial y esperaba a Thérèse. También había conseguido añadir una posdata:

Dígale a Armand que si deja morir a alguien más antes de bajar pienso considerarlo negligencia profesional.

Delacroix había guardado el papel.

Hélène lo leyó por encima de su hombro.

—Eso ha sido cariñoso.

—Para Mireille, sí.

Thérèse sonrió por primera vez en bastante rato.

Estaba vestida para bajar, con un abrigo grueso y una única maleta pequeña. Había insistido en dejar casi todo lo demás arriba.

—Si salgo de aquí —dijo—, no pienso preocuparme por vestidos.

—Eso sí es una experiencia transformadora —respondió Hélène.

—No abuses.

La normalidad de aquella conversación habría resultado imposible un día antes. Ahora funcionaba precisamente porque todos sabían que podía durar poco. El exterior había vuelto a existir, y cada minuto que los acercaba a él disminuía la autoridad del hotel sobre sus nervios.

André entró desde administración con un manojo de papeles.

Delacroix lo observó de inmediato.

El director llevaba un gendarme detrás.

Bien.

No se había separado.

—He preparado inventario de los cuerpos y pertenencias —dijo André—. También las llaves que deberán quedar bajo custodia.

Ravel extendió la mano.

—Démelas.

André depositó sobre la mesa varios llaveros.

No todos.

Delacroix lo vio.

—Faltan.

André asintió.

—Las técnicas. Sala de máquinas, generador, calderas, montacargas, estación y depósitos. Las necesitarán mientras el hotel siga funcionando.

—¿Quién las lleva?

—Yo.

Rémi levantó una mano.

—Tengo copia de algunas.

Delacroix sintió una incomodidad pequeña, todavía sin forma.

—No vas a ningún sitio técnico solo.

André lo miró con cansancio.

—Monsieur Delacroix, llevo veintitrés años caminando solo por este hotel.

—Y durante veintidós años y trescientos sesenta días no había un asesino dentro.

Hélène levantó una ceja.

—Eso ha sido estadísticamente innecesario.

—Pero efectivo.

André guardó el llavero.

—No iré solo.

Delacroix asintió.

La nota permanecía contra su pecho.

La segunda persona sabía algo del hotel que yo solo había dicho a una persona durante la primera visita.

A una persona.

Durante la primera visita.

Hélène había realizado una visita real el cuatro de enero. Si André se refería a ella, la declaración podía convertir la segunda visita en algo mucho más difícil de explicar como suplantación. Si se refería a Mireille en diciembre, el dibujo cambiaba. Quizá incluso señalara a Veyrac.

No abrir.

Todavía.

La campanilla de la estación sonó.

Rémi giró.

—Cabina.

Ravel fue con él.

Un segundo gendarme también.

Delacroix permaneció en el salón con Hélène, Thérèse, André, Fournier y el doctor Lenoir.

Minutos después, el zumbido del funicular atravesó el edificio.

Thérèse se puso de pie.

Hélène también.

—No hace falta que vengas —dijo Thérèse.

—Lo sé.

—Entonces vienes.

—Naturalmente.

Delacroix casi sonrió.

Fueron todos hasta la estación.

La cabina ascendía vacía desde el punto de transferencia. Cuando entró, Rémi inspeccionó frenos, cable, puertas y el pequeño panel interior antes de permitir que nadie se acercara.

—Bien.

Thérèse respiró.

Fournier le indicó que subiera.

Hélène la abrazó.

No fue un abrazo breve.

Delacroix observó sin querer.

Dos mujeres que habían compartido once años de amistad, secretos y silencios alrededor de una muerta.

Si Hélène era culpable, aquello también debía formar parte de su vida: abrazar a personas a las que había mentido durante más de una década y hacerlo sin que el cuerpo la traicionara.

Pensar así era peligroso porque convertía cualquier gesto en evidencia retrospectiva.

Delacroix se obligó a recordar que la inocencia también podía abrazar con la misma fuerza.

Thérèse se separó.

—Baja.

Hélène sonrió.

—Pienso hacerlo.

—Viva.

La sonrisa perdió algo.

—Sí.

Thérèse miró a Delacroix.

—Y tú.

—Intentaré no decepcionar a Mireille.

—Haz más esfuerzo que eso.

Subió.

Fournier iría con ella.

Rémi cerró.

La cabina comenzó a descender.

Delacroix vio desaparecer a Thérèse detrás del cristal y pensó que el hotel volvía a reducirse, pero de una forma distinta. Durante días cada ausencia había sido una mutilación. Ahora cada persona que bajaba viva era una derrota para quien hubiera construido aquella prisión.

Eso podía ser precisamente lo que volviera peligroso el tiempo restante.

—¿Cuánto hasta que llegue abajo? —preguntó.

—Cincuenta minutos aproximadamente —respondió Rémi.

—Y regreso.

—Otro tanto.

Ravel consultó el reloj.

—Entonces en dos horas podemos bajar a otra persona.

Hélène miró a Delacroix.

—¿Quién?

—Tú no.

—Lo sé.

—André quizá.

El director levantó la cabeza.

—Yo debería quedar hasta el final.

—No.

—Es mi hotel.

—Ése es exactamente el tipo de frase que consigue que la gente muera aquí.

André apretó los labios.

No discutió.

Regresaron.

Apenas quince minutos después, las luces del salón bajaron de intensidad.

Una vez.

Después otra.

Delacroix levantó la cabeza.

Rémi se volvió hacia el techo.

—No me gusta.

Hélène dejó el libro.

—¿Qué?

—La tensión.

La luz recuperó fuerza.

Ravel lo miró.

—¿Generador?

—Todavía estamos con línea principal.

—Entonces.

Rémi escuchó.

No había nada que escuchar.

Después la iluminación volvió a caer.

Esta vez durante casi dos segundos.

André se puso de pie.

Delacroix levantó una mano.

—No.

—Si perdemos alimentación mientras la cabina está bajando...

Rémi ya estaba pensando lo mismo.

—El funicular tiene freno automático y auxiliar.

—Pero.

—No debería pasar nada.

—Debería —repitió Delacroix.

Rémi lo miró.

—Necesito revisar distribución.

—Con Ravel.

El brigadier asintió.

—Vamos.

André tomó sus llaves.

—Yo también.

Delacroix negó.

—Tú te quedas.

—La distribución del hotel no es la del funicular. Hay un enlace en la sala del generador que Rémi no utiliza habitualmente.

Rémi pensó.

—Tiene razón.

Delacroix sintió el mecanismo.

Una dependencia técnica.

Una necesidad concreta del director.

Exactamente su debilidad.

André era incapaz de ignorar un fallo del hotel del mismo modo que Géraud no podía ignorar una avería.

—Entonces vamos todos.

Ravel lo miró.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no voy a trasladar a cinco personas por dependencias técnicas cada vez que una bombilla parpadee.

—Cinco personas precisamente son más difíciles de matar.

Hélène habló:

—También más fáciles de distraer.

Delacroix la miró.

Correcto.

Ravel decidió.

—Yo, Cottin y Colas. Fournier está abajo. Lenoir se queda con Darcourt y Delacroix.

Delacroix no estaba satisfecho.

—Uno de sus hombres del segundo grupo.

Había dos gendarmes más en el hotel.

Ravel señaló a uno.

—Bernier con nosotros.

Cuatro personas.

Mejor.

André tomó el llavero.

—Cinco minutos.

Delacroix lo miró.

El director cerró los ojos.

—No debería haber dicho eso.

—No.

Se fueron.

Hélène observó la puerta.

—Estás preocupado por André.

—Por todos.

—No así.

Delacroix la miró.

La misma frase que Thérèse le había dicho sobre Hélène.

—Ha recordado algo.

Ella no fingió ignorancia.

—Lo sé.

—No sabes qué.

—No.

—Y no vas a saberlo.

—Hasta que abras la nota.

Delacroix no reaccionó.

Hélène sonrió apenas.

—Está en tu chaqueta.

—Podría estar en otro sitio.

—Has tocado el bolsillo cuatro veces desde que la escribió.

Delacroix bajó la vista hacia su mano.

No estaba sobre el bolsillo.

Pero lo había hecho.

Mal.

—Gracias.

—De nada.

—Deja de observarme.

—Imposible.

—Eso sí te sale natural.

La luz volvió a caer.

Esta vez se apagó.

Solo un segundo.

Regresó.

El doctor Lenoir se puso de pie.

—No me gusta.

—Empieza a haber consenso —dijo Hélène.

Delacroix miró hacia el corredor técnico.

Pasaron tres minutos.

Cuatro.

La luz permanecía estable.

—Voy —dijo.

Hélène levantó una mano.

—No.

Delacroix la miró.

—Están cuatro.

—Precisamente.

—¿Qué?

—Si algo estuviera mal, alguno habría vuelto.

—O no.

El médico tomó su maletín.

—Yo voy con usted.

Delacroix pensó.

No quería dejar a Hélène sola.