Capítulo 22 — Los que prepararon el hotel #4
La frase sorprendió. André señaló a Hélène. No directamente. Al grupo.
—Ella... quien sea... os verá.
Silencio. El director había aprendido. Delacroix sintió respeto.
—¿Cuándo?
—Cuando estemos todos abajo o cuando estemos separados por gendarmes suficientes.
Ravel pensó.
—Acepto.
Delacroix también.
—Bien.
Hélène sonrió.
—Muy bien, André.
El director la miró.
No pudo evitarlo.
Había miedo.
Claro.
Delacroix lo vio.
Hélène también.
La expresión de ella no cambió.
A mediodía llegaron dos gendarmes más.
Eso debería haber terminado el peligro.
No lo hizo.
Pero cambió otra vez la distribución.
Ravel asignó uno a Hélène.
Otro a André.
Fournier con Thérèse.
Rémi permanecía junto a un técnico recién llegado de abajo.
Delacroix podía moverse.
Por primera vez desde hacía días, las personas no dependían unas de otras para protección.
Eso produjo una sensación extraña.
El círculo estaba muriendo.
No por asesinato.
Por llegada del exterior.
Almorzaron.
André apenas comió.
Hélène sí.
Delacroix observó.
Ella lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Ya no te creo nunca.
—Eso facilita.
—Para quién.
—Para mí.
Hélène sonrió.
—No estés tan seguro.
Después de comer, Ravel comenzó a organizar evacuación. Primero Thérèse. Después André o Rémi según necesidad técnica. Hélène permanecería arriba. Ravel lo dijo sin rodeos. Ella asintió.
—Naturalmente.
Delacroix la miró. No protesta. Otra vez.
—Yo también me quedo —dijo.
Ravel frunció el ceño.
—No hace falta.
—Sí.
—Tenemos gendarmes.
—Y yo tengo una investigación.
—La gendarmería también.
—La mía empezó antes.
Ravel soltó aire.
—Empiezo a lamentar haber subido.
—Todavía puede bajar.
Hélène sonrió. Ravel la miró.
—Usted tampoco ayuda.
—Eso me dicen.
André se levantó para ir a recepción. Un gendarme lo acompañó. Delacroix sintió la hoja dentro de la chaqueta. Sin leer. Aquello era insoportable. Y correcto.
Si André había recordado algo capaz de confirmar la segunda visita, leerlo podía cambiar la manera en que Delacroix mirara a Hélène.
Ella lo detectaría.
Una investigación podía filtrarse por los ojos.
Lo habían aprendido demasiado tarde.
Delacroix fue hacia la ventana.
El funicular se movía.
Abajo, la cabina inferior esperaba.
La superior empezaría otra evacuación en una hora.
Hélène se acercó.
Un gendarme quedó a tres pasos.
—¿Qué crees que escribió André?
Delacroix no respondió.
—No tienes que contestar.
—Entonces por qué preguntas.
—Quiero ver si miras hacia mí.
Delacroix sonrió apenas.
—Eso ha sido infantil.
—Funciona.
—No.
—Has mirado.
—Porque estabas hablando.
Hélène observó la montaña.
—Si escribió algo que me incrimina, quiero saberlo antes de que bajemos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si eres inocente, no puedes hacer nada con esa información.
—Y si soy culpable.
Delacroix se volvió.
—Entonces tampoco.
Hélène sostuvo su mirada. Durante unos segundos desapareció todo lo demás. Gendarmes. Hotel. Ruido. La montaña.
—Empiezas a acercarte —dijo ella.
Delacroix sintió la frase.
—A qué.
—A creerlo.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
Hélène respiró.
—Bien.
Delacroix sintió irritación.
—Otra vez.
—¿Qué quieres que diga?
—Que no.
—Ya lo he dicho cinco veces.
—Seis.
Ella sonrió.
—Ves. Llevas la cuenta.
—De todo.
—Eso puede ser peligroso.
—Para ti.
La sonrisa desapareció. Hélène miró hacia la estación.
—Entonces procura llegar al final.
—Pienso hacerlo.
Ella se alejó.
Delacroix se quedó mirando la nieve.
Detrás, André hablaba con el gendarme.
Rémi revisaba señal.
Thérèse preparaba una maleta pequeña.
El doctor Lenoir ordenaba trasladar primero a Côme.
El hotel empezaba a vaciarse.
Otra vez.
Pero ahora de vivos.
El mundo se ensanchaba al mismo tiempo que el círculo de sospechosos se estrechaba.
Y dentro de la chaqueta de Delacroix había una hoja que quizá podía cambiarlo todo.
No la abrió. Aún.
Porque había aprendido que la verdad no solo podía ser peligrosa por lo que decía.
También por el momento en que alguien descubría que ya la sabías.
A las cuatro menos diez, André Cottin pasó junto a Delacroix camino de administración.
Iba acompañado. Se detuvo.
—Monsieur.
—¿Qué?
André miró hacia Hélène. No. Se corrigió. Miró a Delacroix.
—Cuando lea eso, recuerde una cosa.
Delacroix sintió el peligro.
—No añadas.
—No es contenido.
—Entonces.
El director bajó la voz.
—La segunda persona sabía algo del hotel que yo solo había dicho a una persona durante la primera visita.
Delacroix se quedó quieto.
—A quién.
André negó.
—Está escrito.
—André.
—Está escrito.
El gendarme lo tocó suavemente en el brazo. Debían seguir. André se alejó.
Delacroix sintió la hoja como una quemadura contra el pecho.
Una persona.
Durante la primera visita.
Si era Hélène...
No.
No leería.
Todavía.
Se obligó.
Hélène estaba al otro lado del salón.
No podía haber oído.
Pero miraba.
Delacroix sonrió.
No por humor.
Por primera vez podía devolverle algo.
Una página cerrada.
Una página que Hélène no podía leer.
Ella levantó una ceja.
Delacroix no apartó los ojos.
Y comprendió que, por primera vez desde que empezó el fin de semana, no era el único que sabía exactamente cuánto podía importar una página que aún permanecía cerrada.