Capítulo 22 — Los que prepararon el hotel #3
—Entonces quería reproducir una página.
Delacroix sintió el título. La última página. Una falsificación dentro del juego. O una reconstrucción.
—¿Dónde está esa tinta?
André pensó.
—Sala de preparación.
—La revisamos.
—Puede haberse agotado.
—O desaparecido.
Otra cosa. Delacroix anotó. Marcos pequeños. La tarjeta de 318 estaba en uno.
—Factura.
André mostró. Seis marcos. Mireille había utilizado cuatro.
—Quedan dos.
Uno estaba en 318. Otro. ¿Dónde? No lo sabían. Preparación. Herramientas disponibles antes del viernes.
El asesino no había tenido que crear todo bajo vigilancia.
Había subido a un hotel lleno de recursos dejados por Veyrac y Mireille.
O había estado allí antes.
El 11 de enero se volvía cada vez más importante.
—Hay cartas —dijo Fournier.
Una carpeta.
Correspondencia entre Veyrac y André.
Delacroix abrió.
La mayoría banal.
Comida.
Habitaciones.
Personal.
Calefacción.
Una del 7 de enero.
«Cher Cottin:
Hélène volverá probablemente la próxima semana para comprobar un par de detalles que prefiere mantener fuera de mi alcance hasta la partida. Déjela hacer. Cuando se trata de misterio, los novelistas se vuelven insoportablemente territoriales.»
Delacroix se quedó inmóvil. Ravel lo vio.
—Entonces Veyrac esperaba una segunda visita.
Hélène se acercó.
—No.
Delacroix le entregó la carta. Ella leyó. Su cara cambió. No miedo. Confusión real o perfecta.
—Yo no acordé esto.
—Édouard creía que sí.
—O alguien le dijo que volvería.
—¿Quién?
Hélène leyó de nuevo. No había explicación.
—No sé.
Ravel tomó la carta.
—Eso elimina la hipótesis de una suplantación completamente inesperada. Veyrac avisó al hotel.
Delacroix sintió la importancia.
Quien apareciera el 11 ya tenía el terreno preparado.
André esperaba a Hélène. Por eso no necesitaba verla bien. La expectativa estaba construida antes.
—¿Quién pudo hacer que Veyrac creyera que Hélène volvería? —preguntó.
Silencio.
Hélène habló:
—Yo.
Ravel la miró.
—Pero dice que no.
—Podría haberlo dicho y olvidado.
Delacroix la observó.
—¿Qué?
—No voy a inventar certeza. Quizá durante la primera visita dije que podría regresar.
—Eso cambia.
—Sí.
—Pero el once estabas en Lyon.
—Sí.
—Entonces alguien aprovechó una visita posible.
—Sí.
Ravel frunció el ceño.
—Esto empieza a depender de demasiadas casualidades.
Delacroix negó.
—No. De planificación.
Hélène miró la carta.
—Alguien sabía que Édouard había avisado.
—¿Cómo?
—Leyendo correspondencia.
—¿Quién tenía acceso?
Veyrac.
Hélène.
Mireille.
Quizá cualquiera que entrara en su habitación.
Otra vez.
Demasiado.
Delacroix siguió leyendo.
Otra carta.
9 de enero.
Más corta.
«La visita de H.D. queda confirmada para el sábado. No hace falta avisar a Rémi. Bastará con que usted le facilite las llaves. Me interesa especialmente que pueda revisar llamadas y circulación de servicio sin interrupciones.»
Delacroix sintió cómo se cerraba algo.
—Confirmada.
Hélène se quedó quieta.
—Yo no la confirmé.
—Alguien lo hizo.
—¿Cómo?
No decía. Quizá carta anterior perdida. Telegrama. Llamada. Delacroix buscó. André pensó.
—Hubo telegrama.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
El director se levantó.
—Creo que lo conservé.
Fue hacia administración. Fournier se levantó. Delacroix también.
—Todos.
André lo miró.
—Está a diez metros.
—Todos.
Ravel sonrió apenas.
La regla seguía viva.
Fueron.
André abrió un cajón.
Papeles.
Recibos.
Telegramas.
Encontró uno.
Fecha 8 de enero.
Dirigido a Édouard Veyrac, Grand Hôtel des Cimes, reenviado a París.
Texto:
VOLVERÉ SÁBADO 11. NECESITO REVISAR SERVICIO Y DOS HABITACIONES SIN MIREILLE. NO LE DIGAS NADA. H.
Silencio. Hélène lo leyó desde donde estaba.
—No es mío.
Ravel lo tomó.
—Firma H.
—Cualquiera puede firmar H.
—¿Quién sabía dónde enviar?
—Mucha gente.
Delacroix miró el papel. Telegrama enviado desde París. Eso podía investigarse abajo. No ahora. Pero existía.
Una persona había creado la expectativa de la segunda visita antes de llegar.
Si era Hélène, preparación directa.
Si no, alguien había construido una suplantación con días de anticipación.
La pregunta era cuál exigía menos. Delacroix sintió la respuesta incómoda. Hélène. Pero no bastaba. Todavía no.
—Dos habitaciones —dijo.
André miró sus notas.
—318 y 206.
Otra vez. La frase enmarcada. La habitación de Amaury. No era una visita general.
Quien vino había seleccionado espacios concretos que después serían utilizados para presionar o engañar.
—¿Qué hizo en 206?
André pensó.
—No lo sé.
—Entró.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Poco.
—Algo se dejó allí.
—No vi.
—Y 318.
—Más tiempo.
Delacroix observó a Hélène. Ella no apartó la mirada.
—Si esto es una incriminación —dijo Ravel— es extraordinariamente elaborada.
—Sí —respondió Delacroix.
—Si no lo es.
—También.
Ravel cerró el telegrama dentro de una funda improvisada.
—Para mí ya tenemos causa para retener a madame Darcourt.
Hélène no reaccionó. Delacroix sí.
—Todavía no.
Ravel se volvió.
—Monsieur Delacroix.
—Retener sí. Acusar no.
—No he dicho acusar.
—Bien.
—Entonces coincidimos.
Hélène sonrió apenas.
—Qué reconfortante.
Delacroix la miró.
—No saldrás sola.
—Ya no lo hacía.
—Fournier estará contigo cuando yo no.
—Encantador.
Fournier parecía menos encantado.
A media mañana llegó nueva señal desde abajo.
Otro grupo estaba subiendo.
Eso significaba más gendarmes.
Más manos.
Más posibilidad de separar.
El asesino tenía menos margen.
André regresó a sus registros.
Parecía inquieto.
Delacroix lo vio.
—¿Qué?
—Nada.
—No.
El director miró a Hélène. Después apartó la vista. Error. Ella lo vio. Delacroix también.
—André.
—Después.
—Ahora.
El director tragó saliva.
—No estoy seguro.
—Precisamente.
—Hay algo de la segunda visita.
Hélène se quedó inmóvil. Delacroix sintió el peligro.
—No aquí.
Ravel lo miró. Hélène también.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Delacroix no respondió.
—André, no hablas con nadie hasta que yo te llame.
El director asintió. Hélène sonrió sin humor.
—Eso ha sido bastante evidente.
—Sí.
—Entonces el asesino también sabe que André ha recordado algo.
Silencio. Delacroix sintió el mismo error de siempre. Había intentado protegerlo. Acababa de señalarlo.
—Fournier —dijo inmediatamente.
El gendarme levantó la cabeza.
—André no queda solo ni un segundo.
—Entendido.
—Ni lavabo.
André pareció ofendido.
—Monsieur.
—Ni un segundo.
Ravel asintió.
—Hágale caso.
Hélène miraba a Delacroix. No dijo nada. Eso era peor. Delacroix se acercó al director.
—¿Qué has recordado?
André negó.
—Dijo no aquí.
—Ahora ya da igual.
Hélène habló:
—No.
Todos la miraron. Ella sostuvo.
—Tiene razón. Si André dice ahora qué ha recordado y eso importa, lo convertimos otra vez en objetivo más específico.
Delacroix sintió rabia.
Porque ella estaba protegiendo al hombre que, si Hélène era culpable, podía comprometerla.
O interpretando el papel perfecto.
—Gracias —dijo André.
Hélène lo miró.
—No me dé las gracias todavía.
Delacroix decidió.
—André lo escribe.
Ravel asintió.
—Dos copias.
—Una conmigo. Una con Ravel.
—Y después André se comporta como si no fuera importante.
El director palideció.
—No soy actor.
Mireille habría sido mejor. No estaba.
—Entonces pareces cansado.
—Eso no será difícil.
Fournier acompañó a André hasta el escritorio.
Todos pudieron verlo escribir.
Una hoja.
Luego otra.
Doblar.
Una para Ravel.
Una para Delacroix.
Hélène observó.
No podía saber contenido.
Delacroix guardó la suya sin abrir.
Ravel hizo lo mismo.
—No la leéis —dijo André.
Delacroix lo miró.
—¿Qué?
—Todavía.
—¿Por qué?
—Porque si la leéis, cambiaréis.