Capítulo 22 — Los que prepararon el hotel #2
Delacroix sintió que la preparación se volvía concreta. Corredores. Montacargas. Dependencias. Entradas. Escaleras.
—¿Se llevó copia?
—No debía.
—Debía.
André cerró los ojos.
—No sé.
Ravel lo miró.
—Monsieur Cottin.
—Pudo copiar.
—¿Cuánto tiempo estuvo solo con ellos?
—Quizá veinte minutos.
Hélène miró hacia Delacroix.
—Entonces alguien preparó mi rastro.
Él no respondió. Siguieron.
El 11 de enero se había probado el cuadro de llamadas.
Eso constaba.
318 — línea correcta.
206 — línea correcta.
Delacroix se quedó quieto.
Amaury.
La habitación desde la que sonó la campana antes de que apareciera el sobre gris.
—André.
—Sí.
—¿Por qué se probó 206?
El director miró la nota.
—No sé.
—¿Quién pidió?
André buscó. No había nombre. Solo una inicial. H.D. Hélène se levantó.
—No.
Ravel la miró.
—Madame.
—No estuve aquí.
Delacroix levantó una mano.
—Siéntate.
Hélène lo miró.
—Armand.
—Siéntate.
Lo hizo. No por obediencia. Porque entendió que cualquier reacción mayor la perjudicaría. Delacroix siguió.
También se probó:
montacargas. campanilla de servicio principal. Se abrió acceso técnico de comedor.
El mismo donde después se había montado el temporizador del apagón de cinco segundos.
Delacroix sintió el dibujo. No un crimen específico. Infraestructura.
Quien vino el 11 recorrió exactamente sistemas que posteriormente serían utilizados.
—Rémi —dijo.
—No estaba ese día.
—¿Quién enseñó estación?
André respondió:
—Yo.
—Sabes suficiente.
—Funcionamiento básico.
Otra vez. Conocimiento superficial.
—La persona que vino preguntó cómo se detenía señal.
André pensó.
—Sí.
—¿Cómo se accionaba cuadro de llamadas?
—Sí.
—¿Cómo se utilizaba montacargas?
—Sí.
—Llaves maestras.
—Sí.
—Pasillos de servicio.
—Sí.
—Ventanas de observatorio.
André levantó la cabeza.
—Sí.
Silencio.
Géraud.
Côme.
Campanas.
Apagones.
Accesos.
Delacroix miró a Hélène.
Ella ya no fingía leer.
—Es perfecto —dijo.
Ravel frunció el ceño.
—¿Qué?
Hélène sonrió sin humor.
—La visita.
—No le parece auténtica.
—Me parece demasiado perfecta.
Delacroix sintió la misma resistencia.
—Explica.
—Quien vino usando mi nombre recorrió exactamente cada mecanismo que después importa. Firmó parecido a mí, pero no igual. Vistió de manera suficiente para que André creyera reconocerme y dejó registro.
—Eso puede ser porque eras tú —dijo Ravel.
Hélène lo miró.
—Naturalmente.
—Y ahora sostienes que alguien construyó una incriminación anticipada.
—También.
—Conveniente.
—Muchísimo.
Delacroix intervino.
—No descartamos ninguna.
Ravel señaló el registro.
—Para mí esto es bastante fuerte.
—Para mí también.
Hélène miró a Delacroix. No había agradecimiento. Solo atención. Él volvió al libro. Había algo más. La salida de la segunda visita.
18:27.
Debajo, una nota de André:
Mme D. solicita que no se informe a M. Veyrac de todos los detalles de su recorrido. “Quiero sorprenderlo.”
Delacroix levantó lentamente la vista.
—Esto.
André se inclinó. Leyó. Su expresión cambió. Hélène lo vio.
—¿Qué?
Delacroix leyó en voz alta. Silencio. Ravel miró a Hélène. Ella permaneció inmóvil.
—No dije eso.
—La persona que vino sí.
—Entonces quiso que Édouard no supiera lo que había revisado.
—Sí.
—Si fuera alguien incriminándome, por qué pediría ocultar detalles a Édouard.
Delacroix sintió interés. Buena pregunta. Porque Veyrac podía haber detectado la suplantación.
Porque la verdadera visitante necesitaba que Veyrac no supiera qué estaba preparando.
Ambas servían.
—André —dijo—. Quiero que olvides el registro.
El director lo miró.
—¿Qué?
—Ciérralo.
André obedeció.
—Ahora no quiero saber qué firma viste. Ni qué nombre te dio. Ni qué esperabas.
André entendió. Hélène también.
—Quiero a la persona.
—Bien.
—Descríbela sin decir Hélène.
André cerró los ojos. Delacroix dejó tiempo.
—Mujer.
—Seguro.
—Creo...
Abrió los ojos. Delacroix negó.
—No.
André volvió a cerrarlos.
—Voz femenina.
Eso era mejor.
—Edad.
—Adulta. No joven.
—Altura.
—Alta para una mujer. Más baja que monsieur Delacroix.
Hélène cumplía. Mireille también, quizá algo menos.
—Cabello.
—No lo vi bien. Sombrero.
—Rostro.
André tardó.
—Velo.
—Entonces poco.
—Sí.
—Voz.
—Baja.
—Acento.
—Parisino o neutro.
—Algo que dijera.
André pensó. Mucho.
—Habló del hotel como «un escenario demasiado grande para tan pocos personajes».
Delacroix se quedó quieto. Hélène también. Ravel miró a ambos.
—¿Qué?
Delacroix no respondió todavía.
La frase.
Hotel enorme.
Pocos personajes.
Podía haberla dicho cualquiera inteligente.
Pero sonaba.
No como Mireille.
No como André.
Sonaba literaria.
Hélène lo sabía.
—Yo podría decir eso —dijo ella.
Ravel levantó una ceja.
—Sí.
—También Édouard.
—No estaba.
—Mireille.
—Estaba en París ese día según ella.
Delacroix recordó. Mireille abajo podía confirmarse después.
—Algo más —dijo.
André se frotó la frente.
—Preguntó si las ventanas de noche devolvían mucho reflejo.
Hélène se quedó inmóvil. Delacroix sintió la habitación 214. La luz moviéndose reflejada. Los cristales.
—¿Por qué?
—Dijo que quería saber si desde fuera podía verse quién estaba dentro.
Ravel dejó de escribir.
—Eso es específico.
Sí. Demasiado.
—Respuesta.
—Le dije que dependiendo de luz interior, el cristal reflejaba más de lo que dejaba ver.
Delacroix pensó en la primera noche. Las ventanas convertidas en espejos. Alguien que preparaba vigilancia desde dentro del hotel.
—Algo más.
André abrió los ojos.
—Cigarrillos.
Hélène levantó una ceja.
—¿Qué?
—Fumaba.
Ravel miró a Hélène. Ella sacó su paquete.
—La mitad de Francia.
André continuó:
—Los encendía con cerillas largas.
Hélène miró su caja. Cerillas normales. Delacroix sintió una pequeña desviación.
—Mireille usa largas para utilería.
Thérèse levantó la cabeza desde el salón.
—Sí.
Otra vez dos direcciones.
—No —dijo Delacroix—. No convertimos una cerilla en persona.
Ravel no parecía satisfecho.
—Pero sumamos.
—Sumamos después de comprobar.
André se frotó la frente.
—Había una cosa.
Delacroix sintió el cambio.
—¿Qué?
—El perfume.
Hélène cerró los ojos.
—Por favor.
—¿Qué perfume?
André miró a Hélène.
—No sé nombre.
—Entonces no sirve.
—El mismo que utiliza madame Darcourt.
Silencio. Ravel dejó la pluma. Hélène no reaccionó.
—Eso sí es útil —dijo el brigadier.
Delacroix negó.
—No tanto.
—¿Por qué?
—Un perfume puede comprarse.
—Claro.
—Y si alguien quería parecer Hélène, sería parte del disfraz.
Ravel lo miró.
—Está trabajando mucho para mantener abiertas dos posibilidades.
—Ese es mi trabajo.
Hélène observaba a Delacroix. Demasiado. Él no la miró.
—André. ¿Reconociste la voz?
El director tardó.
—Creí que sí.
—No pregunto qué creíste.
André cerró los ojos otra vez.
—No puedo separar.
Buena respuesta.
—Entonces no.
El interrogatorio de memoria terminó. No porque no hubiera más.
Porque Delacroix ya estaba viendo cómo la expectativa podía contaminar otra vez.
Tomaron una pausa.
Ravel se llevó los registros a una mesa aparte.
Fournier quedó con ellos. Hélène fue hacia la ventana. Delacroix la siguió. No demasiado cerca.
—Lyon.
Ella no se volvió.
—Sí.
—Necesito que lo probemos.
—Hazlo.
—Sin teléfonos.
—Cuando bajemos.
—Puede tardar.
—No tengo una segunda ciudad guardada en la manga.
Delacroix observó el perfil.
—Si descubrimos que no estabas en Lyon.
—Sospecharás más.
—Mucho más.
—Bien.
—Deja de decir bien.
Hélène se volvió.
—¿Qué quieres que haga?
—Que tengas miedo.
La frase salió antes de que pudiera corregirla. Hélène lo miró.
—Lo tengo.
Delacroix no esperaba.
—No parece.
—Eso no significa que no exista.
—De qué.
—De que tú decidas que todo encaja antes de descubrir si encaja.
La respuesta lo molestó porque era exactamente su propio temor.
—No voy a hacerlo.
—Espero.
—Y tú.
—¿Qué?
—Si viniste el once, es ahora.
Hélène sostuvo su mirada.
—No vine.
—Si mientes, este es el momento.
—No vine.
—Si preparaste el hotel.
—No.
—Si mataste a Ariane.
Hélène no apartó los ojos.
—No.
—A Veyrac.
—No.
—Amaury.
—No.
—Géraud.
—No.
—Octave.
—No.
—Côme.
Por primera vez hubo una pausa distinta. Mínima. Pero Delacroix la sintió.
—No.
—Tardaste.
Hélène soltó aire.
—Porque Côme murió mientras escuchabas mi voz.
—Sí.
—Y sé que eso te preocupa.
—Sí.
—No porque lo matara.
—Entonces por qué.
—Porque si hubiera querido matarlo, esos siete minutos eran suficientes.
Delacroix se quedó quieto. La franqueza fue escalofriante.
—¿Cómo?
Hélène lo miró.
—No voy a hacerte el favor.
La frase era suya. Delacroix la había utilizado la noche anterior. Ella la devolvía.
—Estás disfrutando demasiado.
La expresión de Hélène cambió.
—No.
Esta vez la respuesta no tenía ironía.
—Cinco personas están muertas, Armand. Ariane lleva once años muerta. Mi carrera puede estar construida sobre cosas que le pertenecían. Una de mis amigas está abajo porque conseguimos sacarla de un hotel donde alguien ha convertido cada conversación en una amenaza. No estoy disfrutando.
Delacroix guardó silencio.
Hélène continuó:
—Disfruto de hablar contigo. A veces. Disfruto de una buena pregunta. Eso no significa que disfrute de esto.
La corrección fue necesaria. Delacroix asintió.
—Bien.
Ella sonrió sin alegría.
—Ahora tú.
—¿Qué?
—Tienes miedo de sospechar de mí porque te caigo bien.
La frase de Ravel. Delacroix sintió irritación.
—El brigadier te lo dijo.
—No.
—Entonces.
—Te conozco lo suficiente.
—Llevamos cuatro días.
—Has hecho bastante ruido.
Delacroix miró hacia el salón.
—Sí.
—Entonces ten cuidado con no compensarlo ahora.
—¿Cómo?
—No me conviertas en culpable solo para demostrarte que puedes.
La frase entró. Delacroix la guardó.
—Eso también ha sido útil.
—Lo siento.
—No parece.
—No.
Regresaron a la mesa.
Los registros continuaban.
Había más preparación en diciembre.
Pedidos de hilo teatral.
Papel negro.
Dos paquetes de cerillas largas.
Una caja de marcos pequeños.
Temporizadores.
Tinta verde.
Delacroix se quedó quieto.
—Tinta verde.
Mireille no estaba arriba. André miró la factura.
—Material del juego.
—¿Quién pidió?
—Veyrac.
Hélène se acercó.
—Ariane corregía en verde.
Ravel levantó la cabeza. Delacroix la miró.
—Sí.
—Édouard compró tinta verde deliberadamente.
—Parece.