Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 22 — Los que prepararon el hotel
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Capítulo 22 — Los que prepararon el hotel

A las siete y veinte de la mañana, Armand Delacroix descubrió que dormir con una sospechosa a tres metros de distancia y dos puertas abiertas no ayudaba a descansar.

Hélène Darcourt parecía haber tenido menos dificultades.

Otra vez.

Delacroix abrió los ojos y la vio a través del corredor.

Ella levantó la vista casi inmediatamente.

—Buenos días.

—No.

—Sigues utilizando esa respuesta.

—Funciona.

Hélène cerró el libro.

—Has roncado.

Delacroix se incorporó.

—Eso es una mentira.

—Ahora entiendes lo fácil que resulta.

—No ronco.

—Ravel puede declarar.

Desde la habitación contigua del otro extremo, el brigadier respondió:

—No pienso intervenir.

Delacroix cerró los ojos.

—Esto es humillante.

Hélène sonrió.

—Y apenas hemos empezado.

La presencia de los gendarmes había alterado el hotel más de lo que Delacroix esperaba.

No lo había vuelto seguro. Pero había roto una intimidad.

Durante cuatro días, cada conversación había pertenecido al pequeño grupo atrapado. Las reglas, las sospechas, los muertos, las bromas incluso.

Ahora había uniformes. Cuadernos oficiales. Preguntas que volverían a formularse después. Un médico externo. Un procedimiento.

El mundo exterior empezaba a entrar antes de que ellos pudieran salir.

Y el asesino sabía que el tiempo se acababa.

Delacroix se vistió. Hélène salió al corredor.

—¿Qué vas a hacer hoy?

Él la miró.

—Desayunar.

—Mientes.

—Eso puede esperar hasta el café.

—No demasiado.

—¿Por qué?

—Porque si sospechas de mí, deberías aprovechar mientras todavía estoy aquí.

Delacroix cerró la puerta de la 214.

—No puedo decidir si eso es confianza o arrogancia.

—Son primas.

Caminaron hacia abajo acompañados por Ravel. No era casual. Nada volvería a serlo.

Thérèse ya estaba en el salón con Fournier. Rémi y André hablaban junto a recepción. El doctor Lenoir preparaba café y había conseguido que aquello pareciera un acto médico.

Delacroix contó. Todos. Hélène lo vio. Otra vez no comentó.

Durante el desayuno, Ravel anunció que un segundo grupo de gendarmes podría subir antes del mediodía y que, si el tiempo se mantenía, comenzarían a evacuar personas esa misma tarde.

Thérèse cerró los ojos. Rémi exhaló. André pareció a punto de sentarse. Hélène continuó untando mantequilla sobre una tostada. Delacroix la observó.

—No pareces especialmente emocionada.

Ella levantó la vista.

—Ya bajó Mireille. Sé que funciona.

—Podrías morir antes de la tarde.

Ravel lo miró. Thérèse también. Hélène sonrió apenas.

—Eso sí ha mejorado mucho el desayuno.

—No era humor.

—Lo sé.

Delacroix bebió café.

Había decidido durante la noche cuál sería su siguiente movimiento.

No una trampa. No todavía. Documentos. El asesino podía leer personas. Peor para él. Los registros no necesitaban reaccionar.

—André.

El director levantó la cabeza.

—Monsieur.

—Quiero todo lo relacionado con la preparación del fin de semana.

—Ya le traje registros.

—Todo.

—¿Qué exactamente?

—Pedidos. Habitaciones abiertas. Llaves prestadas. Material transportado. Facturas. Mensajes. Fechas de llegada. Personas que trabajaron arriba. Qué se movió y quién pidió moverlo.

André frunció el ceño.

—Puede ser mucho.

—Bien.

Hélène dejó la tostada.

—Buscas algo preparado antes.

Delacroix no la miró.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Antes de nuestra llegada.

—Eso es bastante amplio.

—Precisamente.

Ravel observó a Delacroix.

—¿Por qué ahora?

—Octave murió por algo preparado antes de consumirlo. La campanilla se activó horas después de instalar el mecanismo. La 318 contenía una tarjeta colocada antes de que fuéramos llamados. El sabotaje del funicular probablemente tuvo fases preparadas con anticipación.

—Y Côme.

—No. Côme fue una reacción inmediata.

—Entonces cree que hay dos tipos de crimen.

Delacroix asintió.

—Un plan inicial y correcciones.

Hélène no se movió. La palabra apareció. Correcciones. Ravel miró hacia ella casi por reflejo. Delacroix lo vio. Hélène también.

—No se moleste, brigadier —dijo ella—. Es una palabra popular este fin de semana.

Ravel no respondió. André se levantó.

—Los documentos están en administración.

—No vas solo.

El director miró a Fournier.

—Naturalmente.

Fournier fue con él. Rémi iba a levantarse. Delacroix lo detuvo.

—Tú te quedas.

—Tengo trabajo.

—Luego.

El técnico frunció el ceño.

—Puede haber nueva señal abajo.

—Entonces Ravel va contigo cuando la haya.

Rémi se sentó. No contento. Pero vivo. Eso bastaba.

André regresó veinte minutos después con tres libros contables, una carpeta de correspondencia, dos registros de llaves y una caja pequeña de facturas.

—Esto es lo que hay.

Delacroix miró la mesa.

—Empezamos.

Hélène se acercó.

—¿Puedo?

Ravel la miró. Delacroix también.

—No.

Ella levantó una ceja.

—Porque sospechas de mí.

—Sí.

La respuesta directa produjo un pequeño silencio. Hélène asintió.

—Bien.

Se retiró. No protestó. Aquello era casi peor.

Delacroix sentó a André, Ravel y Fournier con él.

Thérèse quedó a varios metros. Rémi junto a la ventana.

Hélène se instaló cerca del fuego con un libro.

Aparentemente.

Delacroix no dudaba de que estaba escuchando cada pausa.

Abrieron diciembre.

La preparación formal del Cercle había comenzado el 9 de diciembre.

Mireille llegó el día 12 con Veyrac. Dos noches.

Habían recorrido:

salones,

biblioteca,

tercer piso,

observatorio,

cocina,

montacargas,

escaleras de servicio,

estación.

—Eso ya lo sabemos —dijo Ravel.

Delacroix siguió. Había notas de André. M. Veyrac solicita acceso a cuarto de señales.

Mme Ségur pide llave de 318 y 304 para efectos.

Delacroix levantó la vista.

—318.

André se quedó quieto.

—Sí.

Mireille había dicho que no recordaba escena en la 318.

—¿Por qué la pidió?

André pensó.

—No recuerdo.

Delacroix miró la nota.

—Puede haber sido para otro efecto finalmente descartado.

—Sí.

—¿Quién tenía la llave ese día?

—Mireille.

—¿La devolvió?

André revisó. Firma. Sí.

La tarjeta de autoría pudo haber sido colocada entonces.

Por Mireille. Por Veyrac. Por alguien que entrara después. Nada concluía. Siguieron.

13 de diciembre.

Veyrac había pedido que se probara el sistema de llamadas desde la cocina.

Mireille había utilizado un temporizador para una secuencia en el salón pequeño.

La misma familia de mecanismos.

—Eso explica cómo alguien sabía hacerlo —dijo Ravel.

Delacroix negó.

—Explica cómo varias personas podían saberlo.

—Mireille.

—Veyrac.

—Darcourt.

Delacroix levantó la vista.

—Hélène no estaba esos días.

Ravel señaló otra hoja.

—Entonces cuándo aprendió.

Buena pregunta. Delacroix continuó.

18 de diciembre.

Carta de Veyrac a André.

Madame Darcourt acudirá a comienzos de enero para revisar elementos literarios del juego. Facilítele acceso a las dependencias que solicite.

Hélène había dicho eso. Primera visita.

4 de enero.

Registro.

H. Darcourt — 14:25.

Salida 19:10.

Cinco horas. André recordó.

—Vino en el funicular de tarde.

Delacroix miró a Hélène. Ella seguía leyendo.

—¿Qué hizo?

André enumeró.

Biblioteca.

Sala de preparación.

Tercer piso.

Observatorio.

Estación.

Cuadro de campanas.

Montacargas.

—Sala de máquinas.

—Brevemente.

Rémi levantó la cabeza desde la ventana.

—Yo estaba ese día.

Delacroix lo miró.

—¿Qué le enseñaste?

—El funcionamiento general.

—General significa.

—Motor. Frenos. Sistema auxiliar. Señales.

—Le enseñaste qué contacto podía inutilizar comunicación.

Rémi pensó.

—No de esa manera.

—Pero vio el cuadro.

—Sí.

—Preguntó.

—Mucho.

Hélène habló desde el fuego sin levantar la cabeza.

—Estaba escribiendo una novela ambientada en un funicular.

Todos la miraron. Ella cerró el libro.

—Era cierto.

—¿Cuál? —preguntó Delacroix.

—Nunca la terminé.

—Conveniente.

—Terriblemente.

—¿Qué preguntaste?

Hélène pensó.

—¿Qué ocurre si se corta corriente. Cómo funciona el freno. Si una cabina puede quedar detenida entre estaciones. Qué señal llega abajo?

Rémi asintió.

—Sí.

—Auxiliar.

—También.

Delacroix sintió la coincidencia técnica.

Géraud había dicho alguien que conoce nombres y objetivos, no el comportamiento profundo.

—¿Tocaste el cuadro?

—No.

Rémi pensó.

—Quizá accionó una palanca durante explicación.

Hélène lo miró.

—No lo recuerdo.

—Yo tampoco con certeza.

Ravel anotó. Delacroix siguió.

André conservaba una pequeña hoja de las llaves entregadas.

4 de enero.

Biblioteca.

Cuadro de campanas. Observatorio. Acceso de servicio. Montacargas.

—318 otra vez —dijo Ravel.

Delacroix miró a Hélène.

—¿Por qué pediste 318?

Ella frunció el ceño.

—No recuerdo haberla pedido.

André levantó la vista.

—La pidió.

—¿Para qué?

—Dijo que Édouard había escondido una pista allí.

Hélène se quedó quieta.

—No.

André la miró.

—Sí, madame.

—No recuerdo eso.

Delacroix observó.

—Entraste.

Hélène pensó.

—Puede que sí.

—Cinco días después encontramos una frase sobre autoría dentro.

—Cinco días no. Tres semanas.

—Peor.

—Armand.

—No he dicho que la colocaras.

—Lo estás pensando.

—Sí.

Silencio. Hélène sostuvo la mirada.

—Bien.

Delacroix bajó nuevamente al documento.

4 de enero.

Salida. Nada más. Después el registro del 11.

H. Darcourt — 15:05.

Salida 18:27.

La segunda visita. Hélène cerró completamente el libro.

—No vine.

Ravel levantó la vista.

—Ya declaró eso.

—Y lo mantengo.

—¿Dónde estaba?

—Lyon.

—Prueba.

—Di una lectura en la Société des Lettres du Rhône aquella noche.

Delacroix sintió interés.

—Hora.

—Ocho y media.

—Podías estar aquí a las tres y llegar a Lyon.

Rémi negó.

—No cómodamente.

—Pero.

—Si baja a las seis y media, tren... posible muy justo.

Hélène miró a Delacroix.

—No hice eso.

Ravel anotó.

—Habrá registros abajo.

—Naturalmente.

Delacroix observó el libro. La firma ya no coincidía del todo. D abierta. Podía ser imitación. André insistía en haber visto a Hélène. Hélène insistía en Lyon.

—¿Qué pidió esa persona?

André volvió a los registros. Llave de servicio. Montacargas. Cuadro de llamadas. Estación superior. Archivo de administración.

—Archivo —repitió Delacroix.

—Sí.

—¿Para qué?

—Dijo que necesitaba planos.

Hélène levantó la cabeza.

—¿Qué planos?

André la miró.

—Circulación interna.

—Yo nunca pedí eso.

—La persona que vino sí.

—¿Qué vio exactamente?

—Plano de servicio del hotel.