Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 21 — La partida verdadera #4
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Capítulo 21 — La partida verdadera #4

—La verdadera acaba de empezar.

Ravel lo miró. Thérèse también. Rémi. André. Hélène fue la única que sonrió. Muy poco.

—Por fin —dijo.

La palabra produjo algo en Delacroix. No porque fuera incriminatoria. Porque parecía sincera.

Como si una parte de Hélène hubiera estado esperando aquel momento.

Un rival. Una estructura. Una investigación que ya no podía compartirse amistosamente. Delacroix sintió la sospecha asentarse. No como una conclusión. Como una presencia.

Por primera vez desde que la conoció en el tren, miró a Hélène Darcourt y permitió que una pregunta se formulara completa dentro de su cabeza.

Si fuiste tú, ¿cómo lo hiciste?

No por qué.

El por qué ya podía construirlo.

Ariane.

El manuscrito.

La carrera.

Veyrac.

Los documentos.

Después supervivencia.

Después correcciones.

No.

La pregunta ya era cómo.

Eso era un cambio enorme.

Cuando uno deja de preguntar si una persona pudo hacerlo y empieza a preguntarse cómo, el sospechoso ha cruzado una frontera.

Hélène bebió.

Lo miró.

Delacroix no apartó los ojos.

Ella sostuvo.

No había miedo.

Tampoco desafío abierto.

Solo inteligencia.

—¿Qué? —preguntó.

Delacroix sonrió apenas.

—Nada.

—Mientes.

—Sí.

—Bien.

Después de cenar, Ravel ordenó que nadie durmiera solo.

No hubo discusión. André compartiría habitación con Fournier. Rémi con el doctor Lenoir. Thérèse con Hélène. Aquello llamó la atención de Delacroix.

—No.

Ravel lo miró.

—¿Qué?

—Thérèse no con Hélène.

Silencio. Hélène levantó la vista.

Por primera vez Delacroix había actuado públicamente sobre su sospecha.

No había forma de retirarlo. Ravel entendió.

—Thérèse con Fournier. André con Lenoir. Rémi conmigo.

Hélène sonrió sin humor.

—Y yo.

Delacroix sostuvo la mirada.

—Conmigo en habitaciones contiguas y puerta abierta al corredor.

Hélène levantó una ceja.

—Eso sí será un final de semana memorable.

Nadie rió.

—No estamos durmiendo juntos —dijo Delacroix.

—Gracias por aclararlo delante de cinco hombres.

Ravel tosió.

Thérèse cerró los ojos.

Incluso Rémi sonrió.

La tensión bajó un instante.

Después subieron.

Esta vez con gendarmes.

Con médico.

Con gente exterior.

El corredor oeste ya no parecía refugio improvisado.

Parecía escena policial.

Delacroix odiaba un poco eso.

Era mejor que cadáveres.

Thérèse entró con Fournier.

Rémi y Ravel.

André con Lenoir.

Hélène se quedó frente a la 211.

Delacroix delante de la 214.

Entre ambos, tres metros.

Las puertas permanecerían abiertas.

—Ahora sí sospechas de mí —dijo Hélène.

No era pregunta. Delacroix no mintió.

—Sí.

Hélène respiró. No pareció sorprendida.

—¿Desde cuándo?

—Hoy.

—Mientes.

—No completamente.

Ella sonrió.

—Amaury estaría orgulloso.

—No.

La sonrisa murió.

—¿Por qué yo?

Delacroix la miró.

—No voy a hacerte el favor.

—¿Cuál?

—Decirte qué piezas necesitas explicar mejor.

Hélène sostuvo la mirada. La frase le gustó. Eso se notó.

—Muy bien.

—Buenas noches.

—Armand.

—¿Qué?

—Si yo fuera la asesina, ahora tendrías un problema.

—Tengo varios.

—No. Uno concreto.

Delacroix esperó.

—Has empezado a mirarme.

—Sí.

—Y yo ya sé que lo haces.

—Sí.

—Eso significa que, si soy culpable, puedo empezar a actuar como inocente para ti.

Delacroix sonrió apenas.

—Hélène.

—¿Qué?

—Llevas cuatro días actuando como inocente.

Ella lo observó. Un segundo. Dos. Después rió. Muy bajo.

—Eso ha sido excelente.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Entró. Dejó la puerta abierta. Delacroix hizo lo mismo.

Se sentó en una silla desde la que podía ver el corredor y parcialmente la entrada de Hélène.

No iba a dormir demasiado.

Sacó el pequeño papel de Côme.

R.M. 1920 — p. 41, margen inferior.

Después la otra referencia.

A.L.73.

Côme había muerto por leer.

Pero había conseguido dejar algo.

Delacroix miró hacia la puerta de Hélène.

Ella estaba sentada en su cama con un libro.

Naturalmente.

Leyendo.

El asesino, si era ella, también leía.

No libros.

Personas.

Investigaciones.

Reacciones.

Versiones.

Delacroix entendió entonces por qué su primera trampa había fracasado.

Había intentado engañar al asesino con información. Eso no bastaba.

Hélène —culpable o no— leía mucho mejor que eso.

La próxima vez no tendría que mentirle sobre un objeto.

Tendría que mentirle sobre sí mismo. Sobre lo que había comprendido. Sobre lo que todavía no. Sobre cuál sería su siguiente movimiento.

Una partida de verdad no consistía en esconder una pieza.

Consistía en conseguir que el adversario creyera que sabía por qué la movías.

Delacroix cerró el papel.

Guardó la libreta.

Desde la habitación 211, Hélène pasó una página.

El sonido fue mínimo.

Seco.

Una hoja sobre otra.

Delacroix lo escuchó.

Y por primera vez desde que comenzó La última página, comprendió que ya no estaba intentando resolver el juego de Édouard Veyrac.

Édouard había terminado. Sus sobres. Sus personajes. Sus reglas. Todo aquello era únicamente el tablero. La partida verdadera era otra.

Había empezado cuando alguien decidió corregir la primera muerte.

Y terminaría cuando una de las dos personas que seguían leyendo a la otra cometiera por fin el error de pasar una página demasiado pronto.