Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 21 — La partida verdadera #3
74%

Capítulo 21 — La partida verdadera #3

Delacroix sacó el papel de referencias. No se lo mostró. Solo dejó que viera que sostenía algo.

—Encontró una página.

Hélène no se movió.

—De qué.

—Ariane.

Silencio. Más largo que con los demás. No demasiado.

—Original.

—Sí.

Hélène bajó la mirada.

—¿Dónde?

Delacroix la observó.

Ahí estaba.

La pregunta.

Esperable.

Natural.

Pero sintió una intensidad distinta.

Quizá porque ahora buscaba verla.

Eso era peligroso.

—Côme la escondió en el montacargas.

Hélène levantó la cabeza.

—¿Dónde exactamente?

—Hueco superior de la cabina. Detrás del panel interior.

Ella miró hacia el corredor que conducía al servicio.

Solo un segundo. Delacroix lo vio.

—¿Qué demuestra? —preguntó.

—No lo sé todavía.

—Armand.

—No.

—Si es una página de Ariane y Côme la ocultó, debió encontrar algo concreto.

—Sí.

—Fecha.

Delacroix no respondió. Hélène entendió.

—Tiene fecha.

—No he dicho eso.

—Tu cara sí.

La frase volvió. Pero esta vez Delacroix no sonrió.

—No intentes buscarla.

Hélène lo miró.

—¿Crees que voy a hacerlo?

—No sé.

—Entonces por qué me dices dónde está.

Delacroix sintió el borde.

—Porque si algo me ocurre...

Hélène soltó una risa sin humor.

—Has dicho lo mismo a otra persona.

Silencio. Delacroix no respondió. Ella lo observó. Demasiado bien.

—Esto es una prueba.

Delacroix sintió el fracaso antes de que se completara.

—¿Qué?

—No hay página.

—No seas absurda.

Hélène sonrió. No alegre.

—Armand.

—¿Qué?

—Llevas dos días intentando que el asesino lea la investigación equivocada. Finalmente te has decidido.

Delacroix sostuvo la mirada. Hélène había visto la trampa. Eso no la hacía culpable. La hacía Hélène.

—Si estuviera probándote —dijo—, acabas de arruinar la prueba.

—Solo si soy inocente.

La frase fue extraordinaria. Delacroix no dijo nada.

Hélène continuó:

—Si soy culpable, podría fingir que la he descubierto y después ir igualmente al montacargas cuando crea que nadie me ve.

—Sí.

—Entonces todavía funciona.

—Sí.

—Qué desagradable.

—Mucho.

Ella lo miró.

—¿Cuántas ubicaciones?

Delacroix no respondió.

—Cuatro —dijo Hélène.

Demasiado rápida.

—¿Por qué cuatro?

—Quedamos cuatro posibles sospechosos además de ti si Mireille está abajo y los muertos siguen muertos.

—Ravel me incluye.

—Hace bien.

—No son cuatro.

—Para ti sí.

Silencio. Delacroix sintió la partida cambiar.

No estaba probando a una mujer menos inteligente que él.

Hélène sabía. Leía la investigación. Como había dicho. Había un lector dentro del hotel.

Y ahora ese lector acababa de mirarlo a los ojos.

—¿Cuál era mi ubicación? —preguntó ella.

Delacroix sonrió apenas.

—No voy a darte tanta satisfacción.

—Entonces sí era montacargas.

—Buenas tardes, Hélène.

Ella rió. Bajo.

—Esto empieza a ponerse interesante.

Delacroix la miró.

—Cinco personas están muertas.

La risa desapareció.

—Lo sé.

—No lo olvides.

Hélène sostuvo la mirada.

—No lo hago nunca.

Se fue. Delacroix permaneció solo. Había cometido un error. Hélène había visto la partida. Pero quizás eso era útil también.

Si era culpable, ahora sabía que Delacroix había empezado a jugar contra ella.

Si era inocente, sabía que él sospechaba. En ambos casos la relación acababa de cambiar. No había vuelta atrás. A las cinco, Ravel se acercó.

—¿Qué pasó con Darcourt?

—Vio la trampa.

—Toda.

—Casi.

—Eso es malo.

—No necesariamente.

—Parece.

Delacroix miró hacia Hélène. Estaba sentada junto a Thérèse leyendo. Normal. Demasiado.

—Ahora quiero observar quién intenta comprobar su ubicación.

Ravel asintió.

Fournier quedó en punto desde donde podía vigilar acceso a biblioteca y corredor técnico.

Ravel cubriría estación.

Delacroix, tercer piso y salón.

No debían impedir inmediatamente el movimiento.

Solo verlo.

Una hora.

Nada.

Rémi permaneció en estación trabajando.

Naturalmente.

Pero no abrió el panel auxiliar.

Eso importaba.

André llevó comida.

No fue a biblioteca.

Thérèse no se acercó al tercer piso.

Hélène fumó.

Leyó.

Habló con Ravel.

No fue al montacargas.

Nada.

Dos horas.

La partida parecía no producir.

Delacroix empezó a preguntarse si su propia existencia como investigador había convertido a todos en personas demasiado prudentes para reaccionar.

A las siete menos diez, Fournier entró.

—Monsieur Delacroix.

—¿Qué?

El gendarme bajó la voz.

—Alguien ha estado en la biblioteca.

Delacroix sintió el pulso.

—¿Quién?

—Monsieur Cottin.

André.

—¿Cuándo?

—Hace diez minutos.

—Solo.

—Entró a buscar una botella, dijo.

Delacroix frunció el ceño.

—Una botella.

—El director tiene un pequeño armario de licores dentro.

Era verdad. Delacroix lo había visto.

—Tocó las revistas.

—No pude ver.

—¿Cuánto estuvo?

—Dos minutos.

Delacroix sintió interés. André había recibido ubicación biblioteca. Había entrado. Eso era exactamente el comportamiento esperado. Pero también había una explicación legítima.

—¿Dónde está?

—Cocina con monsieur Colas.

Delacroix asintió. No concluyó. Diez minutos después, Ravel regresó.

—Colas abrió el panel auxiliar.

Delacroix lo miró.

—¿Por qué?

—Dice que una señal quedó bloqueada.

—Lo estaba.

—No sé.

Dos. André había ido a biblioteca. Rémi abrió panel. La prueba estaba revelando precisamente su problema.

Cuando eliges ubicaciones relacionadas con hábitos de las personas, siempre encontrarán una razón para acercarse.

André necesitaba biblioteca. Rémi estación.

Delacroix sintió que Hélène había tenido razón al ver la trampa.

Necesitaba otra forma.

—Thérèse.

—Nada —dijo Fournier—. No salió del salón.

—Hélène.

—Nada.

Curioso.

Las dos personas con ubicación menos vinculada a hábito no habían ido.

—Entonces la prueba no sirve.

Ravel frunció el ceño.

—Dos fueron.

—Precisamente. Y ambos tenían razones normales.

—Puede ser cobertura.

—Puede.

—Otra palabra oficial.

Delacroix lo miró.

—Se está contaminando.

—Empiezo a notarlo.

A las ocho cenaron. Con gendarmes presentes. La atmósfera había cambiado. No era alivio completo.

Pero nadie se sentía ya abandonado por el mundo.

Eso debía haber reducido el terror.

En cambio, aumentó las miradas.

Ahora había testigos externos.

Preguntas.

Autoridad.

Hélène parecía casi más tranquila.

Thérèse hablaba poco.

Rémi estaba agotado.

André servía vino porque no sabía dejar de ser director.

Ravel comía mientras tomaba notas mentales. Fournier observaba a todos.

El doctor Lenoir hablaba de trasladar cuerpos al amanecer.

Delacroix miró a los supervivientes.

Cinco del grupo original allí arriba además de él.

No. Mireille viva abajo.

Seis supervivientes del círculo con él incluido arriba y abajo.

El final estaba acercándose.

A media cena Hélène habló:

—La página del montacargas no existe.

Todos levantaron la cabeza. Delacroix la miró.

—¿Qué?

—Creo que deberíamos ahorrar tiempo.

Ravel frunció el ceño.

—¿Qué página?

Hélène sonrió apenas.

—Armand está haciendo una investigación paralela.

—Hélène.

Ella levantó una mano.

—No voy a revelar ubicaciones.

André miró a Delacroix. Rémi también. Thérèse comprendió. Las cuatro versiones acababan de hacerse visibles.

—Nos mentiste —dijo André.

—Sí.

—A cada uno.

—Sí.

Rémi soltó aire.

—El panel.

Delacroix lo miró.

—Exactamente.

—Creías que iría a buscar.

—Sí.

—Fui por una avería real.

—Lo sé.

André comprendió también.

—La biblioteca.

—Sí.

El director dejó la copa.

—Esto es intolerable.

Ravel intervino.

—Fue con mi autorización.

André lo miró.

—Eso no mejora.

Hélène observó a Delacroix.

—La partida no funcionó.

—No del todo.

—¿Qué aprendiste?

—Que la próxima será mejor.

Mireille habría reído. No estaba. Hélène sonrió.

—Eso sí suena a ti.

Thérèse miró a Delacroix.

—¿Y qué me dijiste a mí era mentira?

—Sí.

—La página de Ariane.

—No sé si existe.

La mujer bajó la mirada. Había dolor real. Delacroix lo vio.

—Lo siento.

—No.

—Sí.

—No uses a Ariane así otra vez.

La frase fue firme. Delacroix asintió.

—Bien.

Hélène la miró. Luego a Delacroix.

—Ahí está la diferencia entre Édouard y tú.

—¿Cuál?

—Édouard habría considerado eso un buen efecto.

Silencio. Delacroix pensó en Veyrac. Sí. Quizá. Y precisamente no quería convertirse en él.

—La partida se acaba —dijo.

Hélène levantó una ceja.

—¿Cuál?

—La falsa.

—Ah.

Delacroix bebió agua.