Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 21 — La partida verdadera #2
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Capítulo 21 — La partida verdadera #2

Rémi habló:

—Si sospechas de Hélène, quiero saberlo.

—¿Por qué?

—Porque duermo a dos puertas.

—Eso no cambia.

—Para mí sí.

Delacroix se acercó.

—Y eso es exactamente lo que no quiero.

—¿Qué?

—Que empieces a comportarte distinto alrededor de una persona porque yo la miro distinto.

Rémi apretó la mandíbula.

—Puede ser una asesina.

—También tú.

El técnico soltó aire.

—Otra vez.

—Sí.

—Géraud no creía.

Delacroix se quedó quieto. Rémi lo vio.

—¿Qué?

Demasiado tarde.

—Nada.

—Géraud no creía que yo hubiera saboteado el funicular.

Hélène no estaba. Ravel tampoco. Thérèse sí. Delacroix pensó.

—No.

Rémi cerró los ojos. El alivio apareció.

—Lo sabía.

—No lo sabías.

—Lo suponía.

—No es lo mismo.

—Para mí sí.

—No te absuelve del resto.

Rémi lo miró.

—No he matado a nadie.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

El técnico se levantó.

—Necesito aire.

—No.

Rémi cerró los ojos.

—Claro.

Se sentó. Hélène regresó treinta y cuatro minutos después. Delacroix miró el reloj sin querer. Ravel llamó a Thérèse. Hélène se sentó.

—¿Qué quería?

—La verdad.

—Qué decepción.

—Le di una versión bastante completa.

Delacroix la miró.

—Bastante.

Hélène sonrió.

—No voy a repetir treinta minutos para ti.

—No te he pedido.

—No, pero quieres.

Delacroix observó su rostro. No parecía nerviosa. Eso no significaba nada.

—¿Le contaste Ariane?

—Sí.

—El plagio.

—Sí.

—La discusión.

—Sí.

—Que la agarraste.

Hélène sostuvo la mirada.

—Sí.

Eso sorprendió.

—Todo.

—No.

Ahí estaba.

—¿Qué no?

—Algunas cosas no son de su incumbencia todavía.

—Cinco muertos son bastante incumbencia.

—También hay intimidades que no alteran homicidios.

Delacroix sintió interés.

—Como.

—Precisamente.

—Hélène.

—No.

Era extraño verla utilizar su propia estrategia contra él.

—Entonces luego.

—Puede.

—Eso no me gusta.

—Ya somos dos.

Ravel interrogó a todos. Incluido Delacroix. Aquello resultó casi agradable.

Durante treinta y nueve minutos el brigadier le hizo reconstruir desde la llegada hasta el apagón.

Cronología.

Movimientos.

Descubrimientos.

La muerte de Ariane.

El juego.

Las pistas.

Los sabotajes.

—¿Y usted cree que la clave está en 1919? —preguntó Ravel.

—Sí.

—Pero Géraud Vannier no estuvo allí.

—Murió porque descubrió algo actual.

—Entonces no todos los homicidios tienen el mismo motivo.

—Tienen el mismo motivo general.

—¿Cuál?

—Impedir que lleguemos a cierta verdad.

—Eso es muy amplio.

—Sí.

Ravel hojeó notas.

—Veyrac encuentra documentos.

—Muere.

—Delatour sabía cosas de 1919.

—Muere.

—Vannier descubre manipulación técnica.

—Muere.

—Méricourt empieza a cuestionar la muerte original.

—Muere.

—Valençay compara textos.

—Muere.

Ravel levantó la vista.

—Eso sí parece un patrón.

—Sí.

—Entonces quien se beneficia de que no se reconstruya 1919.

—Entre otras cosas.

—Hélène Darcourt.

Silencio. Delacroix no respondió. Ravel esperó.

—Su carrera.

—Sí.

—La acusación de plagio.

—Sí.

—Estuvo en el hotel antes.

—Sí.

—Conocía sistemas.

—Superficialmente.

—Sabía del juego.

—Parte.

—Ariane la amenazó.

—Sí.

—Y cinco personas vinculadas a la reconstrucción están muertas.

Delacroix lo miró.

—No cinco vinculadas del mismo modo.

—Está protegiéndola.

La frase molestó.

—No.

—Lo parece.

—Estoy protegiendo la investigación de una conclusión prematura.

Ravel cerró su cuaderno.

—A veces eso es exactamente lo que dicen los hombres cuando una mujer inteligente les cae bien.

Delacroix lo miró durante varios segundos.

—Eso ha sido bastante ofensivo.

—Puede.

—Y bastante útil.

Ravel levantó una ceja.

Delacroix se reclinó.

¿Le caía bien Hélène?

Sí.

Mucho.

Disfrutaba hablando con ella.

Confiaba en su inteligencia.

Había buscado su opinión.

Había permitido que se convirtiera en casi una segunda mente dentro de la investigación.

Eso podía haber contaminado el juicio. Reconocerlo no significaba que Ravel tuviera razón. Significaba que debía considerarlo.

—También Mireille Ségur parecía culpable durante dos días —dijo.

—Y estaba abajo cuando murió Valençay.

—Exacto.

—Eso no absuelve los homicidios anteriores.

—No.

—Pero usted cree que no fue ella.

—Cada vez menos.

—Colas.

—Géraud casi lo descartó técnicamente.

—Cottin.

—Conoce el hotel. Tiene llaves. Menos conexión con 1919.

—Belloc.

—Conexión con Ariane, no motivo claro para los sabotajes ni para silenciar a Veyrac.

—Darcourt.

Delacroix no respondió. Ravel sonrió sin humor.

—Ahí se queda callado.

—Sí.

—¿Por qué?

Delacroix pensó.

—Porque con Hélène puedo construir una explicación completa.

—Eso suele ser bueno.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía puedo construirla demasiado rápido.

Ravel lo observó.

Delacroix continuó:

—Una solución correcta no debería necesitar imaginación para tapar huecos.

Si digo Hélène, todavía tengo que explicar la visita del once de enero, la máquina desaparecida, cómo preparó el comprimido de Octave, cuándo robó la libreta de Côme, cómo mató a Côme durante siete minutos en los que escuchábamos su voz, por qué algunos mensajes parecen escritos para incriminarla y por qué Veyrac separaba plagio y homicidio dentro del juego.

Ravel asintió despacio.

—Pero no son huecos imposibles.

—No.

—Entonces sospecha de ella.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Sí.

Primera vez que lo dijo. Sin rodeos. La palabra no produjo alivio. Ravel abrió otra vez el cuaderno.

—Bien.

—No he dicho culpable.

—No hace falta todavía.

Delacroix pensó en Hélène en el corredor.

En la frase sobre corregir.

En la visita.

En las páginas.

En Ariane.

Sí.

Sospechaba de ella.

Sería estúpido fingir lo contrario.

—Quiero hacer algo —dijo.

Ravel levantó la vista.

—¿Qué?

—Mentir.

—No.

—Todavía no sabe qué mentira.

—No importa.

—Quiero dar información distinta a personas distintas y ver cuál provoca movimiento.

Ravel lo miró.

—Eso es peligroso.

—Sí.

—Cinco personas han muerto después de que alguien creyera que sabían demasiado.

—Precisamente por eso no vamos a utilizar personas como cebo.

—Entonces.

Delacroix se inclinó.

—Utilizaremos objetos.

Ravel no respondió.

—Côme dejó referencias que el asesino cree haber recuperado con su libreta.

—Pero usted conserva copia.

—Sí.

—¿Qué referencia?

Delacroix sacó el pequeño papel. R.M. 1920 — p. 41, margen inferior. Ravel lo leyó.

—¿Qué significa?

—No lo sé todavía.

—Entonces.

—El asesino tampoco sabe que yo lo tengo.

—Puede saber qué contenía la libreta.

—Probablemente.

—Si la leyó.

—Sí.

—Entonces puede saber la referencia.

Delacroix pensó.

—Pero no sabe qué encontró Côme después de escribirla.

—Porque está muerto.

—Exactamente.

Ravel entendió lentamente.

—Quiere fingir que Valençay dejó otra copia.

—No.

Delacroix sonrió apenas.

—Quiero fingir que dejó algo mejor.

El brigadier no sonrió.

—¿Qué?

—Una página del manuscrito de Ariane.

Silencio.

—Que no existe.

—Puede existir.

—Pero usted no la tiene.

—No.

—Entonces mentira.

—Sí.

Ravel se apoyó.

—Y qué espera.

—Que quien crea que esa página puede demostrar algo intente localizarla antes de que bajemos.

—O mate otra vez.

—No habrá persona asociada.

—¿Dónde estará?

Delacroix pensó.

—No estará.

Ravel frunció el ceño.

—Entonces qué puede robar.

—La información sobre dónde supuestamente la escondió Côme.

—Y dará ubicaciones distintas.

Delacroix sonrió. Ravel lo miró.

—Eso es una partida.

—Sí.

—Veyrac ya hizo una.

—Y murió.

—No parece un antecedente favorable.

Delacroix se quedó quieto.

—Esta vez el asesino no conocerá las reglas.

Ravel guardó silencio.

Finalmente:

—Cuatro versiones.

—Cuatro personas.

—Darcourt, Belloc, Colas, Cottin.

—Sí.

—Y usted.

—Yo no necesito una.

—También puede ser usted.

Delacroix lo miró. Ravel sonrió apenas.

—No se ofenda. Estoy aprendiendo.

Delacroix casi lo hizo.

—Entonces Fournier conocerá las cuatro ubicaciones y permanecerá con usted.

—Bien.

La partida verdadera comenzó a las cuatro y diez de la tarde.

No con sobres.

No con campanas.

No con cadáveres fingidos.

Con conversaciones aburridas.

Eso era lo que Delacroix quería.

Primero Rémi.

Delacroix se acercó durante una revisión de señal.

Ravel estaba a distancia.

—Côme dejó una copia parcial de algo que encontró.

Rémi levantó la vista.

—Pensé que habían robado todo.

—No.

—¿Qué dejó?

Delacroix bajó la voz.

—Una página de Ariane.

El técnico frunció el ceño.

—¿Dónde?

—La escondió antes del apagón.

—¿Dónde?

—No importa.

—Entonces por qué me lo cuentas.

Delacroix fingió vacilar.

—Porque puede estar en la estación.

Rémi miró automáticamente hacia el cuadro. Perfecto.

—¿Dónde?

—Detrás del panel de señales auxiliar.

—No he visto nada.

—No quiero que busques.

Rémi lo miró como si fuera idiota.

—Entonces por qué me dices.

—Porque si alguien intenta entrar necesito que sepas que no debes tocarla.

El técnico sostuvo la mirada.

—Bien.

Primera versión.

ESTACIÓN. PANEL AUXILIAR.

Después André.

—Côme dejó una página del manuscrito de Ariane.

El director palideció.

—Aquí.

—Sí.

—¿Dónde?

—Biblioteca. Dentro de un volumen de la Revue du Midi.

André miró hacia la biblioteca.

—¿Cuál?

—No lo sé con seguridad.

Mentira dentro de mentira.

—No vaya.

—No pensaba.

Delacroix observó. André parecía más asustado que curioso. Segunda.

BIBLIOTECA. REVUE DU MIDI.

Thérèse. Fue más difícil. Ella había conocido a Ariane.

Cuando Delacroix mencionó una página real, los ojos se llenaron inmediatamente de algo.

—La última página.

—Puede.

—Côme la encontró.

—Sí.

—¿Dónde estaba?

—No puedo decir.

—Armand.

—Él la escondió en la habitación 318.

Thérèse palideció.

—La frase.

—Sí.

—¿Está detrás del marco?

—Puede.

—Entonces tenemos que...

—No.

Ella se detuvo.

—¿Por qué me lo dices?

—Porque si me ocurre algo, quiero que sepas dónde buscar.

Thérèse cerró los ojos.

—No digas eso.

—Es una precaución.

—No.

—Thérèse.

Ella lo miró.

—No voy a subir.

—Bien.

Tercera.

318. DETRÁS DEL MARCO.

Hélène fue la última. Delacroix esperó. No quería que pareciera especial.

Ravel había interrogado a Rémi mientras él hablaba con André.

Fournier acompañó a Thérèse.

Después Delacroix pidió a Hélène que caminara con él hasta el salón pequeño.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Côme.

Hélène se tensó. Pequeño.

—¿Qué de Côme?

—No perdió todo.

—La libreta.

—No.

—Entonces.