Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 21 — La partida verdadera
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Capítulo 21 — La partida verdadera

El brigadier se llamaba Étienne Ravel.

Tenía cuarenta y pocos años, hombros anchos, bigote corto y la expresión de un hombre que había subido una montaña esperando encontrar una avería grave y acababa de descubrir que el problema incluía cinco cadáveres.

El segundo gendarme era más joven. Marcel Fournier.

El médico, doctor Paul Lenoir, llevaba gafas redondas, un abrigo demasiado fino para la altura y un maletín que Armand Delacroix miró durante un segundo más de lo necesario.

Octave también había tenido uno. Apartó la comparación.

Ravel entró en el vestíbulo, se quitó lentamente los guantes y volvió a mirar a los supervivientes.

—Quiero entender bien esto.

Delacroix asintió.

—Por supuesto.

—Cinco homicidios.

—Sí.

—Desde el viernes.

—Sí.

—Y uno hace menos de una hora.

—Sí.

Ravel miró a Fournier. Después al médico.

—¿Quién es?

—Côme Valençay.

—¿Dónde?

—Dependencia inferior del montacargas.

—¿Se ha tocado el cuerpo?

—Solo para comprobar pulso y revisar superficialmente bolsillos.

Ravel volvió hacia Delacroix.

—¿Por usted?

—Sí.

—¿Es médico?

—No.

—Entonces.

Delacroix lo miró.

—El médico estaba muerto.

Ravel se quedó quieto. Entendió un segundo después.

—El doctor Méricourt.

—Sí.

El doctor Lenoir bajó ligeramente la cabeza.

—Quiero ver primero al fallecido reciente.

—Bien.

Ravel miró a los demás.

Hélène.

Thérèse.

Rémi.

André.

Delacroix.

Mireille estaba abajo.

—Nadie sale del hotel —repitió Delacroix.

Ravel frunció el ceño.

—Monsieur Delacroix, ahora la investigación es competencia de la gendarmería.

—Naturalmente.

—Entonces no me dé órdenes.

—No era una orden.

—Ha sonado mucho como una.

Delacroix lo observó. Ravel no parecía estúpido. Eso ayudaba.

—El asesino está entre las personas que todavía permanecen arriba.

El brigadier miró los rostros.

—¿Lo sabe?

—Sí.

—¿Quién?

—No.

—Entonces no lo sabe.

Hélène bajó la mirada. Delacroix sintió que casi sonreía. No era el momento.

—Sé que Mireille Ségur estaba en la estación inferior varias horas antes del último asesinato. Sé que los demás seguíamos aquí.

—También usted.

—Sí.

Ravel lo estudió.

—Eso es un problema.

—Lo sé.

—¿Tiene coartada?

—Parcial.

—¿Y espera que le permita dirigir esto?

—No.

Ravel pareció sorprendido.

Delacroix continuó:

—Espero que usted lo dirija. Pero antes de interrogar a nadie necesita entender que la persona que mató a Côme ha estado escuchando nuestra investigación durante días. Cada conclusión que formule delante del grupo se convierte en información para ella.

Ravel lo miró.

—¿Ella?

Silencio. Delacroix sintió el error. Pequeño. Pero real.

—La persona.

Ravel no lo dejó pasar.

—Ha dicho ella.

Hélène levantó lentamente la cabeza. Thérèse también.

André miró a Mireille ausente por reflejo, como si recordara que ya estaba abajo.

Rémi frunció el ceño. Delacroix sostuvo la mirada del brigadier.

—Llevamos cuatro días utilizando sustantivos. Alguno termina adquiriendo género.

—No me parece.

—Entonces considérelo un error.

Ravel no respondió. Hélène observaba a Delacroix. Ahora sí. Delacroix sintió algo distinto. No era todavía certeza.

Pero ya no podía seguir fingiendo consigo mismo que Hélène ocupaba el mismo lugar que Thérèse, André o Rémi.

No. Hélène Darcourt se había convertido en una hipótesis. Una verdadera. Eso no significaba culpable.

Significaba que por fin existía una persona alrededor de la cual demasiadas cosas podían organizarse sin necesidad de forzar ninguna.

Motivo.

Acceso.

Ariane.

Veyrac.

La preparación del hotel.

Conocimiento de la arquitectura.

Las palabras.

Las correcciones.

La capacidad de leer y anticipar.

La manera en que cada nueva interpretación parecía encontrarla ya allí.

Demasiado. Y, sin embargo, todavía no suficiente.

—Primero el cadáver —dijo Ravel.

Delacroix asintió. Fueron. Ravel impidió que todos los acompañaran. Solo Fournier, Lenoir y Delacroix. Hélène protestó.

—No.

Ravel se volvió.

—¿Madame?

—No debería ir él solo.

El brigadier miró a Delacroix.

—Va con nosotros.

—Me refiero después. No deje a nadie moverse solo.

Ravel la observó.

—¿Por qué?

—Porque las últimas tres personas murieron después de separarse del grupo.

Delacroix la corrigió:

—Octave no.

Hélène lo miró.

—Octave murió después. Lo prepararon antes.

Ravel frunció el ceño. Demasiada información. Delacroix intervino.

—Se lo explico durante el camino.

El cadáver de Côme seguía donde lo habían dejado.

El doctor Lenoir se arrodilló. Examinó sin prisa. Delacroix observó.

Era extraño tener otra vez un médico haciendo aquello.

No era Octave. Eso debería haber sido evidente. No lo parecía.

—Herida penetrante —dijo Lenoir.

Ravel se acercó.

—Arma.

—Estrecha. Hoja o punta rígida. Entró lateralmente por debajo de mandíbula.

—¿Muerte rápida?

Lenoir tocó.

—Probablemente.

—¿Minutos?

—Puede haber sido casi inmediata.

Delacroix pensó en los siete minutos. Suficientes.

—Defensa —preguntó.

Lenoir revisó manos.

—No veo.

—Entonces conocía a quien se acercó.

Ravel lo miró.

—O no vio venir el golpe.

—Sí.

Lenoir continuó. La sangre. La posición. La ropa. Nada en bolsillos salvo objetos ya descritos.

Ravel preguntó:

—¿Falta algo?

Delacroix respondió:

—Una libreta.

—¿La llevaba encima?

—No.

—Entonces cómo falta.

—Estaba dentro de una carpeta que dejé en el salón.

Ravel lo miró.

—¿Y durante el apagón alguien la robó?

—Sí.

—¿Qué contenía?

Delacroix pensó en la referencia. No podía mentir a gendarmería de forma absoluta.

Pero tampoco quería revelar delante de Fournier algo que luego pudiera circular sin control.

—Investigación sobre una muerte de 1919.

Ravel frunció el ceño.

—¿Otra muerte?

—El origen de todo esto.

—Necesitaré esa historia completa.

—Sí.

—Ahora.

—Después de revisar los cuerpos.

El brigadier lo miró. Delacroix sostuvo. Finalmente Ravel asintió. El doctor Lenoir levantó la vista.

—No puedo decir mucho más aquí.

—¿Hora? —preguntó Fournier.

Delacroix sintió la palabra. Lenoir miró el cuerpo.

—Muy reciente.

—¿Cuánto?

—Menos de una hora probablemente.

Delacroix intervino:

—No necesitamos más precisión.

Ravel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque este asesino lleva días aprovechando nuestra obsesión con asignar una hora exacta a cosas que fueron preparadas antes.

Ravel cerró los ojos un instante.

—Voy a necesitar que empiece desde el principio.

—Sí.

Examinaron después los otros cuerpos.

La cámara fría produjo en los recién llegados el silencio que ya no producía en quienes llevaban días entrando.

Veyrac.

Amaury.

Géraud.

Octave.

Cuatro formas.

Côme todavía fuera.

Lenoir examinó uno a uno.

No realizó autopsia.

No allí.

Pero confirmó aspectos importantes.

Veyrac: herida penetrante torácica compatible con el abrecartas.

Amaury: golpe craneal previo o al menos no explicado con facilidad por la caída.

Géraud: traumatismo contundente, exposición secundaria.

Octave... Lenoir tardó más.

—Síntomas que describen pueden ser compatibles con intoxicación.

—Acónito —dijo Delacroix.

El médico levantó la vista.

—Puede.

—¿Puede saberlo?

—No sin análisis.

—¿El corazón?

—Los alcaloides de acónito pueden producir alteraciones cardíacas y parestesias. Pero también otras sustancias.

—Entonces.

—No escriba acónito como hecho.

Delacroix casi sonrió. Amaury habría aprobado.

—No lo haré.

Ravel lo observó.

—¿Qué gracia tiene?

—Ninguna.

Salieron.

Ravel ordenó a Fournier permanecer cerca de los cuerpos mientras él hablaba con Delacroix.

—Solo nosotros.

Delacroix negó.

—No.

El brigadier perdió paciencia.

—Monsieur Delacroix.

—Si me separa del grupo durante una hora, el asesino sabrá que estoy contándole algo importante.

—Ya sabe que me contará algo importante.

—No qué parte.

Ravel lo miró.

—Entonces qué propone.

—Interrogatorios individuales de todos.

—Eso ya iba a hacerlo.

—Misma duración aproximada.

—No necesito consejos de procedimiento.

—No. Necesita no indicarle al asesino qué persona le interesa más.

Ravel abrió la boca. Después la cerró.

El gesto hizo que Delacroix lo respetara un poco más.

—Bien —dijo—. Treinta minutos cada uno.

—Demasiado exacto.

—Monsieur Delacroix.

—Veinticinco a cuarenta.

Ravel lo miró.

—Empiezo a entender por qué los asesinos le resultan menos irritantes que la policía.

—Nunca he dicho eso.

—Su cara sí.

Delacroix sintió la frase.

Hélène.

Todo el hotel hablaba ya igual.

Eso era peligroso de otro modo.

El grupo estaba empezando a contaminarse también lingüísticamente.

Regresaron al salón.

Ravel habló.

—Nadie abandona este sector sin autorización. Fournier o yo acompañaremos cualquier desplazamiento. Monsieur Colas podrá ir a la estación solo conmigo, con Fournier o con monsieur Cottin mientras uno de nosotros lo sepa.

Rémi asintió.

—Bien.

—El doctor Lenoir permanecerá aquí hasta que podamos descender los cuerpos o llegue personal adicional.

Thérèse levantó una mano.

—Mireille.

—Madame Ségur permanecerá abajo.

—¿No sube?

—No.

Mireille estaba a salvo. Eso era bueno.

También significaba que uno de los grandes focos de sospecha ya no estaba en la habitación.

Delacroix observó el efecto.

Hélène parecía tranquila.

Thérèse aliviada.

Rémi no mostró nada.

André parecía demasiado cansado para reaccionar.

Ravel comenzó interrogatorios.

Primero André.

Después Hélène.

Delacroix observó la elección.

No comentó.

Hélène se levantó.

Antes de salir miró a Delacroix.

—¿Algo que quieras que no diga?

El salón quedó inmóvil. Ravel la miró. Delacroix también.

—No.

—Bien.

—Di la verdad.

Hélène sonrió apenas.

—Eso sí que parece una trampa.

Se fue. Delacroix sintió la frase quedarse. Thérèse la miró marchar.

—¿Sospechas de ella?

La pregunta llegó tan directa que Delacroix no tuvo tiempo de evitarla.

Rémi levantó la vista. André no estaba. Côme muerto. Mireille abajo.

—Sospecho de todos.

Thérèse negó.

—No así.

Delacroix la observó.

—¿Por qué lo dices?

—Porque llevas dos días intentando no mirarla cuando algo apunta hacia ella.

Silencio. Rémi se removió. Delacroix sintió irritación. No con Thérèse. Consigo mismo.

Había creído que disimular sospecha consistía en no perseguirla.

Pero los cambios también eran visibles.

—Eso es imaginación.

Thérèse lo miró.

—No.

—Entonces no preguntes más.

Ella entendió. Bajó la vista.