Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 20 — Siete minutos #4
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Capítulo 20 — Siete minutos #4

Hélène se acercó.

—Durante apagón.

—Sí.

—Entonces quien mató a Côme quizá no necesitaba su libreta encima. Ya sabía dónde estaba.

—Sí.

—Primero la roba. Después lo mata.

—O al revés.

—Siete minutos.

—Suficientes.

Rémi miró el salón.

—¿La carpeta estaba cerrada?

—Atada.

—Ahora.

El cordel había sido rehecho.

Delacroix lo vio.

No como lo había dejado.

El nudo era más simple.

Otra corrección.

Côme había descubierto algo.

El asesino había eliminado el registro.

Pero no todo.

Delacroix tenía la copia:

Valbert — LCV — R.M. 1920 — A.L.73

Y ahora el nuevo papel:

R.M. 1920 — p. 41, margen inferior.

R.M.

Revue du Midi.

Página 41.

Côme había seguido leyendo.

Incluso después de la prohibición.

Y había encontrado algo en el margen.

El asesino creía que al robar la libreta eliminaba todo.

No sabía que Côme había copiado otra referencia y la llevaba separada.

Por primera vez desde la muerte, Delacroix sintió algo distinto.

No alivio. Ventaja. Pequeña. Secreta. No la compartiría.

—¿Qué falta además de la libreta? —preguntó André.

Delacroix revisó. Nada.

—Solo eso.

Hélène lo observó.

—Eso confirma motivo.

—No.

—Armand.

—Confirma que alguien quería lo que Côme había escrito.

—Eso es motivo.

—Para robar la libreta.

—Y lo mataron.

—Sí.

—Entonces.

Delacroix se volvió.

—No voy a regalarle al asesino la certeza de que creemos que encontró todo.

Silencio. Hélène entendió.

—Quieres mentir.

—Sí.

—¿Qué diremos?

Delacroix pensó. Mireille no estaba arriba. Gendarmes llegarían. La fase cerrada terminaba. Pero antes necesitaba una cosa.

Que el asesino creyera que la muerte de Côme había funcionado.

—Diremos que Côme no dejó copias.

Thérèse lo miró.

—Pero sí.

—No todos lo saben.

Hélène sostuvo la mirada. Ella sí sabía que Delacroix había hecho copias. Mireille quizá también. Rémi. No estaba seguro.

—Y sobre la nueva referencia.

Nadie respondió. Delacroix cerró la mano sobre el papel.

—No existe.

Hélène lo miró. Largo. Después asintió.

—Bien.

Rémi frunció el ceño.

—No sé qué referencia.

—Perfecto.

André tampoco. Thérèse sí había visto el papel. Delacroix la miró.

—No hablas.

Ella palideció.

—No.

—Ni con gendarmería hasta que yo lo indique.

—Armand.

—Quien mató a Côme está aquí arriba.

La frase entró distinta ahora.

Cinco personas además de él.

Hélène.

Thérèse.

Rémi.

André.

¿Mireille?

Abajo antes del crimen.

Mireille no podía haber matado a Côme si había llegado a estación inferior mucho antes del apagón.

A menos que... No. No inventaría imposibles. Mireille quedaba casi fuera de esta muerte. Eso importaba enormemente.

Uno de los mayores red herrings acababa de recibir una coartada física extraordinaria.

Hélène lo entendió. Delacroix la vio.

—Mireille estaba abajo —dijo.

Silencio. Thérèse cerró los ojos. Rémi asintió. André también. Hélène no se movió.

—Sí.

Por primera vez el círculo se estrechaba de verdad.

No por interpretación. Por geografía.

Mireille había descendido antes de las once y había llegado abajo más de cuatro horas antes.

Côme murió arriba a las cuatro y algo. Mireille no podía. Veyrac estaba muerto. Amaury. Géraud. Octave.

Quedaban arriba cuando Côme murió:

Delacroix.

Hélène.

Thérèse.

Rémi.

André.

Côme.

Uno de los cinco supervivientes además de Delacroix.

Si Delacroix se eliminaba a sí mismo.

Cuatro.

Hélène.

Thérèse.

Rémi.

André.

La cifra produjo algo.

No una conclusión.

Una presión.

Hélène habló:

—Ahora somos pocos.

Delacroix la miró.

—Sí.

—Eso debería ayudar.

—También hace más peligroso equivocarse.

Ella asintió. No dijo nada más.

A las cuatro y cuarenta y siete llegó la primera señal.

Rémi corrió a estación acompañado por André.

Delacroix no los dejó ir solos.

Hélène fue también.

Thérèse con Delacroix.

Todos.

La cabina superior descendió.

La inferior subió.

En el punto intermedio, los gendarmes y el médico hicieron transferencia.

Las señales tardaron una eternidad. Después la cabina superior empezó a regresar. Delacroix miró el hotel.

Por primera vez desde el viernes, alguien de fuera iba a entrar.

El círculo cerrado se rompía.

La cabina apareció en la curva.

Subió.

Entró en estación.

Dos gendarmes.

Un médico.

Un tercer hombre técnico.

El primero de los gendarmes salió.

Miró a Delacroix.

Después los rostros.

—Monsieur Delacroix.

—Sí.

El hombre se quitó los guantes.

—Madame Ségur nos explicó que hay cuatro muertos.

Delacroix lo miró.

—Cinco.

El gendarme se quedó quieto.

—¿Qué?

Delacroix pensó en Côme. En la libreta desaparecida. En la referencia escondida. En el asesino todavía entre ellos.

—Otro hace media hora.

Silencio. La cara del gendarme cambió. El exterior había llegado. Demasiado tarde para Côme. Pero no demasiado tarde para todos. Eso esperaba.

—Nadie sale del hotel —dijo Delacroix.

El gendarme frunció el ceño.

—Acabamos de venir a sacarles.

—No todavía.

Hélène lo miró. Thérèse también. Rémi. André. Delacroix sostuvo la mirada del hombre.

—El asesino sigue aquí.

El gendarme observó al pequeño grupo.

—Está seguro.

Delacroix pensó en cuatro nombres. En uno de ellos. Todavía no sabía cuál.

—Sí.

Esta vez no era una mentira.