Capítulo 20 — Siete minutos #3
Delacroix oyó un roce cerca de la puerta. No supo si era ropa, una silla o simplemente alguien cambiando el peso de un pie al otro.
—Nombres.
—Hélène.
—Thérèse.
—Côme.
—Delacroix.
La voz de Hélène volvió a llegar desde la zona de la puerta. La de Côme también parecía más distante que antes, pero la oscuridad deformaba las direcciones y Delacroix no quiso convertir acústica en geografía.
El silencio se estiró. Delacroix no supo medir cuánto.
—Nombres.
—Hélène.
—Thérèse.
—Côme.
—Delacroix.
Una campana sonó abajo dos veces.
Delacroix pensó en Rémi y André, aislados en la estación. Quería salir a comprobarlos. Precisamente por eso se quedó sentado.
El tiempo perdió forma. Entre un recuento y el siguiente pudieron pasar dos o tres minutos; sin luz, el miedo no medía bien.
—Nombres.
—Hélène.
—Thérèse.
Silencio.
—Côme.
Nada.
Delacroix sintió el cuerpo reaccionar antes que la razón.
—Côme.
No hubo respuesta.
—Thérèse, cerilla.
La caja raspó. Una llama apareció.
Thérèse estaba junto a la mesa. Delacroix frente a ella. La silla de Côme estaba vacía.
Hélène apareció en el borde de la luz, cerca de la puerta.
—Estaba ahí —dijo.
Delacroix la miró.
—¿Cuándo te has movido hasta la puerta?
—Cuando sonó el montacargas. No salí; quería oír mejor.
Era una desobediencia. También era exactamente la clase de pequeña desobediencia que todos habían cometido durante días y que, en aquella oscuridad, podía confundirse con prudencia.
—¿Viste salir a Côme?
—No.
Thérèse palideció.
—Yo tampoco.
La cerilla murió.
—¡Côme!
Nada. Delacroix se puso de pie.
—Hélène, vuelve junto a Thérèse.
—No vas solo.
—No pienso discutirlo.
—Entonces vamos los tres.
Delacroix apretó los dientes. Tenía razón. Thérèse encendió otra cerilla. Salieron juntos.
El corredor era negro. Delacroix avanzaba por memoria, tocando apenas la pared con los dedos.
—Côme.
Nada.
—Nombres.
—Hélène.
—Thérèse.
—Delacroix.
Cada respuesta parecía servir de protección y, al mismo tiempo, demostrar muy poco.
Un ruido de metal llegó desde el corredor de servicio.
—Allí —dijo Hélène.
—¿Qué?
—La puerta del montacargas. El sonido viene de esa zona.
Delacroix registró el detalle y siguió. Una cerilla. Oscuridad. Otra cerilla.
El acceso al montacargas apareció al fondo. La reja exterior estaba abierta y la cabina detenida en ese piso.
Vacía.
En el suelo, junto al umbral, había una hoja blanca.
—No toquéis.
Thérèse acercó la llama.
En la hoja se leía:
A.L. 73 NO ESTÁ EN LA REVISTA.
ESTÁ EN EL ASCENSOR.
Delacroix sintió el golpe.
El cebo era exacto. Ariane. Página 73. La referencia que Côme había encontrado y que no había querido explicar delante de Hélène.
—Lo llamó —susurró Thérèse.
—Sí.
La llama murió. Delacroix miró la cabina vacía.
—Abajo.
—¿Cómo sabes? —preguntó Thérèse.
Un sonido débil llegó desde el hueco. No una voz. Algo golpeando metal.
—Porque algo se ha movido ahí abajo.
Había una escalera de servicio dos puertas atrás. Hélène señaló la ubicación antes de que Delacroix la encontrara a tientas.
Él la miró en la penumbra de la siguiente cerilla.
—¿La conocías?
—La recorrí durante la visita de enero.
No era secreto. Aun así, Delacroix guardó la respuesta.
Bajaron. Primer piso. Nada. Planta baja. El ruido metálico se repitió, ahora más cerca.
Thérèse encendió otra cerilla y mostró un corredor técnico con una puerta abierta al fondo.
Delacroix avanzó.
En ese instante volvieron las luces.
Bruscamente.
Los tres cerraron los ojos.
Cuando el corredor reapareció, Delacroix vio el reloj.
Cuatro dieciocho.
Siete minutos.
La puerta abierta conducía a la base del montacargas.
Côme estaba en el suelo, sentado contra la pared.
Por un segundo Delacroix creyó que seguía vivo porque tenía los ojos abiertos. Después vio la cabeza inclinada y una línea oscura bajando desde el cuello de la camisa.
—Côme.
Corrió.
Hélène detrás.
Thérèse se quedó en la puerta.
Delacroix se arrodilló y buscó pulso.
Nada.
Volvió a comprobar.
Nada.
La herida estaba debajo de la mandíbula, hacia un lado: estrecha y profunda. Un objeto cortante había entrado allí con precisión suficiente para convertir siete minutos en toda la distancia que quedaba entre una persona y un cuerpo.
No estaba Octave para decirle más. Côme Valençay estaba muerto.
Delacroix cerró los ojos un instante y los abrió enseguida. No podía permitirse quedarse dentro de ese instante.
—¿Qué ocurrió? —susurró Thérèse.
Delacroix miró los bolsillos de Côme. La libreta no estaba. Entonces recordó algo peor. Su carpeta.
La había dejado en el salón, junto a la silla, con la libreta de Côme dentro.
Durante el apagón.
—Hélène.
—¿Qué?
—La carpeta.
Comprendió.
—Se quedó arriba.
—Sí.
Côme había salido sin su libreta. El asesino no solo había utilizado aquellos siete minutos para atraerlo; también podía haber aprovechado la oscuridad para recuperar las notas antes.
—No nos movemos todavía.
Thérèse empezó a llorar.
Delacroix revisó únicamente lo imprescindible. En un bolsillo encontró un pañuelo y una pluma. En otro, un pequeño papel doblado.
Lo extrajo por una esquina. R.M. 1920 — p. 41, margen inferior. No era A.L.73. Era otra referencia. Más nueva.
Côme había vuelto a investigar después de que Delacroix le prohibiera hacerlo. Naturalmente.
—¿Qué es? —preguntó Hélène.
Delacroix cerró la mano.
—Nada.
—Armand.
—Nada.
Esta vez no explicaría. Côme estaba muerto por haber leído demasiado y Delacroix no convertiría su última lectura en un anuncio.
Hélène vio la decisión y no insistió.
El montacargas estaba detenido arriba. La puerta técnica permanecía abierta. No había arma.
Côme había acudido por voluntad propia a una frase que alguien sabía irresistible para él. La violencia no necesitó persecución: necesitó curiosidad.
—Vino —dijo Delacroix.
Hélène lo miró.
—Sí.
—Porque quiso leer.
Thérèse cerró los ojos.
—Porque alguien sabía que lo haría —corrigió Delacroix.
Pasos. Rémi y André aparecieron en el corredor. Vivos. André vio el cuerpo y se detuvo.
—No.
Rémi cerró los ojos. Delacroix se levantó.
—¿Dónde estabais?
—En la estación —respondió Rémi—. Todo el apagón.
—¿Juntos?
—Sí —dijo André.
—¿Salisteis en algún momento?
Rémi pensó antes de responder.
—Yo no. André fue unos segundos al cuadro auxiliar.
—Y Rémi quedó fuera de mi vista mientras lo hacía —añadió el director—. Muy poco.
Delacroix miró a Hélène y Thérèse.
Había creído que ellas habían permanecido con él hasta descubrir la ausencia de Côme. En realidad sabía algo menos preciso: había oído sus voces. Hélène incluso había admitido que se desplazó hasta la puerta sin que él pudiera verla.
—Yo también tuve un hueco —dijo Hélène.
Delacroix la miró.
—Te moviste hasta la puerta.
—Sí. Y te respondí desde allí. Durante varios recuentos solo supiste dónde estaba mi voz.
Thérèse palideció.
—La mía también podría haber llegado desde otro punto del salón.
La lección era sencilla y desagradable: el protocolo de nombres había impedido silencios largos, no movimiento. Una voz demostraba presencia aproximada. No posición.
Delacroix volvió a mirar a Côme.
Cinco personas seguían vivas en el hotel: Hélène, Thérèse, Rémi, André y él.
Mireille estaba abajo. La reducción ya no admitía errores aritméticos.
—Nadie toca nada.
Rémi tragó saliva.
—Los gendarmes están casi en el punto intermedio.
—¿Cuánto?
—Treinta minutos.
Hélène miró hacia el corredor.
—Entonces esto fue el último intento.
Delacroix se volvió.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no vamos a construir un final antes de que termine.
Ella sostuvo su mirada. Después asintió. Delacroix cerró los ojos.
Delacroix volvió al salón acompañado por todos.
No trasladaron a Côme todavía.
No antes de gendarmería.
La carpeta seguía junto a su silla.
Delacroix la vio.
Corrió.
La abrió.
Los documentos de Veyrac.
Presentes.
Carta de Amaury.
Presente.
Libreta de Géraud.
Presente.
Libreta de Côme.
No.
El bolsillo interior de la carpeta estaba vacío.
—La cogieron —dijo Thérèse.
Delacroix miró.
—Sí.