Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 20 — Siete minutos #2
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Capítulo 20 — Siete minutos #2

—Nadie abandona la estación.

—Sí.

Regresó al salón. Encontró a Thérèse llorando. No de miedo. De alivio. Hélène estaba junto a ella. Côme caminaba.

—Llegó —dijo Delacroix.

Thérèse se levantó.

—¿Seguro?

—Sí.

—Abajo.

—Sí.

La mujer cerró los ojos. Hélène sonrió.

—Entonces ya está.

Delacroix la miró.

—No.

—Armand.

—Ya empezó a estar.

Hélène aceptó la corrección. Côme se acercó.

—¿Cuánto tardarán?

—No sé.

—Horas.

—Probablemente.

—Hoy.

—Sí.

El periodista respiró. Después sonrió.

—Entonces puedo revisar una cosa.

Delacroix lo miró. Côme cerró los ojos.

—Era broma.

—Muy mala.

—Sí.

Delacroix señaló una silla.

—Siéntate.

—No soy un perro.

—Hoy lo pareces.

Côme se sentó. Hélène soltó una risa. La tensión disminuyó. Durante casi una hora no investigaron. Nada. Esperaron.

Fue quizás el periodo más pacífico desde la muerte de Veyrac.

Thérèse preparó té. No sola. Hélène la acompañó.

Côme contó cómo había conseguido su primer trabajo de periodista mintiendo sobre saber taquigrafía.

Delacroix lo miró.

—¿No sabías?

—No.

—¿Qué hiciste?

—Aprendí esa noche.

Hélène sonrió.

—Eso explica demasiado de tu carácter.

Côme levantó la taza.

—Funcionó.

—Sobreviviste.

La palabra cayó. Côme perdió la sonrisa. Hélène cerró los ojos.

—Perdón.

—No.

El periodista miró la taza.

—Estoy bien.

Delacroix lo observó. No. No estaba bien. Ninguno.

Pero la salida próxima hacía que todos fingieran mejor.

A las dos y cuarto, Rémi apareció en la puerta.

Solo. Delacroix se levantó.

—André.

—Viene detrás.

El director apareció.

Bien.

—¿Qué ocurre?

Rémi sonreía.

—Gendarmería viene.

La habitación cambió.

—¿Cuándo?

—Han enviado señal. Mireille habló abajo. Dos gendarmes y un médico suben hasta el punto intermedio en la cabina inferior. Nosotros enviamos la superior. Harán transferencia si la vía no permite cruce completo.

—Tiempo.

—Dos horas, quizá tres.

Côme se rió.

—Ya no importa.

Rémi asintió.

—No.

Delacroix pensó. Tres horas.

El asesino tenía tres horas antes de que el círculo dejara de estar cerrado.

—Todos juntos —dijo.

Hélène lo miró.

—Otra vez.

—Sí.

—No necesitamos...

—Sí.

El tono terminó la discusión. Delacroix fue hasta el escritorio.

Guardó todos los documentos importantes dentro de la chaqueta y una carpeta atada con cordel.

—¿Qué haces? —preguntó Côme.

—Preparar entrega.

—A gendarmería.

—Sí.

—Mi libreta.

Delacroix lo miró.

—La entregas.

Côme frunció el ceño.

—No.

—Sí.

—Es mía.

—Y contiene evidencia.

—También notas personales.

—Entonces arrancas lo personal.

—No voy a arrancar...

Delacroix lo miró. Côme respiró.

—Después.

—Ahora.

—Armand.

—Côme.

El periodista apretó los labios.

Sacó la libreta.

La colocó sobre la mesa.

Abrió.

Varias páginas.

Notas.

Cronologías.

Referencias.

Opiniones.

—Necesito ordenar.

—Aquí.

—Cinco minutos.

Delacroix lo miró. Côme levantó una mano.

—Aquí. Delante de todos.

—Bien.

Empezó. Hélène se acercó.

—¿Quieres ayuda?

Côme negó inmediatamente.

—No.

La respuesta fue demasiado fuerte. Hélène retrocedió.

—Bien.

Côme continuó. Delacroix lo observaba.

El periodista tenía una página doblada cerca del final.

No la abrió. La pasó. Delacroix lo notó.

—¿Qué hay ahí?

Côme se detuvo.

—Nada.

Silencio. Hélène levantó la mirada. Thérèse también. Delacroix sintió una irritación profunda.

—Côme.

—No es nada definitivo.

—Eso no es respuesta.

El periodista cerró la libreta.

—Armand, por favor.

La frase cambió el tono. No desafío. Miedo.

—¿Qué encontraste?

Côme miró a Hélène. Error. Brutal. Delacroix lo vio. Hélène también.

—No —dijo Delacroix.

Demasiado tarde. Côme cerró los ojos.

—Mierda.

Hélène permaneció quieta.

—Sobre mí.

Côme no respondió.

—No preguntes —dijo Delacroix.

Ella lo miró.

—No hace falta.

—Precisamente sí.

Côme apretó la libreta.

—No demuestra asesinato.

Hélène soltó aire.

—Eso no tranquiliza.

—Côme.

—Lo siento.

Delacroix sintió rabia.

El periodista era incapaz de callar cuando una frase parecía necesitar precisión.

—Todos aquí —dijo—. Nadie pregunta. Côme no explica. En tres horas habrá gendarmes.

Mireille ya estaba abajo. No. Cinco arriba además de él. Seis.

—La libreta queda conmigo.

Côme negó.

—No.

—Se acabó.

—Armand...

—Has vuelto a señalarte solo.

El periodista lo miró. La verdad dolió.

—Bien.

Entregó la libreta. Delacroix la tomó. Hélène observó.

—Ahora te has señalado tú.

—Ya estaba.

—Sí.

Delacroix guardó la libreta dentro de la carpeta. Côme parecía desnudo sin ella.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Thérèse.

Delacroix la miró. Ella cerró la boca.

—No importa durante tres horas.

Hélène sonrió sin humor.

—Eso es una mentira.

—Sí.

—Bien.

La aceptación fue inmediata.

Todos estaban aprendiendo demasiado.

A las tres, André propuso comida.

Nadie tenía hambre.

Comieron igualmente.

Pan.

Sopa.

Fruta.

Nada individual.

Todo preparado a la vista.

Delacroix mantuvo la carpeta junto a la pierna.

Côme la miraba.

Hélène fingía no hacerlo.

Thérèse no fingía bien.

Rémi fue a la estación.

Con André.

Volvieron a las tres y veinte.

—Han empezado a subir.

—¿Cuánto?

—Una hora y media si todo sigue.

Delacroix miró el reloj. Tres veintitrés. El asesino tenía menos.

No sabía por qué el pensamiento seguía apareciendo como si el asesino necesitara actuar.

Podía no hacer nada. Podía esperar. Haber perdido. Cuatro muertos ya eran demasiados.

Tal vez la única prioridad fuera escapar mezclado con supervivientes y defenderse después.

Eso sería racional.

Delacroix no confiaba en que el asesino fuera irracional.

Precisamente lo contrario.

—A partir de ahora nadie sale del salón salvo Rémi y André a estación, siempre juntos.

Mireille no estaba.

Hélène.

Thérèse.

Côme.

Delacroix.

Cuatro en salón.

Dos en estación cuando se fueran.

—Lavabo —dijo Côme.

Delacroix lo miró.

—Ahora.

—¿Qué?

—Ve ahora acompañado. Después nadie.

Côme soltó aire.

—Esto ya es humillante.

Thérèse se levantó.

—Voy contigo hasta el corredor.

Côme la miró.

—Gracias.

Salieron. Delacroix observó. Dos minutos. Regresaron. Bien. Hélène se levantó.

—Yo también.

Delacroix la acompañó hasta el corredor.

Esperó.

Volvieron.

Thérèse.

Con Hélène.

Después nadie.

A las cuatro menos cuarto, una lámpara parpadeó.

Delacroix levantó la cabeza.

Côme también.

Rémi, que acababa de regresar, miró hacia el techo.

—No.

La luz bajó. Subió. Hélène se quedó quieta.

—Otra vez.

Delacroix recordó la lámpara frente al montacargas la noche anterior.

Un parpadeo. Comprobación. No había visto. Pero alguien sí. O nadie.

—Rémi.

—Puede ser carga.

—¿Estación?

—No.

La luz estabilizó.

—Cuadro.

—No voy solo.

—André.

El director se levantó. Delacroix negó.

—No.

Ambos lo miraron.

—Todos juntos hasta que lleguen.

Rémi frunció el ceño.

—Si hay fallo podemos perder el funicular.

—¿Riesgo real?

—Puede.

—Eso no basta.

—Armand.

—¿Cuánto falta para gendarmes?

Rémi consultó señales portátiles.

—Una hora.

—Esperamos.

El técnico no estaba de acuerdo. Pero obedeció. Cinco minutos después, otra lámpara parpadeó. Esta vez dos. Después tres. André miró alrededor.

—No es normal.

Delacroix sintió cómo la habitación se tensaba.

—Linternas fuera.

Todos tenían alguna. Las colocaron. Côme sonrió sin humor.

—La última vez dijiste que no nos moviéramos.

—Esta vez tampoco.

—Bien.

Rémi fue hasta el interruptor del salón.

—No toco.

—No.

La luz volvió. Estable. Diez minutos. Quince. Nada.

A las cuatro y nueve, la campanilla de la estación sonó.

Rémi miró hacia la puerta.

—Necesito ir.

Delacroix sintió el dilema. La señal. La salida. La cosa que Rémi no podía ignorar.

—Con André.

—Sí.

—Cinco minutos.

—Sí.

Ambos salieron. Quedaron Delacroix, Hélène, Thérèse y Côme. Cuatro.

La carpeta con la libreta de Côme seguía junto a Delacroix.

A las cuatro y once, las luces se apagaron.

Todas.

No cinco segundos. Esta vez el negro fue absoluto.

Delacroix reaccionó antes de pensar.

—Nombres. Ahora.

—Hélène.

—Thérèse.

—Côme.

—Delacroix.

Cuatro voces.

—Nadie se mueve.

Pasaron dos segundos. Después cinco. El silencio tenía una densidad distinta cuando todos sabían que podía contener a alguien caminando.

—Otra vez.

—Hélène.

—Thérèse.

—Côme.

—Delacroix.

Delacroix sacó la linterna.

—Linternas a la vez. Tres. Dos. Uno.

Presionó. Nada.

—La mía no —dijo Hélène.

—Tampoco —dijo Thérèse.

Côme probó la suya.

—Nada.

Las cuatro habían fallado.

Delacroix sintió frío. Aquello ya no era casualidad ni una avería eléctrica que hubiera elegido también las baterías.

—Cerillas.

—Tengo —dijo Hélène.

Se oyó el roce de una caja. Una cerilla raspó y se apagó. La segunda prendió.

Durante unos segundos el salón regresó en un círculo amarillo: Hélène junto a su silla, Thérèse a su derecha, Côme frente a Delacroix. Los cuatro seguían allí.

—Me quedan pocas —dijo Hélène.

—Dáselas a Thérèse. Tú no te levantes.

Hélène acercó la caja por encima de la mesa. Thérèse la tomó. La llama murió.

Un golpe seco sonó fuera del salón. Côme inhaló.

—¿Qué fue eso?

—Nada que vayamos a comprobar. Nombres.

—Hélène.

—Thérèse.

—Côme.

—Delacroix.

Bien.

Después sonó una campanilla lejana y, casi inmediatamente, un ruido metálico.

—Puede ser el montacargas —dijo Côme.

Delacroix se volvió hacia la voz.

—¿Cómo lo sabes?

—El ruido. Lo oí cuando...

Se detuvo.

—¿Cuando qué?

—Nada.

—Ahora no es momento de guardar una frase porque te avergüence haber investigado otra vez.

Côme no respondió.

—Nos quedamos aquí —dijo Delacroix—. Las velas están fuera precisamente porque alguien quiere que salgamos a buscarlas.

Negro otra vez.

Thérèse sostuvo la caja de cerillas en una mano, pero Delacroix le pidió que no gastara otra todavía. No fijó intervalos regulares para los recuentos: repetía los nombres cuando el silencio o algún ruido le hacían necesitar una confirmación.

—Hélène.

—Thérèse.

—Côme.

—Delacroix.

En el siguiente recuento, la voz de Hélène llegó un poco más lejos, hacia la derecha.

Delacroix abrió los ojos en la oscuridad como si eso pudiera ayudar.

—¿Te has movido?

—Un paso. La silla me estaba golpeando la pierna.

—Quietos significa quietos.

—Entendido.

Otro sonido metálico recorrió el corredor. Côme respiró con rapidez.

—Eso sí fue el montacargas.

—No sales.

—No he dicho que fuera a salir.