Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 20 — Siete minutos
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Capítulo 20 — Siete minutos

A las seis y ocho de la mañana, Armand Delacroix abrió los ojos con una certeza desagradable.

No sabía dónde estaba Côme Valençay. Se incorporó.

La habitación estaba oscura salvo por una línea gris debajo de las cortinas. Había dormido vestido parcialmente, con la libreta junto al cuerpo y la chaqueta sobre una silla al alcance de la mano.

Escuchó. Nada. Se levantó. Abrió.

La puerta comunicante entre las habitaciones de Côme y Rémi estaba abierta.

La habitación de Rémi también. Vacía. Delacroix sintió el golpe.

—Rémi.

Nada. Dos pasos. La puerta de Côme. Abierta. Cama sin hacer. Vacía.

Delacroix ya caminaba hacia el corredor cuando oyó voces abajo.

Se detuvo.

Después bajó con rapidez.

Encontró a Rémi y Côme en recepción.

Vivos.

Los dos.

Delacroix no sintió alivio.

Sintió ganas de matar a uno de ellos.

—¿Qué hacéis?

Côme levantó la vista. Tenía una taza de café.

—Buenos días.

—No.

Rémi frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Qué hacéis aquí?

El técnico señaló el cuadro de señales.

—Había respuesta abajo.

—¿Y él?

Côme levantó la taza.

—Me despertó.

—¿Por qué?

Rémi lo miró.

—Porque la regla dice que nadie va solo.

Delacroix se quedó quieto. La rabia perdió una parte de su fundamento. No toda.

—Podías haber despertado a André.

—Está dormido.

—Tú también deberías.

Côme sonrió.

—Yo estaba despierto.

Delacroix lo miró. El periodista dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Nada.

—Has puesto la cara.

Rémi soltó aire.

—Ya es contagioso.

Delacroix se acercó.

—¿La libreta?

Côme se tocó el bolsillo.

—Aquí.

—No hagas eso.

El periodista retiró la mano inmediatamente.

—Perdón.

—Y deja de pedir perdón.

—Eso también.

Rémi observó a ambos.

—¿Puedo volver a mi estación o necesitáis discutir hábitos sociales?

Delacroix miró el cuadro.

—¿Qué señal?

Rémi señaló una secuencia anotada.

—Los técnicos de abajo han despejado parte del tramo afectado.

—¿Cuánto?

—Suficiente para intentar mover la cabina hasta casi aquí.

—Con personas.

—Todavía no.

Côme dejó la taza.

—Pero podría ser hoy.

Rémi lo miró.

—Sí.

La palabra entró distinta. No quizá. Sí. Delacroix sintió algo. No permitió que creciera demasiado.

—Hora.

—Si todo responde, primera prueba a las diez.

—Y después.

—Si la cabina completa el trayecto y los frenos están bien, una persona puede bajar.

Côme sonrió.

—¿Quién?

Rémi miró a Delacroix. El periodista entendió.

—Naturalmente.

Delacroix negó.

—No.

Ambos lo miraron.

—¿No qué? —preguntó Rémi.

—No voy primero.

—Armand.

—El primer descenso debe hacerlo alguien capaz de detectar problemas técnicos.

Rémi abrió la boca.

—Tú.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si algo falla entre aquí y abajo, necesito que sigas arriba.

Rémi se quedó quieto. Era verdad.

—Entonces André.

—No.

—¿Quién?

Delacroix pensó. Côme sonrió.

—Ni se te ocurra.

—No.

—Bien.

—Mireille.

Côme parpadeó. Rémi también.

—¿Por qué ella?

—Porque pesa menos que la mayoría, sabe seguir instrucciones y no tiene una función imprescindible aquí.

Mireille habría discutido la última parte. Eso quizá la hacía adecuada.

—Lo decidimos con todos despiertos —dijo Rémi.

—Sí.

La esperanza existía. Por primera vez con forma. Diez de la mañana. Prueba. Después quizá —no, sí— un descenso. Delacroix miró a Côme.

—Hasta entonces no investigas.

El periodista cerró los ojos.

—Armand.

—Nada.

—Solo quería revisar...

—No.

—No sabes qué.

—No importa.

Côme levantó las manos.

—Bien.

—Dilo sin resentimiento.

—Bien.

Peor. Rémi sonrió. El desayuno tuvo una cualidad distinta. No alegre. Urgente.

Todos sabían que el hotel podía dejar de ser prisión ese mismo día.

Mireille miró a Rémi cuando él explicó la posibilidad de que fuera la primera en bajar.

—¿Yo?

—Sí —dijo Delacroix.

—¿Por qué?

Côme respondió antes:

—Porque pesas poco, obedeces y aparentemente eres prescindible.

Mireille lo miró.

—Voy a matarte antes de que llegue el asesino.

Thérèse sonrió. Rémi negó.

—No es seguro todavía.

—Pero puede.

—Sí.

—¿Y abajo?

—Hay gente.

—¿Policía?

—Técnicos. Si tú llegas, puedes explicar que hay cuatro muertos y que necesitamos gendarmería, médico, transporte y todo lo demás.

Mireille dejó de sonreír. Cuatro muertos.

Había que decirlo cada vez que se hablaba del exterior.

El mundo de abajo todavía no sabía.

—Voy —dijo.

Delacroix la miró.

—No es valentía. Si la cabina no responde perfecto, no subes.

—Bajas.

—No subes a la cabina.

Mireille levantó una ceja.

—Estoy nerviosa, no estúpida.

—Las dos cosas no se excluyen.

—Gracias.

Hélène bebía café en silencio. Delacroix la observó.

—¿Qué?

Ella levantó la vista.

—Nada.

—Estás pensando.

—Sucede.

—Dilo.

Hélène miró a Mireille.

—Si alguien ha matado para mantenernos aislados, hoy tiene un problema.

El salón se quedó quieto. Mireille dejó la taza. Delacroix había pensado exactamente lo mismo.

—Sí.

—Si podemos bajar, pierde control.

—Sí.

—Entonces hoy es más peligroso.

—Probablemente.

Côme soltó aire.

—Gracias por mejorar el desayuno.

Hélène lo miró.

—Preferías no pensarlo.

—Sí.

—Eso no cambia que sea verdad.

Delacroix intervino.

—Precisamente por eso nadie se separa hoy.

Côme levantó una mano.

—Ya lo dijiste.

—Lo repito especialmente para ti.

El periodista no discutió. Bien. A las nueve comenzaron los preparativos. Rémi y André en la estación. Delacroix con ellos.

Mireille esperaba ya con abrigo, guantes y una pequeña maleta que André había preparado con agua, manta y una carta breve para la estación inferior explicando lo ocurrido.

Delacroix escribió:

CUATRO HOMICIDIOS.

GRAND HÔTEL DES CIMES.

SI RECIBE ESTA NOTA, AVISE INMEDIATAMENTE A GENDARMERÍA Y MÉDICO.

NO SUBA NADIE SIN COORDINACIÓN.

ARM. DELACROIX.

Côme leyó por encima.

—Has escrito homicidios.

—Sí.

—No muertes.

—Sí.

—Entonces ya no tienes dudas.

Delacroix lo miró.

—De qué.

—De Octave.

—No.

—Géraud.

—No.

—Amaury.

—No.

—Veyrac.

—No.

Côme asintió.

—Bien.

Delacroix dobló la nota.

—Y no vuelvas a leer por encima de mi hombro.

—Lo siento.

Mireille lo miró.

—Eres incapaz.

Côme sonrió.

—Empiezo a aceptarlo.

A las diez y cuatro, la cabina comenzó a descender.

No con Mireille.

Vacía.

La primera prueba.

Todos observaban desde la galería.

El mecanismo funcionó.

Cincuenta metros.

Cien.

Curva.

La señal inferior apareció.

Rémi tenía una mano sobre el control.

—Bien.

La cabina continuó. Desapareció. Esperaron. Una luz verde en el cuadro. Después otra. Rémi respiró.

—Punto medio.

Côme cerró los ojos.

Mireille le tomó la mano a Thérèse.

La cabina siguió.

No podían verla.

Solo señales.

Una.

Dos.

Tres.

Silencio.

Demasiado.

Rémi frunció el ceño.

Delacroix lo miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Rémi.

—Espera.

Una señal. El técnico exhaló.

—Sigue.

Mireille soltó la mano de Thérèse.

—Voy a empezar a odiar también las luces.

—Llegas tarde —dijo Côme.

Otra señal. Después la secuencia completa. Rémi cerró los ojos un instante.

—Abajo.

La palabra atravesó el grupo. Mireille empezó a reír. Thérèse la abrazó. Côme golpeó a Rémi en el hombro. El técnico lo miró.

—No vuelvas a hacer eso mientras estoy en controles.

—Perdón.

—Ya sé.

André se sentó.

Parecía envejecido diez años y rejuvenecido cinco al mismo tiempo.

Hélène miró a Delacroix.

—Funciona.

—Sí.

—Ahora sí puedes admitir que estamos saliendo.

Delacroix observó el cuadro.

—Todavía no.

Ella sonrió.

—Cobarde.

—Prudente.

Amaury habría disfrutado de la distinción.

El pensamiento llegó.

Delacroix lo dejó.

La cabina regresó.

También sin pasajeros.

Subió.

Cada señal fue correcta.

A las once y trece entró nuevamente en estación.

Rémi inspeccionó ruedas, frenos y cable. Durante veinte minutos. Nadie lo apuró. Al terminar se volvió.

—Mireille.

Ella palideció.

—Sí.

—Puedes bajar.

Thérèse la abrazó de nuevo. Mireille no rió esta vez.

—¿Cuánto tarda?

—Treinta y ocho minutos en condiciones normales. Hoy más lento. Cincuenta quizá.

Delacroix se acercó.

—Llevas la nota.

—Sí.

—No sales de la estación inferior hasta que alguien de abajo confirme identidad y sepa qué ha ocurrido.

—Sí.

—No aceptas que suba nadie inmediatamente.

—Sí.

—Pides gendarmería, médico y que envíen mensaje a Saint-Lysandre.

—Sí.

—Y.

Mireille levantó una mano.

—Armand.

—¿Qué?

—Voy a bajar de una montaña. No a cruzar África.

Côme sonrió. Delacroix también.

—Bien.

Mireille entró. Thérèse se quedó junto a la puerta.

—Vuelves.

Mireille la miró. La frase pesó.

—Sí.

No prometió más. Rémi cerró. Activó. La cabina descendió.

Mireille permaneció visible detrás del cristal durante varios metros.

Levantó una mano.

Thérèse la levantó también.

Después desapareció.

El hotel quedó con seis personas.

Delacroix contó.

Él.

Hélène.

Thérèse.

Côme.

André.

Rémi.

Seis.

La reducción no se parecía a una muerte.

Pero el vacío que dejó Mireille produjo algo.

Por primera vez alguien había salido del círculo.

Viva.

Eso importaba.

—Cincuenta minutos —dijo Rémi.

—Te quedas aquí —respondió Delacroix.

—Naturalmente.

—André contigo.

—Sí.

Côme empezó a irse. Delacroix lo vio.

—¿Dónde?

El periodista se detuvo.

—Salón.

—¿Con quién?

—Hélène y Thérèse.

—Bien.

Côme sonrió.

—Estoy aprendiendo.

—Despacio.

Delacroix se quedó en la estación con Rémi y André mientras Hélène, Thérèse y Côme regresaban al salón.

Las señales fueron llegando. Primera curva. Punto de control. Mitad. Delacroix sintió la tensión.

Si el asesino había saboteado algo preparado para actuar con peso...

No. No podía imaginar infinitas posibilidades. Rémi las descartaría mejor.

—Todo bien —dijo el técnico.

Veinte minutos. Treinta. Treinta y cinco. La señal se perdió. Rémi frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada todavía.

Delacroix sintió la garganta seca. Una luz. Después otra. Rémi exhaló.

—Entrando abajo.

Cinco minutos. La secuencia final. Llegada. Rémi apoyó ambas manos sobre el cuadro.

—Está abajo.

André se sentó. Delacroix cerró los ojos. Mireille estaba fuera. La primera. Viva.

—¿Pueden responder?

—Ahora.

Esperaron. Un minuto. Dos. Una secuencia. Rémi sonrió.

—La recibieron.

—La nota.

—Sí.

—Entendieron.

—Sí.

André se llevó una mano al rostro.

—Dios.

Delacroix pensó en gendarmes. Médico. Ayuda. Horas. Quizá menos. El asesino también podía calcularlo.

—Subimos —dijo a André.

Rémi lo miró.

—Yo me quedo.

—No solo.

—Necesito vigilar.

Delacroix miró al director.

—André contigo.

—Sí.