Capítulo 19 — Côme lee demasiado bien #4
Côme dudó.
—No importa.
—Sí importa.
Rémi estaba junto a él.
—Puede dejarla en mi habitación.
Côme negó.
—No.
—Entonces conmigo —dijo Delacroix.
—Tampoco.
Mireille se detuvo.
—Côme.
El periodista apretó la libreta.
—Si alguien entra en una habitación, no quiero que sepa dónde está.
Delacroix observó.
—¿Qué propones?
Côme miró el corredor.
—La llevo encima.
—Mientras duermes.
—Sí.
—Eso es absurdo.
—Quizá.
La palabra hizo que todos lo miraran. Côme sonrió con cansancio.
—Al menos ésa no está prohibida.
Delacroix no discutió más.
—Duermes con Rémi. Puerta comunicante abierta.
—Sí.
—No sales al lavabo solo.
—Sí.
—Si escuchas una voz conocida desde el pasillo, no abres.
—Sí.
—Si aparece una nota.
—No la sigo.
—Si alguien te dice que ha encontrado un artículo perdido de 1919.
Côme cerró los ojos.
—No salgo.
—Si ves fuego.
—Armand.
—En ese caso sales.
Mireille soltó una risa. Delacroix también, apenas. Côme guardó la libreta dentro de la chaqueta.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Entró junto a Rémi. Mireille y Thérèse cerraron su puerta. André. Hélène se quedó. Otra vez. Delacroix la miró.
—Hoy no.
—Solo una cosa.
—No.
—No es inteligente.
—Eso mejora.
Hélène apoyó la espalda en su puerta.
—Côme encontró algo sobre mí.
Delacroix no respondió.
—No necesito saber qué —continuó.
—Bien.
—Pero si me convierte en sospechosa de algo más que plagio, quiero que recuerdes una diferencia.
—¿Cuál?
—Reconocer una frase no significa recordar de dónde vino.
Delacroix la observó.
—Eso es conveniente.
—Muchísimo.
—También cierto.
—Sí.
—Buenas noches.
Hélène no se movió.
—Armand.
—¿Qué?
—No dejes que Côme investigue solo mañana.
—No pensaba.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Hélène lo miró durante un instante. Parecía preocupada. De verdad. O extremadamente buena.
—Buenas noches.
Entró. Delacroix cerró la 214. Sacó la hoja que Côme le había dado. La abrió.
H.D., La casa de las cinco voces, París, 1921.
cap. VII–XII. p. 147. p. 153. cap. XIX. Comparar con notas A.L. / Veyrac / Valbert. Tinta verde.
Debajo añadió él mismo:
Maison Valbert.
Revue du Midi, enero-junio 1920.
A.L. 73.
Se quedó mirando las iniciales.
A.L.
Ariane Lécuyer.
Página setenta y tres.
Quizá.
Una referencia mínima.
Nada que demostrara asesinato.
Pero sí algo mucho más concreto que una sensación de influencia.
Veyrac no había comprado simplemente un archivo con cartas comprometedoras.
Podía haber encontrado la cadena documental capaz de reconstruir cómo partes de la obra de una mujer muerta habían terminado, meses y años después, dentro de la obra de otra.
Eso explicaba el juego.
Explicaba el miedo de Hélène a la exposición.
Explicaba el título.
Todavía no explicaba cuatro asesinatos.
Delacroix dobló la hoja.
La guardó.
Después pensó en Côme.
En la forma en que había vuelto a los volúmenes pese a una orden directa.
Solo dos minutos. La frase de Géraud.
El asesino no necesitaba conocer cada hábito antes de subir al hotel.
Ya había tenido días para aprenderlos. Delacroix abrió la puerta otra vez. El corredor estaba vacío. Fue hasta la habitación de Côme y Rémi. Dos golpes. Rémi abrió.
—¿Qué pasa?
Côme estaba sentado en la cama, todavía vestido.
—Nada —dijo Delacroix.
Ambos lo miraron.
—Eso ya no significa nada bueno —dijo Côme.
Delacroix ignoró.
—La libreta.
Côme se tensó.
—No.
—No quiero quedármela.
—Entonces.
—Quiero que arranques la página con las referencias principales.
—Ya te di una copia.
—Otra.
—¿Por qué?
Delacroix lo miró.
—Porque si ocurre algo, no quiero que todo lo que has encontrado muera contigo.
Silencio. Côme palideció. Rémi miró hacia Delacroix.
—Armand.
—Hazlo.
Côme abrió la libreta. Buscó. Copió una línea en un papel pequeño. No toda la investigación.
Solo:
Valbert — LCV — R.M. 1920 — A.L.73 Delacroix la tomó.
—¿Qué es LCV?
—La casa de las cinco voces.
—Bien.
—¿Dónde la guardarás?
—No te lo diré.
Côme sonrió débilmente.
—Eso es justo.
Delacroix fue hacia la puerta.
—Duerme.
—Lo intentaré.
—Y Côme.
—¿Qué?
Delacroix lo miró. Quería decir no mueras. No lo hizo.
—Mañana no lees nada sin mí.
El periodista sonrió.
—Eso sí va a ser difícil.
—Practica.
Delacroix salió. Cerró.
Mientras regresaba a su habitación comprendió que acababa de cometer otra pequeña derrota.
No había conseguido impedir que Côme descubriera demasiado.
No había conseguido impedir que los demás lo supieran.
Solo había conseguido distribuir lo que sabía antes de que alguien pudiera quitárselo.
Quizá aquello bastara.
Quizá no.
Afuera, el viento volvió a levantarse.
Las luces del corredor parpadearon una vez.
Delacroix se detuvo.
Miró hacia arriba.
Se estabilizaron.
Continuó caminando.
Cinco segundos de oscuridad ya les habían enseñado a temer demasiado.
No iba a conceder importancia a un parpadeo. Entró en la habitación. Cerró.
Y no vio, porque ya había dado la espalda al corredor, que unos metros más allá la lámpara situada frente al acceso del montacargas volvió a bajar de intensidad.
Solo un instante. Después recuperó su luz normal.
Como si alguien estuviera comprobando cuánto tardaría en apagarse.