Capítulo 19 — Côme lee demasiado bien #3
—Porque en enero de 1920 quizá Hélène todavía no había incorporado esa carta concreta de Ariane. En 1921 sí.
Delacroix sintió el mecanismo.
—Entonces tuvo acceso a material después de publicar la primera versión.
—O recordó después.
—Sí.
—Pero hay algo mejor.
—Côme.
—Peor.
—Dilo.
—La editorial de La casa de las cinco voces en primera edición no fue la actual.
Delacroix esperó.
—Fue Maison Valbert.
Silencio. La palabra cayó con peso. La editorial cuyos archivos Veyrac había comprado.
La editorial con la que Ariane había mantenido correspondencia.
—¿Estás seguro?
Côme abrió el libro.
En la página legal, bajo la editorial posterior, una línea pequeña:
Première édition: Maison Valbert, Paris, 1921.
Delacroix no había mirado. Porque no era crítico literario. Côme sí.
—Hélène publicó con Valbert.
—Sí.
—Ariane también le había enviado páginas a Valbert.
—Sí.
—Entonces el mismo editor tuvo acceso a ambos textos.
—Sí.
Delacroix sintió que el caso se complicaba y aclaraba a la vez.
Si Hélène había utilizado material de Ariane, Valbert podía haber conservado pruebas documentales.
No solo cartas. Versiones. Fechas. Comparaciones.
Eso explicaba por qué el archivo adquirido por Veyrac era tan peligroso.
—¿Hélène nos dijo que publicó con Valbert?
—Dijo que él había publicado un relato suyo antes de la guerra.
—No esta novela.
—No.
—Puede haberlo olvidado.
Côme lo miró. No necesitaba responder.
—No la interrogues —dijo Delacroix.
—No.
—No se lo cuentes a nadie.
—No.
—Nada de preguntas sobre Valbert.
—Entendido.
Côme cerró la libreta. Esta vez no la tocó después.
—Hay una referencia más.
Delacroix cerró los ojos.
—Claro.
Côme sonrió débilmente.
—En el volumen de la revista, alguien escribió a lápiz en el margen.
—¿Qué?
—Dos letras y un número.
—¿Cuáles?
—A.L. 73.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Dónde?
—Al lado de una escena que coincide con la estructura que Veyrac atribuye a Ariane.
—¿De quién es la letra?
—No sé.
—¿Puede ser Veyrac?
—Puede.
—¿Qué significa setenta y tres?
—Página del manuscrito de Ariane, quizá.
Delacroix sintió un pequeño golpe. Una referencia bibliográfica. Un puente.
—¿Lo anotaste?
—Sí.
—¿Dónde está el volumen?
—Biblioteca. Estante cuatro, Revue du Midi, enero-junio 1920.
—No lo toques otra vez.
—Bien.
—Y no digas nada.
Côme asintió. Delacroix lo observó.
—Côme.
—¿Qué?
—Esto sí puede convertirte en problema.
El periodista palideció. No había forma suave de decirlo.
—Lo sé.
—No.
—Armand...
—No lo sabes porque sigues mirando la historia antes que el peligro.
Côme apretó los labios.
—Es lo que hago.
—Pues hoy haces otra cosa.
—¿Cuál?
—Sobrevives.
El periodista sostuvo su mirada. Después asintió. Salieron. Côme se sentó. Hélène levantó la vista.
—¿Algo nuevo?
Côme sonrió. Demasiado rápido.
—Contractura cervical.
Delacroix lo miró. Hélène también. Durante un segundo nadie dijo nada. Después ella soltó una pequeña risa.
—Eso ya no funciona dos veces.
Côme se llevó una mano al cuello.
—La tengo de verdad.
—Claro.
Hélène volvió a leer. Delacroix no supo cuánto había entendido. Probablemente demasiado.
A las cinco, Mireille encontró a Côme consultando de nuevo los volúmenes de revistas.
Delacroix se enteró porque ella lo anunció desde la biblioteca.
—¡Armand!
Entró. Côme estaba junto a la estantería. Tenía un volumen abierto. Delacroix sintió rabia inmediata.
—¿Qué haces?
Côme se volvió.
—Solo quería comprobar una cosa.
—Te dije que no volvieras.
—Lo sé.
—Entonces por qué.
—Porque había otra edición.
—Côme.
—Dos minutos.
La frase cayó. Solo dos minutos. Géraud. Todos lo sintieron. Côme palideció. Cerró el volumen.
—Mierda.
Delacroix se acercó.
—No vuelvas a decirte eso.
—¿Qué?
—Solo dos minutos.
El periodista bajó la mirada.
—Lo siento.
Mireille estaba pálida también.
—No puedes evitarlo.
Côme la miró.
—¿Qué?
—Buscar.
Silencio. Ella había comprendido exactamente la rutina.
—No —dijo Côme.
—Entonces tienes que aprender.
—Lo intento.
Delacroix tomó el volumen.
—¿Qué estabas comprobando?
Côme dudó. Después señaló una nota al pie.
—La novela de Hélène menciona un cuento anterior. Pensé que podía...
Delacroix cerró el libro.
—No importa.
—Puede importar.
—Mañana.
—Pero...
—Mañana.
—Podemos bajar mañana.
—Exactamente.
Côme respiró.
—Bien.
Delacroix entregó el libro a Mireille.
—Guárdalo.
—¿Dónde?
—Con los documentos comunes. A la vista.
Ella asintió. Hélène apareció en la puerta.
—¿Qué ocurre?
Delacroix miró a Côme.
El periodista respondió:
—Estaba leyendo donde no debía.
Hélène sonrió.
—Eso es casi una definición profesional.
—Sí.
—¿Encontraste algo?
Delacroix intervino.
—No.
Hélène lo miró.
—Eso ha sido muy rápido.
—Porque la conversación termina ahí.
Ella observó a Côme. El periodista evitó tocar la libreta. Bien. Hélène lo vio igualmente.
Delacroix supo que ya era imposible ocultarlo del todo.
Côme había leído algo.
Importante.
Relacionado con la obra de Hélène.
La propia Hélène podía inferirlo.
Mireille también.
Thérèse.
Todos.
—Esta noche Côme no duerme solo —dijo Delacroix.
Côme abrió los ojos.
—Armand.
—Con Rémi.
El técnico apareció detrás.
—Otra vez.
—Sí.
—Ronca.
—No ronco —dijo Côme.
Rémi lo miró.
—Ayer sí.
Mireille sonrió.
La tensión cedió apenas.
Delacroix no.
El peligro ya estaba.
Lo había intentado.
Notas privadas.
Conversaciones rutinarias.
Copias.
Mentiras.
Ruido.
Nada podía ocultar por completo la naturaleza de una persona.
Côme era periodista. Había encontrado una historia. Y todo el hotel lo sabía.
Durante la cena, Delacroix lo sentó a su lado.
No disimuló. Ya no tenía sentido. Côme habló poco. Mireille intentó mantener conversación. Hélène también. Eso resultaba curioso.
Fue ella quien más esfuerzo hizo por normalizar la mesa.
—Côme —dijo en un momento—, si vas a seguir mirándome como si hubieras encontrado mi cadáver literario, al menos come.
El periodista palideció.
—No te miro así.
—Sí.
—Perdón.
—Y deja de pedir perdón.
—Eso también me lo han dicho.
Hélène sonrió.
—¿Has encontrado más cosas que tomé de Ariane?
Silencio. Delacroix la miró.
—Hélène.
Ella levantó una mano.
—No estoy interrogando.
—Se parece.
—Era una pregunta inevitable.
—Precisamente las que hemos decidido evitar.
Hélène bajó la mano.
—Bien.
Côme miró el plato. Mireille cambió tema.
—Rémi, dime algo desagradable sobre funiculares.
El técnico pensó.
—Los pasajeros suelen hacer preguntas durante averías.
—Eso es excelente.
La mesa respiró.
Después de cenar, Delacroix revisó la posición de todos.
Rémi y Côme juntos.
Mireille y Thérèse.
André cerca.
Hélène.
Él.
Seis personas además de Delacroix.
Siete.
No iba a perder otra.
La frase apareció sin permiso.
No la pronunció.
A las nueve y cuarto subieron.
En el corredor, Côme sacó la libreta.
Delacroix lo vio.
—¿Qué haces?
—Nada.
—La tienes en la mano.
El periodista la miró como sorprendido.
—Iba a guardarla.
—¿Dónde?