Capítulo 19 — Côme lee demasiado bien #2
—Puedo haberla recordado —continuó—. Puedo haberla convertido en otra cosa. No sé.
Côme miró a Delacroix. No dijo nada. Bien.
—¿Cuántas coincidencias hacen falta para dejar de llamarlas influencia? —preguntó Hélène.
Delacroix la miró. Era ella quien preguntaba.
—No sé.
—Yo tampoco.
La novelista pasó una mano por la cubierta de su propio libro.
—Es extraño ver una obra que llevas diez años considerando tuya y empezar a reconocer dentro la voz de una persona muerta.
Côme bajó la mirada. La frase podía sonar como confesión. También como dolor.
—Hay más —dijo.
Hélène levantó la vista. Delacroix sintió inmediatamente el peligro.
—Côme.
—Lo siento, pero...
—No digas «hay más» delante de alguien y esperes que eso no cambie nada.
El periodista cerró los ojos.
—Ya lo he dicho.
—Sí.
Hélène sonrió sin humor.
—Entonces continúa. Sería absurdo fingir que ahora no me interesa.
Delacroix pensó. Finalmente asintió. Côme abrió el libro en otro punto.
—Capítulo diecinueve. El narrador descubre que una página fue retirada de un manuscrito porque contenía una corrección manuscrita que demostraba quién había escrito primero una escena.
Delacroix sintió el título del juego. La última página.
—¿Eso estaba en Ariane?
Hélène se quedó quieta.
—Sí.
Una palabra. Côme respiró.
—¿Exactamente?
—No.
—Pero.
—Ariane utilizaba distintas versiones de una misma página para establecer cronología de autoría.
—¿Cómo?
—Corregía a mano. Fecha. Iniciales. A veces enviaba una copia a alguien.
Delacroix pensó en Valbert.
—Para demostrar versiones anteriores.
—Sí.
—¿La última página podía tener una corrección así?
Hélène no respondió. Delacroix la miró.
—Hélène.
—Sí.
El aire cambió.
—¿Lo sabías?
—Sabía que Ariane fechaba las revisiones.
—No eso.
—¿Qué?
—Que la última página podía demostrar autoría.
Hélène apretó los labios.
—Sí.
Delacroix sintió rabia. No violenta. Precisa.
—Hace cuatro días pregunté qué significaba la última página.
—Lo sé.
—Veyrac murió construyendo un juego con ese nombre.
—Lo sé.
—Amaury murió buscando una página.
—Lo sé.
—Y no dijiste que las páginas de Ariane podían contener fechas capaces de demostrar qué material existía antes de tus publicaciones.
Hélène sostuvo la mirada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque me incriminaba.
La respuesta detuvo la rabia. No porque la eliminara. Porque la volvió directa.
—Gracias por la sinceridad tardía.
—No espero que me agradezcas.
Côme miraba a ambos. Delacroix lo vio.
—No escribas.
El periodista levantó las manos.
—No estaba.
Mentía. Delacroix lo sabía. Hélène también.
—La última página —dijo Delacroix—. ¿La viste en 1919?
—Sí.
Côme dejó de moverse.
—¿Dónde?
—En el escritorio de Ariane, esa tarde.
—¿Contenido?
Hélène negó.
—No recuerdo el texto completo.
—¿Tenía fecha?
—Sí.
—¿Cuál?
—Noviembre de 1919.
—¿Iniciales?
—A.L.
—¿Algo más?
Hélène pensó.
—Una corrección en tinta verde.
Thérèse apareció en la puerta.
—Verde.
Los tres se volvieron. Delacroix sintió irritación.
—¿Cuánto has oído?
—Solo eso.
—Vuelve al salón.
Thérèse no se movió.
—Ariane corregía en verde cuando quería distinguir una versión de otra.
Hélène la miró.
—Sí.
—La última página tenía verde.
—Sí.
Thérèse palideció.
—Entonces Édouard tenía razón.
Delacroix se puso de pie.
—Basta.
Mireille levantó la cabeza desde el salón. Ya lo habían vuelto a hacer. Una palabra. Una reacción. Demasiado.
—Todos al salón —dijo.
Côme cerró el libro. Hélène se levantó. Thérèse retrocedió. Volvieron. Delacroix permaneció de pie delante del grupo.
—Nada de lo que acaba de discutirse sale de esta habitación.
Mireille lo miró.
—Ya estamos todos.
—Exactamente.
Silencio.
—¿Qué descubrió Côme? —preguntó ella.
Delacroix miró al periodista. Côme tenía la libreta cerrada contra el pecho. Demasiado protectora. Demasiado evidente.
El asesino, fuera quien fuera, no necesitaba saber el contenido.
Côme acababa de convertirse en un hombre con información.
Otra vez. Amaury. Géraud. Octave. Delacroix sintió un escalofrío.
—Nada que convierta a nadie en culpable —dijo.
Mireille miró a Hélène. La novelista estaba pálida.
—Pero sí algo.
—Sí.
—Sobre Ariane.
—Sí.
—Y Hélène.
—Sí.
Hélène habló:
—Mi novela contiene más material procedente de Ariane del que yo había admitido.
Mireille la miró. Thérèse cerró los ojos. Côme abrió la boca. Delacroix levantó una mano.
Hélène continuó:
—Eso es todo lo que necesitáis saber por ahora.
Mireille tardó varios segundos.
—¿Robaste su novela?
Hélène sostuvo la mirada.
—Partes.
—¿Conscientemente?
—Algunas quizá.
—Dios.
—Sí.
—¿Y después te hiciste famosa?
Hélène respiró.
—Sí.
Mireille se levantó.
—¿Y nos lo dices ahora?
—Sí.
—Después de cuatro muertos.
—No maté a ninguno.
Mireille soltó una risa sin humor.
—No he dicho eso.
—Lo estabas pensando.
—Claro que lo estoy pensando.
Delacroix intervino.
—Y precisamente por eso paramos.
Mireille lo miró.
—¿Cómo quieres que paremos?
—Porque plagio no es homicidio.
—Ariane murió.
—Sí.
—Hélène se benefició.
—Sí.
—Édouard encontró pruebas.
—Sí.
—Édouard murió.
—Sí.
Hélène permanecía quieta. Mireille abrió las manos.
—¿Cuántos sí necesitas?
Delacroix se acercó.
—Uno más.
—¿Cuál?
—El que demuestre que Hélène mató a alguien.
Silencio. Mireille apretó la mandíbula.
—Bien.
Se sentó.
No estaba convencida.
Solo había aceptado la lógica.
Hélène miró a Delacroix.
No parecía agradecida.
Bien.
No debía estarlo.
Côme se sentó en una esquina.
Delacroix fue hacia él.
—La libreta.
El periodista levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Dámela.
—No.
La respuesta sorprendió.
—Côme.
—No.
—Acabas de demostrar delante de todos que has descubierto algo.
—Precisamente.
—Entonces.
—Si te doy mi libreta, cualquiera que vea que la tienes sabrá que lo que escribí importa.
Delacroix se quedó quieto. El periodista tenía razón.
—¿Qué propones?
Côme pensó.
—La conservo.
—Eso te convierte en objetivo.
—Ya lo soy si tu hipótesis es correcta.
Mireille levantó la cabeza.
—No digas eso.
Côme sonrió apenas.
—No quiero decir que vayan a matarme.
—Has dicho objetivo.
—Sí.
Delacroix sintió rabia.
—No estás ayudando.
—Estoy intentando.
—Entonces deja de pensar como periodista.
Côme lo miró.
—No puedo.
Silencio. Ahí estaba. La rutina. La debilidad. La cosa que Côme no podía resistir. Una historia.
Había leído demasiado porque no podía dejar de hacerlo.
Y ahora tampoco podía dejar de registrarla.
—Haz una copia —dijo Delacroix.
Côme frunció el ceño.
—De qué.
—Solo referencias. Números de página. Títulos. Nada de conclusiones.
—Para ti.
—Sí.
—Y yo conservo la libreta.
—Sí.
—Eso distribuye.
—Exacto.
Hélène observaba.
—Otra vez dos copias.
Delacroix asintió. Côme se levantó.
—Lo hago ahora.
—Aquí.
—Necesito mi otra pluma.
—Usa una mía.
—Prefiero...
Delacroix lo miró. Côme cerró los ojos.
—Aquí.
Trabajó en la mesa. Todos podían verlo. No podían leer desde lejos. Delacroix se sentó al lado.
Côme copió:
H.D., La casa de las cinco voces, París, 1921.
cap. VII–XII.
p. 147.
p. 153.
cap. XIX.
Comparar con notas A.L. / Veyrac / Valbert.
Tinta verde.
Nada más.
Delacroix dobló la hoja.
La guardó.
—¿Eso basta?
Côme pensó.
—Para volver a encontrarlo.
—Bien.
—Mi libreta sigue conmigo.
—Sí.
—No voy a dejarla en mi habitación.
—Bien.
—Ni en tu habitación.
—Mejor.
Mireille lo miró.
—¿Dónde entonces?
Côme sonrió.
—Eso no lo voy a decir.
Delacroix sintió una pequeña aprobación. Después la perdió.
—No hagas cosas solo para parecer inteligente.
Côme se ofendió.
—No.
—Es exactamente el tipo de frase que consigue que uno acabe en una terraza.
El periodista palideció. Delacroix se arrepintió.
—Lo siento.
Côme asintió.
—No. Tienes razón.
Guardó la libreta dentro de la chaqueta.
—No me separo.
—Ni cinco minutos.
—Sí.
Rémi y André regresaron de la estación poco después.
Traían noticias. Malas primero.
La reparación intermedia requeriría más tiempo de lo previsto.
Buenas después.
Los técnicos de abajo ya habían alcanzado el sector afectado.
—¿Sabotaje? —preguntó Delacroix.
Rémi negó.
—Nieve compactada sobre un sistema de guía. Puede haber sido natural.
—Puede.
Rémi lo miró.
—Esta vez de verdad.
—Bien.
—Si despejan hoy y no cae otra nevada fuerte, mañana podríamos bajar.
Côme sonrió.
—Otra vez mañana.
—Sí.
—Empiezo a creerle.
Mireille levantó una mano.
—No provoques a la montaña.
Durante el almuerzo, nadie habló de Ariane. El esfuerzo fue evidente. Hélène conversó con André sobre el hotel. Mireille apenas la miró. Thérèse sí, aunque intentaba disimular.
Côme comió con una mano cerca del bolsillo donde llevaba la libreta.
Delacroix lo vio. También los demás. Aquello no podía seguir así.
Después de comer lo llevó a biblioteca durante la ronda rutinaria.
—Deja de tocarla.
Côme miró el bolsillo.
—No me doy cuenta.
—El asesino sí puede.
—No sé qué hacer.
—Compórtate como si no importara.
—Importa.
—Precisamente.
Côme respiró.
—Hay otra cosa.
Delacroix lo miró.
—No.
—Armand.
—Escríbela.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque necesito explicarte cómo la encontré.
Delacroix observó la puerta. Abierta. Hélène visible. Mireille también. Rutina.
—Cinco minutos.
Côme sacó la libreta. No la abrió todavía.
—Cuando comparé la novela con las notas de Veyrac, busqué ediciones.
—¿Qué?
—Fechas de publicación.
—Sigue.
—Cinco versiones de una caída salió como relato en marzo de 1919.
—Antes de la muerte de Ariane.
—Sí.
—Eso ya lo sabemos.
—La casa de las cinco voces se publicó en 1921.
—Sí.
—Pero aquí, en la página de créditos, dice que algunos capítulos aparecieron previamente en Revue du Midi.
Delacroix sintió interés.
—¿Cuándo?
—Enero y febrero de 1920.
—Dos meses después de Ariane.
—Sí.
—Y.
Côme abrió la libreta.
—Busqué números antiguos de la revista. El hotel tiene varios encuadernados.
Naturalmente. Una biblioteca enorme. Un periodista aburrido.
—Encontraste.
—Sí.
—¿Qué?
—La primera versión del capítulo de la carta.
—¿Diferente?
—Mucho.
Delacroix se inclinó.
—¿Cómo?
—En la revista no aparece la frase sobre sobrevivir a quien conoce el contenido.
—Se añadió después.
—En la edición de 1921.
—Eso importa por qué.
Côme miró hacia Hélène. Delacroix no siguió su mirada. El periodista corrigió.