Capítulo 19 — Côme lee demasiado bien
Côme Valençay descubrió la primera coincidencia porque estaba aburrido.
Aquello le molestó después.
Le habría gustado poder decir que había sido método, intuición periodística o una de esas asociaciones brillantes que los hombres tienden a recordar con mayor elegancia de la que tuvieron al producirse.
No. Estaba aburrido.
Llevaban cuarenta minutos esperando noticias de la estación inferior y Côme había agotado incluso su capacidad de escribir sobre la espera.
Afuera, la montaña había desaparecido otra vez bajo nubes bajas.
No nevaba con violencia. Era peor de otra manera. Una caída fina, persistente, suficiente para reducir visibilidad y obligar a Rémi a interrumpir la prueba de la cabina cuando faltaban apenas unos cientos de metros para alcanzar el tramo donde trabajaban los hombres de abajo.
La salida continuaba existiendo. Solo se negaba a acercarse.
Mireille estaba tumbada en un sofá con los ojos cerrados.
Thérèse leía. André había ido con Rémi a la estación. Hélène corregía notas.
Delacroix revisaba por quinta vez los documentos separados entre los que atribuían probablemente a Veyrac y las llamadas correcciones.
Côme llevaba delante una de las novelas de Hélène.
La casa de las cinco voces.
La había tomado de la biblioteca sin intención concreta.
Solo porque no podía seguir mirando la nieve. Abrió al azar. Leyó tres páginas. Volvió atrás. Leyó otras cinco.
Después buscó una frase que recordaba haber anotado durante la discusión sobre Ariane.
No la encontró. Tomó su libreta. Buscó.
La verdad no vive en lo que todos recuerdan, sino en lo que alguien necesitó corregir.
Côme pasó páginas.
Hélène levantó la vista desde el otro lado del salón.
—Si sigues buscando una frase mía con esa expresión, acabaré cobrándote derechos.
Côme cerró ligeramente el libro.
—Solo leo.
—No. Lees como periodista.
—¿Qué diferencia hay?
—El lector espera encontrar algo. El periodista espera que alguien haya intentado ocultarlo.
Mireille abrió un ojo.
—No sabía que los periodistas fueran tan interesantes.
—No lo somos —dijo Côme.
—Bien.
Hélène volvió a sus notas. Côme sonrió. Después encontró la frase. Página ciento cuarenta y siete. No era exactamente como Amaury la había recordado. Hélène ya lo había dicho.
«La verdad no vive en lo que todos recuerdan. Vive en la pequeña corrección que uno de ellos necesitó introducir para que el recuerdo pudiera seguir siendo suyo.»
Côme la leyó dos veces. Más larga. Más elaborada. Pero el núcleo era el mismo. Eso tampoco era nuevo. Lo nuevo ocurrió cuando miró el párrafo anterior.
Una mujer llamada Laure Davenne describía una caída desde una galería.
Cinco testigos.
Cinco versiones.
Uno recordaba una lámpara apagada.
Otro, una carta en el suelo.
Un tercero, un ruido antes del golpe.
Côme frunció el ceño.
Habían hablado de aquello.
Sabían que la novela de Ariane contenía una muerte semejante.
No bastaba.
Cerró el libro.
Lo volvió a abrir.
Página ciento treinta y nueve.
Después ciento cincuenta y dos.
Empezó a hacer algo que no debía.
Comparar estructura.
No frases.
Orden.
Tomó una hoja de Veyrac.
La que habían encontrado entre los borradores del juego.
Una nota manuscrita:
Ariane: el lector recibe primero la muerte. Después cinco recuerdos incompatibles. La carta aparece antes de que sepamos quién la escribió. La solución no depende de descubrir cuál testigo miente, sino cuál recuerdo fue corregido.
Côme miró la novela de Hélène.
Muerte.
Cinco relatos.
Carta sin autor revelado.
Corrección de memoria.
Sintió una pequeña corriente.
No emoción.
Reconocimiento.
—Armand.
Delacroix no levantó la vista.
—No.
Côme parpadeó.
—¿No qué?
—No digas nada.
Mireille abrió los dos ojos. Côme miró a Delacroix.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Has puesto la cara.
Hélène dejó la pluma.
—¿Qué cara?
Delacroix levantó finalmente la vista. Côme se quedó inmóvil. Error. Ya estaba hecho. Todos lo habían visto. Thérèse cerró el libro.
—¿Has encontrado algo?
Delacroix apoyó la mano sobre la mesa.
—Nadie pregunta.
Côme sintió el calor subirle por el cuello.
—Lo siento.
—No.
—Pero...
—No expliques por qué lo sientes.
Hélène observó el libro abierto delante de Côme. Después la hoja de Veyrac. Su expresión cambió apenas. Demasiado tarde otra vez.
—Côme —dijo.
Delacroix levantó una mano.
—No.
Hélène lo miró.
—Solo iba...
—No importa.
Mireille se incorporó.
—Esto es absurdo. Todos sabemos qué libro está leyendo.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Y precisamente por eso quiero que la conversación termine ahora.
—Eso no borra que Côme haya encontrado algo.
—No.
—Entonces el asesino ya lo sabe.
El salón quedó quieto. La frase era cierta. Côme bajó la mirada.
—Mierda.
Delacroix lo observó.
El nuevo sistema había fallado sin que nadie hubiera pronunciado una sola revelación.
Una mirada. Un libro abierto. Una llamada impulsiva. Bastaba.
—Côme.
El periodista levantó la cabeza.
—A partir de ahora no te separas de nadie.
Su rostro perdió color.
—Armand...
—No estoy diciendo que corras peligro.
Mireille lo miró. Hélène también. Delacroix cerró los ojos.
—Eso ha sido estúpido.
—Mucho —dijo Hélène.
Côme soltó una risa nerviosa.
—Gracias a ambos.
Delacroix se levantó.
—Ven.
—¿A dónde?
—Biblioteca.
Mireille hizo un gesto.
—Eso es precisamente...
—Hélène viene.
La novelista levantó una ceja.
—¿Yo?
—Sí.
La decisión sorprendió a todos. Incluido Côme.
Delacroix tomó la novela y la hoja de Veyrac.
—Thérèse y Mireille se quedan juntas. André y Rémi están juntos. Nadie solo.
Hélène se puso de pie.
—¿Por qué yo?
—Porque si Côme está comparando tu obra con la de Ariane, prefiero que participes en lugar de dejarte adivinar qué está haciendo.
Hélène sostuvo la mirada.
—Eso es razonable.
—No suenes tan sorprendida.
Entraron en la biblioteca. Puerta abierta. Mireille y Thérèse visibles desde el salón. Côme se sentó. Delacroix dejó el libro delante.
—Ahora.
Côme tragó saliva.
—No sé si es algo.
—Mejor empezar así.
—La estructura.
Hélène no preguntó. Esperó. Côme enseñó la nota de Veyrac.
—Esto describe el manuscrito de Ariane.
—Describe parte —dijo Hélène.
—Sí.
—Veyrac podía estar interpretándolo después de once años.
—También.
Delacroix miró a Côme.
—Sigue.
El periodista abrió La casa de las cinco voces.
—Capítulos siete a doce. Primero aparece el cadáver de Davenne. Después cinco versiones. La carta se introduce antes de conocer autor. La solución no consiste en descubrir qué testigo miente, sino qué testimonio fue modificado después.
Hélène miró las páginas. No mostró sorpresa.
—Sí.
—Es exactamente lo que Veyrac anotó de Ariane.
—No sabemos cuán exactamente.
Côme asintió.
—Lo sé.
Delacroix observó. El periodista estaba aprendiendo prudencia. A golpes.
—¿Eso estaba en la novela de Ariane? —preguntó.
Hélène tardó.
—La estructura general, sí.
Silencio. Côme se quedó inmóvil.
—¿Tan parecida?
—Sí.
La respuesta no necesitó presión. Delacroix miró a Hélène.
Ella continuó:
—Ya os dije que La casa de las cinco voces contiene material que hoy no puedo asegurar que fuera completamente mío.
—No dijiste cuánto —respondió Côme.
Hélène lo miró.
—Porque no lo sabía.
—¿Ahora?
La novelista tomó el libro. Pasó páginas.
—Ahora sé que más.
No había defensa. Côme respiró.
—¿Recuerdas haber copiado la estructura?
—No como acto consciente.
—Pero la conocías.
—Sí.
—La habías leído varias veces.
—Sí.
Delacroix observó a Hélène.
—¿Cuándo escribiste esta novela?
—1920.
—Año después de Ariane.
—Empecé a finales de 1919.
—¿Cuánto después?
Hélène se quedó quieta.
—Semanas.
Mireille, desde el salón, no podía oír con claridad.
Bien.
—¿Antes o después de su muerte?
—Después.
Côme apoyó las manos sobre las rodillas.
—¿Conservabas notas de Ariane?
Hélène lo miró.
—No.
—¿Ninguna?
—No que pertenecieran a su manuscrito.
—¿Cartas?
—Cartas personales.
—¿Las conservas?
—Algunas.
Delacroix levantó una mano antes de que Côme siguiera.
—No interrogues.
El periodista cerró la boca.
—Perdón.
Hélène sonrió apenas.
—Te cuesta mucho.
—Muchísimo.
—Eso explica tu profesión.
Delacroix tomó la nota de Veyrac.
—Esto todavía puede ser influencia. Importante, incluso deshonesta. No homicidio.
—Lo sé —dijo Côme.
—Entonces qué te hizo llamarme.
Côme volvió al libro.
—Esto.
Página ciento cincuenta y tres. Un párrafo. Lo leyó en silencio y señaló una línea.
«La carta no había sido escrita para acusar a nadie. Había sido escrita para sobrevivir a quien conocía su contenido.»
Delacroix sintió algo.
—Y.
Côme sacó otro papel. No de Veyrac.
La copia de la carta de Ariane encontrada en el sobre de Amaury.
La que Delacroix había guardado y mostrado solo parcialmente.
—No deberías tener eso.
Côme palideció.
—No tengo el original.
—¿Qué tienes?
—Copié una frase cuando la vimos en la habitación de Amaury.
Delacroix sintió rabia.
—¿Cuándo?
—Antes de que...
—Côme.
—Lo siento.
—La frase.
El periodista abrió su libreta. Buscó.
—Ariane escribió: «Si una carta no puede protegerme mientras estoy viva, al menos deberá sobrevivir a quien necesite que yo calle.»
Silencio. Hélène dejó de respirar durante un instante. No mucho. Delacroix lo vio.
—¿Lo reconoces? —preguntó Côme.
Ella miró el libro. Después la libreta.
—Sí.
—¿Estaba esa frase en el manuscrito de Ariane?
Hélène tardó.
—No.
Côme frunció el ceño.
—Entonces.
—Estaba en una carta.
Delacroix sintió el cambio.
—¿Cuál?
Hélène se quedó inmóvil.
—Una que me envió.
El silencio se endureció.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Octubre de 1919.
—Antes de morir.
—Sí.
—¿Conservaste la carta?
—No.
—¿Qué decía?
Hélène miró hacia la ventana.
—No exactamente eso. Ariane estaba enfadada. Decía que empezaba a conservar copias de todo porque ya no confiaba en las personas a las que enseñaba su trabajo.
—¿Te acusaba?
—Implícitamente.
Côme miró la novela.
—Y un año después aparece una frase prácticamente igual.
Hélène cerró los ojos.
—Sí.
Delacroix la observó.
—¿La copiaste?
—No lo recuerdo.
—Eso empieza a ser difícil de aceptar.
Hélène abrió los ojos.
—Para mí también.
No había teatralidad. Eso era quizá lo más inquietante.