Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 18 — El piso vacío #3
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Capítulo 18 — El piso vacío #3

—Y piensa en el momento de descubrimiento.

Delacroix la miró.

—Sí.

—No basta con esconder una frase. Necesita decidir cuándo la leemos.

—Eso importa.

—Mucho.

Delacroix observó la tarjeta. La verdadera habilidad no era solamente preparar trampas. Era editar el orden. Decidir primero qué información aparecía. Después cuándo.

Una investigación también era una narración impuesta por los hechos.

Alguien estaba intentando controlar la secuencia de lectura.

—No preguntaremos todavía quién escribió la frase —dijo—. Primero quiero saber por qué necesitábamos verla hoy.

Côme pensó.

—Porque podemos salir pronto.

El silencio llegó. Delacroix lo miró. Bien.

—Sí.

La posibilidad de ayuda había aparecido.

La noche anterior ya sabían que el aislamiento podía terminar.

Ahora, pocas horas después, una pista sobre autoría que llevaba días posiblemente escondida era activada.

—Alguien acelera la lectura —dijo Hélène.

Delacroix asintió.

—O Veyrac la había programado para hoy desde el principio.

Mireille negó.

—No conozco ninguna llamada del tercer piso en la secuencia.

—Otra modificación suya.

—Puede.

—O no.

La tensión quedó. A media mañana Rémi recibió señal desde abajo. Esta vez fue buena. Tan buena que todos dejaron lo que hacían.

—Tres secuencias completas —dijo.

André se acercó.

—¿Qué significa?

—Que pueden accionar la cabina inferior y que hay personal técnico.

Côme se puso de pie.

—¿Suben?

Rémi respondió lentamente.

—Intentarán una prueba.

La esperanza volvió. Delacroix miró el reloj. No quiso. Lo hizo igual. Diez y diecisiete.

La cabina inferior no era visible desde arriba hasta superar una curva.

Esperaron.

Cinco minutos.

Diez.

Una señal.

Rémi frunció el ceño.

Otra.

Después una secuencia corta.

Su rostro cambió.

Mireille lo vio.

—No.

—Han detenido.

—¿Por qué?

—Problema en tramo intermedio.

Côme cerró los ojos.

—Naturalmente.

Rémi levantó una mano.

—No sabemos qué.

—¿Sabotaje? —preguntó Thérèse.

—No.

—¿Seguro?

—No.

Delacroix sintió cómo la esperanza volvía a retroceder. No completamente. Había gente abajo. Eso seguía siendo verdad.

—¿Pueden reparar?

—Si llegan al punto desde abajo.

—¿Hoy?

Rémi miró la montaña.

—No puedo saber.

Mireille no hizo ningún comentario sobre quizá. Eso dijo mucho. El día se instaló en una espera nueva. No estaban incomunicados. Pero tampoco libres.

El mundo exterior existía a pocos kilómetros y no podía alcanzarlos.

Resultaba casi más cruel. A las dos, Delacroix realizó las conversaciones privadas. Hélène fue la cuarta. Se sentó en biblioteca. Puerta abierta. Rutina.

—La frase —dijo Delacroix.

Ella asintió.

—Ariane no dijo «la obra pertenece a quien la escribió».

—¿Qué dijo?

Hélène miró sus manos.

—«Una historia pertenece a quien sabe por qué la escribió.»

Delacroix se quedó quieto.

—¿Cuándo?

—No recuerdo.

—Antes de morir.

—Sí.

—Contexto.

—Discutíamos sobre originalidad. Yo defendía que dos personas podían llegar a mecanismos parecidos. Ariane dijo que incluso si dos escritores contaban la misma historia, solo uno sabría de dónde había nacido realmente.

—Y esa frase.

—Sí.

—¿La utilizaste después?

Hélène levantó la mirada.

—No que recuerde.

—¿Veyrac la oyó?

—Puede.

—Mireille.

—No sé.

—Thérèse.

—Quizá.

Delacroix suspiró.

—Estamos construyendo una investigación con adverbios.

—Siempre ha sido así. Los novelistas solo los disimulamos.

—No ayudes.

Hélène sonrió.

—Lo intento.

—¿Qué crees que significa la tarjeta?

Ella tardó.

—Que alguien quiere convertir la disputa de Ariane en una cuestión moral simple.

—Plagiaria y víctima.

—Sí.

—¿Y no lo era?

Hélène sostuvo su mirada.

—No tan simple.

—Dijiste que utilizaste material suyo.

—Sí.

—Ella quería exponerlo.

—Sí.

—Después murió.

—Sí.

—Y tú te beneficiaste.

Hélène respiró.

—Sí.

No se defendió. Eso volvía la conversación difícil.

—¿Qué parte es complicada?

—Que Ariane también utilizaba cosas mías.

Delacroix frunció el ceño.

—Nunca lo dijiste.

—Porque no cambia lo que hice.

—Lo cambia un poco.

—No suficiente.

—¿Qué utilizaba?

—Escenas. Personajes. Una solución que discutimos durante semanas.

—¿Te molestaba?

—A veces.

—¿La acusaste?

—No.

—¿Por qué?

Hélène sonrió sin humor.

—Porque yo estaba publicando y ella no. Quejarme habría resultado mezquino incluso para mí.

Delacroix la observó.

—Entonces la relación creativa era más mezclada de lo que Ariane decía.

—Sí.

—Pero ella consideraba que tú cruzaste una línea.

—Sí.

—¿Cuál?

Hélène tardó.

—Publicar primero.

La respuesta fue buena. Humana.

—Eso convirtió una colaboración informal en apropiación.

—Para ella.

—¿Para ti?

—Ahora también.

Silencio. Delacroix miró hacia el salón. Thérèse hablaba con Mireille. Côme escribía. Rémi y André estaban en la estación.

—¿Crees que la tarjeta es de Veyrac?

—No.

—¿Por qué tan segura?

—Porque simplifica demasiado a Ariane.

Delacroix levantó la vista.

Hélène continuó:

—Édouard podía ser cruel, pero la conocía. Sabía que Ariane no hablaba de propiedad como si fuera una escritura notarial. Hablaba de origen. De intención. De por qué una historia existía.

—Eso es una diferencia literaria.

—Éste es un caso sobre escritores.

—Por desgracia.

Hélène sonrió.

—La frase de la tarjeta suena a alguien que sabe cuál fue el conflicto, pero no lo entiende completamente.

Delacroix sintió el paralelismo. Como el sabotaje. Conocimiento del objetivo. Comprensión incompleta del mecanismo.

—Interesante.

—Sí.

—Eso te favorece.

—También.

—Lo sabes.

—Claro.

Delacroix se apoyó en el respaldo.

—Podrías haber escrito tú una frase deliberadamente más simple para que luego pudieras desacreditarla.

Hélène soltó una pequeña risa.

—Eso sería bastante bueno.

—No es respuesta.

—No. No la escribí.

—Bien.

—¿Me crees?

—No sé.

—Mejor.

Se levantó. Antes de salir se detuvo.

—Armand.

—¿Qué?

—Hay algo raro en la habitación 318.

Delacroix levantó la vista.

—¿Qué?

—La frase estaba enmarcada.

—Sí.

—Si el asesino solo quería dejarnos un mensaje, una tarjeta bastaba.

Delacroix pensó.

—Quería que pareciera decoración.

—O que permaneciera allí sin llamar la atención hasta el momento correcto.

—Sí.

—Entonces quien la puso esperaba que la habitación pudiera abrirse antes sin que nadie la reconociera como pista.

Delacroix sintió interés.

—¿Qué implica?

—Que fue colocada con anticipación.

—Probablemente.

—Antes de que empezaran los asesinatos quizá.

Delacroix miró hacia la puerta. Preparación. Otra vez.

—Eso reduce poco.

—Lo sé.

—Pero importa.

—Sí.

Hélène salió.

Delacroix se quedó.

El marco.

La campana.

El temporizador.

La frase.

Una pista colocada antes y activada después.

Una vez más, el asesino no improvisaba cada elemento tras cada asesinato.

Había preparado posibilidades. No necesariamente víctimas. Herramientas narrativas. Después elegía cuándo utilizarlas.

Eso encajaba con una planificación inicial limitada y una serie de respuestas posteriores.

Veyrac debía morir.

El hotel debía quedar aislado.

Después todo había cambiado.

Amaury.

Géraud.

Octave.

Problemas nuevos.

Soluciones nuevas utilizando materiales ya disponibles.

Delacroix sintió que por primera vez la forma completa de los crímenes empezaba a parecer una mente.

No todavía una persona. Una forma de pensar. Preparar recursos. Esperar. Corregir. Activar solo aquello que se volvía necesario.

A las cinco fueron a terminar la inspección del tercer piso.

Todos juntos. No encontraron nada más importante.

Pero en la 326 hallaron un pequeño agujero en la pared junto al zócalo.

Rémi lo examinó.

—Cable viejo.

—¿Campanas?

—Sí. Sistema anterior.

—¿Funciona?

—No.

Nada.

En la 329, una hoja de periódico de diciembre.

En la 302, una botella vacía dejada probablemente por personal meses atrás.

Nada.

El piso vacío era, en su mayor parte, exactamente eso.

Vacío. Al terminar, André cerró. Delacroix tomó una segunda llave.

—Nadie vuelve.

—Con mucho gusto —dijo Mireille.

Bajaron. Durante la cena, nadie habló de la 318. Eso fue deliberado. Côme contó una historia. Thérèse corrigió una fecha.

Mireille se quejó de que André había vuelto a servir queso.

André pareció genuinamente herido.

—Es excelente.

—Llevamos tres días comiendo queso.

—Está en la montaña.

—También hay nieve y no la sirves.

Rémi sonrió. Incluso Delacroix. Hélène levantó una copa.

—Por la nieve no servida.

Bebieron.

Pequeña normalidad.

Frágil.

Pero suya.

Alrededor de las nueve subieron.

Delacroix contó.

Siete.

La cuenta seguía correcta.

Mireille y Thérèse entraron.

Côme y Rémi.

André.

Hélène.

Delacroix.

Antes de cerrar su puerta, Hélène se quedó una vez más.

—Hoy no pienso decir nada inteligente.

Delacroix la miró.

—Gracias.

—Me pareció que necesitabas descanso.

—Mucho.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Ella entró. Delacroix hizo lo mismo. Cerró. Sacó la tarjeta de la 318. La colocó sobre el escritorio.

LA ObrA PERTENECE A QUIEN LA ESCRIBIÓ.

Después abrió la libreta de Veyrac.

Leyó una frase de uno de los borradores:

Sin esta página, cualquiera puede ser autor.

La diferencia era pequeña.

Y enorme.

Veyrac planteaba una pregunta sobre prueba.

La tarjeta imponía una sentencia.

Uno quería que buscaran.

El otro quería que juzgaran.

Delacroix permaneció mirando ambas.

Por primera vez creyó entender mejor la diferencia entre los dos autores.

Édouard quería construir un misterio hasta una verdad.

Quien estaba corrigiendo su juego quería construir una verdad antes de que ellos tuvieran el misterio.

Cerró la libreta. Guardó la tarjeta. Apagó la lámpara.

Afuera, una rama cargada de nieve golpeó alguna parte del edificio.

Una vez. Después otra. Parecía un paso. Delacroix escuchó. No se levantó.

Ya había aprendido que un ruido no decía dónde estaba quien lo producía.

Una campana no demostraba una habitación. Un reloj no demostraba una hora. Una muerte no demostraba el momento del crimen.

Y quizá una acusación tampoco demostraba a quién pretendía acusar.

En el Grand Hôtel des Cimes, las cosas seguían diciendo la verdad.

El problema era que alguien había aprendido a decidir cuándo las escucharían.