Capítulo 18 — El piso vacío #2
Mireille añadió:
—Esto ya te dice dónde debes estar.
Côme abrió la libreta.
—Plagio.
Hélène lo miró.
—Exactamente.
Delacroix examinó el marco. Madera barata pintada de negro. No parecía antiguo.
—¿Puede haber estado aquí desde antes de nuestra llegada?
André negó.
—Yo habría... —Se detuvo.
Delacroix lo miró.
El director corrigió:
—No puedo asegurarlo.
Bien.
—La habitación estaba cerrada.
—Sí.
—Llave maestra.
—Sí.
—¿Llave individual?
André buscó en el casillero portátil que habían llevado.
—318.
La encontró.
—Estaba abajo.
—Entonces quien lo dejó necesitaba maestra, copia o ganzúa.
Mireille levantó ambas manos.
—Sé lo que viene.
—No he dicho nada.
—Mis ganzúas.
—Selladas desde el sábado.
—Pudo cogerlas antes.
Hélène observó el marco.
—También pudo colocar esto antes del sábado.
Delacroix la miró.
—Sí.
—Entonces el hecho de que aparezca ahora no significa que lo hayan puesto ahora.
—Exactamente.
Côme exhaló.
—Lo que ya habíamos tocado.
—O no mirado —dijo Delacroix.
La campanilla había conseguido una cosa. Que encontraran aquella frase. No necesariamente que alguien hubiera subido esa mañana. El escenario podía estar preparado desde días antes.
—¿El asesino quería que la encontráramos hoy? —preguntó Thérèse.
Delacroix pensó.
—Alguien quería que viniéramos a la 318.
—Entonces sí.
—No necesariamente el asesino.
Hélène levantó una ceja.
—Édouard.
—Puede.
Mireille negó.
—Pero la frase no parece suya.
—Puede haberla puesto otra persona y utilizado una llamada preparada por Veyrac.
—O al revés —dijo Côme.
Delacroix lo miró.
—¿Cómo?
—Veyrac puso la frase y otra persona hizo sonar la campana para que la encontráramos ahora.
Silencio.
—Bien —dijo Delacroix.
Côme pareció sorprendido por el elogio.
—Gracias.
—No te acostumbres.
Hélène sonrió. Delacroix examinó la tarjeta sin sacarla.
—Tipo de máquina.
Côme se inclinó.
—La e.
La palabra tenía una ligera elevación. La misma característica. Remington de Veyrac. Probablemente.
—Escrita con la máquina desaparecida —dijo Mireille.
—O una con defecto idéntico.
Hélène lo miró.
—Cada vez te pareces más a Amaury.
—Eso empieza a ser acoso póstumo.
Mireille sonrió. Pequeño. Necesario. Delacroix sacó la tarjeta utilizando un pañuelo. El reverso estaba vacío. Nada más.
—Nos llevamos marco y tarjeta.
André miró alrededor.
—¿Revisamos el resto del piso?
Delacroix pensó. La campanilla había llamado a la 318. La frase estaba allí. Podía ser suficiente.
Pero el tercer piso seguía siendo un espacio cerrado que alguien había utilizado en alguna fase.
—Sí.
Mireille respiró.
—Cuarenta habitaciones.
—Menos.
—Eso no mejora.
Empezaron.
No abrieron cada armario con la minuciosidad de una búsqueda policial.
Revisaron habitaciones. Cierres. Ventanas. Objetos fuera de lugar. En la 322 encontraron una cortina caída. En la 307, una ventana mal ajustada.
En la 311, dos cajas de mantas que André había olvidado trasladar.
Nada. Hasta la 304. La puerta estaba cerrada. André abrió.
Dentro había una silla en medio de la habitación.
Solo eso. No junto a la mesa. No contra pared. En el centro. Mireille se detuvo.
—Eso sí está mal.
Delacroix miró.
—¿Por qué?
—Porque una habitación preparada nunca deja una silla así.
André asintió.
—No.
Côme respiró.
—¿Alguien estuvo aquí?
Hélène observó el suelo.
—O la movió durante limpieza.
André negó.
—No.
Delacroix entró. La silla tenía polvo sobre el asiento. No parecía recientemente utilizada.
Pero una pata había dejado una marca limpia en la alfombra.
Había sido desplazada en algún momento.
—¿Parte del juego? —preguntó.
Mireille negó.
—No.
En el asiento había algo. Una pequeña viruta de madera. Delacroix la miró. Nada más. No inventaría significado.
—Seguimos.
En la 301 encontraron una puerta comunicante abierta.
Ambas habitaciones vacías.
André estaba seguro de haberla cerrado.
Delacroix no.
La cerraron.
A mitad de la revisión sonó la campanilla.
Todos se quedaron inmóviles.
No venía de una habitación.
El sonido se transmitió por el corredor desde alguna instalación lejana.
Una vez. Dos. Tres. Mireille miró a Delacroix.
—Estamos todos aquí.
—Sí.
La frase era importante. Los siete estaban en el tercer piso.
Si la llamada de servicio estaba siendo activada desde un cuadro detrás de cocina, nadie podía estar accionándolo en ese momento.
A menos que hubiera mecanismo. O la llamada fuera defecto. O se hubiera preparado.
—Bajamos —dijo Delacroix.
Côme miró las puertas restantes.
—¿No terminamos?
—Después.
—Pero...
—La campana acaba de darnos una prueba mejor.
—¿Cuál?
—Que no necesita una persona tocando el cuadro cuando suena.
Hélène asintió.
—Temporizada.
Mireille cerró los ojos.
—Otro de mis mecanismos.
—No necesariamente.
—Lo sé.
Bajaron deprisa, pero no corriendo. Todos juntos. Llegaron a recepción. El indicador estaba abajo.
318.
Otra vez.
Rémi fue directamente hacia el cuadro de pruebas detrás de cocina.
Delacroix lo siguió con el resto.
La dependencia era estrecha.
Tablero.
Interruptores.
Pequeñas etiquetas numeradas.
Rémi abrió.
Se quedó quieto.
—Aquí.
Un contacto correspondiente a la 318 estaba sujetado con un hilo fino.
Mireille se acercó. No tocó.
—Hilo teatral.
Todos la miraron. Ella apretó la mandíbula.
—Sí. Utilizo ese tipo.
Delacroix observó. El hilo continuaba hacia abajo. Pasaba detrás del tablero.
Terminaba unido a una pequeña pieza metálica y un peso.
Gota a gota, agua procedente de un recipiente diminuto había ido llenando una cápsula.
Cuando pesaba suficiente, tiraba del contacto. Mireille lo vio.
—Temporizador de agua.
Côme frunció el ceño.
—¿Eso existe?
—Desde antes que los relojes —dijo Hélène.
Rémi examinó.
—Simple.
Delacroix observó el pequeño recipiente.
—¿Cuánto tarda?
Mireille calculó.
—Depende del orificio. Horas quizá.
—¿Varias activaciones?
—Si el peso rebota o el contacto queda oscilando, sí.
Rémi asintió.
—Explica las llamadas.
—¿Cuándo lo colocaron?
Nadie podía saber. El recipiente había estado escondido detrás del tablero. Podía llevar horas. Quizá toda la noche. Quizá alguien lo preparó antes de cenar.
—¿Material tuyo? —preguntó Delacroix.
Mireille miró.
—El hilo puede. La pieza también. El recipiente no lo reconozco.
—¿Quién sabía construir esto?
Ella soltó aire.
—Yo.
—Veyrac.
—Sí.
—Hélène.
La novelista levantó una ceja.
—Sé cómo funciona un reloj de agua. No significa que fabrique uno cada domingo.
—No he dicho eso.
—Tu cara sí.
Mireille la miró. Hélène sonrió apenas. La frase se había convertido en patrimonio común. Rémi retiró cuidadosamente el mecanismo.
—Esto no fue un fallo.
—No —dijo Delacroix.
Côme miró hacia arriba.
—Entonces alguien quería que subiéramos.
—Sí.
—Y encontró una forma de hacerlo sin moverse cuando sonara.
—Sí.
Hélène observó el pequeño mecanismo.
—Igual que Octave.
Delacroix la miró.
—Explícalo.
—Acción antes. Consecuencia después.
Silencio. Exactamente. Una dosis preparada antes de la muerte. Una campana preparada antes de sonar. El asesino seguía separando causa y efecto.
—No busquemos coartadas a las seis cuarenta y siete —dijo Delacroix.
Côme frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque la persona que hizo sonar la campana no estaba necesariamente cerca del cuadro a esa hora.
—Entonces tenemos que saber cuándo llenó el recipiente.
—Sí.
—¿Podemos?
Mireille miró la cantidad de agua restante.
—Con aproximación. Pero cualquiera podía variar tamaño del orificio.
—No suficiente para una hora exacta —dijo Delacroix.
Otra hora equivocada. No necesitaba escribirla para entender. Hélène también.
La frase de la habitación seguía sobre la mesa.
LA ObrA PERTENECE A QUIEN LA ESCRIBIÓ.
Causa. Efecto. Autoría. Todo parecía girar alrededor de la misma obsesión. Delacroix miró a Hélène. Ella percibió.
—Adelante.
—¿Qué?
—Pregúntalo.
—No sé qué quiero preguntar.
—Sí.
—Entonces dímelo tú.
Hélène miró la tarjeta.
—Quieres saber si Ariane utilizó esa frase.
Delacroix se quedó quieto. Eso era exactamente.
—¿La utilizó?
Hélène pensó. Mucho.
—No así.
—Pero.
—Dijo algo parecido una vez.
Mireille levantó la cabeza. Thérèse también. Delacroix sintió el peligro.
—No aquí.
Hélène cerró la boca. Bien. Habían aprendido.
—Después —dijo.
Ella asintió. El grupo regresó al salón.
Delacroix no quiso continuar la revisión del tercer piso en ese momento.
El objetivo de la campana ya estaba cumplido. Habían encontrado la tarjeta.
Y quizá quien hubiera preparado todo esperaba exactamente el efecto que ahora se producía: seis personas mirando a Hélène.
Delacroix rompió la escena.
—Desayunamos.
Côme lo miró.
—¿Ahora?
—Sí.
—Ya desayunamos.
Delacroix consultó el reloj. Eran casi las nueve.
—Entonces café.
Mireille soltó una risa.
—Eso sí es una investigación francesa.
André preparó café.
No fue solo.
Rémi lo acompañó.
Hélène permaneció junto al fuego.
Thérèse no la miraba.
Precisamente porque intentaba no hacerlo.
Delacroix lo notó.
Hélène también, probablemente.
Nada dijo.
Cuando todos tuvieron tazas, Delacroix se sentó.
—La frase no acusa a nadie.
Côme levantó la cabeza.
—Dice...
—Sé lo que dice.
—Pero habla de autoría.
—Sí.
—Ariane.
—Sí.
—Hélène.
La novelista lo miró. Côme cerró los ojos.
—Lo siento.
—Deja de pedir perdón y termina.
El periodista tragó saliva.
—La disputa era con Hélène.
—Sí —dijo ella.
Delacroix continuó:
—Y precisamente por eso una frase sobre autoría colocada en una habitación a la que nos conduce una campana artificial es demasiado conveniente.
Mireille miró la tarjeta.
—Alguien quiere que pensemos en Hélène.
—Puede.
Hélène alzó una ceja.
—Gracias por la defensa entusiasta.
—No era defensa.
—Ya sé.
—También puede ser Veyrac intentando obligarnos a pensar en la disputa.
—Sí.
—O alguien utilizando material de Veyrac después.
—Sí.
Côme cerró la libreta.
—Entonces seguimos sin saber.
—Sabemos algo.
—¿Qué?
Delacroix señaló el mecanismo.
—La persona que hizo esto piensa en efectos retardados.
Mireille lo miró. La acusación implícita apareció sola. Ella trabajaba con efectos. Delacroix continuó antes de que creciera.
—Igual que Veyrac.
Mireille respiró.
—Gracias.
—Tampoco era defensa.
—Ya sé.
Hélène apoyó la taza.