Capítulo 18 — El piso vacío
A las seis y cuarenta y siete de la mañana sonó una campanilla en el Grand Hôtel des Cimes.
Una sola vez. Armand Delacroix abrió los ojos. No supo inmediatamente dónde estaba.
Édouard.
Amaury.
Géraud.
Octave.
Cuatro muertos.
Siete vivos.
La campanilla volvió a sonar.
Delacroix se incorporó.
Esta vez reconoció el sonido.
No era la pequeña campana que André había colocado en la mesa del corredor.
Era el sistema de servicio del hotel.
Se vistió lo necesario, metió la libreta y los documentos dentro de la chaqueta y abrió.
Hélène Darcourt estaba saliendo de la 211.
Llevaba una bata oscura sobre el camisón y el cabello recogido de cualquier manera.
—¿Lo has oído?
—Sí.
Otra puerta.
Mireille apareció.
Después Thérèse.
Côme abrió casi inmediatamente.
Rémi tardó más.
André salió el último.
Siete.
Delacroix contó.
Hélène lo vio.
No dijo nada.
La campanilla sonó una tercera vez.
André levantó la cabeza.
—Recepción.
—¿Qué habitación? —preguntó Delacroix.
—Tengo que ver el cuadro.
Bajaron.
No hubo que recordar a nadie que permanecieran juntos.
Eso era nuevo. El miedo se había convertido en disciplina. Llegaron al vestíbulo.
El cuadro de llamadas estaba detrás de recepción: una serie de pequeñas ventanas numeradas donde cada habitación podía hacer caer un indicador cuando un huésped pulsaba el botón de servicio.
Una lengüeta metálica permanecía abajo. André la miró. Se quedó quieto.
—¿Qué? —preguntó Mireille.
El director señaló.
318.
Côme levantó la vista hacia el techo como si pudiera ver tres pisos a través de él.
—Tercer piso.
—Sí —dijo André.
Mireille se abrazó.
—El que cerramos.
Delacroix miró al director.
—¿Habitación ocupada?
André le devolvió una mirada cansada.
—No hay nadie ocupado arriba.
—La 318 en particular.
—Cerrada desde antes de que llegarais.
—¿Parte del juego?
Mireille pensó.
—No que yo sepa.
Delacroix miró a Hélène. Ella negó.
—No recuerdo ninguna escena allí.
—¿Veyrac?
—Podría haber añadido algo.
La frase empezaba a ser otra palabra oficial. Podría. Rémi se acercó al cuadro. No tocó todavía.
—Puede ser contacto defectuoso.
Côme lo miró.
—Tres veces.
—Sí.
—Con pausas.
—También.
Mireille exhaló.
—Las tuberías no sabían contar. ¿Las campanas sí?
Rémi la miró.
—Las campanas hacen lo que hace la electricidad.
—Eso no responde.
—Es lo mejor que tengo.
André levantó la lengüeta para restablecerla. Delacroix le sujetó la muñeca.
—No.
El director se detuvo.
—¿Qué?
—Déjala como está.
—Si vuelve a sonar no sabremos...
—Precisamente.
Delacroix miró a todos.
—¿Dónde estaba cada uno cuando sonó la primera vez?
Côme cerró los ojos.
—Dormido.
—Eso espero. Habitación.
—Sí.
Mireille señaló a Thérèse.
—Juntas.
—Sí —dijo Thérèse.
—Rémi.
—218.
—André.
—216.
—Hélène.
—211.
—Yo 214.
Delacroix miró el cuadro. Todos podían mentir.
Pero ninguno tenía una razón sencilla para estar en el tercer piso y regresar antes de que los demás salieran.
—No subimos todavía.
Mireille lo miró como si hubiera oído mal.
—¿No?
—No.
—Hay una llamada desde una habitación vacía.
—Sí.
—Eso normalmente parece una razón para mirar.
—Y hace tres días habría corrido escaleras arriba.
Hélène cruzó los brazos.
—Ahora quieres saber qué intenta conseguir quien la hizo sonar.
—Sí.
Côme miró la lengüeta.
—Quizá que subamos.
—Esa es una posibilidad.
—¿Y si hay algo allí?
—Seguirá allí dentro de diez minutos.
Mireille no parecía convencida.
—¿Y si hay alguien?
Delacroix la miró.
—Entonces también quiero saber si se impacienta.
No sonó nada. Esperaron. Un minuto. Dos.
André parecía sufrir físicamente viendo un aviso de servicio sin atender.
Delacroix lo notó.
—Te molesta.
—Es una llamada.
—De una habitación vacía.
—Sigue siendo una llamada.
Hélène miró al director.
—Ahí tienes una de tus rutinas.
André frunció el ceño.
—¿Qué?
Delacroix entendió. Habían hablado de ello el día anterior. Qué no podía resistir cada persona.
Un problema del hotel bastaba para mover a André.
Una campanilla era casi una orden.
—No vas solo nunca a una llamada —dijo.
André lo miró.
—No pensaba.
—Acabas de dar dos pasos hacia la escalera sin darte cuenta.
El director bajó la vista. Era verdad. Mireille lo observó.
—Esto es espantoso.
—¿Qué?
—Empezar a notar los botones que tiene cada uno.
Nadie respondió. A los cinco minutos Delacroix restableció el indicador.
—Ahora esperamos otra vez.
Nada. Diez minutos. Nada. Rémi se acercó.
—Quiero revisar el cuadro.
—Aquí.
—Necesito abrirlo.
—Hazlo.
El técnico quitó la tapa inferior. Cableado. Contactos. Pequeños relés. Delacroix no entendía nada. Ya había aprendido a no avergonzarse de ello.
—¿Puede activarse desde otro sitio que no sea la habitación? —preguntó.
Rémi no respondió inmediatamente. Eso era suficiente para interesarlo.
—Sí.
André levantó la cabeza.
—Para pruebas.
Rémi asintió. Mireille cerró los ojos.
—Naturalmente.
—¿Dónde?
—Cuadro de servicio —dijo André—. Detrás de cocina. Permite comprobar cada línea después de una reparación.
Delacroix miró a Rémi.
—¿Puedes hacer sonar la 318 desde allí?
—Sí.
Côme miró el indicador.
—Entonces alguien no necesita estar en la habitación.
—No.
—¿Quién sabía eso?
Mireille levantó una mano sin entusiasmo.
—Yo.
Hélène también.
—Yo.
André. Rémi. Veyrac, probablemente. Otra vez. Delacroix sintió el círculo habitual.
—¿Se puede temporizar?
Rémi pensó.
—No de fábrica.
—Pero.
—Podrías mantener un contacto con algún mecanismo.
Mireille miró hacia él.
—Como uno de mis temporizadores.
—Sí.
La escenógrafa soltó una risa seca.
—Estoy empezando a echar de menos cuando solo tenía ganzúas.
Delacroix miró a Hélène.
—Durante tus visitas, ¿viste ese cuadro?
—Sí.
—¿Te enseñaron cómo probar habitaciones?
—Rémi lo hizo.
El técnico asintió.
—La primera vez.
—¿La segunda?
—No estaba —dijo Rémi.
Hélène miró a Delacroix.
—Ya conocía el principio.
—Y alguien que vino usando tu nombre también pudo conocerlo.
—Sí.
Otra vez la visita del once de enero. Real o inventada.
Todo parecía dispuesto para apuntar en dos direcciones simultáneamente.
Mireille. Hélène. Demasiado limpio.
—Ahora sí subimos —dijo Delacroix.
Côme lo miró.
—¿Qué cambió?
—Ya sabemos que la campanilla no demuestra que nadie esté arriba.
Hélène sonrió apenas.
—Una hora equivocada convertida en habitación equivocada.
Delacroix la miró.
—Exactamente.
Subieron los siete. André llevaba las llaves maestras. Rémi una linterna.
Mireille había insistido en ponerse ropa antes de recorrer un piso helado, así que el grupo había esperado cinco minutos y aprovechado para hacer lo mismo. Hélène regresó con pantalones oscuros y jersey. Côme llevaba una chaqueta mal abrochada. Thérèse se había recogido el cabello.
La normalidad de vestirse para investigar una campanilla de una habitación vacía resultó casi cómica.
Nadie lo comentó. Llegaron a la puerta del tercer piso. Cerrada. André sacó la llave. Delacroix miró la cerradura.
—¿La revisaste anoche?
—Sí.
—¿Seguro?
André lo miró.
—Sí.
Había aprendido también a no decir creo. Giró. La puerta abrió. El aire era más frío.
El tercer piso permanecía casi completamente sin calefacción desde que cerraron circuitos. Solo algunas conducciones mínimas impedían que las tuberías principales se congelaran.
Rémi encendió luces.
Una.
Dos.
La tercera tardó y luego apareció.
El corredor se extendió bajo el tejado.
Puertas.
Alfombra oscura.
Pequeñas ventanas al final.
Silencio.
La 318 estaba casi al extremo.
—Todos juntos —dijo Delacroix.
Mireille soltó aire.
—Ya ni siquiera hace falta.
Avanzaron. La temperatura descendía. Sus pasos parecían demasiado fuertes. Côme miraba números.
Delacroix levantó una mano.
Se detuvieron.
Algo había sonado.
No campana.
Un golpe sordo.
Arriba.
Mireille miró el techo.
—No hay otro piso.
—Tejado —dijo André.
Otro sonido. Tac. Después uno más. Más lejos. Côme palideció.
—Pasos.
Rémi negó.
—Madera.
Tac.
Pausa.
Tac.
Esta vez incluso Delacroix sintió la semejanza.
No eran pasos normales.
Pero el cerebro quería convertirlos en eso.
Uno.
Después otro.
Avanzando por encima.
Hélène miró a Delacroix.
—Expectativa.
—Sí.
Mireille respiró.
—No me expliquéis el miedo mientras lo tengo.
Delacroix levantó la vista. La estructura del tejado podía contraerse con frío. Nieve deslizándose. Vigas. Demasiadas explicaciones posibles.
No iba a regalar un fantasma a quien no lo necesitaba.
—Seguimos.
Llegaron a la 318. Puerta cerrada. André probó la llave. Abrió.
La habitación era más pequeña que las inferiores, con techo inclinado y una única ventana orientada hacia la montaña.
Vacía.
Cama cubierta por una funda.
Mesa.
Armario.
Silla.
Nada más.
Côme entró detrás de Delacroix.
—El botón.
Junto a la cama había un pequeño pulsador de servicio.
Rémi se acercó. No lo tocó.
—Normal.
—¿Manipulado?
—No veo nada.
Delacroix miró el suelo. Polvo fino bajo la cama. Nada. Ventana cerrada. Armario vacío. Mireille recorrió la habitación.
—No hay objeto del juego.
Hélène estaba en la puerta.
—¿Seguro?
—Sí.
Delacroix volvió hacia ella.
—¿Qué?
Hélène señaló la pared. Encima del escritorio había un pequeño marco. Negro. Delacroix se acercó.
No lo había visto porque parecía formar parte de la decoración.
Dentro no había fotografía. Solo una tarjeta crema. Una frase mecanografiada.
LA ObrA PERTENECE A QUIEN LA ESCRIBIÓ.
Nadie habló. Mireille fue la primera en acercarse. La cara cambió.
—Eso no es mío.
Delacroix no tocó el marco.
—¿Lo viste antes?
—No.
—¿Formaba parte del hotel?
André negó.
—No.
Hélène permanecía quieta.
La frase parecía dirigida hacia ella aunque no incluyera nombre.
Côme lo comprendió también. Miró a la novelista. Ella lo vio.
—No hace falta que intentes no mirarme, Côme. Resulta más evidente.
El periodista bajó la vista.
—Perdón.
Hélène se acercó. Leyó. No mostró nada durante unos segundos.
—Demasiado directo.
Delacroix la miró.
—¿Veyrac?
—No parece.
Mireille asintió.
—Estoy de acuerdo.
—¿Por estilo?
—Por intención —dijo Hélène.
—Explícate.
Ella señaló la frase.
—No plantea una duda. No da una pista. Declara una conclusión moral.
—Édouard podía ser moralista.
—Sí. Pero cuando quería que llegáramos a un punto, nos hacía caminar.