Capítulo 17 — Lo que ya habíamos tocado #4
Pero también había entregado voluntariamente detalles que podía seguir ocultando.
Eso no la absolvía.
Solo evitaba que el caso se volviera demasiado cómodo.
En el salón, Thérèse levantó la mirada.
Hélène fue directamente hacia una mesa.
No hacia ella.
Cogió un libro.
Se sentó.
No dijo nada.
Bien.
Las dos actuaban.
O intentaban.
Delacroix observó.
El asesino también podía hacerlo.
A las cinco, Rémi recibió otra secuencia completa desde abajo.
Esta vez el alivio fue menor pero más sólido.
—Mañana pueden intentar subir un técnico hasta la primera estación de mantenimiento —dijo.
—¿Y nosotros? —preguntó Côme.
—Si todo funciona, quizá bajemos por la tarde.
Mireille cerró los ojos.
—Mañana por la tarde.
—Quizá.
—No importa. Es una hora.
Delacroix miró el reloj. Una hora. La palabra ahora tenía otro significado. El asesino jugaba con ellas.
Pero una hora de salida también podía cambiar todo.
Si sabían que el encierro terminaba, quien estuviera detrás de los asesinatos tendría que decidir qué hacer con lo que aún quedaba sin destruir.
La última página. La máquina de escribir. Documentos de Veyrac. Pruebas del sabotaje. Y seis testigos vivos además de Delacroix.
El tiempo también podía empezar a presionar al asesino.
—Nadie cambia las reglas esta noche —dijo.
Mireille lo miró.
—¿Por qué?
—Porque mañana puede ser nuestro último día aquí.
Nadie respondió. Decirlo en voz alta produjo esperanza. Y miedo. A la vez. Cenaron.
Esta vez André preparó comida caliente con ayuda de Rémi mientras todos los demás permanecían cerca.
Hélène habló con Thérèse de arte. Normal. Demasiado normal quizá. Pero Delacroix no intervino.
Côme contó una historia absurda sobre un editor que había publicado por error dos capítulos en orden inverso.
Mireille dijo que quizá mejoró el libro. Hélène preguntó el título. Côme se negó. Pequeñas cosas. Rutinas. Vida.
Delacroix empezó a comprender que eso era también evidencia.
No las grandes declaraciones.
Lo que cada uno hacía cuando intentaba no parecer asustado.
Después de cenar, André llevó una bandeja a cocina.
Rémi fue con él. Regresaron. Nadie desapareció. Nadie murió.
La ausencia de tragedia empezaba a sentirse como un acontecimiento.
A las nueve y media subieron. Seis puertas útiles. Siete personas. Delacroix contó. Hélène lo vio.
—Lo haces siempre.
—¿Qué?
—Contarnos.
No tenía sentido negarlo.
—Sí.
—Yo también.
—Eso tampoco me tranquiliza.
Ella sonrió apenas.
Mireille y Thérèse entraron juntas.
Côme compartía conexión con Rémi.
André.
Hélène.
Delacroix.
Las puertas cerraron.
Antes de entrar, Hélène se quedó otra vez en el corredor.
—¿Vas a convertir esto en costumbre? —preguntó Delacroix.
—Ya lo es.
—Eso es precisamente lo que hoy hemos aprendido a temer.
Hélène apoyó una mano sobre el marco.
—Entonces cambia tú primero.
—Buenas noches.
Ella sonrió.
—Eso también es rutina.
Entró. Delacroix cerró su habitación. Sacó la libreta.
Escribió:
OCTAVE: muerte preparada antes. Objeto cotidiano manipulado.
Debajo:
ARIANE: H. admite discusión junto a escalera + contacto físico. T. confirma discusión, no contenido exacto.
Se quedó mirando la letra.
H.
Era demasiado fácil.
Hélène.
H.
La escritora.
La acusación de Ariane.
Las publicaciones.
Las visitas.
El acceso.
La capacidad de comprender el juego.
El hábito de corregir.
Delacroix cerró la libreta.
Todavía no.
No podía permitir que veinte coincidencias se convirtieran en una certeza solo porque apuntaban en una dirección atractiva.
Todavía faltaban demasiadas cosas. Cómo murió exactamente Veyrac. Quién preparó el aislamiento. Quién escribió cada falsificación. Dónde estaba la Remington. Qué contenía la página desaparecida.
Y, sobre todo, qué había ocurrido entre el momento en que Hélène decía haber dejado a Ariane viva y el momento en que todos la encontraron en la escalera.
Delacroix dejó la libreta.
Fue hacia el lavabo.
Se detuvo antes de tomar el vaso.
Lo miró.
Había utilizado ese mismo vaso desde el viernes.
Lo había dejado solo decenas de veces.
Lo había lavado André.
Quizá.
Lo había tocado él.
Quizá alguien más.
Una cosa ordinaria.
Ya tocada.
Ya confiada.
Delacroix sonrió sin humor.
Cogió el vaso.
Lo olió.
Nada.
Se sirvió agua.
Bebió.
Si dejaba de utilizar todos los objetos que podían haber sido tocados, moriría de sed antes de resolver nada.
Regresó a la cama. Apagó. El hotel estaba en silencio. Pensó en Octave. No murió cuando tomó el veneno.
Murió cuando alguien consiguió que el veneno estuviera esperando dentro de una costumbre.
Pensó en Ariane.
Quizá tampoco murió al caer.
Quizá su muerte había empezado antes.
Con una carta.
Una discusión.
Una página.
Un secreto que demasiadas personas preferían no mirar.
Cerró los ojos.
Al día siguiente podía llegar ayuda.
Por primera vez el encierro tenía una posible fecha de final.
Eso debería haberlo tranquilizado. No lo hizo.
Porque si él podía calcular cuánto tiempo quedaba, también podía hacerlo el asesino.
Y alguien que llevaba cuatro muertes intentando corregir una historia podía volverse mucho menos cuidadoso cuando comprendiera que ya no le quedaban páginas suficientes.