Capítulo 17 — Lo que ya habíamos tocado #2
—¿Fumas?
—No.
—¿Medicación?
—No.
—¿Alguna bebida propia?
—No.
—¿Alguna costumbre que te haga ir a un sitio solo?
Côme pensó.
—Leer periódicos.
—No sirve.
—A veces camino cuando escribo.
—Eso sí.
El periodista dejó de sonreír.
Delacroix anotó.
Mireille.
Cigarrillos ocasionales.
Maquillaje.
Objetos de utilería.
Siempre revisaba mecanismos si algo no funcionaba.
Ya lo sabían.
Rémi.
Herramientas.
Estación.
Tabaco.
Era incapaz de ignorar una avería.
También lo sabían.
André.
Llaves.
Rondas del hotel.
Cocina.
Termostatos.
Ruido de servicio.
Un huésped que llamara sería suficiente para hacerlo salir.
Thérèse. Té. Un pequeño frasco de sales aromáticas. Cartas.
Siempre iba a comprobar personalmente cualquier objeto de valor que creyera mal guardado.
Hélène.
Cigarrillos.
Pluma.
Máquina de escribir.
Cuadernos.
Leía antes de dormir.
Prefería trabajar sola.
—Qué acusador suena eso —dijo.
—Son hábitos.
—Los hábitos son confesiones repetidas.
—Eso sí suena a novelista.
—Lo es.
Delacroix anotó.
Él mismo.
Café.
Libreta.
Chaqueta con documentos.
Fumar no.
Dormir poco.
Tendencia a abrir puertas que no debería.
Mireille levantó la cabeza.
—Eso último es tuyo.
—Ya lo sé.
—Anótalo.
Delacroix lo hizo. La risa fue pequeña. Pero existió. Después se volvió hacia Thérèse.
—Sales aromáticas.
Ella sacó un pequeño frasco plateado.
—Desde hace años.
—¿Lo utilizas?
—Cuando me mareo.
—¿Quién lo sabe?
Thérèse miró a Mireille.
—Ella.
Hélène asintió.
—Yo también.
Delacroix observó el frasco.
—No lo uses.
Thérèse se quedó quieta.
—¿Por qué?
—Porque ya sabemos que lo tienes.
La frase produjo un escalofrío real.
Thérèse dejó el frasco sobre la mesa como si acabara de transformarse.
Mireille miró su propia caja de cigarrillos.
Hélène su pluma.
Côme la estilográfica.
André el llavero.
Rémi las herramientas.
Eso era lo que Delacroix quería.
No paranoia.
Consciencia.
Pero la línea entre ambas empezaba a resultar microscópica.
—No vamos a dejar de utilizar cosas —dijo—. Solo evitaremos que una rutina privada quede fuera de control.
—¿Cómo controlas un cigarrillo? —preguntó Hélène.
—Conservas el paquete contigo.
—Ya lo hago.
—No aceptas uno ajeno.
—Nunca lo hago.
Mireille la miró.
—Eso es falso.
Hélène giró.
—¿Qué?
—La primera noche tomaste uno de Édouard.
La frase cayó. Hélène se quedó quieta.
—Puede.
—En el salón.
—No lo recuerdo.
—Yo sí.
Delacroix observó.
Un cigarrillo.
Nada.
Banal.
Ya tocado.
Ya consumido.
Podía no importar.
Precisamente por eso importaba.
—¿Pasó algo? —preguntó Côme.
Hélène soltó aire.
—No morí.
—No era...
—Ya sé.
Delacroix levantó una mano.
—No perseguimos cada objeto hacia atrás hasta convertir la cena del viernes en un campo minado.
Mireille lo miró.
—Acabas de pedir exactamente eso.
—He pedido identificar rutinas, no inventar asesinatos retrospectivos.
—Diferencia sutil.
—Necesaria.
Hélène observó a Delacroix.
—El asesino también está aprendiendo nuestras rutinas ahora.
—Sí.
—Aunque no las conociera antes.
—Sí.
—Entonces cuanto más dure esto...
Delacroix terminó:
—Más fácil será para él elegir cómo movernos.
Silencio.
Esa era la amenaza nueva.
El asesino había conocido bien a algunos.
Quizá no a todos.
Pero cada día encerrados ofrecía información.
Côme no podía resistir una historia.
André no podía ignorar el hotel.
Rémi una avería.
Mireille un mecanismo.
Las personas se explicaban solas con tiempo suficiente.
—Entonces tenemos que salir —dijo Côme.
Rémi miró hacia la estación.
—Eso intento.
—¿Hoy?
—La señal inferior está más estable.
Todos levantaron la cabeza.
El técnico continuó:
—Si mantiene durante una hora y la visibilidad mejora, intentaré llevar la cabina hasta el punto medio sin pasajeros.
Mireille respiró.
—Y después.
Rémi la miró.
—Después hablamos.
Côme sonrió.
—Ya ni siquiera necesito quizá.
El momento produjo alivio. Delacroix lo dejó crecer. Necesitaban creer en la posibilidad de descenso. Aunque fuera técnicamente incierta.
A las once, la cabina descendió hasta casi la mitad del recorrido.
Todos miraron desde la galería.
La montaña había reaparecido.
Nubes partidas.
Pendientes blancas.
Pinos oscuros más abajo.
El valle seguía oculto, pero existía.
La cabina avanzó con lentitud.
Rémi no apartó los ojos del cuadro.
Delacroix observó las manos del técnico.
Seguras.
Conocía cada vibración.
Cada respuesta.
Géraud había tenido razón.
Si Rémi hubiese querido dejar aquel sistema inutilizable, no habría necesitado los torpes cortes encontrados.
La idea ya estaba asentándose.
No absolución.
Pero casi.
La cabina llegó al punto medio.
Una señal.
Rémi se tensó.
Otra.
Después tres impulsos claros.
El técnico levantó la cabeza.
—Abajo.
—¿Qué? —preguntó Mireille.
—Es respuesta de la estación inferior.
Côme se acercó.
—¿Persona?
—Sí.
Por primera vez hubo una certeza exterior.
Alguien estaba abajo.
El mundo sabía que existían.
Mireille se echó a reír.
Thérèse se tapó la boca.
André cerró los ojos.
Hélène sonrió hacia Delacroix.
—Eso sí es buena noticia.
—Sí.
—Puedes admitirlo.
—Lo he hecho.
—Con entusiasmo limitado.
—Es mi especialidad.
Rémi envió una secuencia. Esperó. Respuesta.
—Saben que hay problema.
—¿Saben que hay muertos? —preguntó Côme.
—No puedo comunicar palabras.
—Entonces.
—Saben que no bajamos por avería.
—¿Pueden enviar ayuda?
Rémi pensó.
—Si el tiempo se mantiene, pueden subir la cabina inferior o personal técnico.
—¿Cuándo?
—No hoy probablemente.
La alegría se redujo. No desapareció. Eso era nuevo. Antes cualquier obstáculo destruía por completo la esperanza. Ahora había alguien abajo. Eso bastaba.
—Mañana —dijo Mireille.
Rémi asintió.
—Quizá.
Ella sonrió.
—Te permito decirlo.
Regresaron al salón mejor de lo que habían salido.
Delacroix no quería investigar durante una hora. No lo hizo. Comieron. Hablaron. Côme preguntó a Rémi por el valle.
Mireille discutió con Hélène sobre una obra de teatro.
André abrió una botella de vino. Thérèse bebió medio vaso. Delacroix observó. Seis personas además de él. Siete.
La posibilidad de bajar cambiaba otra vez la lógica del asesino.
Si la prisión podía terminar, quien hubiera matado a cuatro personas tenía menos tiempo.
Eso podía volverlo más peligroso.
No dijo nada.
Después de comer, Thérèse pidió hablar con él.
No lo hizo de forma urgente.
Esperó a su ronda.
Habían aprendido.
Entraron en la biblioteca.
Puerta abierta.
Hélène visible desde el salón.
Delacroix se sentó.
—¿Qué?
Thérèse sostuvo una hoja doblada.
—No lo escribí en la caja.
—¿Por qué?
—Porque no estaba segura.
—¿Ahora?
—Tampoco.
—Mejora espectacular.
Thérèse no sonrió.
—Es sobre Hélène.
Delacroix sintió la tensión. No la mostró.
—Habla.
—Ariane y ella discutieron aquella noche.
—Eso ya lo sabemos.
—No como te lo contamos.
Delacroix esperó. Thérèse miró hacia la puerta.
—No.
Ella volvió.
—Bien.
—Las oí cerca de la escalera de servicio.
El detalle era nuevo.
—¿Cuándo?
—Antes de que Ariane tuviera que aparecer muerta.
—Hora.
—No sé. Nueve y media. Quizá algo más tarde.
Delacroix recordó.
Thérèse había dicho ver a Ariane viva alrededor de las nueve cuarenta.
—¿Las viste?
—No al principio.
—¿Qué oíste?
Thérèse cerró los ojos.
—Ariane estaba enfadada.
—Eso tampoco es nuevo.
—Dijo algo sobre páginas.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Qué?
—No recuerdo exacto.
—No reconstruyas.
—Lo sé.
Thérèse respiró.
—Algo como «No volverás a publicar una sola línea de esto».
Delacroix sintió el peso.
—¿A Hélène?
—Sí.
—¿Respuesta?
—Hélène dijo que Ariane estaba confundiendo influencia con propiedad.
Aquello encajaba perfectamente con la disputa literaria que Hélène ya había admitido.
—¿Algo más?
Thérèse tardó.
—Ariane dijo: «Mañana se acabó.»
Delacroix pensó en Mireille. Cuando termine esto, se acabó. Dos recuerdos cercanos. Quizá la misma frase deformada.
—¿Después?
—Hélène dijo que no podía destruir una carrera por... —Thérèse frunció el ceño—. Por asuntos literarios.
—¿Esas palabras?
—Creo.
—No quiero creo.
—Entonces no sé.
Delacroix asintió. Mejor.
—¿Las viste después?
—Sí.
—¿Dónde?
—Ariane salió primero.
—Estado.
—Furiosa.
—Hélène.
Thérèse pensó.
—Muy tranquila.
La descripción podía ser peligrosa.
—Eso es interpretación.
—Sí.
—¿Qué viste?
Thérèse entendió.
—Estaba quieta. No lloraba. No levantaba la voz. Tenía una mano sobre la barandilla.
—¿Algo más?
—No.
—¿Papel?
Thérèse se quedó inmóvil.
—No entonces.
Delacroix sintió interés.
—¿Cuándo?
—Junto al cuerpo después.
—Eso ya lo dijiste.
—Sí.
—¿Puede ser una instrucción del juego?
—Sí.
—Bien.
Thérèse lo miró.
—¿No vas a preguntarle?
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque ya admitió la discusión.
—No esta ubicación.
—Eso importa, pero no sabemos cómo.
—Fue cerca de la escalera donde murió Ariane.
—Sí.
—Armand.
—Precisamente por eso no voy a correr hacia ella y decir «Thérèse recuerda que discutiste junto a la escalera».
Thérèse guardó silencio. Comprendió.
—Podría convertirme en problema.
—Sí.
La mujer palideció. Delacroix se inclinó.
—No cambies con Hélène.
—¿Cómo hago eso?
—Como puedas.
—La conozco desde hace quince años.
—Entonces tendrás práctica.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
Thérèse se levantó. Antes de salir se volvió.
—Yo no creo que Hélène matara a Ariane.
Delacroix la miró.
—¿Por qué?
Thérèse pensó.
—Porque si lo creyera habría tenido que vivir once años sabiendo que la protegí.
La respuesta fue tan honesta que Delacroix no dijo nada.
Thérèse sonrió sin alegría.
—Eso tampoco es prueba.
—No.
—Estoy aprendiendo.
—Todos.
Salieron. Hélène estaba exactamente donde había estado. Miró a Thérèse.
—¿Dolor de cabeza?
Delacroix respondió antes.
—Mejor.
Thérèse entendió.
—Sí.
Hélène asintió. No hizo más preguntas.
Por la tarde, Delacroix llamó a Hélène durante su ronda.
No para acusarla. Precisamente lo contrario. La biblioteca otra vez. Mismo lugar. Mismo tiempo. Rutina.
—Quiero hablar de Ariane —dijo.
Hélène sonrió apenas.
—Qué novedad.
—La discusión.
La sonrisa desapareció.
—¿Cuál?
—La última.
Hélène miró hacia el salón. Delacroix no la corrigió. Ella misma volvió la mirada.
—No sé cuál fue la última.
—La noche que murió.
—Sí.
—¿Dónde?
Hélène pensó.
—Cerca de la escalera de servicio.