Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 17 — Lo que ya habíamos tocado
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Capítulo 17 — Lo que ya habíamos tocado

A la mañana siguiente, Armand Delacroix descubrió que el Grand Hôtel des Cimes tenía una biblioteca médica bastante mejor de lo que necesitaba cualquier hotel situado a dos mil doscientos metros de altura.

Octave habría disfrutado criticándolo. Delacroix llevó los cinco libros al salón.

—¿Qué haces? —preguntó Mireille.

—Intento averiguar qué mató a Octave.

La frase produjo un silencio inmediato.

Era temprano. Apenas habían terminado el desayuno.

André recogía platos junto a Thérèse. Côme estaba junto a una ventana.

Rémi había hecho una primera comprobación de la estación acompañado por Hélène, elección que Delacroix había permitido precisamente porque quería evitar que las parejas empezaran a convertirse en asociaciones sospechosas fijas.

Hélène dejó el abrigo sobre una silla.

—¿Con libros?

—Octave ya no puede explicármelo.

La respuesta fue más dura de lo que pretendía.

Mireille bajó la mirada. Delacroix abrió el formulario farmacéutico.

—Hormigueo en boca, náuseas, alteración del pulso, debilidad rápida.

Côme se acercó.

—¿Encontraste algo?

—Varias cosas.

—¿Cuál?

—No lo sé.

Hélène hojeó uno de los libros sin tocarlo del todo.

—¿Octave llevaba algún veneno médico?

—Medicamentos, sí.

—No es lo mismo.

—En cantidad suficiente, muchas cosas dejan de distinguirse.

Mireille hizo una mueca.

—Eso no ayuda.

—No pretendía.

Delacroix leyó.

Digital.

Estricnina.

Opio.

Belladona.

Acónito.

Se detuvo.

Volvió atrás.

Leyó despacio.

Sensación de hormigueo y adormecimiento.

Trastornos digestivos.

Pulso irregular.

Alteraciones cardíacas.

Debilidad.

Colapso.

Hélène percibió el cambio.

—¿Qué?

Delacroix señaló el texto.

—Acónito.

Côme frunció el ceño.

—¿Planta?

—Sí.

Mireille se acercó.

—¿Puede matar así de rápido?

Delacroix cerró el libro.

—Puede producir síntomas parecidos. No significa que fuera eso.

—¿Octave habría reconocido el sabor?

—Probablemente.

—Entonces.

—Tomó el comprimido con agua y siguió hablando. Quizá notó algo y no le dio importancia. Quizá la cantidad era pequeña. Quizá no era acónito.

Hélène lo miró.

—O quizá no estaba en el comprimido.

Delacroix asintió.

—Exacto.

Côme señaló el tubo metálico guardado dentro de la caja que Delacroix había cerrado la noche anterior.

—¿Podemos analizarlo?

—No aquí.

—¿Nada?

—Podemos mirar.

Mireille soltó aire.

—Estamos resolviendo asesinatos con ojos, memoria y libros.

—La humanidad lo hizo bastante tiempo antes de inventar laboratorios.

—También se equivocaba mucho.

—Eso sigue ocurriendo.

Delacroix abrió la caja.

No tocó los comprimidos con los dedos.

Los volcó sobre una hoja limpia.

Seis.

Cinco tenían la misma forma.

Uno era ligeramente distinto.

No mucho.

Un borde menos regular.

Una superficie más mate.

Côme lo vio.

—Ése.

Delacroix lo miró.

—Quizá.

Hélène se inclinó.

—¿El que cayó al suelo?

—No. Éste estaba dentro.

—Entonces aún puede quedar otro manipulado.

Mireille palideció.

—¿Más de uno?

—No necesariamente.

Delacroix examinó el comprimido que Octave había dejado caer durante el colapso.

Parecía uno de los normales.

El que había ingerido ya no existía para examinarlo.

Solo quedaba el cuerpo.

Y ellos no tenían manera de analizar su contenido.

—¿Qué tomaba exactamente? —preguntó Hélène.

Delacroix buscó en las notas del registro.

—Comprimidos digestivos. Bicarbonato, bismuto y algunas sales.

—Entonces deberían ser bastante reconocibles.

—Para Octave.

—¿No para el asesino?

Delacroix levantó la vista.

—¿Qué quieres decir?

—Si alguien cambió uno, necesitaba que se pareciera lo suficiente para que un médico no se detuviera a examinarlo.

—Sí.

—Eso exige preparación.

Mireille se cruzó de brazos.

—O casualidad.

—No mucha.

Delacroix observó el tubo. Otra muerte preparada antes de su momento visible. Otra pieza colocada dentro de una rutina. No necesitabas envenenar la comida de Octave. Solo su costumbre.

—¿Cuánto llevaba usando esos comprimidos? —preguntó.

Thérèse respondió desde la mesa.

—Años.

Todos la miraron.

—¿Cómo sabes?

—Octave siempre tenía problemas de estómago cuando comía demasiado.

Mireille sonrió apenas.

—Y siempre comía demasiado.

—Sí.

Côme pensó.

—Entonces cualquiera del Círculo lo sabía.

Silencio. Eso importaba. No era una costumbre descubierta durante el registro. Podía ser conocida desde hacía años. Hélène se sentó.

—Yo lo sabía.

Mireille levantó la mano.

—También.

Thérèse asintió.

—Sí.

Delacroix miró a Côme.

—¿Tú?

—Lo vi tomar algo el primer día, pero no sabía qué.

Rémi negó. André también.

—Entonces al menos tres personas conocían de antes el hábito.

—Cuatro —dijo Delacroix.

Todos lo miraron.

—Veyrac.

Silencio. Mireille cerró los ojos.

—Siempre vuelve.

—Porque organizó el fin de semana.

Hélène observó el tubo.

—¿Podría Édouard haber manipulado los comprimidos como parte del juego?

Delacroix la miró.

—No.

La respuesta salió inmediata.

—¿Por qué tan seguro? —preguntó Côme.

—Porque Veyrac podía ser irresponsable, no idiota. No introduce veneno real en la medicación de un amigo como efecto teatral.

Mireille asintió.

—Eso sí no.

—Entonces alguien aprovechó una costumbre que conocía.

Hélène pensó.

—Y probablemente tocó el tubo antes de que empezáramos a vigilar medicamentos.

—Sí.

—¿Cuándo?

Delacroix miró alrededor.

Ese era el problema.

Habían registrado la habitación de Octave.

Habían abierto su equipaje.

Habían sacado medicamentos.

Habían movido cosas.

Habían vuelto a guardarlas.

Antes de que muriera Octave, ninguno de esos movimientos parecía formar parte de un asesinato.

Ahora cada uno podía haberlo sido.

—Vamos a reconstruir el registro de habitaciones —dijo.

Mireille soltó aire.

—Otra vez.

—No quién estaba presente. Quién tocó qué.

Côme abrió la libreta. Delacroix lo dejó.

—Habitación de Octave.

El periodista buscó.

—Tú. Octave. Yo tomando notas. Mireille entró después. Thérèse estuvo un rato. André apareció en la puerta con el juego de llaves.

—¿Hélène?

—No.

Ella asintió.

—Estaba en el corredor.

André recordó.

—Conmigo.

Delacroix miró a Mireille.

—¿Tocaste el maletín?

La escenógrafa pensó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Octave me pidió que lo apartara de la cama.

—¿Lo abriste?

—No.

—¿El tubo?

—No recuerdo.

—No es lo mismo que no.

—Lo sé.

Thérèse cerró los ojos.

—Yo sí.

Todos la miraron.

—¿Qué?

—Toqué el tubo.

Delacroix se volvió completamente hacia ella.

—¿Por qué?

—Se cayó.

—¿Cuándo?

—Durante el registro. Côme movió una camisa, creo, el maletín se inclinó y el tubo cayó al suelo.

Côme frunció el ceño.

—No recuerdo eso.

—Yo sí.

—¿Lo recogiste?

—Sí.

—¿Lo abriste?

—No.

—¿Se abrió solo?

—No.

—¿Dónde lo pusiste?

—Sobre la mesa.

Delacroix miró a Côme.

—¿Lo anotaste?

El periodista buscó. Negó.

—No.

Naturalmente.

¿Por qué iba a anotar que una mujer había recogido un tubo del suelo?

No significaba nada.

Entonces.

—¿Alguien salió de la habitación durante el registro? —preguntó.

Côme pensó.

—Octave fue al lavabo un momento.

—¿Solo?

—Eso fue antes de las reglas estrictas.

Delacroix sintió el hueco.

—¿Cuánto?

—Dos minutos.

Mireille negó.

—Menos.

Thérèse:

—Yo salí con él hasta el corredor.

—¿Entraste al lavabo?

—No.

—Entonces Octave estuvo fuera de la habitación, tú en el corredor, Mireille y Côme dentro.

Mireille lo miró.

—Con el maletín.

—Sí.

Côme palideció.

—Yo no...

—No he dicho nada.

—Pero.

—Precisamente por eso no quiero respuestas defensivas antes de preguntas.

Hélène observaba la escena. Delacroix lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

—Estás haciendo exactamente lo que dijiste que no debíamos hacer.

—¿Qué?

—Convertir un recuerdo banal en señal pública.

Delacroix se quedó quieto. Tenía razón.

Mireille y Côme acababan de saber que aquel intervalo podía importar.

Si uno era el asesino, ahora sabía qué detalle preocupaba a Delacroix.

Si ninguno, acababa de sembrar sospecha entre ellos.

Error.

—Paramos.

Côme levantó la cabeza.

—Pero...

—Paramos.

Mireille se cruzó de brazos.

—Ahora quiero saber.

—Precisamente por eso.

Hélène sonrió apenas.

—Me alegra que todavía puedas aprender delante de testigos.

Delacroix la miró.

—Tú serás la primera en saberlo cuando deje de hacerlo.

—Eso me preocupa.

Recogió los comprimidos. Los guardó.

—No volvemos a reconstruir movimientos colectivos por ahora.

Mireille parecía frustrada.

—Entonces qué.

—Objetos.

—¿Qué significa?

Delacroix miró la caja.

—Que llevamos cuatro días buscando personas alrededor de muertes. Quiero buscar cosas antes de que fueran importantes.

Côme frunció el ceño.

—No entiendo.

—El tubo de Octave no era evidencia cuando registramos su habitación.

—Ahora sí.

—Exactamente.

Hélène apoyó la barbilla sobre una mano.

—Lo que ya habíamos tocado.

Delacroix la miró.

—Sí.

La frase le gustó. No se lo dijo.

—La escena de Édouard estaba contaminada antes del asesinato porque formaba parte del juego.

La habitación de Octave quedó contaminada por nosotros antes de que supiéramos que su medicación podía matar.

La caja azul desapareció antes de que el apagón nos hiciera pensar en ella.

La barra de la escalera podía haber desaparecido antes de Amaury.

Los fusibles se retiraron antes de que supiéramos que la estación estaba saboteada.

Mireille entendió.

—Siempre llegamos tarde.

—A la importancia, sí.

—Entonces cualquier cosa que ahora consideremos normal...

—Puede dejar de serlo después.

Côme miró alrededor del salón.

La taza.

La pluma.

Las mantas.

Las llaves.

La leña.

Los cigarrillos.

Por primera vez todos parecieron ver los objetos.

No las personas.

—Eso es peor —dijo.

Delacroix negó.

—Es más amplio.

—Que es una forma elegante de peor.

Amaury habría apreciado eso. Delacroix no lo dijo.

—Vamos a inventariar rutinas —continuó—. No objetos individuales. Qué utiliza cada uno todos los días. Qué lleva encima. Qué consume. Qué abre. Qué necesita.

Mireille lo miró.

—¿Para impedir otro Octave?

—Sí.

—¿Y porque el asesino nos conoce?

—También.

La respuesta hizo que el salón quedara más quieto.

Delacroix tomó una hoja.

—Côme.

El periodista parpadeó.

—¿Yo?

—¿Qué haces siempre?

—Escribo.

—Con qué.

—Pluma.

—¿Cuál?

Côme levantó la estilográfica.

—Ésta.

—¿Tienes otra?

—Dos.

—¿Tinta?

—Negra.

—¿Dónde?

—Habitación.