Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 16 — Todos juntos #4
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Capítulo 16 — Todos juntos #4

Mireille.

Thérèse.

Hélène.

Los tres miembros supervivientes vinculados directamente con aquella noche.

Delacroix lo vio en sus caras.

—No —dijo.

Mireille lo miró.

—¿No qué?

—No transforméis eso en una lista.

—Édouard.

—No.

—Amaury.

—No.

—Octave.

—No.

—Todos estaban en 1919.

—También tú.

Mireille palideció.

—Precisamente.

Delacroix se acercó.

—Géraud no.

La frase detuvo la construcción.

—Géraud murió por el sabotaje.

—Entonces hay motivos distintos.

—Sí.

—El asesino reacciona —dijo Hélène.

Delacroix la miró.

—Sí.

—No sigue una lista.

—Exactamente.

Necesitaba que lo entendieran.

Más que nada porque era verdad.

No había una secuencia mística.

No había orden predestinado.

El asesino no estaba cumpliendo un poema.

Estaba resolviendo problemas.

Veyrac era el problema inicial.

Amaury había recordado demasiado.

Géraud había comprendido el sabotaje.

Octave había empezado a corregir 1919.

Cada muerte tenía una razón nueva.

Eso significaba que podían influir.

También significaba que cada avance podía crear otra necesidad de matar.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Thérèse.

Delacroix miró el salón.

La habitación donde estar juntos debía haberlos protegido.

Ahora contenía una silla caída, un vaso guardado como evidencia y el lugar exacto donde Octave había muerto.

—Nada durante una hora.

Mireille lo miró.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Investigación?

—No.

—¿Funicular?

—Rémi y André harán solo lo imprescindible.

—¿Nos sentamos?

—Sí.

Mireille pareció a punto de discutir.

Después se dejó caer en una butaca.

Hélène fue hacia el piano.

No tocó.

Simplemente se sentó frente a él.

Thérèse miró el fuego.

Côme cerró la libreta.

Delacroix permaneció de pie.

Cinco minutos.

Diez.

Nadie habló.

El hotel volvió a hacerse audible.

Viento.

Tuberías.

Madera.

Un sonido lejano de la estación.

A las cuatro menos cuarto, Hélène tocó una nota.

Solo una.

Mi.

Mireille levantó la cabeza.

—Sigue desafinada.

Hélène tocó otra vez.

—Sí.

Mireille se levantó.

Fue hasta el piano.

Apretó la tecla.

Escuchó.

—Dije que estaba desafinada el primer día.

Delacroix la miró.

—Amaury dijo que no.

Mireille sonrió.

Después empezó a llorar.

Sin transición.

Hélène la abrazó.

Thérèse se acercó.

Côme se levantó y no supo qué hacer.

Delacroix tampoco.

La escena duró poco.

Pero cambió algo.

No podían seguir reduciendo a los muertos a funciones.

Veyrac: primera víctima.

Amaury: carta.

Géraud: sabotaje.

Octave: lesión.

Habían sido personas.

Y el asesino estaba aprovechando precisamente aquello que cada una era.

Amaury no podía resistir un documento.

Géraud, una avería.

Octave, un problema médico.

La comprensión llegó tan limpia que Delacroix sintió frío.

No era solo qué sabían.

Era quiénes eran.

El asesino los conocía.

No superficialmente.

Lo suficiente para saber cómo hacerlos actuar.

Y ahora quedaban seis personas frente a él.

Hélène.

Mireille.

Thérèse.

Côme.

André.

Rémi.

¿Qué no podía resistir cada una?

Côme una historia.

Mireille un mecanismo.

Rémi una avería.

André un problema del hotel.

Thérèse...

No sabía.

Hélène...

Delacroix apartó la mirada.

No quería completar todavía.

A las cinco, Rémi pidió revisar señal.

André lo acompañó.

Volvieron.

—Nada nuevo.

Nadie reaccionó.

La posibilidad de bajar había perdido brillo.

No porque fuera menos importante.

Porque Octave no bajaría.

La tarde se extinguió lentamente.

Cuando André empezó a preparar cena, Delacroix detuvo.

—Frío.

El director lo miró.

—¿Qué?

—Comemos lo que ya esté preparado. Nada que requiera trabajo separado.

Mireille cerró los ojos.

—¿Ahora sospechamos también de la cocina?

—No.

—Entonces.

—Quiero que nadie tenga que salir de aquí veinte minutos.

Hélène lo observó.

—Sigues intentando mantenernos juntos.

—Sí.

—Después de esto.

Delacroix miró el lugar donde había caído Octave.

—Sobre todo después.

Hélène no discutió.

Comieron pan, queso, fruta y conservas abiertas delante de todos.

Nadie se quejó.

Côme miró cada bocado.

Mireille lo vio.

—Si haces eso no vas a poder tragar.

—No puedo evitarlo.

—Todos estamos comiendo lo mismo.

—Octave también.

La frase cayó.

Côme cerró los ojos.

—Perdón.

Mireille negó.

—No.

Tomó un trozo del mismo queso.

Lo comió.

—Mira.

Côme hizo lo mismo.

Pequeños actos de confianza.

Eso era lo que les quedaba.

Después de cenar, Delacroix anunció nuevas reglas.

—Nadie toma medicación, bebida personal o alimento guardado previamente sin que lo revisemos.

Thérèse lo miró.

—¿Cómo revisamos un medicamento sin Octave?

La pregunta dolió.

—Visualmente. Envase. Alteración. Y si no es imprescindible, no se toma.

Mireille levantó una ceja.

—Tengo somníferos.

—No.

—No iba a pedir permiso.

—Ahora sí.

—Te estás volviendo insoportable.

—Eso también es supervivencia.

Rémi habló:

—Tengo tabaco.

—No cuenta.

Hélène levantó un cigarrillo.

—Discriminación.

Delacroix la miró.

—Puedes fumar.

—Gracias, doctor.

Nadie reaccionó.

La palabra había sido error.

Hélène cerró los ojos.

Apagó el cigarrillo sin encenderlo.

A las nueve, subieron.

Todos juntos.

El corredor oeste se sentía más corto.

No porque hubieran movido paredes.

Porque había una puerta menos que importaba.

La habitación de Octave quedó cerrada.

Côme la miró al pasar.

Después apartó la vista.

Delacroix contó.

Siete.

Él incluido.

Mireille y Thérèse siguieron juntas.

Côme pidió dormir en la habitación comunicada con Rémi.

El técnico aceptó.

André mantuvo la suya.

Hélène la 211.

Delacroix esperó.

Las puertas fueron cerrándose.

Hélène permaneció fuera.

Otra vez.

—No digas nada —dijo Delacroix.

Ella levantó las manos.

—No iba.

—Bien.

—Solo quería saber si estás bien.

La pregunta lo irritó.

Porque no tenía utilidad.

—Sí.

Hélène lo miró.

—Mentira.

—Buenas noches.

—Armand.

Él esperó.

—Estar juntos no fracasó.

Delacroix frunció el ceño.

—Octave murió delante de nosotros.

—Pero no lo mataron delante de nosotros.

La diferencia era exactamente la que llevaba horas intentando aceptar.

—Lo sé.

—Entonces deja de comportarte como si el asesino hubiera atravesado las reglas.

—Encontró una manera de rodearlas.

—Eso es distinto.

Delacroix la miró.

—¿Por qué importa tanto la precisión?

Hélène sostuvo la mirada.

—Porque si crees que puede hacer cualquier cosa, dejas de buscar cómo lo hizo.

Silencio.

Delacroix sintió el golpe.

Otra vez una frase excelente.

Otra vez Hélène ayudándolo a pensar.

—Eso ha sido útil.

—Lo sé.

—Empiezo a detestarlo.

—También lo sé.

Ella puso una mano en el picaporte.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Entró.

Delacroix se quedó solo en el corredor.

No por mucho.

Entró en su habitación.

Cerró.

Sacó la libreta.

Escribió:

Veyrac: preparado / conocimiento previo.

Amaury: atraído después de revelación.

Géraud: atraído después de descubrimiento técnico.

Octave: muerte retardada. Preparación anterior al momento visible.

Debajo:

El asesino no necesita actuar cuando la víctima muere.

Se quedó mirando la frase.

Era evidente.

Y, sin embargo, cambiaba la geometría del caso.

Hasta entonces habían buscado oportunidades alrededor de cada muerte.

Quién estaba cerca de la escalera.

Quién podía llegar al observatorio.

Quién podía salir durante un apagón.

Con Octave, la pregunta era otra.

¿Quién había tenido acceso horas antes?

Quizá esa mañana.

Quizá el día anterior.

El crimen podía separarse de su consecuencia.

Como el juego de Veyrac.

Un mecanismo preparado que seguía funcionando después de que su autor se marchara.

Delacroix pensó en los sobres programados.

En el golpe de medianoche.

En las pistas que aparecían después de la muerte de Édouard.

Acción y resultado separados por tiempo.

La misma lógica.

Cerró la libreta.

Después la abrió otra vez.

Añadió:

Todos juntos no significa todos seguros.

Pensó un instante.

Tachó la frase.

Escribió otra.

La seguridad no consiste en ver al asesino actuar.

Consiste en descubrir cuándo actuó realmente.

Eso estaba mejor.

Apagó la lámpara.

No durmió de inmediato.

Pensó en la última palabra de Octave.

La hora.

No.

Quizá no intentaba hablar del reloj de Veyrac.

Quizá había querido decir algo más.

La hora no es la muerte.

La hora visible no es el crimen.

Delacroix abrió los ojos en la oscuridad.

Ahí estaba otra vez.

La misma idea.

El asesino llevaba días jugando con el tiempo.

El golpe de medianoche que no indicaba muerte.

El reloj detenido que no indicaba hora.

El apagón que no indicaba cuándo desapareció la caja.

El comprimido tomado en plena luz que no indicaba cuándo había sido envenenado.

Una y otra vez, el error era el mismo.

Confundir el momento en que descubrían un hecho con el momento en que alguien lo había producido.

Delacroix se incorporó.

Encendió la lámpara.

Abrió la libreta.

Escribió una única frase.

Después la subrayó.

Nos está enseñando horas equivocadas.

Se quedó mirándola.

Por primera vez desde la muerte de Octave, algo parecido a energía regresó.

No alivio.

No todavía.

Pero una dirección.

El asesino podía cerrar habitaciones.

Apagar luces.

Alterar medicamentos.

Mover objetos.

Fabricar horarios.

No podía modificar el pasado.

Solo conseguir que ellos lo reconstruyeran mal.

Delacroix cerró la libreta.

Al otro lado de la pared, alguien caminó dentro de una habitación.

Pasos leves.

Después silencio.

Esta vez no sintió miedo.

Sintió rabia.

Cuatro hombres estaban muertos.

Y quien los había matado parecía confiar en una idea muy sencilla:

que bastaba con controlar la historia para controlar la verdad.

Delacroix apagó otra vez.

Se tumbó.

Y pensó que quizá Hélène tenía razón sobre una cosa.

Los novelistas podían corregir a sus asesinos.

Los detectives no.

Pero podían hacer algo bastante peor.

Podían obligarlos a quedarse con la primera versión.