Capítulo 16 — Todos juntos #3
Thérèse se había sentado.
Côme miraba el suelo.
Rémi tenía ambas manos apoyadas sobre el respaldo de una silla.
André parecía haberse encogido dentro de su traje.
Hélène seguía de rodillas.
Delacroix levantó la vista.
Nadie.
No había nadie ausente.
—No toquéis nada.
La voz le salió sin fuerza.
Hélène miró el tubo metálico.
—El comprimido.
Delacroix también.
Uno permanecía sobre la mesa.
Otro en el suelo.
El tubo abierto.
Octave había tomado uno aproximadamente media hora antes.
—Todos lo vimos —dijo Côme.
Delacroix lo miró.
—¿Qué?
—Tomarlo.
—Sí.
—Nadie se acercó.
—Sí.
La palabra comenzó a perforar la única seguridad que habían construido aquel día.
Mireille levantó la cabeza.
—Entonces cómo.
Delacroix no respondió.
Se puso de pie lentamente.
—¿Dónde guardaba esos comprimidos?
Thérèse pensó.
—En su habitación.
—No siempre —dijo Hélène.
Delacroix la miró.
—¿Qué?
—Llevaba el tubo encima muchas veces.
—Hoy.
Hélène pensó.
—Lo vi durante el desayuno.
—Yo también —dijo Côme.
Mireille negó.
—Después lo dejó junto al maletín.
Delacroix se volvió.
—¿Cuándo?
—Antes de que fuéramos a la cámara de los cuerpos.
Delacroix sintió el momento.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Solo?
Mireille miró la mesa lateral.
—El maletín quedó ahí.
Todos miraron.
Durante la revisión de los cuerpos, habían salido del salón casi todos.
No.
Todos habían ido al corredor de la cámara.
El salón quedó vacío.
El tubo podía haber quedado dentro del maletín.
Después regresaron juntos.
Pero antes de eso...
Octave había llevado el maletín por distintas zonas.
En su habitación.
Biblioteca.
Salón.
Durante días.
—Alguien lo preparó antes —dijo Hélène.
Delacroix la miró.
—Sí.
Aquello era precisamente lo que destruía todo.
No importaba que estuvieran juntos cuando Octave murió.
El asesinato había ocurrido antes.
Quizá horas antes.
Cuando alguien había alterado uno de sus comprimidos.
La muerte solo había esperado.
Côme se puso pálido.
—Entonces estar juntos no sirve.
—Sirve —dijo Delacroix.
La respuesta salió por reflejo.
Mireille lo miró.
—Octave está muerto.
—Evita algunas cosas.
—No ésta.
—No.
Thérèse empezó a llorar.
No como Mireille.
Sin poder detenerse.
—No puede ser.
Hélène fue hacia ella.
Delacroix la detuvo con una mirada.
Después se arrepintió.
—Ve.
Hélène se sentó junto a Thérèse.
Le tomó la mano.
Delacroix observó el tubo.
—Nadie lo toca.
Côme tragó saliva.
—¿Podemos saber qué tenía?
Delacroix miró al muerto.
El único médico del hotel acababa de fallecer por una sustancia que probablemente habría identificado él mejor que cualquiera.
—Quizá no aquí.
Rémi frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Guardamos todo.
—¿Los otros comprimidos?
—Sí.
—¿Y el vaso?
—También.
Hélène levantó la mirada.
—Comió lo mismo que nosotros.
—Sí.
—Bebió de la misma jarra.
—Sí.
—Entonces el comprimido.
—Probablemente.
Mireille se acercó un paso.
—¿Puede haber sido una enfermedad?
Delacroix la miró.
La esperanza de la pregunta era evidente.
—Octave pensó en el comprimido.
Mireille cerró los ojos.
—Sí.
—Y dijo veneno.
No necesitó decir más.
Delacroix volvió a arrodillarse junto al cuerpo.
Lo observó.
Octave había intentado decir algo antes de morir.
Ariane.
Golpe.
Antes.
Eso lo sabía.
Después:
La hora.
No...
¿Qué había querido decir?
La hora no.
No era la hora.
La hora no sirve.
Veyrac.
El reloj.
Once cuarenta y tres.
Octave estaba intentando entregar dos descubrimientos antes de morir.
Uno antiguo.
Uno actual.
Y ninguno había sido formulado en público.
El sistema de Delacroix había funcionado.
El asesino no podía haber matado a Octave por esas palabras.
El pensamiento debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
Porque significaba otra cosa.
El asesino había decidido que Octave era peligroso antes de saber exactamente qué había descubierto.
Por observación.
Por 1919.
Porque era médico.
Porque ya había empezado a dudar de su propia versión.
Delacroix miró al resto.
El asesino estaba aprendiendo incluso sin información.
Hélène levantó la cabeza.
—Armand.
—¿Qué?
—¿Cuándo tomó un comprimido anterior?
Delacroix pensó.
Mireille respondió:
—Anoche.
Todos la miraron.
—Después de cenar. Lo vi.
—¿Del mismo tubo?
—Creo que sí.
Côme frunció el ceño.
—Y no pasó nada.
—Entonces no estaba todo contaminado —dijo Hélène.
Delacroix sintió interés.
—Uno solo.
—Probablemente.
Mireille palideció más.
—Alguien no envenenó el tubo.
—Preparó una dosis —dijo Delacroix.
Silencio.
Eso era peor.
Un frasco entero contaminado podía ser sabotaje torpe.
Una sola dosis significaba selección.
Tiempo.
Intención.
—¿Podía saber cuál tomaría? —preguntó Côme.
Delacroix miró el tubo.
—No necesariamente. Si los comprimidos estaban mezclados, podía ser cuestión de esperar.
Hélène negó.
—Eso podría haber matado a Octave anoche.
—Sí.
—Antes de que recordara algo.
Delacroix la miró.
La observación era buena.
Demasiado.
—Entonces quizá se manipuló hoy.
Mireille miró el maletín.
—¿Cuándo?
Delacroix recorrió mentalmente la mañana.
Desayuno.
Conversaciones.
Biblioteca.
Estación.
Revisión de cuerpos.
Salón.
Pequeñas entradas y salidas acompañadas.
No todos habían estado siempre bajo observación directa.
Dos personas podían ir a cocina.
Una esperaba en corredor.
Hélène había fumado.
Mireille había ido con Thérèse.
André.
Rémi.
Côme.
Todos habían tenido momentos.
No solos.
Pero matar con una alteración mínima no requería soledad completa.
Solo que la persona al lado mirara otra cosa.
—No vamos a reconstruirlo ahora —dijo.
Mireille lo miró.
—¿Por qué?
—Porque estamos cansados y acabamos de verlo morir.
—Precisamente.
—Precisamente por eso.
La escenógrafa apretó los labios.
Aceptó.
Delacroix se acercó a la chimenea.
Necesitaba pensar.
No pudo.
Octave estaba en el suelo.
La presencia del cuerpo ocupaba cualquier idea.
—Lo trasladamos.
Thérèse levantó la cabeza bruscamente.
—Ya.
—Sí.
—No quiero verlo con los otros.
Delacroix la miró.
Comprendía.
Tres cuerpos ya esperaban en la cámara.
Octave sería el cuarto.
—No tenemos otro lugar adecuado.
Thérèse lloró más.
Hélène la abrazó.
Delacroix sintió algo romperse dentro del grupo.
No confianza.
Algo más básico.
Hasta ese momento cada muerte había ocurrido fuera del núcleo común.
Un gabinete.
Una escalera.
La nieve.
Podían imaginar que el peligro vivía en los rincones donde alguien se separaba.
Ahora Octave había muerto entre ellos.
El salón ya no era refugio.
La luz tampoco.
La compañía tampoco.
Nada material garantizaba seguridad.
Ese era el verdadero asesinato del día.
No Octave.
La idea de que podían protegerse.
Trasladaron el cuerpo con ayuda de Rémi y André.
Esta vez nadie quiso acompañar.
Delacroix sí.
Hélène también.
—No hace falta.
—Lo sé.
—Entonces.
—Voy.
No discutió.
La cámara fría tenía ya tres formas bajo mantas.
André abrió.
El director se quedó quieto.
—No hay...
No terminó.
No había otra mesa.
Rémi miró alrededor.
—Podemos usar la estantería baja.
André cerró los ojos.
—No.
Delacroix entendió.
—Traemos otra mesa.
—Desde dónde.
—Comedor secundario.
Fueron.
Una mesa estrecha.
La llevaron entre Rémi y Delacroix.
Hélène abrió puertas.
André evitó mirar los cuerpos.
Colocaron a Octave.
Cuatro.
Veyrac.
Amaury.
Géraud.
Octave.
Delacroix los contó.
El conteo se había convertido en enfermedad.
André cerró la puerta.
Esta vez, cuando giró la llave, le tembló la mano.
—No va a caber otro.
Nadie respondió.
No porque la frase fuera cruel.
Porque todos habían pensado lo mismo.
Delacroix tomó la llave.
—No habrá otro.
Hélène lo miró.
No dijo nada.
Se lo agradeció.
No necesitaba que alguien corrigiera la promesa.
Regresaron al salón.
Côme había recogido los platos.
Mireille estaba junto a la ventana.
Thérèse sentada.
Rémi permaneció con André unos minutos en el vestíbulo.
Siete personas.
Delacroix incluido.
Siete.
—Quiero el tubo —dijo.
Mireille señaló.
Seguía sobre la mesa.
Delacroix utilizó un pañuelo para guardarlo dentro de una caja pequeña.
También el vaso de Octave.
El comprimido que había caído al suelo.
Los restantes.
—¿Quién conocía su medicación? —preguntó.
Mireille respondió:
—Todos después del registro.
Delacroix recordó.
Medicamentos suficientes para preocupar a cualquiera.
Habían abierto el equipaje de Octave delante de testigos.
Su medicina había sido visible.
—¿Quién estuvo en su habitación durante el registro?
Côme pensó.
—Tú.
—Sí.
—Octave.
—Sí.
—Yo estaba tomando notas.
—Sí.
Mireille levantó una mano.
—Yo entré un momento.
Thérèse:
—También.
Hélène negó.
—Yo no.
Delacroix la miró.
—¿Segura?
—Sí. Estaba con André revisando llaves en el pasillo.
André, desde la puerta, pensó.
—Creo que sí.
Otra vez creo.
Delacroix no insistió.
La manipulación podía haber ocurrido mucho después.
No necesitaban fijar culpable prematuramente.
Côme se sentó.
—Hay algo que no entiendo.
—Muchas cosas —dijo Mireille.
No había humor en la voz.
Côme continuó:
—Si alguien preparó el comprimido para Octave hoy, tenía que saber que era peligroso.
Delacroix lo miró.
—Sí.
—Pero tú ocultaste lo que te contó.
—Sí.
—Entonces ¿cómo?
Nadie respondió.
Côme miró a todos.
—Eso significa que nuestro sistema no funcionó.
Delacroix se apoyó contra la mesa.
—Funcionó para ocultar información.
—No para ocultar quién la tenía.
—Exacto.
Côme se pasó una mano por el rostro.
—Entonces no podemos hacer nada.
—Sí podemos.
—¿Qué?
Delacroix pensó en Octave saliendo de su habitación aquella mañana.
Necesito hablar contigo.
Lo había dicho en el corredor.
Hélène había abierto la puerta.
Había oído quizá.
No todo.
Suficiente.
Más tarde Delacroix había camuflado la conversación.
Pero el primer gesto ya existía.
También Octave había estado pensando en Ariane desde el día anterior.
Podía haber hecho preguntas.
Miradas.
Cambios.
—Dejar de mostrar que algo nos importa.
Mireille soltó una risa seca.
—Eso es pedirle a siete personas aterradas que actúen.
Delacroix la miró.
—Tú eres la profesional.
Ella no sonrió.
Hélène se acercó.
—No basta.
—Lo sé.
—Si el asesino está eligiendo por amenaza potencial, no necesita conocer el descubrimiento.
—Lo sé.
—Entonces cualquiera relacionado con 1919...
Thérèse levantó la cabeza.
Hélène se detuvo.
Demasiado tarde.