Capítulo 16 — Todos juntos #2
—Bien.
A las once y veinte, André fue a cocina con Thérèse.
Regresaron siete minutos después con café, pan y fruta.
Nadie había quedado solo.
A las once cuarenta, Rémi y André revisaron estación.
Regresaron diez minutos después.
—Nada nuevo —dijo Rémi.
—Eso empieza a ser una buena noticia —respondió Mireille.
A mediodía todos seguían vivos.
Côme anunció la hora.
Delacroix lo miró.
—No hagas boletines.
—Solo decía...
—Lo sé.
Mireille sonrió.
—Doce personas habrían hecho esto más cómodo.
El silencio cayó.
Ella cerró los ojos.
—Otra frase magnífica.
Thérèse le tocó la mano.
—Déjala.
Delacroix observó a Octave.
El médico parecía normal.
Eso era importante.
Si Hélène o cualquier otro había interpretado la conversación de la mañana, no debía verlo distinto.
A las doce y cuarto Delacroix dio la segunda parte de su plan.
—Vamos a revisar los cuerpos.
Todos lo miraron.
Octave también.
Solo un segundo.
Después entendió.
Côme palideció.
—¿Todos?
—No examinarlos. Estar presentes.
Mireille negó.
—No quiero.
—No necesitas entrar.
—Entonces.
—Octave y yo entramos. Los demás permanecéis en el pasillo y nadie se separa.
Hélène lo observó.
—¿Por qué ahora?
—Porque quiero saber si los tres asesinatos comparten algo que no hayamos visto.
Era una explicación suficientemente buena.
Y verdadera en parte.
La cámara fría resultó peor con siete personas esperando fuera.
Delacroix y Octave entraron.
André abrió con su llave.
Después entregó la puerta a Delacroix.
—Cinco minutos —dijo éste.
Octave fue directamente hacia Veyrac.
No perdió tiempo.
Retiró la manta lo imprescindible.
Examinó la muñeca.
—Aquí.
Delacroix miró.
La pequeña abrasión era casi imperceptible.
—¿Eso basta?
—No para probar. Sí para desconfiar.
—¿Copa?
Habían guardado los objetos principales en una caja separada dentro de la dependencia.
Delacroix sacó el vaso de coñac utilizando un paño.
Octave lo olió.
—Coñac.
—Gracias.
—No puedo decirte más.
—¿Borde?
Octave examinó.
—Hay una marca.
—¿Labio?
—Podría.
—Entonces bebió.
—O alguien tocó con los labios. No tenemos análisis.
Delacroix sintió frustración.
—No importa.
—¿Qué buscabas?
—Confirmar que no fuera simplemente decorativa.
Octave volvió al cuerpo.
Miró la herida.
Después la posición memorizada.
—Armand.
—¿Qué?
—Hay otra cosa.
Delacroix se tensó.
—No la digas si requiere diez minutos.
El médico lo miró con irritación.
—No todo puede convertirse en protocolo.
—Prueba.
Octave señaló la camisa conservada junto al cuerpo.
—La sangre.
—¿Qué?
—La distribución principal estaba abajo y hacia el costado izquierdo.
—Sí.
—Si fue herido de pie, como creo, alguien tuvo que sujetarlo o recibir su peso antes de sentarlo. De otro modo habría más transferencia en suelo o muebles.
—¿Falta sangre?
—No mucha. Pero la escena está demasiado limpia para una persona que cae libremente después de una herida así.
Delacroix miró al muerto.
—Entonces conocía al asesino suficientemente para permitirle acercarse.
Octave negó.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Sabíamos que probablemente lo conocía. Ahora sabemos que quizá estaba físicamente muy cerca cuando perdió fuerza.
—Sí.
—Podría haber sido abrazado.
—O sostenido.
—Después sentado.
—Sí.
Delacroix pensó en Hélène.
No debía.
Pensó igualmente.
La apartó.
Cinco minutos.
Salieron.
Nadie había desaparecido.
—¿Y? —preguntó Mireille.
Delacroix cerró la puerta.
—Nada definitivo.
La frase ya era una herramienta.
Volvieron al salón.
El almuerzo se sirvió allí.
Sopa ligera.
Pan.
Queso.
Verduras frías.
Octave protestó por la cantidad de queso y después comió dos porciones.
Mireille lo vio.
—Tu coherencia médica es emocionante.
—Soy médico, no santo.
—Eso explica mucho.
Delacroix observó.
Octave llevaba su pequeño tubo metálico de comprimidos en el bolsillo del chaleco. Lo había visto otras veces.
Después de comer, el médico lo sacó y lo dejó sobre la mesa mientras terminaba agua.
Côme lo miró.
—¿Otra vez el estómago?
—Prevención.
—¿No decías que el problema era comer tres platos?
—Hoy he comido uno.
—Entonces.
—Estoy protegiéndome de vosotros.
Mireille sonrió.
Octave desenroscó el pequeño tubo.
Sacó un comprimido claro.
Lo dejó un instante sobre la palma.
Delacroix no prestó especial atención.
No entonces.
Octave lo tomó con agua.
Guardó el tubo.
A plena luz.
Delante de todos.
Nadie se había acercado.
Nadie lo había tocado.
Nadie había abandonado el salón durante más de unos minutos y siempre acompañado.
La seguridad parecía casi vulgar en su evidencia.
A la una y media, Hélène leyó en voz alta un fragmento especialmente malo de una novela encontrada en la biblioteca.
No por orden de Delacroix.
Por desesperación.
—«El cadáver yacía muerto sobre el suelo.»
Mireille levantó la cabeza.
—Me alegra que lo aclare.
Côme sonrió.
Hélène continuó:
—«El inspector percibió inmediatamente que la muerte podía haber sido fatal.»
Esta vez incluso Rémi rió.
Delacroix miró la cubierta.
—¿Quién escribió eso?
Hélène la escondió.
—No pienso destruir una carrera ajena durante una investigación por plagio.
—Prudencia inesperada.
—Estoy creciendo.
Thérèse pidió el libro.
Hélène se negó.
Durante varios minutos rieron.
No mucho.
Lo suficiente.
Octave fue el primero en dejar de hacerlo.
Delacroix lo vio llevarse dos dedos a la boca.
—¿Qué?
El médico negó.
—Nada.
—Octave.
—Me he mordido la lengua.
Mireille lo miró.
—Por una vez no fue por hablar.
Hélène siguió leyendo.
Octave bebió agua.
Cinco minutos después volvió a tocarse los labios.
Delacroix lo observó.
—¿Qué tienes?
—Hormigueo.
La palabra produjo un cambio inmediato.
Octave parecía más intrigado que preocupado.
—¿Dónde?
—Boca.
—¿Alergia?
El médico negó.
—No.
Delacroix dejó el libro que fingía leer.
—¿Qué comiste distinto?
Octave miró la mesa.
—Nada.
Hélène se puso de pie.
—¿Te encuentras mal?
—Siéntate —dijo Delacroix.
Ella lo miró.
—Armand.
—Todos sentados.
La orden volvió instantáneamente peligroso algo que hasta entonces podía haber sido trivial.
Octave levantó una mano.
—No dramatices.
Después cerró los dedos.
Los abrió otra vez.
Su expresión cambió.
—Octave.
El médico miró su propia mano.
—Eso no...
No terminó.
Se puso de pie.
La silla cayó hacia atrás.
Todos reaccionaron.
—Nadie —dijo Delacroix.
Octave se apoyó contra la mesa.
—No.
Su rostro había perdido color.
Respiró con dificultad.
—¿Qué? —preguntó Mireille.
El médico buscó el pulso de su propia muñeca.
El gesto fue tan profesional que resultó aterrador.
—Irregular.
Delacroix se acercó.
—¿Corazón?
—No sé.
Octave tragó saliva.
Se llevó una mano al estómago.
—Náusea.
Hélène estaba pálida.
—Haz algo.
Octave la miró con una irritación casi cómica.
—Estoy intentando.
Delacroix sujetó el brazo del médico.
—Siéntate.
—No.
—Octave.
—El maletín.
Todos miraron.
Estaba junto a la chimenea.
Côme dio un paso.
—Yo...
—Quieto —dijo Delacroix.
Côme se detuvo.
—Mireille, tráelo.
Ella lo hizo.
Delacroix no supo por qué la eligió.
Quizá porque estaba más cerca.
Quizá porque necesitaba una orden.
Octave abrió el maletín con manos menos precisas de lo habitual.
Sacó un pequeño frasco.
Lo miró.
Lo dejó.
Otro.
—¿Qué buscas?
—No sé todavía.
La frase fue peor que cualquier diagnóstico.
Octave Méricourt sabía.
Siempre.
Incluso cuando decía no sé, era una reserva técnica.
Aquello era otra cosa.
El médico respiró.
Se tocó los labios nuevamente.
Después la lengua.
Miró el tubo metálico de comprimidos que había dejado sobre la mesa.
Su rostro cambió.
Delacroix siguió la mirada.
—¿Los comprimidos?
Octave no respondió.
Tomó el tubo.
Lo abrió.
Sacó dos.
Los observó.
Uno cayó de sus dedos.
—Octave.
El médico olió otro comprimido.
Después levantó la vista hacia Delacroix.
—No...
Su voz era más débil.
—¿Qué?
—No es...
Se llevó una mano al pecho.
El cuerpo se tensó.
Delacroix lo sostuvo antes de que cayera.
La habitación explotó en movimiento.
—Atrás —gritó.
Hélène apartó una silla.
Mireille comenzó a llorar.
Côme estaba inmóvil.
Thérèse pidió agua.
Rémi cerró una puerta.
André buscó algo que nadie había pedido.
—¡Quietos!
La voz de Delacroix atravesó el salón.
Todos se detuvieron.
Octave estaba en el suelo.
Consciente.
Apenas.
Delacroix se arrodilló.
—Háblame.
El médico respiró con dificultad.
—Comprimido.
—¿Qué tenía?
Octave cerró los ojos.
—No sé.
—¿Veneno?
Abrió los ojos.
Asintió apenas.
Mireille hizo un sonido.
Hélène se tapó la boca con una mano.
—¿Qué hacemos? —preguntó Delacroix.
Era quizá la pregunta más absurda que había formulado en años.
Preguntarle al hombre envenenado cómo salvarlo.
Octave intentó hablar.
No consiguió.
Delacroix acercó el oído.
—Repite.
—Carbón...
La palabra se perdió.
Delacroix miró el maletín.
Encontró un recipiente.
Octave negó con una fuerza sorprendente.
—Tarde.
—No decides eso.
El médico respiró.
Sus dedos buscaron el brazo de Delacroix.
Lo agarraron.
—Escucha.
Delacroix se inclinó.
—Ariane...
—Lo sé.
Octave negó.
—No... solo...
—¿Qué?
—Golpe.
—Sí.
El médico cerró los ojos.
—Antes.
—Lo sé.
—No dije...
Su respiración se cortó.
Delacroix sintió el pulso.
Irregular.
Muy rápido.
Después lento.
Después nada que pudiera comprender.
—Octave.
El médico abrió los ojos una última vez.
Miró a Delacroix.
No había terror.
Eso fue lo peor.
Había frustración.
La frustración de un hombre que conocía el cuerpo humano y no podía hacer nada con el suyo.
—La hora...
Delacroix se inclinó.
—¿Qué hora?
Octave movió apenas los labios.
—No...
La mano perdió fuerza.
Delacroix sintió el pulso desaparecer.
Buscó.
Otra vez.
Nada.
—Octave.
Silencio.
Delacroix inició maniobras.
No pensó.
No había médico ya para decirle si las hacía bien.
Presión.
Respiración.
Otra vez.
El cuerpo no respondió.
Hélène se arrodilló frente a él.
—Armand.
—No.
Continuó.
—Armand.
—No.
Otra vez.
Nada.
—Armand.
La voz de Hélène fue más baja.
Delacroix se detuvo.
Mantuvo dos dedos contra el cuello de Octave.
No había pulso.
El médico estaba muerto.
A plena luz.
En mitad del salón.
Rodeado por siete personas que no se habían separado.
Nadie había tocado su comida.
Nadie le había entregado una copa.
Nadie había podido acercarse a él sin ser visto.
Mireille lloraba en silencio.