Capítulo 16 — Todos juntos
Octave Méricourt había esperado once años para desconfiar de una herida.
Armand Delacroix decidió no hacerle esperar una mañana más.
A las nueve y veinte, después de que todos hubieran desayunado y completado la primera ronda de notas privadas, le pidió al médico que lo acompañara a la biblioteca.
No inmediatamente.
Primero habló cinco minutos con Rémi sobre el tiempo.
Después seis con Mireille sobre la llave falsa desaparecida.
Tres con Côme sobre sus apuntes.
Hélène recibió una conversación completamente inútil acerca de la segunda visita al hotel y respondió con una paciencia que revelaba que entendía exactamente lo que Delacroix estaba haciendo.
Finalmente Octave.
Nadie podía saber si aquella conversación era distinta de las otras.
Eso esperaba.
La biblioteca estaba fría en comparación con el salón, aunque no lo suficiente para resultar incómoda. Delacroix dejó la puerta abierta. Desde su asiento podía ver parte del corredor y, más allá, una fracción del salón principal.
Octave se sentó frente a él.
No llevaba el maletín.
Eso le gustó a Delacroix.
Menos símbolos.
Menos motivos para que alguien interpretara que el médico iba a realizar una revelación.
—Ahora sí —dijo.
Octave se quitó las gafas.
—Llevo dos días intentando hablar contigo.
—Has sobrevivido.
—No sé si atribuírtelo.
—Hazlo. Me vendrá bien.
El médico no sonrió.
Delacroix esperó.
—Ariane tenía otra lesión.
La frase salió sin preparación.
—Además de la cabeza.
—Sí.
—¿Dónde?
Octave señaló detrás de su propia oreja derecha.
—Aquí. Más arriba. Cerca de la región parietal.
Delacroix sintió inmediatamente la semejanza con Amaury.
No la dijo.
—Descríbela.
—Pequeña. Redondeada. Contusión profunda, pero con poca abrasión superficial.
—¿La caída podía producirla?
Octave cerró los ojos.
—Eso dije.
—No te he preguntado qué dijiste.
El médico abrió los ojos.
—No lo sé.
—Mejor.
Octave soltó aire.
—Qué irritante te has vuelto.
—Amaury me dejó material.
La mención hizo que ambos guardaran silencio.
Octave continuó.
—En 1919 pensé que Ariane había golpeado primero un borde de la escalera y después el suelo. Era posible. Seguía siéndolo al día siguiente. La policía aceptó la explicación.
—¿Y ahora?
—Ahora he visto a Amaury.
Delacroix no se movió.
—¿Qué cambia?
—Su lesión.
—También tenía un golpe antes de caer.
—Sí.
—¿Parecido?
—No idéntico. Pero el principio sí. Un impacto localizado, suficiente para desorientar o hacer perder el equilibrio. Después una caída que produce la lesión más evidente.
Delacroix apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—¿Crees que Ariane fue golpeada antes de caer?
Octave tardó.
—Creo que debería haberlo considerado seriamente.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Probabilidad?
Octave lo miró con cansancio.
—No voy a darte un porcentaje después de once años.
—Gracias.
—Pero si me trajeran hoy un cadáver con aquellas lesiones y sin explicarme que formaba parte de un juego...
Se detuvo.
Delacroix esperó.
—Preguntaría quién la golpeó.
La biblioteca pareció quedarse más quieta.
Ahí estaba.
No homicidio probado.
No todavía.
Pero la interpretación médica de 1919 acababa de fracturarse.
—¿Por qué no lo recordaste antes?
Octave se puso las gafas.
—Porque no recordaba la lesión como una lesión separada.
—Explícate.
—Recordaba «la caída de Ariane». Todo entraba dentro. Herida temporal, hematoma, fractura, sangre. Una sola imagen. Después vi a Amaury al pie de otra escalera y empecé a pensar en el orden.
—Golpe.
—Caída.
—Sí.
Octave bajó la mirada.
—Tal vez pasé once años recordando la conclusión en lugar del cuerpo.
Delacroix pensó en la carta de Veyrac.
No confíes en lo que recordamos todos.
Busca aquello que cada uno necesitó olvidar por separado.
Octave había olvidado una lesión.
Amaury, una carta.
Thérèse, una frase.
Mireille, quizá algo todavía no formulado.
Hélène...
Delacroix interrumpió el pensamiento.
—¿Algo más?
Octave lo miró.
—Sí.
—Veyrac.
El médico levantó una ceja.
—¿Cómo sabes?
—Has puesto esa cara.
—Empiezo a odiar tu interés por las caras.
—Me da trabajo.
Octave juntó las manos.
—El reloj.
Delacroix sintió inmediatamente el once cuarenta y tres.
—¿Qué pasa?
—Creo que no se rompió cuando Édouard estaba vivo.
Delacroix se quedó inmóvil.
—Explica eso con cuidado.
—Cuando lo examinamos la primera noche tenía una abrasión pequeña en la muñeca izquierda, cerca del reloj. Lo anoté. La interpreté como consecuencia del golpe contra el escritorio o la silla.
—Sí.
—Pero después, cuando trasladamos el cuerpo, volví a mirar.
—¿Por qué?
—Porque soy médico.
—Razón excesivamente amplia.
Octave lo ignoró.
—La abrasión estaba prácticamente seca y no había infiltración hemorrágica alrededor.
Delacroix esperó.
—En francés.
—Si se hubiera golpeado con suficiente fuerza para romper el cristal del reloj mientras su circulación funcionaba normalmente, esperaría algo más de reacción en el tejido.
—¿Hematoma?
—O al menos pequeños signos de sangrado bajo la piel.
—No estaban.
—Casi ninguno.
Delacroix sintió cómo la hora de la muerte perdía una de sus pocas estacas.
—Entonces alguien rompió el reloj después de matarlo.
—Es posible.
—¿Para marcar once cuarenta y tres?
—Eso parece.
—¿Puede haberse roto accidentalmente al sentarlo después de muerto?
Octave asintió.
—También.
—Entonces no sabemos si la hora fue fabricada.
—No.
—Pero once cuarenta y tres no sirve.
—Nunca debió servir.
Delacroix recordó a Hélène la primera noche.
El reloj indica solo que el reloj se detuvo.
Había sido ella quien lo dijo.
Inteligente.
Correcto.
Y ahora todavía más importante.
—André dijo ver a Édouard a las once treinta y cinco.
—Sí.
—Si se equivocó, la muerte puede haber sido anterior.
—Sí.
—¿Cuánto?
Octave negó.
—No vuelvas a pedirme que haga magia con temperatura corporal de una noche que ya pasó.
—No iba.
—Tu cara sí.
Delacroix casi sonrió.
El médico había aprendido.
—¿Hay algo más que invalide el horario?
Octave pensó.
—La posición.
—Ya dijiste que probablemente lo sentaron.
—Sí. Eso también significa que cualquier objeto asociado con su cuerpo pudo colocarse durante la puesta en escena.
—Tarjeta.
—Reloj.
—Copa.
—Exactamente.
Delacroix pensó en el coñac que no pertenecía a la escena preparada.
La copa podía haber sido utilizada para reforzar la impresión de que Veyrac había estado vivo allí bebiendo.
O para otra cosa.
—¿Bebió de esa copa?
Octave frunció el ceño.
—No lo comprobé.
—¿Puedes?
—Ahora quizá no. Han pasado días y no tenemos laboratorio.
—Pero.
—Podría examinar labios, restos, olor. Poco más.
Delacroix negó.
—No todavía.
Octave lo miró.
—¿Por qué?
—Porque si vamos juntos a la cámara fría después de esta conversación, cualquiera que nos vea sabrá que has encontrado algo relacionado con Édouard.
El médico soltó aire.
—Esto empieza a resultar imposible.
—Sí.
—No podemos mirar un cadáver porque mirar el cadáver informa al asesino.
—Podemos hacerlo cuando todos miren cadáveres.
Octave se quedó quieto.
—¿Qué?
Delacroix pensó.
Después sonrió apenas.
—Tengo una idea.
—Eso nunca anuncia nada bueno.
Volvieron al salón.
Delacroix no dijo nada sobre Ariane.
Nada sobre el reloj.
En cambio, anunció:
—Hoy vamos a estar todos juntos.
Mireille levantó la vista desde una caja de papeles.
—¿Más juntos?
—Sí.
—Estamos a cinco metros unos de otros desde que despertamos.
—Quiero reducirlo.
Côme miró el salón.
—¿A cuánto?
—Esta habitación.
Rémi frunció el ceño.
—Necesito la estación.
—Solo cuando sea imprescindible. André irá contigo. Volvéis. Géraud ya nos demostró lo que ocurre cuando alguien encuentra una excepción razonable.
El nombre produjo silencio.
Rémi asintió.
—Bien.
André parecía preocupado.
—¿Y cocina?
—Dos personas.
—¿Quién?
—Rotaremos.
Mireille dejó los papeles.
—¿Por qué hoy?
Delacroix la miró.
—Quiero probar una hipótesis.
Hélène, junto al fuego, levantó ligeramente la cabeza.
—¿Cuál?
—Que el asesino necesita separación.
Ella sostuvo su mirada.
Delacroix no sabía si veía la mentira.
La hipótesis era solo parcialmente cierta.
Quería también utilizar el salón como cobertura.
Si Octave necesitaba volver a examinar a Veyrac, lo harían todos juntos bajo otra excusa.
—¿Y si no la necesita? —preguntó Hélène.
—Lo descubriremos.
Mireille miró las puertas.
—¿Todo el día aquí?
—Hasta la noche.
Côme soltó una risa.
—Eso puede acabar en homicidio sin intervención del asesino.
Thérèse sonrió.
—Sobre todo si Amaury hubiera seguido vivo.
La sonrisa se deshizo casi de inmediato.
Esta vez nadie se disculpó.
Bien.
Delacroix empezó a organizar.
El salón tenía dos puertas.
Una hacia vestíbulo.
Otra hacia biblioteca.
La de biblioteca permanecería abierta, pero nadie iría más allá sin avisar.
Comerían allí.
Las necesidades personales se harían en parejas.
Rémi y André revisarían la estación juntos en horarios establecidos.
Ninguna otra circulación.
Mireille lo escuchó todo.
—¿Quieres saber algo?
—No especialmente.
—Creo que si sobrevivo a este fin de semana no volveré a alojarme en un hotel con más de diez habitaciones.
—Eso arruinará la industria.
—Lo superaré.
A las diez y media comenzaron.
La idea resultó bastante menos tranquilizadora de lo que todos esperaban.
Estar juntos significaba observarse.
Cada movimiento.
Cada vez que alguien bebía.
Cada vez que una persona se levantaba.
Cada mano que iba a un bolsillo.
Cada mirada hacia la puerta.
La vigilancia colectiva era casi otra forma de sospecha.
Côme intentó escribir.
Mireille le pidió que dejara de mirarla después de cada frase.
—No te miro.
—Sí.
—Pienso.
—Hazlo en otra dirección.
Octave leía una revista médica.
Hélène escribía notas.
Thérèse bordaba algo pequeño que había encontrado en su equipaje.
André revisaba inventarios.
Rémi desmontaba y limpiaba una pieza que Delacroix le había permitido traer de la estación.
Delacroix fingía leer.
En realidad observaba.
A las once, Hélène se levantó.
Todos levantaron la vista.
Ella se detuvo.
—Voy a fumar junto a la ventana.
Mireille soltó aire.
—Esto es insoportable.
Hélène volvió a sentarse.
—He cambiado de opinión.
Côme sonrió.
—Ahora quiero saber si era una prueba.
—No.
Delacroix la miró.
—¿Seguro?
—Armand.