Capítulo 15 — Los sobres que Veyrac no escribió #4
André pensó.
—Muy poco. Llegó por la tarde. Llevaba sombrero, velo ligero, abrigo oscuro.
Mireille abrió los ojos.
—Eso podría ser media Francia.
André frunció el ceño.
—La reconocí.
Hélène lo miró.
—¿Por mi rostro?
André tardó.
—Por... usted.
—Eso no sirve.
Delacroix observó.
Una visita falsa.
O una coartada falsa ahora.
Ambas posibilidades eran graves.
—¿Quién sabía que Hélène había venido anteriormente?
Mireille levantó una mano.
—Yo.
André.
Rémi.
Veyrac.
Delacroix sintió el viejo círculo.
—¿Y quién podía firmar su nombre?
Côme dijo:
—Cualquiera que hubiera visto una dedicatoria.
Hélène era novelista conocida.
Su firma podía existir en cientos de libros.
Delacroix miró la estantería.
Cuatro novelas suyas en la biblioteca.
Fue hasta allí.
Sacó La casa sin relojes.
Primera página.
Dedicatoria manuscrita:
Para Édouard, que jamás ha sabido cuándo terminar una historia.
Hélène Darcourt.
La firma tenía la D abierta.
Delacroix volvió.
—No coincide del todo.
Mireille miró a Hélène.
—Alguien quiso hacer parecer que habías venido.
Hélène no respondió.
Delacroix la observó.
Aquello la favorecía.
Mucho.
Demasiado quizá.
La visita extra podía demostrar que alguien estaba construyendo pruebas contra ella.
O podía ser precisamente lo que Hélène necesitaba que pareciera.
La mente podía continuar así indefinidamente.
—No concluimos nada —dijo.
Hélène levantó la vista.
—Gracias.
—No era defensa.
—Lo sé.
André seguía inquieto.
—Monsieur Delacroix, estoy seguro de que vi a madame Darcourt.
—Entonces necesito que recuerdes sin completar.
—¿Qué?
—Rostro. Voz. Algo que no sea simplemente «sabía que era ella».
El director cerró los ojos.
Pensó.
—No recuerdo su voz.
—¿Habló?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Pidió llave de algunas dependencias. Dijo que monsieur Veyrac la esperaba.
—¿Lo vio?
—No lo sé.
—¿Dónde estaba Veyrac?
André pensó.
—No estaba aquí.
La frase cayó.
—¿Seguro?
—Ahora que lo dice... Sí. Monsieur Veyrac no llegó hasta el día siguiente.
Mireille se volvió.
—Entonces.
Hélène miró a Delacroix.
—Alguien vino usando mi nombre.
Côme respiró.
—¿Por qué?
Delacroix miró el registro.
Una persona había llegado al hotel el once de enero.
Había pedido acceso.
Había sido identificada como Hélène Darcourt por ropa, contexto, firma y expectativa.
André no recordaba voz.
Quizá tampoco rostro.
—¿Qué zonas visitó? —preguntó.
André palideció más.
—Servicio.
—¿Cuáles?
—Montacargas. Observatorio. Estación. Cuadro de campanas.
Silencio.
Exactamente las zonas que luego importaron.
Hélène se quedó inmóvil.
Mireille la miró.
—Entonces alguien te está preparando.
Delacroix observó a ambas.
—O alguien está preparando una historia.
Hélène levantó la vista.
La frase la golpeó.
Delacroix no supo por qué hasta un instante después.
Era exactamente su terreno.
Historias.
Versiones.
Autorías.
—¿Quién podía hacerse pasar por Hélène? —preguntó Côme.
Mireille negó.
—No necesitas parecerte demasiado si André esperaba verla.
El director se ofendió apenas.
—Madame.
—No lo digo como insulto. Si alguien llama, firma su nombre, lleva el tipo de abrigo que esperas y dice que Édouard lo sabe, tu cabeza termina el resto.
Delacroix recordó los cinco segundos.
Expectativa.
Otra vez.
—¿Altura? —preguntó.
André miró a Hélène.
—Parecida.
—Constitución.
—Parecida.
—Edad.
—No podría decir.
—Entonces mujer.
André dudó.
La duda resultó inesperada.
—Creo.
Côme levantó la cabeza.
—¿Cree?
—Llevaba abrigo, sombrero, velo.
Mireille dejó escapar aire.
—Ni siquiera sabemos eso.
Delacroix sintió frustración.
—¿Pagó algo?
—No.
—¿Dejó equipaje?
—Una pequeña maleta.
—¿Dónde?
—Se la llevó.
—¿Se quedó a dormir?
—No. Tres horas aproximadamente.
Una visita de preparación.
Suplantando a Hélène.
O Hélène inventando ahora una suplantación con ayuda de una firma ligeramente distinta.
Delacroix cerró el registro.
—Esto no sale de esta habitación.
Côme lo miró.
—¿Por qué?
—Porque si el asesino cree que seguimos considerando auténtica la segunda visita, quiero que lo crea.
Hélène lo observó.
—Eso significa que públicamente seguirás diciendo que vine dos veces.
—Sí.
—Y que sospechas de mí por ello.
—Sí.
Mireille frunció el ceño.
—Hélène no va a disfrutar.
—Sobreviviré —dijo ella.
Delacroix la miró.
—¿Aceptas?
—Sí.
—Muy rápido.
Hélène sonrió.
—Acabas de decir que alguien puede haber intentado construir una prueba contra mí. Si fingir que funciona ayuda a descubrir quién, sería estúpido protestar.
Otra respuesta perfecta.
Delacroix estaba empezando a cansarse de ellas.
A las siete cerraron las carpetas.
El día había producido más preguntas que certezas.
Pero una cosa era distinta.
Ahora podían reconocer al menos tres textos que Veyrac casi con seguridad no había escrito.
Mensajes funcionales.
Órdenes.
Llamadas.
El asesino utilizaba el juego cuando le convenía y abandonaba la voz de Veyrac cuando necesitaba eficacia.
Había una segunda autoría dentro de La última página.
Y esa autoría tenía hábitos.
Eso era suficiente.
Cenaron alrededor del fuego.
Poco.
Rémi anunció que la previsión era mejor.
—Si no cambia durante la noche, mañana intentaremos enviar la cabina hasta mitad de trayecto.
Mireille lo miró.
—Has dicho mañana tantas veces que empieza a parecer un lugar.
—Es lo más cerca que tenemos.
Côme sonrió.
Delacroix observó los rostros.
Hélène hablaba con Thérèse.
Octave comía despacio.
Mireille tenía mejor color.
André parecía agotado.
Rémi miraba de vez en cuando hacia la estación.
Côme escribía mentalmente incluso cuando no tenía la libreta.
Siete personas además de él.
Una de ellas escribía mensajes destinados a matar.
Una de ellas había cogido una Remington.
Una de ellas conocía suficientemente bien a Amaury para llamarlo con una página y a Géraud para llamarlo con una avería.
Y quizá una de ellas había visitado el hotel semanas antes bajo el nombre de otra.
Delacroix miró a Hélène.
Ella percibió la mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Mientes.
—Estoy practicando.
Hélène levantó su copa.
—Progresas.
Delacroix no brindó.
Pero sonrió.
Más tarde, ya en el corredor, Hélène volvió a detenerse frente a su puerta.
—¿Vas a decirme algo?
—No.
—Entonces yo sí.
Delacroix esperó.
—Te equivocas en una cosa.
—¿Cuál?
—Has dividido los textos entre Édouard y el asesino.
—Sí.
—No deberías pensar en ellos como dos autores.
Delacroix frunció el ceño.
—Explícate.
—Édouard creó el mundo. Las reglas. Los personajes. Las expectativas. El asesino no necesita escribir otra obra.
Hélène apoyó una mano sobre el picaporte.
—Solo necesita corregir la de Édouard.
Delacroix sintió la frase.
La broma del día anterior regresó.
Si el asesino no les gusta, pueden corregirlo.
—Cambiar una página —continuó ella—. Mover una pista. Añadir una instrucción. Eliminar algo que conduce donde no conviene.
—Reescribir.
—Exactamente.
Delacroix la observó.
Hélène sonrió apenas.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de haber encontrado una palabra que vas a utilizar demasiado.
—Buenas noches, Hélène.
—Buenas noches, Armand.
Entró.
La puerta cerró.
Delacroix permaneció un momento en el corredor.
Corregir.
No seguir el juego.
No copiarlo.
No obedecerlo.
Corregirlo.
Édouard había escrito una historia diseñada para conducirlos hacia 1919.
Alguien estaba borrando páginas, sustituyendo instrucciones, desviando personajes y asesinando a quienes se acercaban demasiado al final previsto.
Delacroix regresó a su habitación.
Sacó las dos carpetas.
En una escribió:
VEYRAC.
En la otra:
CORRECCIONES.
Después se quedó mirando la segunda palabra.
No sabía todavía quién era el autor.
Pero por primera vez empezaba a reconocer su manera de escribir.