Capítulo 15 — Los sobres que Veyrac no escribió #3
—¿Con fotografías de quién?
—Mathieu era un actor de un teatro de Lyon. La mujer... —Se detuvo.
Hélène la miró.
—¿Qué?
Mireille palideció apenas.
—Édouard me dio la fotografía original.
—¿De quién? —preguntó Delacroix.
Mireille tardó.
—Ariane.
Thérèse se puso de pie.
—¿Qué?
—De espaldas.
—¿Usaste una fotografía de Ariane?
—Solo el cuerpo. No se veía el rostro.
—Mireille.
—Édouard insistió.
Thérèse la miraba con incredulidad.
—¿Dónde consiguió la foto?
—No sé.
—¿Y ahora falta?
Mireille asintió.
La caja desaparecida adquirió un peso nuevo.
—Entonces no era un objeto enteramente ficticio —dijo Delacroix.
—No.
—¿Qué mostraba la fotografía original?
Mireille cerró los ojos para recordar.
—Ariane junto a un hombre.
—¿Quién?
—Édouard recortó la parte masculina antes de dármela.
Delacroix sintió interés.
—¿Quedaba algo visible?
—Un hombro. Una mano quizá.
—¿Dónde fue tomada?
Thérèse respondió:
—Fontainebleau.
Todos la miraron.
—¿La conocías?
—Creo que sí. Había varias fotografías de aquella reunión.
—¿Quién estaba junto a Ariane?
Thérèse se quedó quieta.
—No recuerdo.
Hélène habló:
—Amaury, quizá.
Thérèse giró hacia ella.
—No.
—¿Édouard?
—No sé.
Delacroix levantó una mano.
—No reconstruyáis por presión.
La fotografía faltaba.
Eso podía ser una casualidad del juego.
O alguien la había retirado porque la imagen completa contenía algo.
—Mireille, ¿Veyrac conservó el recorte original?
—Supongo.
—¿Dónde?
—No sé.
Otra búsqueda pendiente.
Delacroix anotó.
A la una, interrumpieron.
No porque hubieran terminado.
Porque Octave insistió en que llevaban demasiado tiempo sin comer.
—Los asesinatos no mejoran la glucosa —dijo.
Mireille lo miró.
—Empiezas a repetir repertorio.
—Tengo poco público restante. Reciclo.
El silencio cayó.
Octave cerró los ojos.
—Lo siento.
Thérèse se levantó.
—No.
Fue hasta él.
—No empieces a pedir perdón por cada frase.
Octave la miró.
Ella apoyó una mano sobre su hombro.
—Géraud se habría reído.
El médico sonrió débilmente.
—Amaury no.
—Amaury habría alegado que la broma era improcedente.
Mireille soltó una risa.
Côme también.
Delacroix dejó que respirara.
Comieron en el salón.
André anunció que la meteorología mejoraba de nuevo.
Rémi había recibido una secuencia casi completa desde abajo.
—¿Casi? —preguntó Côme.
—Sí.
—Odio los adverbios de esta montaña.
—Mañana por la mañana podría haber intento real de descenso si todo sigue así.
Mireille lo miró.
—¿Con nosotros?
Rémi tardó demasiado.
—Con una persona primero.
La esperanza apareció.
Frágil.
Nadie quiso tocarla demasiado.
Después de comer continuaron el análisis.
Esta vez Delacroix pidió algo distinto.
—No quiero contenido. Quiero fabricación.
Mireille entendió.
Papel.
Tintas.
Máquinas.
Cortes.
Tipos de sobre.
Compararon.
Veyrac había utilizado dos lotes principales.
Papel negro grueso adquirido en París.
Papel crema del hotel.
Los sobres originales negros tenían todos un pliegue ligeramente desplazado hacia la izquierda porque Mireille los había doblado utilizando una plantilla defectuosa.
—¿Defectuosa? —preguntó Côme.
—Artística.
—Está torcida.
—Artística.
Los mensajes probablemente falsos también usaban papel negro.
Pero dos no tenían el mismo pliegue.
Delacroix los colocó juntos.
CONTINÚA.
El abogado debe volver al lugar de la caída.
—Cortados del mismo lote —dijo Mireille—. Pero hechos después.
—O por alguien que no utilizó tu plantilla.
—Sí.
—¿Había hojas sueltas disponibles?
—Muchas.
—¿Dónde?
—Sala de preparación.
—Acceso.
Mireille cerró los ojos.
—No hace falta repetirlo.
Delacroix siguió.
La letra mecanografiada mostró otra diferencia.
Algunos documentos tenían una «e» ligeramente elevada.
Otros no.
Côme se acercó.
—Eso es máquina distinta.
Hélène asintió.
—Sí.
—¿La de quién?
—Tenemos que probar.
Trajeron la máquina administrativa del hotel y la portátil de Hélène.
La de administración producía una «a» más débil.
No coincidía.
La de Hélène tenía la «e» perfectamente alineada.
Tampoco.
Côme miró.
—Entonces la Remington desaparecida de Veyrac.
Delacroix pensó.
—O otra máquina que ya no está arriba.
—Personal que bajó el viernes —dijo André.
—¿Había máquinas en otras oficinas?
—Una en administración secundaria, ala este.
Todos lo miraron.
—¿Sigue allí?
André dudó.
Delacroix se puso de pie.
—No.
Hélène lo miró.
—¿No qué?
—No corremos detrás de cada descubrimiento.
—Pero...
—El ala está cerrada. La revisaremos mañana con luz y en grupo.
Côme sonrió.
—Eso ha sido progreso.
Delacroix lo miró.
—No abuses.
Volvió a los documentos.
La «e» elevada aparecía en dos piezas probablemente originales de Veyrac.
Y también en una que habían colocado como probable falsificación.
El abogado debe volver al lugar de la caída.
Mireille frunció el ceño.
—Entonces estaba escrita con su máquina.
—O una máquina con el mismo defecto.
—Poco probable.
Hélène miró el papel.
—El asesino utilizó la Remington de Édouard.
Delacroix sintió que la frase era probablemente correcta.
—Por eso falta.
Côme exhaló.
—Entonces puede seguir escribiendo como él.
—Mecánicamente —dijo Hélène.
Delacroix la miró.
—Pero no estilísticamente.
—Exacto.
—Y ahí es donde te necesitamos.
Hélène levantó una ceja.
—Qué romántico.
—No lo estropees.
Ella tomó los documentos.
Durante casi una hora leyó.
No rápido.
En silencio.
Marcó repeticiones.
Sintaxis.
Longitud.
Forma de dirigirse a personas.
Édouard utilizaba ironía indirecta.
Le gustaban las dobles instrucciones.
Rara vez daba una información sin añadir una segunda capa.
Los textos falsos, por el contrario, tendían a ser más utilitarios cuando buscaban mover a alguien.
Vuelva.
Busque.
Solo dos minutos.
Continúa.
—No intenta imitarlo cuando necesita acción —dijo Hélène.
Delacroix asintió.
—Porque la prioridad no es parecer Édouard.
—Es conseguir que la víctima obedezca.
—Sí.
Mireille se acercó.
—Pero cuando necesita que nosotros encontremos algo después...
Hélène levantó la tarjeta de Veyrac:
La víctima conocía a su asesino.
—Ahí puede imitar.
Delacroix la miró.
—¿Crees que ésta es falsa?
Hélène tardó.
—No sé.
—¿Por qué dudas?
—Porque es demasiado limpia.
—Una frase.
—Sí. Y funciona demasiado bien en dos sentidos. En la ficción y en la realidad.
—Veyrac también hacía eso.
—Exacto.
Delacroix sintió una pequeña frustración.
—Entonces centro.
La dejó entre ambas columnas.
Côme observaba.
—¿Puede alguien aprender a escribir como Édouard leyendo suficiente?
Hélène sonrió.
—No del todo.
—¿Por qué?
—Porque imitar una voz no consiste en añadir sus costumbres. Consiste también en saber qué cosas nunca haría.
Delacroix la miró.
—Como «el abogado».
—Exacto.
—Como órdenes sin adorno.
—Sí.
—Entonces el asesino puede mejorar.
Hélène se quedó quieta.
—Si escucha este análisis.
El salón cambió.
Todos lo comprendieron.
Acababan de explicar en voz alta cómo reconocer las falsificaciones.
Delacroix cerró los ojos.
Error.
Pequeño.
Pero error.
—Basta.
Côme dejó la pluma.
Mireille miró alrededor.
—Otra vez le enseñamos.
—Sí.
Hélène observó los documentos.
—Quizá no.
Delacroix la miró.
—¿Por qué?
—Porque puede que ya lo supiera.
—Eso no mejora.
—No.
Delacroix empezó a recoger.
—A partir de ahora las diferencias estilísticas quedan entre nosotros.
Côme miró el grupo.
—Estamos todos nosotros.
—Exactamente.
El periodista entendió.
No podía retirar lo dicho.
La investigación tenía ese problema.
Cada descubrimiento era irreversible también para el enemigo.
Delacroix guardó las falsificaciones probables en una carpeta.
Hélène lo observó.
—Vas a empezar a falsificar tú también.
La frase fue tan inesperada que Delacroix se detuvo.
—¿Qué?
—No ahora.
—Explícate.
Hélène sonrió apenas.
—Has aprendido a mentir sobre información. El siguiente paso lógico es fabricar información.
Mireille levantó la cabeza.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Delacroix miró a Hélène.
—¿Qué fabricarías?
—Una conclusión falsa.
—¿Para quién?
—Para quien esté escuchando.
El silencio se hizo.
Era una idea que Delacroix ya había empezado a considerar desde Amaury.
No todavía.
Necesitaba más.
—Más adelante.
Hélène asintió.
—Eso pensé.
Côme la miró.
—¿Cómo sabías que lo estaba pensando?
Hélène sonrió.
—Porque está empezando a investigar como un novelista.
Delacroix negó.
—No exageremos.
—Construyes versiones, controlas información y piensas en qué debe creer el lector.
—No hay lector.
Hélène miró alrededor.
—Hay uno.
Nadie habló.
El asesino.
Delacroix sintió que la idea le gustaba demasiado.
Un lector dentro del hotel.
Alguien que observaba la investigación, infería, reaccionaba.
Si Delacroix podía controlar lo que ese lector creía...
No.
Todavía no.
Pero pronto.
A media tarde André llegó con los registros de visitas solicitados.
Los dejó sobre la mesa.
—Aquí.
Delacroix los revisó.
Diciembre.
Veyrac y Mireille.
Dos días.
Enero.
Hélène Darcourt.
Una entrada.
Después otra.
Delacroix levantó la vista.
—Dos.
Hélène estaba a varios metros.
—¿Qué?
—Hay dos visitas tuyas en enero.
Ella se acercó.
—No.
Delacroix señaló.
4 de enero. H. Darcourt.
11 de enero. H. Darcourt.
Hélène frunció el ceño.
—Eso está mal.
André miró.
—No.
—Vine una sola vez en enero después de la visita conjunta de diciembre.
—Madame, usted estuvo aquí el cuatro y el once.
Hélène lo miró.
—No.
Delacroix sintió cómo el caso se tensaba.
—¿Dónde estabas el once?
Hélène pensó.
—Lyon.
—¿Puedes demostrarlo?
—Probablemente.
—Aquí no.
—No.
André parecía desconcertado.
—Recuerdo ambas visitas.
Hélène se volvió.
—Entonces una de tus memorias está equivocada.
—Firmó el registro.
Delacroix examinó la firma.
H. Darcourt.
Hélène tomó el libro.
La miró.
—No es mía.
Côme se acercó.
—Se parece.
—Por supuesto que se parece.
Delacroix levantó la vista.
—¿Qué significa eso?
Hélène señaló la D.
—Yo no cierro así.
Sacó su pluma.
Firmó en una hoja.
Compararon.
La diferencia existía.
Pequeña.
La D del registro tenía el bucle superior completo.
La de Hélène quedaba abierta.
—Puede cambiar la firma —dijo Côme.
—Puede.
—O alguien la imitó —dijo Mireille.
André palideció.
—Yo vi a madame Darcourt.
Todos lo miraron.
Hélène se quedó quieta.
—¿El once?
—Sí.
—¿Hablaste conmigo?