Capítulo 15 — Los sobres que Veyrac no escribió #2
Hélène se acercó.
—No basta con palabras.
—Lo sé.
—Frase.
—Exacto.
Leyó ambos.
Veyrac escribía con una estructura característica.
Una oración más larga.
Después una corta.
Frecuentemente remate independiente.
Delacroix recordó lo que Hélène había dicho aquella noche.
La gente escribe como respira.
El sobre blanco poseía esa cadencia.
—Parece suyo —dijo.
Hélène asintió.
Mireille también.
—Sí.
—Entonces original.
Côme levantó la cabeza.
—¿Podemos afirmar eso?
Delacroix lo miró.
Buena pregunta.
—No. Podemos decir compatible.
El periodista escribió.
Amaury habría aprobado.
Otra ausencia.
Delacroix siguió.
La tarjeta hallada bajo la mano de Veyrac:
La víctima conocía a su asesino.
Mireille negó.
—No la conocía.
Delacroix comparó.
Una sola frase.
Demasiado corta para estilo.
—Indeterminada.
Después:
CONTINÚA.
Encontrada junto al cortacables.
Hélène la miró.
—Ésa no.
Delacroix levantó la vista.
—¿Por qué?
—No es Édouard.
—Una palabra.
—Precisamente.
—Explícate.
Hélène tomó uno de los borradores.
—Édouard no daba órdenes sin adornarlas.
Mireille sonrió con tristeza.
—Eso es verdad.
Hélène buscó ejemplos.
«Si alguien todavía conserva paciencia, que la pierda en la biblioteca.»
Otro:
«Quien crea poseer la llave quizá debería preguntarse primero qué puerta necesita realmente.»
—Édouard disfrutaba demasiado de su propia voz —dijo Hélène—. «Continúa» es funcional. Seco. No tiene placer.
Delacroix observó la palabra negra.
—El asesino puede imitarlo mal.
—O no intentarlo.
—¿Por qué utilizar entonces su papel?
—Para que dudemos.
Côme escribió.
Mireille se sentó.
—Ésa fue mi impresión cuando la vi.
Delacroix la miró.
—Dijiste que no escribía así.
—Sí.
—Entonces tenemos primer candidato a añadido.
Lo colocó a la derecha.
Originales probables a la izquierda.
Indeterminados en el centro.
Falsificación probable a la derecha.
El simple gesto produjo algo.
Por primera vez el caos empezaba a dividirse.
Siguieron.
La hoja dejada a Amaury:
«El abogado ha sobrevivido once años a una omisión.
La víctima no.
Antes de que termine la partida deberá decidir si todavía considera prudente el silencio.
Busque la página que faltaba donde empezó la caída.»
Hélène la leyó dos veces.
—Édouard.
—¿Seguro? —preguntó Delacroix.
—Muy probable.
Mireille asintió.
—También.
—¿Por qué?
Hélène señaló.
—«Antes de que termine la partida». Édouard piensa en estructura temporal. Y la crueldad es personal.
Côme levantó la vista.
—¿Crueldad personal?
—Conocía a Amaury. Sabía exactamente cómo herirlo: prudencia, silencio, omisión.
Delacroix sintió que aquella interpretación encajaba.
—Entonces Veyrac quería que Amaury fuera a la escalera.
—O al menos que buscara esa página.
—Y la caja estaba desaparecida.
—Sí.
Delacroix colocó el mensaje a la izquierda.
Después el fragmento encontrado en el bolsillo de Amaury tras su muerte:
«...no estaba donde Édouard dijo.
...si recuerdas quién llegó primero...
...la segunda página.»
Hélène lo miró.
—No.
Delacroix levantó la vista.
—Otra vez muy rápido.
—Porque no tiene voz.
—Está incompleto.
—Y aun así.
Mireille se acercó.
—Yo tampoco lo siento de Édouard.
Côme sonrió incómodo.
—Estamos empezando a analizar asesinatos por sensibilidad literaria.
—Muchos se han resuelto con cosas peores —dijo Delacroix.
Hélène señaló la frase.
—Édouard habría dicho «quién encontró primero a la víctima» o algo más elaborado. «Quién llegó primero» parece escrito por alguien que intenta evocar 1919 sin especificarlo.
—Eso puede ser deliberado.
—Sí.
—También puede ser una imitación breve.
—Sí.
Delacroix lo dejó en el centro.
La tarjeta negra encontrada en la mano de Amaury:
El abogado debe volver al lugar de la caída.
Hélène negó de nuevo.
—Tampoco.
Mireille:
—Estoy de acuerdo.
Delacroix la miró.
—¿Por qué?
—Édouard no llamaba a nuestros personajes por función en instrucciones reales. Usaba nombres ficticios.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Seguro?
—Sí.
Mireille buscó papeles originales.
—Mira. Étienne, Clémence, monsieur Varenne... Nunca «el periodista», «la escritora», «el abogado».
Côme dejó la pluma.
—Entonces alguien escribió «el abogado» pensando en Amaury real.
Silencio.
Delacroix miró la tarjeta.
Eso era más sólido.
No estilo.
Estructura.
—A la derecha.
La colocó junto a CONTINÚA.
Hélène observó los dos mensajes.
—Ya tenemos dos.
—Probables.
—Dos que parecen escritos después de que ficción y realidad se mezclaran.
Delacroix asintió.
Era importante.
Veyrac escribía para personajes.
El asesino escribía para personas.
Después la nota que atrajo a Géraud:
«...lectura exterior...
...fallo en el anemómetro...
...solo dos minutos.»
No papel negro.
Papel blanco.
No firma.
—Eso no es del juego —dijo Mireille.
—No necesariamente.
—No había ninguna pista meteorológica prevista.
Rémi, que había regresado de la estación y se encontraba en la puerta, intervino:
—Y el anemómetro funcionaba.
Delacroix colocó la nota a la derecha.
Tres.
Côme miró los grupos.
—Entonces el asesino empezó a escribirnos.
—Sí —dijo Delacroix.
La frase produjo un silencio diferente.
Hasta entonces hablaban de pistas alteradas.
Aquello lo hacía más personal.
El asesino no solo utilizaba objetos de Veyrac.
Había redactado.
Elegido palabras.
Pensado qué leería una víctima.
Amaury.
Géraud.
Mireille se abrazó.
—¿Cuándo empezó?
Delacroix miró las piezas.
—No lo sabemos.
Hélène señaló la tarjeta bajo la mano de Veyrac.
La víctima conocía a su asesino.
—Ésa puede ser la primera.
—O de Édouard.
—Sí.
—¿Y el sobre blanco que recibiste?
Ella lo miró.
—Compatible con Édouard.
—Muy compatible.
—No me favorece que lo sea.
—No estamos repartiendo favores.
Hélène sonrió apenas.
Continuaron.
El sobre VIII, programado para la mañana posterior a la primera muerte, era claramente de Veyrac. Existía en sus esquemas y estaba numerado.
La página sobre Ariane también.
La frase:
«La primera vez, todos creyeron estar jugando.
La segunda vez también.
La diferencia no está en la muerte.
Está en aquello que el muerto había escrito antes.»
Veyrac.
Sin duda.
Encontraron el borrador manuscrito.
Mireille cerró los ojos al verlo.
—Entonces sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Sí —dijo Thérèse.
—Volvió a convertirla en espectáculo.
—Sí.
Delacroix observó el manuscrito.
La rabia contra Veyrac regresó.
Un muerto podía ser víctima y seguir habiendo cometido una estupidez imperdonable.
Las dos cosas no se anulaban.
—¿Qué quería conseguir? —preguntó Côme.
Nadie respondió.
Delacroix sí.
—Que alguien reconociera la historia.
Hélène lo miró.
—Más que eso.
—¿Qué?
—Que alguien supiera que él la había reconocido.
Delacroix frunció el ceño.
Hélène acercó el sobre VIII.
—Si Édouard solo quisiera contarnos lo ocurrido, podría haber mostrado cartas. Documentos. Hablar contigo.
—Exactamente.
—Pero construyó una partida donde ciertos detalles solo significaban algo para quienes estuvieron en 1919.
—Sí.
—Eso obliga a reaccionar antes de que exista acusación.
Delacroix sintió interés.
—Quería observar.
—Creo que sí.
—¿A quién?
Hélène sostuvo la mirada.
—A todos nosotros.
La respuesta no se defendía a sí misma.
Eso Delacroix lo notó.
—También a ti.
—Especialmente a mí, probablemente.
Mireille la miró.
Hélène no apartó la vista.
—Si Édouard sospechaba que yo había utilizado el manuscrito de Ariane, quería saber qué reconocería.
—¿Y reconociste cosas?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La primera noche. Mucho antes de admitirlo.
Mireille se volvió.
—¿Qué?
Hélène respiró.
—La estructura. El escritor. El manuscrito. La apropiación. La caída. No sabía qué tenía Édouard, pero comprendí que estaba hablando de Ariane.
—¿Por qué no dijiste nada? —preguntó Thérèse.
Hélène la miró.
—Porque si un hombre organiza un juego para obligarte a reconocer en público una acusación de hace once años, no le haces el favor de reaccionar a la primera pista.
Delacroix observó la frase.
Era una explicación razonable.
También significaba que Hélène sabía desde la primera noche que el juego amenazaba su reputación.
Motivo para detener a Veyrac.
No nuevo.
Pero más temprano de lo que había admitido.
—¿Cuándo exactamente lo supiste? —preguntó.
Hélène pensó.
—Con la carta de Mathieu a Clémence.
—A las diez menos algo.
—Antes quizá lo sospechaba.
—¿Y hablaste con Veyrac después?
—Sí. Todos lo hicimos.
—¿A solas?
—Un instante.
Delacroix se quedó quieto.
No recordaba esa conversación.
—¿Cuándo?
—Después de que encontráramos el fragmento de manuscrito en la sala de billar.
Mireille miró a Hélène.
—Yo no te vi.
—Fuiste a buscar material.
—¿Dónde hablasteis?
—Corredor.
Delacroix sintió cómo otro hueco aparecía en la cronología.
—¿Qué le dijiste?
Hélène lo miró.
—Que era un cabrón.
Côme dejó de escribir.
—¿Literalmente?
—Con una palabra más elegante.
—¿Cuál?
—No importa.
Mireille sonrió a pesar de sí misma.
Delacroix no.
—¿Qué respondió Veyrac?
Hélène pensó.
—«Entonces lo has entendido.»
—¿Y tú?
—Le pregunté qué había encontrado.
—¿Te lo dijo?
—No.
—¿Mencionó Maison Valbert?
—No.
—¿Ariane?
—No por nombre.
—¿Qué dijo exactamente?
Hélène cerró los ojos un instante.
—«A medianoche quizá podamos dejar de fingir que hablamos de ficción.»
El salón quedó quieto.
Delacroix sintió que la frase encajaba demasiado bien.
Veyrac planeaba revelar algo a medianoche.
Murió antes.
—¿Por qué no contaste esto antes?
Hélène abrió los ojos.
—Porque hasta ahora no sabía si importaba.
Delacroix la miró.
—Te lo he oído demasiadas veces.
—A todos.
—Sí.
—Eso no lo convierte automáticamente en mentira.
—No.
Hélène sostuvo su mirada.
—Y antes de que preguntes: no, no lo maté después de esa conversación.
—No iba a preguntarlo.
—Claro que sí.
—Ahora ya no hace falta.
Mireille miró de uno a otro.
—Estoy empezando a odiar vuestras conversaciones más que los apagones.
Côme asintió.
—Yo también.
Delacroix volvió a los documentos.
No quería que Hélène monopolizara la escena.
Eso también podía ser peligroso.
—La fotografía desaparecida.
Mireille frunció el ceño.
—La caja azul.
—Sí. Dijiste que mostraba a Mathieu Lorca con una mujer sin rostro.
—Correcto.
—¿Quién era la modelo?
Mireille pensó.
—Nadie. Era un montaje.