Capítulo 15 — Los sobres que Veyrac no escribió
A las ocho y media de la mañana, Armand Delacroix había reunido sobre una mesa doce sobres negros, siete hojas mecanografiadas, cuatro tarjetas, tres fragmentos de papel crema, dos fotografías falsas y una cantidad de tinta suficiente para acusar a media industria editorial francesa.
Mireille Ségur contempló el conjunto con expresión ofendida.
—Visto así parece que Édouard tenía una enfermedad.
Côme Valençay, sentado al otro extremo, levantó la pluma.
—Técnicamente la tenía.
Mireille lo miró.
—No.
Côme bajó la pluma.
—Entendido.
Delacroix no intervino.
El comentario no había sido especialmente cruel. Ese era precisamente el problema. A medida que los muertos se acumulaban, ciertas palabras empezaban a necesitar una prudencia que nadie había aprendido todavía.
Hélène Darcourt estaba de pie junto a la ventana, fumando.
Thérèse Belloc ocupaba un sillón próximo al fuego.
Octave Méricourt había terminado de revisar la tensión arterial de Mireille y ahora guardaba el manguito dentro de su maletín.
André Cottin ordenaba discretamente una bandeja de desayuno que ya nadie estaba utilizando.
Rémi Colas permanecía cerca de la puerta de la galería, atento a cualquier señal de la estación.
Siete supervivientes además de Delacroix.
Ocho.
La cuenta llegaba ahora sola.
Delacroix la apartó.
—Quiero volver al principio.
Mireille observó los sobres.
—¿Del juego?
—Sí.
Côme frunció el ceño.
—Ya lo hemos hecho varias veces.
—No así.
Hélène apagó el cigarrillo.
—Quieres separar a Édouard del asesino.
Delacroix la miró.
—Exactamente.
—Eso supone que el asesino añadió cosas.
—Sabemos que alguien lo hizo.
—Sabemos que Mireille no reconoce algunos materiales.
—Y que el mecanismo encontrado junto al cortacables contenía papel negro del mismo lote.
Mireille se acercó a la mesa.
—También sabemos que Édouard cambió cosas sin decírmelo.
—Sí.
—Muchas.
—Sí.
—Entonces seguimos teniendo dos autores posibles para cualquier cosa que yo no preparara: Édouard o quien lo mató.
—Tres —dijo Hélène.
Todos la miraron.
—¿Tres?
—Édouard. El asesino. Y alguien que hubiera intervenido por otro motivo.
Côme abrió la libreta.
Delacroix lo vio.
—Escribe.
El periodista pareció agradecido por la autorización.
—¿Qué otro motivo? —preguntó.
Hélène se encogió de hombros.
—Una broma. Una modificación del juego. Alguien intentando corregir una pista después de la muerte de Édouard. No digo que haya ocurrido. Digo que si empezamos dando por hecho que todo lo no reconocido pertenece al asesino, estaremos construyendo la conclusión dentro de la premisa.
Delacroix observó la formulación.
Precisa.
Irritantemente precisa.
—Bien.
Mireille hizo una mueca.
—No me gusta cuando os dais la razón.
—A nosotros tampoco —dijo Hélène.
Delacroix tomó el primer sobre.
—Empezamos con lo que sí conocemos.
Habían numerado todos los materiales encontrados.
No según la numeración de Veyrac, sino según orden de aparición.
El primero era la invitación individual que Delacroix había recibido al llegar:
Esta noche morirá un escritor.
—¿Tuyo? —preguntó a Mireille.
—No.
—¿Lo conocías?
—Sí. Édouard me enseñó esa frase antes del viaje.
—Entonces Veyrac.
—Sí.
Delacroix lo colocó a la izquierda.
Segundo.
La tarjeta horaria encontrada dentro del reloj:
8:00 Carta.
8:20 Ventana.
8:45 Médico.
9:10 Llave.
9:35 Página.
10:00 Mentira.
—Édouard —dijo Mireille—. Esa lista era suya.
—¿La escribió él?
—La composición sí. El mecanografiado no lo sé.
—¿Quién mecanografiaba los materiales?
—Varias personas. Yo. Édouard. Hélène algunos textos.
Côme levantó la cabeza.
Hélène no reaccionó.
Delacroix tampoco.
—¿Con la misma máquina?
—No. Parte aquí. Parte en París.
Hélène se acercó a la mesa.
—Eso puede ayudarnos.
Delacroix la miró.
—¿Cómo?
—Las máquinas escriben distinto.
Mireille asintió.
—Tipografía, desgaste, alineación.
Côme sonrió.
—Eso sí lo entiendo.
—Naturalmente —dijo Hélène—. Los periodistas solo confían en máquinas que pueden culpar.
Côme decidió aceptar el golpe.
Delacroix separó los documentos mecanografiados.
—¿Cuántas máquinas tenemos arriba?
André respondió:
—La de administración. Una portátil de madame Darcourt. Monsieur Valençay tiene otra pequeña en su equipaje.
Côme negó.
—No. La dejé en París.
—Entonces dos.
Mireille añadió:
—Y Édouard trajo una Remington portátil en su maleta.
Delacroix levantó la vista.
—¿Dónde está?
Nadie respondió.
Mireille frunció el ceño.
—En su habitación, supongo.
Delacroix sintió irritación consigo mismo.
Habían registrado efectos, armas, llaves, herramientas.
No la máquina de escribir del muerto.
—Vamos.
Côme levantó la cabeza.
—¿Ahora?
—Sí.
Mireille suspiró.
—Procesión.
—Puedes quedarte.
Ella se puso de pie.
—Ni hablar.
Subieron todos salvo André y Rémi, que permanecieron abajo por la estación, aunque Delacroix hizo que ambos se mantuvieran juntos.
La habitación de Veyrac era la 207.
No habían entrado desde la muerte salvo para una revisión superficial la primera mañana.
Delacroix abrió con la llave maestra.
La habitación olía a ropa cerrada, madera y el perfume discreto de Veyrac que aún persistía en el abrigo colgado detrás de la puerta.
Aquello produjo un silencio incómodo.
Mireille miró la cama.
—No me gusta esto.
—¿Entrar?
—Que todo siga esperando.
Sobre la mesilla había un libro abierto boca abajo.
Una caja de fósforos.
Un pañuelo.
Dos monedas.
La banalidad.
Otra vez.
Delacroix fue al escritorio.
No había máquina.
—Maleta —dijo Hélène.
Côme la encontró junto al armario.
Cerrada.
Delacroix miró a Mireille.
—¿La abrimos?
—No soy abogada.
—Ya no tenemos uno.
La frase cayó demasiado rápido.
Delacroix la lamentó.
Hélène bajó la mirada.
Mireille fue hasta la maleta.
—Hazlo.
La cerradura cedió con la llave hallada entre los efectos personales de Veyrac.
Ropa.
Un neceser.
Dos carpetas.
Una caja de cartón.
Nada más.
—No hay máquina —dijo Côme.
Delacroix revisó el armario.
Nada.
Debajo de la cama.
Nada.
Hélène recorrió el cuarto con la mirada.
—Édouard llegó con una.
—¿Seguro?
—La vi en el tren.
Delacroix recordó el equipaje.
Dos valises.
Portfolio.
Caja alargada.
No había registrado mentalmente una Remington, pero podía estar dentro.
Mireille abrió la caja de cartón.
Vacía.
En uno de los laterales aparecía impreso:
REMINGTON PORTABLE
Côme exhaló.
—Entonces falta.
Delacroix se acercó.
—¿Quién la retiró?
Mireille lo miró.
—Otra cosa desaparecida.
Delacroix cerró los ojos.
La lista empezaba a resultar ofensiva.
Página.
Caja.
Barra de ventana.
Llave falsa.
Máquina de escribir.
El asesino parecía desmontar el hotel por piezas.
Hélène observó el escritorio.
—O Édouard la llevó a otra parte antes de morir.
—¿Para qué?
—Para seguir preparando el juego.
—Posible.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La que significa que algo te resulta demasiado conveniente.
Delacroix la ignoró.
Registraron el resto sin alterar más de lo necesario.
En una carpeta encontraron borradores de La última página.
Eso sí importaba.
Delacroix los llevó abajo.
La ausencia de la máquina se convirtió en otra variable.
No en conclusión.
En el salón extendieron los borradores.
Mireille reconoció la letra de Veyrac.
Había páginas manuscritas, esquemas, secuencias y versiones tachadas.
Côme parecía fascinado pese al contexto.
—Édouard planeaba todo.
—No —dijo Mireille—. Planeaba demasiado y después cambiaba la mitad.
Delacroix tomó una hoja.
Había una lista de escenas.
1. Carta.
2. Manuscrito.
3. Testimonios.
4. Primera muerte.
5. El accidente repetido.
6. La página ausente.
7. Autoría.
8. Confesión.
Delacroix se quedó quieto.
—Confesión.
Mireille se acercó.
—Sí.
—¿Quién debía confesar?
—En la ficción, Clémence.
Todos miraron a Hélène.
Ella no se movió.
—Mi personaje.
—¿Qué confesaba? —preguntó Côme.
Mireille buscó otra hoja.
—Que había utilizado páginas del escritor muerto.
Hélène soltó aire por la nariz.
—Édouard era sutil como una campana.
—No sabíamos aún que hablaba de Ariane —dijo Thérèse.
—Algunos sí empezabais a sospecharlo.
Mireille encontró el esquema.
—Aquí.
Leyó:
—«Clémence admite haber reutilizado fragmentos de Mathieu, pero niega homicidio. El asesinato fue cometido por otra persona para apropiarse del manuscrito completo.»
Delacroix levantó la vista.
—¿Otra persona?
—Sí.
Côme frunció el ceño.
—Entonces en el misterio ficticio la plagiaria no era la asesina.
—Exacto.
Hélène miró a Delacroix.
—Eso importa.
—Sí.
—Si Édouard estaba reconstruyendo a Ariane y mi personaje era la equivalente literaria...
—No sabemos que Clémence seas tú.
—Armand.
—Sabemos que había paralelos.
—Muy bien. Si los había, Édouard separaba plagio de asesinato.
Delacroix observó el esquema.
Era cierto.
Y aquello podía significar varias cosas.
Que Veyrac no creía que Hélène hubiera matado a Ariane.
Que aún no estaba seguro.
Que el juego estaba diseñado para conducirla hacia una confesión de apropiación literaria sin acusarla de homicidio.
O que la estructura ficticia era simplemente una capa de engaño antes de una revelación posterior.
—¿Hay final? —preguntó.
Mireille buscó.
No.
La secuencia terminaba antes.
La página siguiente había sido arrancada.
Côme soltó aire.
—Naturalmente.
Delacroix miró el borde.
Arrancada limpiamente del bloc.
—¿Cuándo?
—No sé —dijo Mireille.
Hélène se inclinó.
—¿La hoja que falta podría ser la última página del juego?
—Posiblemente.
—Édouard y sus páginas.
Thérèse observó la carpeta.
—¿La arrancó él?
—Puede —dijo Delacroix.
—O quien lo mató.
—Sí.
Côme empezó a escribir.
Delacroix no lo detuvo.
Volvieron a los sobres.
La tercera pieza era el sobre blanco recibido por Hélène a las diez de la primera noche.
Mireille no lo había preparado.
Veyrac pareció sorprenderse cuando André lo llevó.
Hélène colocó la hoja sobre la mesa.
«Clémence:
Mathieu sabe que reconociste las páginas. Sabe también que las leíste antes de que fueran suyas.
Si a medianoche aún deseas conservar tu nombre, tendrás que decidir cuál de los dos escritores merece seguir teniéndolo.»
—Éste —dijo Delacroix.
—¿Qué? —preguntó Côme.
—Quiero compararlo.
Trajo un borrador manuscrito de Veyrac.