Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 14 — La pregunta peligrosa #3
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Capítulo 14 — La pregunta peligrosa #3

Mireille sabía desde diciembre que Veyrac pretendía utilizar la muerte de Ariane. Lo deduje por una discusión entre ambos que no mencioné porque creí que era parte del juego. Si importa, pregúntame en privado.

Delacroix dejó el papel.

Otra orientación hacia Mireille.

Sutil.

Útil.

Quizá verdadera.

Octave.

Delacroix abrió.

Solo una frase:

En 1919 pensé que la lesión de Ariane era compatible con la caída. Hoy ya no estoy seguro de que fuera la única lesión.

Delacroix se quedó inmóvil.

Ahí estaba.

No toda la conclusión.

Suficiente.

Octave había recordado algo.

Algo que en 1919 había enterrado dentro de una explicación médica cómoda.

Y ahora el asesino no sabía que Delacroix lo sabía.

Por primera vez desde la muerte de Amaury, la investigación tenía una ventaja.

Pequeña.

Frágil.

Pero real.

Delacroix quemó los papeles uno por uno en una pequeña bandeja metálica.

No todos.

Antes copió información esencial en su libreta utilizando iniciales falsas y formulaciones que no identificaban fuente.

Mireille pasó a ser A.

Thérèse, B.

Rémi, C.

André, D.

Hélène, E.

Octave, F.

No era sofisticado.

No necesitaba serlo.

Solo impedir que una mirada rápida revelara quién había dicho qué.

Cuando terminó, dejó la caja vacía.

La devolvió al salón.

Côme la miró.

—¿Y?

—Nada que vayamos a discutir.

Mireille hizo una mueca.

—Esto es insoportable.

—Sí.

—¿Funciona?

Delacroix miró a Octave.

El médico estaba leyendo.

Nadie sabía.

—Todavía.

Por la tarde, Rémi realizó otra prueba del funicular.

La cabina vacía descendió más lejos.

Esta vez hasta la primera curva.

La señal inferior apareció durante casi treinta segundos.

No suficiente.

Pero mejor.

La esperanza regresó.

Delacroix la permitió otra vez.

Necesitaban algo que no fuera miedo.

A las cuatro, André abrió una botella de vino.

Octave lo miró.

—Poco.

Mireille levantó una ceja.

—¿Quién te convirtió en policía?

—Tres cadáveres.

Nadie contestó.

Bebieron poco.

Hablaron.

No del caso.

Hélène contó una anécdota sobre una conferencia en Bruselas donde un lector había dedicado veinte minutos a explicarle por qué el asesino de su propia novela debía ser otra persona.

Côme sonrió.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que tenía razón.

Delacroix levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque quería cenar.

—Cobarde.

—Práctica.

—¿Y si tenía razón?

Hélène lo miró.

—Un novelista siempre tiene una ventaja sobre el detective.

—¿Cuál?

—Puede decidir la verdad.

Delacroix sonrió.

—Tienen una ventaja mayor.

—¿Cuál?

—Si el asesino no les gusta, pueden corregirlo.

Hélène se quedó quieta un instante.

—¿Corregir al asesino?

—Cambiarlo hasta que encaje.

Ella sonrió.

—Eso sería hacer trampas.

—Solo si el lector se da cuenta.

—Ah.

—Los detectives no tenemos esa posibilidad. Si el asesino resulta decepcionante, tenemos que quedárnoslo.

Mireille miró de uno a otro.

—Qué conversación tan sana para esta casa.

Côme reía.

Hélène levantó la copa.

—Entonces brindaré por el derecho del novelista a corregir la realidad.

Delacroix levantó la suya.

—Eso sí empieza a sonar criminal.

Bebieron.

La frase quedó.

Ligera.

Casi una broma.

Delacroix no supo por qué la recordó después con tanta precisión.

A las seis comenzó a nevar otra vez.

No tormenta.

Una caída suave y espesa.

Rémi dijo que probablemente no impediría la prueba de la mañana.

—Mañana —repitió Côme.

—Sí.

—¿Podemos bajar mañana?

Rémi sonrió.

—Quizá.

Côme levantó ambas manos.

—Acepto.

El grupo parecía ligeramente mejor.

No bien.

Mejor.

Habían encontrado una rutina que no dependía únicamente de esperar otra muerte.

Eso era algo.

Delacroix hizo una segunda ronda breve de conversaciones.

Con todos.

Cinco minutos.

Mireille habló de la llave falsa desaparecida.

Él fingió no saberlo hasta ese momento.

Thérèse habló de su dolor de cabeza.

Rémi del clima.

André de comida.

Côme de sus notas.

Hélène de nada importante.

Octave también.

Perfecto.

El asesino no podía saber.

O eso esperaba.

A las nueve, después de cenar, Delacroix reunió al grupo por última vez.

—Mañana mantenemos el sistema.

Mireille suspiró.

—Esperaba que hubiera sido experimental.

—Lo era.

—¿Y?

—Seguimos vivos.

Ella miró hacia la cámara donde estaban los muertos, aunque no pudiera verla.

—Bajo.

—Pero válido.

Hélène apoyó los pies cerca del fuego.

—Hay otro problema.

—¿Cuál?

—Si el asesino también utiliza el sistema.

Côme la miró.

—¿Cómo?

—Puede escribir información falsa.

Delacroix asintió.

—Lo sé.

—Puede inventar recuerdos, acusaciones, pistas.

—Sí.

Mireille frunció el ceño.

—Entonces ¿cómo distingues?

Delacroix miró la caja vacía.

—No distingo automáticamente.

—Eso es terrible.

—Es investigación.

Hélène sonrió apenas.

—Bienvenido a la novela.

—No exageres.

—Es exactamente lo que hacemos. Alguien entrega información, decides si merece confianza y luego descubres treinta páginas después que interpretaste mal una palabra.

Delacroix la miró.

—Los detectives intentamos tardar menos.

—Presumidos.

La conversación terminó con algo cercano a una sonrisa colectiva.

Después subieron.

El corredor oeste estaba ya tan ocupado por sus pequeñas rutinas que casi parecía otro hotel dentro del hotel.

La mesa.

Las linternas.

Las jarras.

Puertas seleccionadas.

Habitaciones vacías que habían dejado de existir funcionalmente.

Ciento veinte habitaciones reducidas a siete.

Delacroix contó.

Ocho personas.

Él incluido.

No quiso pensar en cuántas bajarían.

Mireille y Thérèse entraron juntas.

Côme.

Octave.

André.

Rémi.

Hélène permaneció fuera.

Naturalmente.

—¿Qué? —preguntó Delacroix.

Ella apoyó una mano contra la puerta.

—Has mentido todo el día.

—No más que tú.

—Yo escribo ficción profesionalmente.

—Eso te da ventaja.

—Te está gustando.

Delacroix pensó.

—No.

—Un poco.

—Me gusta que el asesino sepa menos.

Hélène lo observó.

—Eso sí.

—¿Qué?

—Eso te gusta.

—Mucho.

Ella sonrió.

Después perdió la sonrisa.

—Ten cuidado.

—¿Con qué?

—Con pensar que ocultar información equivale a controlarla.

Delacroix sostuvo su mirada.

—No lo pienso.

—Bien.

—¿Algo más?

Hélène dudó.

Delacroix vio la duda.

No preguntó.

Ella también lo vio.

—Has aprendido —dijo.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Armand.

Entró.

Delacroix hizo lo mismo.

Cerró la puerta.

No abrió inmediatamente la libreta.

No necesitaba.

Conocía la frase de Octave de memoria.

No estoy seguro de que fuera la única lesión.

Una pregunta habría bastado.

¿Qué otra lesión?

La pregunta lógica.

La pregunta evidente.

La pregunta que, formulada delante de todos, habría señalado al médico con una precisión mortal.

Delacroix dejó la chaqueta sobre la silla.

No iba a hacerla.

Todavía.

El asesino llevaba dos días reaccionando a las personas que se acercaban demasiado a la verdad.

Ahora tendría que adivinar quién se acercaba.

Era una diferencia mínima.

Pero en un hotel donde cinco segundos podían convertirse en una amenaza y tres minutos bastaban para matar a un hombre, las diferencias mínimas empezaban a ser todo lo que tenían.

Delacroix apagó la lámpara.

En la oscuridad pensó en Édouard.

Amaury.

Géraud.

Tres muertos.

Tres personas que habían sabido algo.

Y comprendió por fin cuál era la pregunta más peligrosa de una investigación.

No era:

«¿Quién mató?»

Ni siquiera:

«¿Qué ocurrió?»

Era una pregunta mucho más simple.

Una que había hecho decenas de veces sin considerarla nunca un riesgo.

«¿Qué sabe usted?»

Porque, en el Grand Hôtel des Cimes, responderla podía ser suficiente para morir.