Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 14 — La pregunta peligrosa #2
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Capítulo 14 — La pregunta peligrosa #2

—Precisamente.

—Pero si alguien me dice algo...

—Escuchas.

—¿Y no pregunto?

—No si la pregunta puede demostrar qué parte te interesa.

Hélène dejó el periódico.

—Ésa es la parte importante.

Delacroix la miró.

—Sí.

—No es la respuesta peligrosa.

—No.

—Es la pregunta.

La frase quedó.

Delacroix asintió.

—Una persona puede no saber que posee algo importante hasta que otra le pregunta por ello. En el momento en que insistimos delante del grupo, convertimos ese recuerdo en señal.

Octave miró hacia el fuego.

Delacroix lo vio.

—Amaury —continuó— llevaba once años sin considerar suficientemente importante su conversación con Ariane como para hacer algo. Nosotros le preguntamos. Veyrac ya lo había hecho antes. De pronto todo el mundo supo que aquel recuerdo importaba.

Thérèse cerró los ojos.

—Y murió.

—Sí.

—Géraud habló de sabotaje delante de todos.

—Sí.

Hélène pensó.

—Entonces el asesino aprende de nosotros qué preguntas debería temer.

Delacroix la miró.

Era exactamente eso.

—Sí.

Côme se pasó una mano por el cabello.

—Eso significa que cualquiera de mis preguntas puede...

No terminó.

—No dramatices —dijo Delacroix.

—No estoy dramatizando.

—Todavía no sabes que ninguna de tus preguntas haya provocado nada.

—Pero puede.

—Puede.

Côme cerró los ojos.

Delacroix se acercó.

—Por eso ahora dejas de hacerlas.

El periodista asintió.

No parecía mejor.

Pero lo había entendido.

André, Rémi y Mireille regresaron desde la estación.

La escenógrafa entró hablando.

—Buenas noticias parciales.

Côme levantó la cabeza.

—¿Qué?

Rémi respondió:

—La cabina inferior parece estar donde debe.

El salón cambió.

—¿Señal? —preguntó Delacroix.

—Más estable.

—¿Podemos bajar?

—No todavía.

Mireille levantó una mano.

—Dejad que termine antes de matarlo.

Rémi la miró.

—Gracias.

—Está aprendiendo la palabra quizá.

El técnico suspiró.

—Si la visibilidad continúa mejorando y recibimos confirmación completa, podríamos probar una bajada parcial esta tarde.

—¿Con personas? —preguntó Thérèse.

—Primero no.

—Después.

—Quizá.

Mireille sonrió.

—¿Veis?

Por unos minutos, el nuevo sistema de Delacroix quedó olvidado bajo la posibilidad de salir.

Eso era bueno.

Quería que algunas cosas siguieran siendo normales.

O al menos comunes.

Después explicó las reglas a los tres que habían faltado.

Mireille lo escuchó con una atención mayor de la esperada.

—Entonces si encuentro una daga con sangre debajo de la cama no lo grito.

—Eso sería amenaza inmediata.

—Así que sí.

—Sí.

—Si recuerdo que Hélène me confesó un asesinato en 1919...

Hélène la miró.

—Mireille.

—Ejemplo.

—Elige otro.

—Amaury me habría entendido.

Delacroix levantó una mano.

—Si recuerdas algo antiguo, lo escribes. No interrogas a nadie para comprobarlo. No cambias tu comportamiento con esa persona.

Mireille pensó.

—Eso último es imposible.

—Inténtalo.

—Soy actriz mediocre.

—Eres escenógrafa.

—Exactamente.

Hélène sonrió.

La normalidad regresó brevemente.

Después Delacroix repartió las hojas.

No les pidió que escribieran nada en ese momento.

Eso también formaba parte del sistema.

Si todos empezaban inmediatamente, quien observara podía descubrir quién tenía demasiado que decir.

—Durante el día habrá momentos separados —dijo—. Cada persona podrá entregar una nota sin que nadie sepa si está vacía.

Côme lo miró.

—¿Vacía?

—Sí.

—Eso es ridículo.

Hélène negó.

—No. Es necesario.

El periodista entendió.

—Si todos entregamos algo...

—Nadie sabe quién ha entregado información —dijo ella.

Delacroix asintió.

—Exactamente.

Mireille miró la hoja.

—Esto empieza a parecer un juego de Édouard.

La frase cayó mal.

Nadie respondió.

Delacroix sintió lo mismo.

Sobres.

Instrucciones privadas.

Información fragmentada.

Personas obedeciendo reglas que otros no comprendían.

Había pasado dos días intentando escapar de la estructura de Veyrac y acababa de construir otra.

—Con una diferencia —dijo.

Mireille levantó la vista.

—¿Cuál?

—Esta vez sabemos que alguien puede morir si jugamos mal.

Nadie añadió nada.

A las once, Delacroix inició las primeras conversaciones rutinarias.

Cinco minutos con cada uno.

Nada más.

Comenzó por Côme.

Le preguntó cómo dormía.

Qué había escrito.

Qué recordaba del tren.

Nada esencial.

Después Thérèse.

Mireille.

Rémi.

André.

Hélène.

Octave fue el último.

Para cuando llegó su turno, nadie podía saber si el médico había pedido hablar antes.

Eso era exactamente lo que Delacroix quería.

Se sentaron en la biblioteca.

Puerta abierta.

Côme visible en el salón.

—Ahora —dijo Delacroix.

Octave lo miró.

—¿Seguro?

—Sí.

—No me gusta esto.

—A mí tampoco.

El médico se quitó las gafas.

—He estado pensando en Ariane.

Delacroix no reaccionó.

—Eso hace todo el mundo.

—No así.

—Sigue.

Octave miró hacia la puerta.

Delacroix levantó una mano.

—No mires.

El médico volvió hacia él.

—¿Qué?

—Si miras hacia la puerta antes de contar algo, cualquiera que te vea sabrá que es importante.

Octave cerró los ojos.

—Esto es absurdo.

—Sí.

—Bien.

Se apoyó contra el respaldo.

—Recuerdo la herida.

Delacroix sintió inmediatamente interés.

No lo mostró.

—Ya hablamos de ella.

—No lo suficiente.

—¿Qué pasa?

Octave dudó.

Delacroix vio la duda.

Y entendió.

Aquella era la pregunta peligrosa.

Podía insistir.

¿No encajaba con la caída?

¿Viste otra lesión?

¿Alguien la había golpeado?

Si preguntaba lo correcto y Octave respondía, cambiaría.

Su rostro.

Su comportamiento.

Su necesidad de continuar hablando.

Y alguien podía verlo salir de la biblioteca convertido en una persona que sabía demasiado.

Delacroix levantó una mano.

—No.

Octave frunció el ceño.

—¿No qué?

—No me lo digas.

—Armand.

—Escríbelo.

El médico lo miró.

—¿Ahora?

—No.

—Entonces ¿cuándo?

—Esta tarde, cuando todos escriban.

Octave se inclinó.

—Pero quiero explicarte...

—Precisamente.

—No puedes investigar negándote a escuchar.

—Puedo esperar cuatro horas.

—Puede ser importante.

—Si es algo de 1919, ha esperado once años.

Octave apretó la mandíbula.

—Eso es una forma muy desagradable de decirlo.

—Lo sé.

—Y si se relaciona con...

Delacroix levantó una mano otra vez.

—No termines.

El médico se quedó callado.

Comprendió por fin.

—Crees que podrían matarme.

Delacroix no respondió.

Octave respiró.

—Eso es lo que piensas.

—Creo que si sales de aquí con una conversación de veinte minutos y la cara que acabas de poner, alguien podría preguntarse qué me contaste.

El médico miró sus manos.

—Entonces hablamos de cualquier otra cosa.

—Exactamente.

Octave se quedó unos segundos en silencio.

Después:

—Tienes una pequeña contractura cervical.

Delacroix lo miró.

—¿Perdón?

—Lado derecho.

—No.

—Sí.

—No empieces.

—Te mueves menos cuando giras hacia la izquierda.

—Eso no tiene sentido anatómico.

Octave sonrió.

—Por eso soy médico.

Delacroix entendió.

Cambiar conversación.

Ruido.

Normalidad.

—¿Qué hago?

—Calor.

—Tenemos bastante.

—No en el cuello.

—Estoy encerrado en un hotel. No voy a iniciar rehabilitación.

—También necesitas dormir más.

—Ya dormí.

—Una noche.

—Es un progreso.

—Y menos café.

—Eso sí es imposible.

Octave sonrió.

Cuando salieron de la biblioteca, Côme levantó la vista.

—¿Qué tienes?

Delacroix respondió:

—Contractura cervical.

Octave asintió.

—Moderada.

Côme pareció decepcionado.

Perfecto.

Delacroix continuó con el sistema.

A mediodía cada persona depositó un papel doblado dentro de una caja de madera colocada en el salón.

Todos.

Incluso él.

La mayoría podían estar vacíos.

Solo Delacroix sabría después.

Pero no abriría la caja delante de nadie.

La llevaría consigo.

Hélène dejó su papel.

Lo hizo sin expresión.

Mireille dibujó algo antes de doblar el suyo.

Côme escribió más de lo necesario.

Naturalmente.

Octave dejó una hoja que parecía completamente en blanco por fuera.

Delacroix sintió el peso de saber que dentro podía estar la memoria que lo convirtiera en objetivo.

Y entendió otro problema.

Él mismo era ahora el objetivo más obvio.

Quien tuviera la caja tendría información.

—No te la quedes —dijo Hélène.

Delacroix la miró.

—¿Qué?

Ella señaló la caja.

—Demasiado evidente.

—Pensaba llevarla conmigo.

—Precisamente.

—¿Qué propones?

Hélène pensó.

—Que todos crean que la información está ahí, pero no lo esté.

Delacroix la observó.

—Continúa.

—Abres los papeles solo. Destruyes los que no necesites. Lo importante lo copias de forma que no pueda asociarse con quien lo escribió.

Mireille levantó la cabeza.

—Y después.

Hélène miró la caja.

—La dejamos aquí vacía.

Côme frunció el ceño.

—Entonces si alguien la roba...

—No obtiene nada.

Delacroix sintió una pequeña admiración.

Otra vez.

—Eso es bueno.

Hélène sonrió.

—Lo sé.

—La modestia mejora mucho tu carácter.

—No quiero mejorarlo.

Mireille observó a ambos.

—Sois insoportables.

—Gracias —dijeron casi a la vez.

Esta vez hubo una risa.

Incluso Thérèse.

Duró lo suficiente.

A las dos, Delacroix se encerró cinco minutos en una pequeña oficina junto a recepción, con André sentado al otro lado de la puerta como testigo de que nadie entraba.

Abrió los papeles.

El de Côme estaba vacío salvo por una frase:

No sé nada nuevo y odio este sistema.

Delacroix sonrió.

El de Mireille:

Falta todavía una segunda llave falsa de la utilería. No sé desde cuándo. No quiero decirlo delante de nadie porque ya parezco culpable de suficiente.

Importante.

El de Thérèse:

Ariane me dijo en 1919: “Si Hélène hace lo que creo que va a hacer, mañana sabrás todo.” No recuerdo qué significaba “hacer”.

Más importante.

El de Rémi:

Géraud me preguntó ayer si Hélène había visto funcionar el cuadro de campanas durante su segunda visita. Respondí que sí.

Delacroix se quedó quieto.

No concluyó nada.

Siguió.

André:

Madame Darcourt preguntó durante su visita de enero qué puertas podían abrirse con llave maestra. Lo consideré investigación para una novela. También preguntó Mireille en diciembre, pero por necesidades del juego.

Otra vez.

Côme había tenido razón sin querer: el sistema no eliminaba el peligro. Solo cambiaba su forma.

Hélène: