Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 14 — La pregunta peligrosa
49%

Capítulo 14 — La pregunta peligrosa

Armand Delacroix despertó a las ocho y doce después de haber dormido casi seis horas seguidas.

La experiencia lo puso de mal humor.

No porque hubiera descansado mal.

Precisamente lo contrario.

Durante varios segundos permaneció tumbado mirando el techo de la habitación 214 con la desagradable sensación de haber cometido una irresponsabilidad.

Mientras él dormía, el Grand Hôtel des Cimes había seguido existiendo.

Sus corredores, las habitaciones cerradas, la estación, las escaleras, el ala este, los cuerpos.

Y el asesino.

Se incorporó.

Nada había cambiado dentro de la habitación.

Eso era bueno.

Tampoco significaba nada.

Se vistió, guardó la libreta de Géraud dentro del bolsillo interior de la chaqueta junto con la carta de Veyrac y los documentos de Amaury y abrió la puerta.

La mesa del corredor seguía allí.

Agua.

Velas.

Linterna.

Campanilla.

La nota de Mireille había desaparecido.

Delacroix miró las puertas.

Hélène.

Más allá, la habitación compartida de Mireille y Thérèse.

Côme.

Octave.

André.

Rémi.

No oyó nada.

Contó mentalmente.

Una costumbre nueva.

No le gustó.

Llamó primero a Octave.

Dos golpes.

El médico abrió casi inmediatamente.

Ya estaba vestido.

—Has dormido.

Delacroix lo miró.

—Buenos días para ti también.

Octave levantó una ceja.

—Se nota.

—¿Qué?

—No tienes la cara de alguien que está intentando recordar si una sombra era una persona.

Delacroix ajustó el puño de la camisa.

—Dormí.

—¿Cuánto?

—No vuelvas esto íntimo.

Octave sonrió.

—Seis horas.

Delacroix lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Cuando fui al lavabo a las dos y media, tu puerta no hizo ningún ruido. A las siete seguía igual.

—¿Fuiste solo?

La sonrisa desapareció.

—Desperté a Côme.

—Bien.

—Me insultó.

—Mejor.

Octave apoyó una mano en el marco.

—Armand.

—¿Sí?

—Necesito hablar contigo.

Delacroix sintió el cambio inmediatamente.

No por las palabras.

Todos necesitaban hablar con él desde hacía dos días.

Por el tono.

—¿Ahora?

—Sí.

Delacroix miró el corredor.

—No aquí.

Octave asintió.

—Desayunamos primero.

La decepción apareció en el rostro del médico.

Pequeña.

—Es importante.

—Precisamente.

Octave frunció el ceño.

Delacroix ya caminaba hacia la habitación de Côme.

—¿Qué significa eso?

—Que no quiero que nadie vea que tienes algo urgente que contarme.

Octave se quedó quieto.

La comprensión llegó lentamente.

—Géraud.

Delacroix no respondió.

El médico miró las puertas.

—Entiendo.

—No del todo.

—Entonces explícame.

—Después.

Despertaron al resto.

Todos estaban vivos.

Mireille lo anunció en voz alta cuando llegaron al salón.

—Ocho.

Delacroix la miró.

Ella se encogió de hombros.

—Lo íbamos a hacer todos.

Tenía razón.

André había encendido el fuego y preparado desayuno. Rémi ya había estado en la estación, acompañado por el director. La visibilidad exterior era mejor que el día anterior. Podían distinguir buena parte de la vía descendiendo por la ladera antes de perderse en una curva.

Côme se acercó al cristal.

—Eso sí parece una salida.

Rémi dejó una cesta de pan sobre la mesa.

—Parece.

—¿Alguna señal abajo?

—Una respuesta breve a las siete y cuarenta.

Todos levantaron la vista.

—¿Completa? —preguntó Thérèse.

—No.

El pequeño alivio colectivo se retiró.

Mireille se sirvió café.

—Empiezo a odiar la estación inferior sin haberla conocido.

—No tiene culpa —dijo Rémi.

—Eso la hace aún más irritante.

Delacroix observó al grupo mientras desayunaban.

Hélène leía un periódico viejo del hotel que ya debía conocer de memoria.

Mireille comía más que el día anterior.

Bien.

Thérèse cortaba pan.

Côme bebía café mientras miraba alternativamente a Delacroix y a Octave.

Eso no era bueno.

Ya había percibido algo.

Octave también lo notó.

Bajó la vista hacia su taza.

Delacroix comprendió lo difícil que sería.

No bastaba con dejar de compartir respuestas.

Había que ocultar las preguntas.

Un hombre salía de su habitación y decía necesito hablar contigo.

Otro lo veía.

Una hora después el primero moría.

La información podía transmitirse sin palabras.

Quién estaba preocupado.

Quién había encontrado un papel.

Quién pedía una conversación privada.

Quién cambiaba de humor después de revisar un cuadro eléctrico.

El asesino no necesitaba oír.

Solo mirar.

Delacroix tomó una cucharada de café.

Estaba mejor.

—Octave —dijo en voz alta.

El médico levantó la vista.

—¿Sí?

—Después quiero que revises a Mireille. Ayer casi no comió.

Mireille abrió los ojos.

—¿Qué?

Octave tardó apenas un instante.

—Sí.

Comprendió.

Côme miró a Mireille.

La atención había cambiado de lugar.

Delacroix siguió:

—Y a Côme.

El periodista se atragantó casi con el café.

—¿Por qué yo?

—Porque tienes la mano temblando.

Côme miró la mano.

Dejó la taza.

—No tiembla.

—Ahora menos.

Mireille sonrió.

—Hipocondría inducida. Bonito.

Octave recuperó naturalidad.

—Revisaré a todos.

—No necesito revisión —dijo Hélène.

—Eso suele decir la gente que la necesita.

—Parece una doctrina autoritaria.

—La medicina lo es cuando tiene sueño.

La conversación se desplazó.

Delacroix dejó que ocurriera.

Hélène lo miró por encima del periódico.

Había entendido también.

Naturalmente.

Eso empezaba a ser irritante.

Después del desayuno, Rémi y André fueron a la estación. Esta vez Mireille se ofreció a acompañarlos.

Delacroix la miró.

—¿Por qué?

—Porque llevo dos días sentada y empiezo a olvidar que tengo piernas.

—No toques nada.

—Quiero ver la cabina.

—No toques nada.

—Sí, papá.

Delacroix la miró.

Mireille cerró los ojos.

—Eso ha sido horrible.

Thérèse soltó una pequeña risa.

—Ve.

Marcharon los tres.

Côme pidió revisar la biblioteca con Hélène para comprobar si algún documento de La última página podía haber quedado allí.

Delacroix negó.

—Hoy no.

El periodista frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque vamos a hacer otra cosa.

Todos lo miraron.

Delacroix se acercó a la mesa grande.

Había pensado durante la noche.

No lo suficiente.

Pero lo necesario.

—Hasta ahora hemos cometido un error.

Hélène dobló el periódico.

—Solo uno.

—El principal.

Mireille no estaba.

Eso era deliberado.

Quería explicar el sistema cuando no estuvieran todos presentes.

Después se lo explicaría a Mireille por separado.

Côme abrió la libreta.

Delacroix lo vio.

—No escribas todavía.

El periodista la cerró.

—Hemos tratado la información como protección —continuó Delacroix—. Cuanto más supiéramos todos, más difícil sería para el asesino ocultar algo.

Thérèse asintió lentamente.

—Y Amaury.

—Sí.

—Géraud.

—Sí.

Octave estaba junto al fuego.

No dijo nada.

—Édouard murió con información que ya poseía antes de que llegáramos.

Amaury murió después de que descubriéramos públicamente que había asesorado a Ariane, que había hablado con Veyrac y que sabía más de lo que había contado.

Géraud murió después de que resultara evidente que estaba investigando el sabotaje y había hablado conmigo aparte.

Côme frunció el ceño.

—Pero no dijimos qué había descubierto.

—No hizo falta.

Hélène apoyó el periódico sobre sus piernas.

—El hecho de que hubiera descubierto algo bastó.

Delacroix la miró.

—Exacto.

—Eso no prueba que muriera por ello.

—No.

—Pero es suficiente para dejar de regalar ese dato.

—Sí.

Thérèse cruzó las manos.

—¿Qué propones?

Delacroix miró a cada uno.

—Dejar de investigar juntos.

La frase produjo rechazo inmediato.

Côme fue el primero.

—Eso es peor.

—No necesariamente.

—Estamos encerrados con un asesino y quieres que empecemos a ocultarnos cosas.

—Ya nos ocultamos cosas.

—Pero...

—La diferencia es que hasta ahora lo hacíais mal.

Hélène sonrió apenas.

—Continúa.

Delacroix señaló la mesa.

—A partir de hoy no se discute ningún descubrimiento nuevo delante del grupo completo. Si alguien recuerda algo, encuentra algo o llega a una conclusión, no lo anuncia.

Thérèse lo miró.

—¿Te lo cuenta a ti?

—No siempre.

Eso sorprendió incluso a Hélène.

—¿Entonces?

—Depende.

Delacroix sacó varias hojas pequeñas del cajón.

—Cada persona tendrá una hoja. Si descubre algo que considera importante, lo escribe. No pone necesariamente la explicación completa si teme que alguien pueda verlo. Puede utilizar una palabra, referencia o código que solo él entienda.

Côme frunció el ceño.

—Eso no sirve si lo matan.

La frase cayó.

Delacroix asintió.

—Por eso habrá dos copias.

—¿De qué?

—De la indicación.

Hélène entendió.

—Una contigo y otra con alguien distinto.

—Sí.

—¿Quién?

—Cambiará.

Thérèse lo miró.

—Eso suena complicado.

—Tiene que serlo.

Octave habló:

—¿Y si la persona elegida es el asesino?

—No conoce el significado completo.

—Puede saber que existe.

—Sí.

—Sigue siendo peligroso.

Delacroix sostuvo la mirada.

—Todo es peligroso.

El médico no respondió.

—No quiero centralizar todo en mí —continuó Delacroix—. Si el asesino cree que basta con matarme para borrar la investigación, habremos cometido otro error.

Côme tragó saliva.

—Eso ha sido reconfortante.

—No era el objetivo.

Hélène se inclinó.

—¿Y las conversaciones?

—También cambian.

—¿Cómo?

—Nadie pide hablar conmigo de manera urgente delante de otro. Nadie desaparece conmigo diez minutos después de encontrar algo. Habrá conversaciones rutinarias con todos, todos los días, aunque no haya nada que decir.

Hélène sonrió.

—Ruido.

Delacroix la miró.

—Sí.

—Quieres que el asesino no pueda saber qué encuentro es importante porque habrá encuentros privados constantemente.

—Exactamente.

Côme abrió la libreta por reflejo.

Delacroix lo miró.

La cerró.

—Eso es bueno —dijo el periodista.

—Espero.

Thérèse no parecía convencida.

—¿Y si alguien necesita ayuda inmediata?

—Entonces la pide.

—¿Qué cuenta como inmediata?

Mireille habría odiado la pregunta.

Delacroix pensó.

—Una amenaza física. Un objeto que pueda desaparecer en minutos. Algo que implique que otra persona corre peligro.

—¿Un recuerdo?

—No.

—¿Una carta?

—Depende.

—Eso no es una regla.

—No existe una regla perfecta.

Hélène levantó una ceja.

—Amaury odiaría esta conversación.

Delacroix la miró.

—Sí.

Nadie sonrió.

Después él continuó:

—Otra cosa. No quiero que nadie empiece a hacer preguntas investigativas a los demás por su cuenta.

Côme pareció personalmente atacado.

—Soy periodista.