Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 13 — La nieve sobre Géraud Vannier #4
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Capítulo 13 — La nieve sobre Géraud Vannier #4

Côme miró hacia la manta.

—¿Cómo murió?

Octave respondió:

—Golpe en la cabeza. No exposición.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Antes de caer en la nieve?

—Probablemente.

—Entonces lo mataron.

Octave miró a Delacroix.

—Sí.

Tres asesinatos.

La frase no necesitó pronunciarse.

Todos la contaron.

Veyrac.

Amaury.

Géraud.

Mireille se abrazó.

—Está acelerando.

Delacroix negó.

—No sabemos eso.

—Dos muertos desde Édouard en poco más de un día.

—No hay ritmo.

—Lo hay.

—No.

Ella lo miró.

—¿Por qué te empeñas tanto en decirlo?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Porque si empiezas a creer que existe una frecuencia, vas a esperar una muerte cada cierto número de horas. Y entonces cualquier retraso se convertirá en terror.

Mireille guardó silencio.

—No le regaléis patrones que no sabemos si existen.

Hélène lo miró.

—Pero sí existe uno.

Delacroix se volvió.

—¿Cuál?

—Cada persona muere después de acercarse a algo.

El salón quedó quieto.

Delacroix sintió irritación porque era cierto.

—Édouard sabía algo antes de empezar —continuó Hélène—. Amaury tenía una página. Géraud descubrió algo técnico.

—Eso no significa que el asesino tenga una lista.

—No he dicho lista.

—Bien.

—Significa que reacciona.

Delacroix la observó.

Era exactamente su conclusión junto al cuerpo de Amaury.

Hélène había llegado sola.

—Sí —dijo.

—Entonces Mireille tiene razón en tener miedo.

—Todos tenemos derecho.

Mireille levantó la cabeza.

Delacroix se corrigió:

—Motivo.

—Gracias.

—No era consuelo.

—Lo sé.

Trasladaron a Géraud a la cámara fría.

Tres cuerpos.

André necesitó colocar una segunda mesa.

No había suficiente espacio cómodo.

La palabra cómodo resultó obscena allí.

Veyrac.

Amaury.

Géraud.

Los cuerpos estaban cubiertos.

Delacroix permaneció unos segundos frente a la puerta antes de cerrarla.

Octave estaba junto a él.

—Esto no puede seguir.

Delacroix miró al médico.

—Excelente diagnóstico.

Octave no reaccionó.

—No era humor.

—Lo sé.

—Me refiero a que físicamente no podemos funcionar así mucho más. Nadie duerme. Mireille casi no come. Côme tiembla. Thérèse tiene dolor de cabeza. Rémi lleva dos noches trabajando. André está intentando mantener un hotel de ciento veinte habitaciones como si aún tuviera personal completo.

—¿Qué propones?

—Reducir todavía más.

Delacroix miró la puerta de la cámara.

—¿El hotel?

—La vida.

La frase llamó su atención.

—Comemos juntos. Dormimos cerca. Utilizamos tres habitaciones comunes. Nadie trabaja de madrugada. Nadie bebe alcohol suficiente para disminuir reflejos. Y tú duermes.

Delacroix levantó una ceja.

—Ese último punto parece personal.

—Lo es.

—Estoy bien.

—Llevas tres días diciendo eso.

—Dos.

—Ves.

Delacroix casi sonrió.

—Después.

—No.

El médico lo miró.

—No eres útil si empiezas a ver patrones que no existen porque llevas cincuenta horas despierto.

—¿Cómo sabes que no los veo ya?

—No lo sé. Por eso me preocupa.

Delacroix asintió.

—Esta noche duermo.

—¿Promesa?

—No exageremos.

Octave suspiró.

Volvieron.

A las cuatro de la tarde, el cielo volvió a cerrarse.

La pequeña esperanza del funicular desapareció con la misma rapidez con que había surgido. La estación inferior no envió nuevas señales. El viento aumentó en la vertiente y Rémi prohibió otra prueba.

Nadie discutió.

Habían perdido a la persona que solía discutir sobre sistemas con él.

El silencio de la estación parecía contener a Géraud de una forma absurda.

Delacroix pasó parte de la tarde revisando su libreta técnica.

No delante de los demás.

En la biblioteca, acompañado por Octave, que leía una revista médica a varios metros.

La frase final:

No fue Rémi.

Es alguien que...

Nada después.

Delacroix examinó la hoja.

No parecía arrancada.

Géraud simplemente dejó de escribir.

¿Por qué?

Pudo ser interrumpido.

Pudo recibir la nota.

Pudo pensar continuar después de regresar del observatorio.

«Es alguien que...»

¿Qué iba a poner?

Vio el sistema.

Preguntó antes.

Conocía las zonas.

No entiende la técnica.

Recibió instrucciones.

Algo.

Delacroix cerró el cuaderno.

No necesitaba adivinar la palabra.

Necesitaba llegar a ella por otro camino.

Octave levantó la vista.

—¿Terminaste?

—No.

—Entonces has terminado por hoy.

—Empiezas a abusar de la autoridad médica.

—No tengo otra.

Delacroix guardó la libreta.

Al ponerse de pie vio a Hélène en la puerta.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Esa palabra otra vez.

—Venía a buscar un libro.

—¿Cuál?

Ella señaló una estantería.

—No había decidido.

—Eso no es buscar.

—Empiezo a entender cómo debe ser hablar contigo.

La frase era casi exacta a la de Géraud junto al reloj del salón el primer día.

Delacroix sintió algo.

Hélène lo vio.

—¿Qué?

—Nada.

Ella entendió un segundo después.

—Lo decía Géraud.

Delacroix asintió.

—Sí.

Hélène bajó la mirada.

—Lo siento.

—No.

—No iba a...

—Lo sé.

Se quedaron en silencio.

Octave fingió leer.

Hélène se acercó.

—¿Géraud escribió algo antes de morir?

Delacroix la miró.

—Sí.

Ella exhaló.

—No me lo dirás.

—No.

—¿Me señala?

—No voy a responder.

—Eso significa que puede.

—Eso significa exactamente lo que he dicho.

Hélène observó su rostro.

—Estás aprendiendo muy rápido de Amaury.

—Y tú sigues intentando corregir interpretaciones.

La frase salió.

Hélène se quedó quieta.

Delacroix también.

Era la primera vez que se lo decía directamente.

No como acusación.

Pero cerca.

—¿Eso te molesta? —preguntó ella.

Delacroix pensó.

—Me interesa.

—Es mi profesión.

—No estás escribiendo una novela.

—Todo el mundo corrige interpretaciones cuando cree que son erróneas.

—Tú lo haces antes de que estén completas.

Hélène lo miró durante varios segundos.

—Eso ha sido bueno.

—No era un concurso.

—Para ti nunca.

—Para ti sí.

Ella sonrió.

—Quizá.

Se volvió hacia las estanterías.

Delacroix la dejó ir.

Todavía no.

Demasiado pronto.

Y, sobre todo, demasiado atractivo.

Después de tres muertos, la mente quería culpables con una desesperación que podía disfrazarse de lógica.

No se lo permitiría.

La cena fue silenciosa.

Nadie quiso volver al comedor.

Delacroix no insistió.

Comieron sopa y queso alrededor del fuego.

Côme no abrió su libreta.

Mireille tampoco intentó leer.

Thérèse habló de Géraud.

No del muerto.

Del hombre.

—Una vez desmontó el reloj de mi galería durante una cena.

Rémi levantó la vista.

—¿Por qué?

—Decía que atrasaba.

Delacroix sintió una punzada.

—Atrasaba —dijo.

Thérèse lo miró.

—Dos minutos.

—Para Géraud eran suficientes.

Mireille sonrió.

—¿Lo volvió a montar?

—Sí.

—¿Funcionó?

—Adelantó cinco.

Côme rió.

Rémi también.

Incluso Octave.

El sonido fue extraño.

Pero bueno.

Thérèse continuó:

—Durante tres meses insistió en que eso era una mejora.

Delacroix sonrió.

—Lo era. Llegabas antes.

—Eso decía.

Durante unos minutos Géraud volvió a estar allí de una manera distinta.

No como cadáver.

No como pista.

Eso importó.

Delacroix dejó que hablaran.

Después Mireille contó la vez que Géraud intentó explicar el mecanismo de una trampa teatral y terminó rompiéndola.

Rémi dijo que era porque los ingenieros no sabían dejar nada intacto.

Côme contó una conversación del tren.

Octave recordó que Géraud se negaba a tomar medicamentos si no entendía exactamente el mecanismo de acción.

—Un paciente insoportable —dijo.

—Tu preferido —respondió Thérèse.

Octave bajó la mirada.

—Sí.

No hubo más humor.

No hacía falta.

A las diez subieron.

La reducción del grupo era visible incluso en el corredor.

Una puerta menos ocupada.

La 220 permanecía cerrada.

Nadie quiso pasar por delante de ella demasiado despacio.

Mireille siguió durmiendo con Thérèse.

Rémi tomó la habitación comunicada que Géraud había utilizado como apoyo y cerró la puerta entre ambas.

Côme pidió cambiar a una habitación más próxima a Octave.

Se hizo.

Delacroix no discutió.

Antes de entrar en la suya, contó.

Él.

Hélène.

Mireille con Thérèse.

Côme.

Octave.

André.

Rémi.

Ocho.

La aritmética empezaba a ser brutal.

Hélène permanecía frente a la 211.

—Cada vez somos menos.

Delacroix la miró.

Había pensado exactamente lo mismo.

—Sí.

—Y el hotel sigue teniendo ciento veinte habitaciones.

—Ciento veinte habitaciones no matan.

—No.

Hélène miró el corredor.

—Pero ayudan a esconder a quien sí.

Delacroix apoyó la mano sobre el picaporte.

—Buenas noches.

—Armand.

—¿Qué?

—Géraud no murió porque fuera solo.

Delacroix la observó.

—¿Entonces?

—Murió porque alguien sabía qué frase conseguiría que olvidara que no debía estarlo.

La idea le desagradó porque también era cierta.

—Sí.

—Eso significa que las parejas tampoco bastan.

—No.

—¿Qué hacemos?

Delacroix miró las puertas cerradas.

Pensó en Amaury.

Página.

Géraud.

Avería.

Édouard.

Juego.

Cada víctima había acudido hacia su propia curiosidad.

El asesino no rompía las reglas.

Conseguía que ellos las rompieran.

—Aprender qué cosas no podemos resistir —dijo.

Hélène lo miró.

—Eso suena mucho más difícil.

—Lo es.

Ella entró.

Delacroix cerró su puerta.

Se quitó la chaqueta.

La libreta de Géraud quedó sobre la mesa.

No fue a la ventana.

No miró el ala este.

No abrió papeles.

Se acostó.

Octave tenía razón.

Necesitaba dormir.

Apagó.

En la oscuridad escuchó el hotel.

Madera.

Viento.

Una tubería.

Nada más.

Cerró los ojos.

Pensó en la frase inconclusa.

No fue Rémi.

Es alguien que...

Después pensó en Géraud bajo la nieve.

En Amaury al pie de la escalera.

En Édouard sentado detrás del escritorio.

Tres personas.

Tres razones distintas para acudir donde alguien las esperaba.

Y comprendió que el asesino había encontrado algo más eficaz que perseguir víctimas por un hotel vacío.

Conseguir que las víctimas fueran por voluntad propia.

Delacroix abrió los ojos.

La habitación seguía negra.

Por primera vez, el pensamiento que lo mantuvo despierto no fue quién de los siete podía ser el asesino.

Fue cuál de ellos acababa de descubrir algo sin contárselo.

Porque, si la respuesta era alguno, quizá el asesino ya lo supiera también.