Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 13 — La nieve sobre Géraud Vannier #3
47%

Capítulo 13 — La nieve sobre Géraud Vannier #3

La nieve la cubría casi por completo.

Bajaron con cuidado.

Tres escalones.

Cinco.

Siete.

Entonces Delacroix vio el abrigo.

Oscuro sobre blanco.

—Ahí.

Géraud estaba tendido junto a la base de un instrumento meteorológico, medio cubierto por nieve reciente.

Delacroix avanzó.

—Géraud.

Nada.

Se agachó.

El ingeniero estaba boca arriba, una mano abierta junto al cuerpo y otra bajo el abrigo.

Tenía nieve sobre la barba.

La piel del rostro estaba pálida.

Delacroix buscó pulso.

Nada.

—Rémi.

El técnico se arrodilló.

—Dios.

—Octave.

—No podemos dejarlo.

—Côme puede ir.

Rémi gritó hacia arriba.

El periodista apareció en la puerta.

—¿Qué?

—¡Octave! ¡Ahora!

Côme vio algo en sus caras.

No preguntó.

Desapareció.

Delacroix examinó el cuerpo sin moverlo.

No había sangre visible.

—¿Caída?

Rémi miró alrededor.

—Puede.

La plataforma inferior tenía hielo bajo la nieve.

Un resbalón.

Golpe.

Frío.

Todo era posible.

Demasiado.

Octave llegó varios minutos después acompañado por Hélène y Mireille, que se quedaron arriba.

El médico bajó asegurado con otra cuerda.

Se arrodilló.

Tocó cuello.

Ojos.

Mandíbula.

—Muerto.

Delacroix cerró los ojos.

La palabra volvía a perder sentido por repetición.

Veyrac.

Amaury.

Géraud.

Tres.

En menos de dos días.

Octave empezó a examinar.

—Está frío.

—¿Exposición?

El médico negó.

—No lo sé todavía.

—¿Puede haber muerto congelado?

—No tan rápido si salió hace...

Miró a Côme arriba.

—¿Cuánto?

—Quince minutos. Veinte como máximo desde que lo dejé.

Octave negó.

—No.

Delacroix sintió una certeza desagradable.

—Entonces.

El médico palpó cuidadosamente el cráneo.

Se detuvo.

—Aquí.

Delacroix se acercó.

Detrás de la cabeza, bajo el cabello, había una zona oscura.

—Golpe.

—Sí.

—¿Caída?

Octave miró la posición.

Después el instrumento cercano.

—Podría golpearse con esa base.

Delacroix lo examinó.

Metal.

Nieve.

No había sangre evidente.

—Pero.

Octave levantó la vista.

—La herida está alta.

—¿Qué significa?

—Si resbala hacia atrás aquí, esperaría impacto más bajo en occipital. Esto está más hacia el parietal.

—¿Objeto?

—Posible.

Rémi miró alrededor.

—Hay piezas metálicas por todas partes.

Delacroix sintió la frustración.

Otra vez un lugar construido para proporcionar explicación accidental.

Escalera para Amaury.

Nieve y hielo para Géraud.

—¿Qué hacía aquí? —preguntó.

Côme respondió desde arriba:

—Dijo que quería medir viento.

Rémi giró.

—No hacía falta bajar a esta plataforma para eso.

Delacroix levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Los instrumentos principales se leen desde arriba.

—¿Géraud lo sabía?

—Sí.

—Entonces no vino por el viento.

Silencio.

Delacroix miró el cuerpo.

La mano derecha estaba bajo el abrigo.

—Octave.

El médico levantó lentamente el brazo.

Debajo había un papel.

Blanco.

Mojado por nieve.

Doblado.

Delacroix lo recogió por una esquina con el guante.

La tinta se había corrido parcialmente.

Se leían unas pocas palabras:

«...lectura exterior...

...fallo en el anemómetro...

...solo dos minutos.»

No había firma.

Rémi frunció el ceño.

—El anemómetro funciona.

Delacroix miró hacia arriba.

La pequeña hélice giraba.

—¿Entonces lo llamaron?

—Parece.

Côme bajó un escalón.

—Yo no vi esa nota.

—¿Dónde la recibió?

Nadie sabía.

Delacroix volvió al cuerpo.

—Bolsillos.

Octave asintió.

Revisaron.

Pañuelo.

Lápiz.

Pequeña llave.

Una libreta.

Delacroix la tomó.

Técnica.

Números.

Esquemas.

Notas.

En la última página escrita había varias líneas.

Géraud había trabajado esa mañana.

Delacroix leyó:

«Señal: manipulación por conocimiento incompleto.

Auxiliar: mismo patrón.

R. habría elegido otro punto.

No fue Rémi.

Es alguien que...»

La frase terminaba ahí.

Delacroix sintió que el estómago se cerraba.

No por la información.

Ya la sabía.

Por el corte.

—¿Qué? —preguntó Octave.

Delacroix no respondió.

Hélène, desde arriba:

—Armand.

Él cerró la libreta.

—Nada.

La palabra salió con demasiada rapidez.

Hélène lo oyó.

Delacroix lo supo por su silencio.

Guardó la libreta.

Esta vez no compartiría.

No todavía.

—Lo trasladamos —dijo Octave.

Delacroix miró la nieve sobre Géraud.

—Primero quiero saber cómo llegó aquí.

Rémi señaló las huellas.

—Desde la terraza.

—¿Una sola serie?

El técnico observó.

El viento había borrado demasiado.

—No puedo saber.

—¿Otra salida?

—Desde esta plataforma hay una escalera de servicio que baja hacia una galería lateral.

Delacroix giró.

Naturalmente.

—¿Dónde?

Rémi señaló detrás de la caseta.

La encontraron parcialmente cubierta por nieve.

Descendía hacia una puerta secundaria del edificio.

—¿Cerrada?

Rémi probó desde fuera.

Abrió.

Delacroix sintió rabia.

—¿Debería?

—Sí.

—¿Con llave?

—Sí.

—¿Quién tiene?

Rémi lo miró.

La pregunta ya era vieja.

—Dirección. Mantenimiento.

—Y llaves maestras.

—Sí.

Delacroix miró el corredor interior detrás.

Alguien podía haber llegado hasta la plataforma sin cruzar el observatorio.

Esperar.

Llamar a Géraud con una nota.

Golpearlo.

Dejarlo sobre nieve.

Volver.

—¿Por qué bajar aquí? —preguntó Octave.

Delacroix miró la nota mojada.

—Porque Géraud habría venido si pensaba que había un fallo técnico.

Rémi cerró los ojos.

—Siempre venía.

—¿Qué?

—Si algo hacía un ruido raro, si una aguja marcaba distinto, si una máquina vibraba... no podías decirle «hay algo extraño» y esperar que siguiera sentado.

Delacroix recordó el tren.

Las máquinas también mienten cuando un hombre las obliga.

El asesino había aprendido la forma de llamar a cada persona.

Amaury con una página y el pasado.

Géraud con una avería.

No necesitaba obligarlos.

Solo darles una razón suficientemente personal para separarse.

—Lo conocía —dijo.

Octave lo miró.

—¿Quién?

—El asesino.

—Todos lo conocíamos.

—No. Conocía cómo reaccionaría.

Delacroix volvió a mirar a Géraud.

Había prometido no estudiar nada solo.

Y técnicamente quizá había cumplido.

Côme lo acompañó hasta el observatorio.

Después una nota le presentó un problema que parecía durar dos minutos.

No debió sentir que rompía una regla.

Solo que la suspendía.

Eso era lo más peligroso.

Las reglas morían no cuando uno decidía desobedecerlas, sino cuando encontraba una excepción que parecía razonable.

Trasladaron el cuerpo.

El camino hacia abajo fue lento.

Mireille no habló.

Thérèse los esperaba en el salón con André.

Cuando vio la manta sobre Géraud, se sentó antes de que nadie explicara nada.

Côme entró detrás.

Parecía enfermo.

—Yo lo dejé.

Delacroix se volvió.

—No.

—Me mandó bajar y yo...

—No.

—Si me hubiera quedado...

—El asesino habría esperado otra ocasión.

—No lo sabes.

—Tú tampoco.

Côme apretó los labios.

—Pero la regla decía...

—Géraud era un adulto.

—La regla...

Delacroix se acercó.

—Côme.

El periodista levantó la mirada.

—No le debes al asesino la cortesía de hacer por él la parte de culparte.

La frase pareció detener algo.

Côme respiró.

Asintió.

Mireille lo llevó hacia una silla.

Delacroix observó.

Él mismo no había aceptado del todo esa lógica con Amaury.

Hélène se acercó.

—¿Qué había en la libreta?

Delacroix no la miró.

—Notas técnicas.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces no necesitas más.

—Armand.

—No.

Hélène guardó silencio.

Delacroix sintió que varios los observaban.

Precisamente lo que no quería.

—Géraud había llegado a una conclusión sobre el sabotaje —dijo.

Hélène no cambió de expresión.

Mireille levantó la cabeza.

Rémi también.

—¿Cuál? —preguntó Côme.

—No voy a decirla.

Mireille se puso de pie.

—¿Por eso murió?

—Puede.

—Entonces necesitamos saber.

—No.

—Armand...

—Amaury murió después de que todos supiéramos qué clase de información poseía.

—Géraud no contó nada.

—El asesino pudo ver que hablé con él aparte.

Hélène lo observó.

Delacroix continuó:

—Ocultar contenido no basta. Desde ahora también tenemos que ocultar quién descubre.

Mireille soltó una risa desesperada.

—¿Cómo?

—No lo sé.

—Eso es imposible.

—No.

La palabra salió demasiado rápida.

Géraud la habría apreciado.

Difícil de separar.

No imposible.

Delacroix sintió la ausencia.

—¿Qué concluía? —preguntó Rémi.

Delacroix lo miró.

Aquí estaba el problema.

La nota decía precisamente que Rémi no era culpable.

Decirlo reduciría sospecha sobre el técnico.

También informaría al asesino de cuánto había escrito Géraud antes de morir.

—Nada definitivo.

Rémi frunció el ceño.

—Mientes.

El salón quedó quieto.

Delacroix lo sostuvo.

—Sí.

La franqueza desconcertó a todos.

—¿Entonces?

—No voy a decírtelo.

Rémi se puso de pie.

—Géraud murió con una nota técnica y tú...

—Precisamente.

El técnico apretó los puños.

—¿Me estaba acusando?

Delacroix no respondió.

Rémi soltó aire.

—Eso significa que sí.

—No significa nada.

—Para mí sí.

Mireille lo miró.

El miedo empezaba otra vez a producir conclusiones.

Delacroix tomó una decisión.

—Géraud no creía que el sabotaje fuera obra de alguien con conocimientos técnicos profundos.

Rémi se quedó quieto.

—Eso es todo.

—¿Me descartaba?

—No he dicho eso.

—Pero...

—Eso es todo.

Rémi cerró la boca.

Había entregado suficiente para impedir que el técnico se sintiera condenado, pero no la frase completa.

Hélène lo observaba.

—Alguien con conocimiento superficial —dijo.

Delacroix la miró.

—¿Por qué concluyes eso?

—Acabas de decirlo.

—Dije sin conocimientos profundos.

—Es lo mismo.

—No exactamente.

Hélène sonrió apenas.

—Amaury estaría orgulloso.

—No utilices a los muertos para ganar discusiones.

La sonrisa desapareció.

—Perdón.

Delacroix se arrepintió inmediatamente del tono.

No lo retiró.

Mireille habló:

—Yo no tengo conocimientos profundos.

Todos la miraron.

Ella soltó aire.

—Ahorrémonos otra tarde.

—Tampoco yo —dijo Hélène.

El silencio cayó.

Otra vez las dos.

Delacroix sintió frustración.

—André tampoco.

El director levantó la cabeza.

—No, monsieur.

—Côme tampoco.

—Definitivamente no.

—Octave tampoco.

El médico asintió.

—Puedo matar personas de formas mucho más reglamentarias.

Nadie rió.

Octave suspiró.

—Lo siento.

—No —dijo Delacroix—. Seguid hablando como personas.

El médico lo miró.

Asintió.

Thérèse habló:

—Yo tampoco sé nada de funiculares.

Delacroix abrió las manos.

—Exactamente. Saber que no es un experto elimina menos gente de lo que parece.

La presión sobre Mireille y Hélène disminuyó.

No desapareció.