Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 13 — La nieve sobre Géraud Vannier #2
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Capítulo 13 — La nieve sobre Géraud Vannier #2

Hélène comprendió que había información compartida entre ambos.

No cuál.

Solo que existía.

Delacroix sintió el primer problema de su nueva estrategia.

Ocultar información también generaba información.

Si dejaba de preguntar públicamente, el asesino podía empezar a vigilar con quién hablaba en privado.

Amaury había muerto por lo que sabía.

Ahora Géraud podía resultar peligroso únicamente por parecer que sabía algo.

Delacroix dejó el pan.

—Géraud me explicó que el apagón de anoche pudo provocarse con un mecanismo colocado previamente.

El ingeniero lo miró.

Delacroix sostuvo.

Entendió.

Hélène frunció el ceño.

—¿Eso era el secreto?

—No era secreto.

—Entonces ¿por qué no lo dijiste al entrar?

—Porque acabábamos de despertarnos.

Mireille se puso de pie.

—¿Un mecanismo?

—Sí.

—¿Qué tipo?

Géraud respondió:

—Temporizador mecánico sencillo.

La escenógrafa se quedó quieta.

—¿Dónde?

—Dependencia técnica del comedor.

—Quiero verlo.

Delacroix negó.

—Después.

—Armand.

—Después.

Mireille miró alrededor.

Todos pensaban lo mismo.

—Creéis que es mío.

—No —dijo Delacroix.

—Sí.

—Creo que alguien utilizó un mecanismo del tipo que tú conoces.

—Eso es una forma elegante de decirlo.

Hélène intervino:

—También Édouard los conocía.

Mireille giró.

—Gracias.

—No te defendía.

—Eso mejora mucho.

Delacroix observó.

Hélène acababa de introducir a Veyrac.

Una alternativa razonable.

También una manera de disminuir la presión sobre Mireille.

No encajaba con una culpable intentando señalarla.

O podía ser una culpable suficientemente inteligente para no hacerlo demasiado.

Delacroix empezaba a detestar ese tipo de razonamiento circular.

—¿El temporizador pertenece al material del juego? —preguntó Mireille.

—No sabemos.

—Quiero verlo.

—Lo verás acompañada.

—Perfecto.

—Y no tocas.

Mireille lo miró.

—Sé cómo funcionan las manos.

Delacroix casi respondió.

No lo hizo.

Después del desayuno, Mireille examinó la pieza junto a Delacroix, Géraud y Hélène. Ésta última se incorporó porque había ayudado a revisar los efectos en la visita previa.

Mireille necesitó menos de diez segundos.

—Es mío.

El silencio fue inmediato.

Delacroix la miró.

—¿Seguro?

—Sí.

Hélène se acercó.

Mireille señaló una pequeña muesca en la base.

—La hice yo.

—¿Para qué?

—Uno de los efectos de La última página. Debía soltar una cuerda y dejar caer un marco en el salón pequeño.

Géraud examinó.

—¿Cuándo lo utilizaste?

—No llegamos. Esa parte del juego debía activarse esta tarde, creo.

—¿Dónde estaba guardado?

—En la maleta de utilería.

Delacroix sintió la respuesta antes de que llegara.

—La maleta sellada.

Mireille se volvió.

—Sí.

Fueron.

La maleta seguía en el salón, donde había permanecido desde el registro. El sello improvisado que Delacroix colocó con hilo y cera estaba intacto.

Côme se acercó.

—Entonces no pudo salir de ahí.

Mireille lo miró.

—No era el único.

—¿Cuántos había?

—Tres iguales.

Delacroix abrió la maleta delante de todos.

Dentro había dos.

Un espacio vacío en la caja de mecanismos.

—El tercero.

Mireille asintió.

—Ese.

—¿Cuándo faltaba?

—No lo sé.

—¿No hiciste inventario?

Ella lo miró con cansancio.

—Había ciento cuarenta y dos objetos.

—¿Los contaste?

—Édouard los contó.

Delacroix sintió otra vez la presencia del muerto.

—¿Quién tuvo acceso a la maleta antes de sellarla?

—Yo. Édouard. Hélène la vio abierta.

Hélène asintió.

—André ayudó a transportarla —añadió Mireille—. Côme entró por error en la sala de preparación. Géraud estuvo buscando una herramienta cerca.

Côme levantó las manos.

—Otra vez mi segundo más caro.

Delacroix cerró la maleta.

El mecanismo era de Mireille.

Eso la incriminaba.

También demostraba que alguien podía tomar utilería antes del asesinato y utilizarla después sin necesidad de volver a abrir la maleta.

Preparación.

Otra vez.

—¿Podía Veyrac utilizarlo para crear el apagón como parte del juego? —preguntó Hélène.

Mireille pensó.

—Sí.

—¿Lo habría hecho?

—No sé.

Delacroix miró la pieza.

—¿La secuencia original incluía oscuridad?

Mireille negó.

—No una total en el comedor.

—Entonces si Veyrac lo hizo, fue otra modificación no comunicada.

—Sí.

—Conveniente.

Mireille lo miró.

—Para quién.

Delacroix no respondió.

La mañana avanzó.

El tiempo mejoró un poco más.

A las once podían verse tramos mayores de la vía. Rémi anunció que, si la visibilidad continuaba, intentaría bajar la cabina vacía unos cientos de metros para comprobar funcionamiento.

La propuesta produjo algo que no habían sentido durante dos días.

Expectativa.

Amaury habría discutido la velocidad.

Delacroix pensó otra vez en él.

Esta vez consiguió no mostrarlo.

—¿Riesgo? —preguntó.

—Bajo si no llevamos personas. La detengo antes del primer tramo expuesto.

—Géraud.

El ingeniero asintió.

—Estoy de acuerdo.

—Entonces.

Hélène se acercó.

—¿Podría ser hoy?

Delacroix miró a Rémi.

El técnico respondió:

—Si recuperamos respuesta inferior y la vía está libre, quizá.

Côme sonrió.

—Quizá sirve.

Mireille lo miró.

—Hace dos días la odiabas.

—Las palabras mejoran cuando uno está atrapado.

El funicular se puso en movimiento a las once y veinte.

Todos lo vieron desde la galería.

La cabina vacía descendió lentamente.

Un metro.

Cinco.

Diez.

El cable tensó.

El mecanismo produjo su zumbido grave habitual.

Nada ocurrió.

Mireille tenía una mano sobre el cristal.

Thérèse estaba junto a ella.

Côme parecía haber olvidado tomar notas.

Delacroix observó a Rémi.

El técnico no apartaba los ojos del cuadro.

Cincuenta metros.

Setenta.

La cabina llegó al límite visible y se detuvo.

Rémi accionó el control.

Empezó a volver.

El alivio apareció en varios rostros.

Incluso Hélène sonrió.

—Funciona.

Rémi no.

—Nuestra parte.

Géraud se volvió.

—Es bastante.

La cabina regresó.

Entró en estación.

Se detuvo.

Por primera vez desde la muerte de Veyrac, hubo una pequeña sensación de victoria.

No salida.

Pero posibilidad.

Mireille soltó una carcajada.

—Dios.

Côme la miró.

—¿Qué?

—Nada. Solo... funciona.

Thérèse le apretó el brazo.

Delacroix sintió también alivio.

No quiso impedirlo.

Necesitaban uno.

Rémi cerró la cabina.

—No significa que bajemos hoy.

—Lo sabemos —dijo Hélène.

—No parece.

—Déjanos cinco minutos.

El técnico casi sonrió.

Regresaron al salón con algo diferente en los pasos.

La prisión acababa de mostrar una puerta.

Aunque todavía estuviera cerrada.

Eso cambió la conversación.

Côme habló de la estación inferior.

Mireille preguntó cuánto tardarían en recibir confirmación.

André recordó que abajo empezarían a preocuparse si la comunicación no se restablecía.

Octave sugirió preparar todo por si podían descender rápido.

Delacroix permitió la esperanza.

Durante una hora.

A las doce y media, Géraud se acercó.

—Voy al observatorio.

Delacroix lo miró.

—¿Por qué?

—Presión.

—Rémi puede verla.

—Quiero comparar el barómetro con la lectura exterior. Si el frente abre, tendremos una ventana de visibilidad.

—Acompañado.

Géraud miró alrededor.

—Côme.

El periodista levantó la cabeza.

—¿Yo?

—Eres joven. Te hará bien sentir que tus piernas sirven para algo.

Côme sonrió.

—Gracias, supongo.

Salieron juntos.

Delacroix volvió a sus notas.

Hélène estaba leyendo junto al fuego.

Mireille y Thérèse preparaban una lista de objetos desaparecidos.

Octave ordenaba medicamentos.

André y Rémi estaban en recepción.

Todo bajo control.

O lo suficiente.

Diez minutos después, Côme regresó.

Solo.

Delacroix levantó la cabeza inmediatamente.

—¿Géraud?

—Se quedó arriba.

—¿Por qué?

Côme frunció el ceño.

—Me mandó bajar.

Delacroix dejó la pluma.

—¿Para qué?

—Dijo que necesitaba cinco minutos para revisar una lectura y que yo podía buscar su cuaderno técnico.

La irritación llegó antes que el miedo.

—¿Dónde está el cuaderno?

—En su habitación.

—¿Fuiste?

—No. Vine a preguntarte porque recordé la regla.

Bien.

Al menos uno.

—¿Por qué Géraud no bajó contigo?

—Dijo que no hacía falta que lo esperara.

Delacroix se puso de pie.

—Hace falta.

Côme palideció.

—Armand...

—No pasa nada.

La frase fue automática.

Y falsa.

—Rémi.

El técnico apareció desde recepción.

—¿Qué?

—Géraud está solo en el observatorio.

Rémi frunció el ceño.

—¿Solo?

Côme empezó a explicar.

Delacroix levantó una mano.

—Vamos.

Hélène se puso de pie.

—No corras.

Él la miró.

—No estoy corriendo.

—Tu cara sí.

La frase casi habría funcionado otro día.

No ese.

Delacroix, Rémi y Côme subieron.

El observatorio estaba en la parte superior del hotel, conectado por una galería más fría que las demás. Las ventanas vibraban con el viento. El cielo había empezado a cerrarse otra vez desde el oeste.

La puerta estaba abierta.

—Géraud —llamó Rémi.

Nada.

Entraron.

Instrumentos.

Mapas.

Barómetros.

Mesas.

Vacío.

Côme miró alrededor.

—Estaba aquí.

Delacroix vio una taza.

Un lápiz.

Una hoja.

—¿Qué hacía?

—Miraba esto.

Côme señaló el barómetro.

—Después dijo que quería comprobar exterior.

Delacroix se volvió lentamente.

—¿Exterior?

Côme palideció.

—La terraza.

—¿Lo viste salir?

—No. Me fui antes.

Delacroix cerró los ojos un segundo.

—La puerta.

Rémi ya iba hacia ella.

La terraza meteorológica se abría detrás de una puerta metálica con cristal reforzado.

Estaba entornada.

Una fina línea de nieve había entrado por debajo.

—Géraud —gritó Rémi.

Abrió.

El viento golpeó.

La terraza estaba cubierta por nieve profunda.

Barandillas.

Instrumentos.

Una pequeña caseta.

Nada más.

—Géraud.

Delacroix salió.

Rémi lo sujetó del brazo.

—No sin cuerda.

—Está aquí.

—No lo sabes.

—La puerta está abierta.

—Precisamente.

Rémi tomó una cuerda del armario técnico.

Côme permaneció dentro.

—No salgas —ordenó Delacroix.

—No pensaba.

Rémi y Delacroix se aseguraron a la barandilla y avanzaron.

La nieve alcanzaba media pantorrilla en algunos puntos y casi la rodilla en otros. El viento había borrado huellas claras, pero cerca de la puerta todavía aparecían depresiones.

Géraud había salido.

Una línea avanzaba hacia la caseta meteorológica.

Delacroix la siguió.

—Géraud.

Nada.

Llegaron a la caseta.

Vacía.

Las huellas continuaban.

Hacia el borde lateral de la terraza.

Delacroix sintió el corazón acelerar.

—No.

Rémi miró.

—Hay una plataforma inferior.

—¿Dónde?

—Escalera lateral.