Capítulo 13 — La nieve sobre Géraud Vannier
Géraud Vannier llamó a la puerta de Delacroix a las seis y doce de la mañana.
No tres veces.
Dos.
Delacroix abrió con la chaqueta ya puesta y el revólver descargado de Amaury a varios metros de distancia, guardado donde no pudiera resultarle útil a nadie.
—Eso ha sido prudente —dijo Géraud.
—¿Qué?
—Dos golpes.
Delacroix lo miró.
—Mireille ha conseguido arruinar el número tres.
—Empiezo a pensar que este hotel arruina conceptos enteros.
Géraud llevaba el abrigo sobre el pijama y botas sin abrochar completamente. Parecía haber dormido poco. Tenía el cabello aplastado hacia un lado y una hoja doblada entre los dedos.
—Necesito enseñarte algo.
Delacroix miró el corredor.
Las puertas permanecían cerradas.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Por qué?
—Porque he estado despierto desde las cuatro.
—Eso no es una explicación.
—Para mí sí.
Delacroix salió.
Cerró la habitación.
—¿Dónde?
—Estación.
—No solos.
Géraud suspiró.
—Armand.
—La regla no se vuelve menos importante porque tengas sueño.
—Rémi está allí.
—Entonces somos tres.
Caminaron en silencio.
El corredor oeste conservaba la extraña organización de la noche anterior: mesa con agua, dos velas consumidas a medias, una linterna, cerillas y una campanilla que André había terminado trayendo pese a que todos se burlaron de la idea. Mireille había colocado encima una nota antes de acostarse:
SOLO PARA EMERGENCIAS REALES.
LAS EXISTENCIALES ESPERAN AL DESAYUNO.
Delacroix la había encontrado absurda.
También reconfortante.
Bajaron.
A esa hora el Grand Hôtel des Cimes parecía realmente abandonado. No había fuego en el salón. Las lámparas principales estaban apagadas. Solo algunas luces de corredor permanecían encendidas y el vestíbulo tenía la claridad azulada del amanecer filtrándose por los cristales.
La tormenta había disminuido considerablemente.
Por primera vez en dos días podían distinguirse las montañas.
No completas.
Fragmentos oscuros emergían entre nubes bajas y masas de nieve. La terraza aparecía cubierta por acumulaciones que alcanzaban casi la altura de algunos bancos. El viento seguía levantando polvo blanco de los tejados, pero ya no borraba el mundo.
Aquello hizo que Delacroix sintiera esperanza.
Le molestó inmediatamente.
La esperanza temprana era una forma eficiente de preparar decepciones.
Rémi estaba en la estación.
No dormía.
O, por su aspecto, no mucho.
—Buenos días —dijo.
—No abusemos —respondió Delacroix.
Géraud fue directamente hacia el cuadro.
—Enséñale.
Rémi miró al ingeniero.
Después a Delacroix.
—No me gusta que hayamos convertido mi estación en una investigación criminal.
—A mí no me gusta que un homicida la utilice como herramienta —dijo Delacroix—. Estamos empatados.
Rémi abrió el panel.
Géraud colocó la hoja sobre una mesa.
Era un dibujo.
Esquema eléctrico.
Delacroix lo miró.
—No voy a entender eso.
—No hace falta.
Géraud señaló tres puntos marcados con círculos.
—Aquí se manipuló la señal principal. Aquí el auxiliar. Aquí se retiraron fusibles.
—Eso ya lo sé.
—Sí. Pero anoche, después del apagón, revisamos el cuadro general.
Delacroix levantó la vista.
—Dijimos que no revisaríais nada.
Rémi habló:
—No lo hicimos anoche.
—¿Entonces?
—A las cinco.
Delacroix miró a Géraud.
—Eso sigue siendo de noche para cualquier persona decente.
—No estaba prohibido a las cinco.
—La ley tiene agujeros preocupantes.
Géraud ignoró.
—El apagón no vino de aquí.
—¿Avería exterior?
—Tampoco.
Delacroix esperó.
Géraud señaló el esquema.
—Alguien accionó manualmente un interruptor secundario en el cuadro de distribución del hotel.
Delacroix sintió cómo desaparecía la última posibilidad cómoda.
—¿Durante la cena?
—Sí.
—Entonces alguien tuvo que levantarse.
—No necesariamente.
—Explícate.
Rémi apoyó una mano sobre la mesa.
—Ese cuadro tiene un pequeño mando remoto para pruebas desde la dependencia técnica del comedor.
Delacroix lo miró.
—¿Dónde?
—Detrás del pasillo de servicio. Se utiliza para comprobar iluminación del comedor cuando hay banquetes.
—¿Quién lo sabía?
Rémi exhaló.
—Personal.
Géraud añadió:
—Y alguien que hubiera recorrido las dependencias.
Delacroix pensó en la visita previa.
No dijo nada.
—¿Cuánto tarda?
—Un segundo —dijo Rémi—. Bajas palanca. Esperas. Subes.
—Cinco segundos.
—Exactamente.
—¿Desde la mesa?
—No.
—Entonces alguien tuvo que hacerlo antes.
Géraud sonrió.
—Eso es lo interesante.
—¿Cómo cortas la luz antes si nosotros estábamos cenando?
—Con temporizador.
Delacroix lo miró.
—¿Existe?
—No integrado.
—Entonces.
Géraud sacó una pequeña pieza del bolsillo.
Era un cilindro metálico conectado a un resorte.
—Encontramos esto junto al mando.
Rémi frunció el ceño.
—No pertenece al hotel.
—¿Qué hace?
Géraud lo colocó sobre la mesa.
—Mecanismo simple. Mantiene presión y libera después de cierto tiempo.
—¿Del juego?
Delacroix ya sabía la respuesta.
—Mireille —dijo Géraud.
—¿Qué pasa con ella?
—Trabaja con este tipo de cosas.
Delacroix miró la pieza.
El red herring era casi obsceno.
—¿Es suyo?
—No lo sé.
—No se lo preguntaste.
—No.
Delacroix asintió.
Bien.
Habían aprendido.
—¿Algo más?
Géraud lo miró.
—Sí.
Delacroix cerró los ojos.
Rémi sonrió.
—Ya es tradición.
—Sigue.
Géraud llevó un dedo al primer punto del dibujo.
—La persona que manipuló esto no sabía electricidad bien.
Después al temporizador.
—Pero sabía efectos mecánicos básicos.
Delacroix levantó la vista.
—Mireille.
—Es una posibilidad.
—Hélène.
Géraud se quedó quieto.
—También.
—¿Por qué también?
—Porque no necesitas fabricar el mecanismo. Puedes coger uno preparado.
—¿De dónde?
—Utilería.
Delacroix miró la pieza.
—Entonces seguimos en el mismo sitio.
—No.
—¿Qué cambió?
Géraud respiró.
—Ahora sé que no fue Rémi.
El técnico lo miró.
—Eso dijiste ayer.
—Ayer dije que me parecía improbable. Ahora digo que estoy prácticamente seguro.
Delacroix dejó de mirar la pieza.
—¿Por qué?
Géraud señaló el cuadro.
—Quien cortó la señal principal cometió un error.
—¿Cuál?
—Pensó que desconectar ese conductor impediría cualquier retorno desde la estación inferior.
—¿Y no?
—No completamente. Por eso recibimos impulsos parciales.
Rémi asintió.
—Un técnico de esta instalación lo sabría.
—¿Solo Rémi?
—André no —dijo Géraud—. Personal de mantenimiento, quizá. Pero de las personas que están arriba, Rémi es el único que lo sabría sin estudiarlo.
—Podría fingir ignorancia.
—Sí.
Delacroix esperó.
—Pero entonces tendría que haber saboteado su propio sistema de una manera más complicada, menos segura y más fácil de reparar únicamente para parecer incompetente. Después ocultar fusibles sin necesidad y dejar un mecanismo ajeno en otro cuadro. Es posible.
—Pero.
—Es demasiado elaborado para producir un error que luego él mismo tuvo que explicar.
Delacroix miró a Rémi.
El técnico se mantenía callado.
—¿Tú qué opinas?
—Que Géraud lleva veinte minutos explicando por qué no soy un asesino y no pienso interrumpirlo.
Delacroix casi sonrió.
—¿Quién entonces?
Géraud negó.
—No sé.
—Pero tienes una idea.
—Tengo una categoría.
—¿Cuál?
El ingeniero se acercó al plano del hotel que habían llevado la tarde anterior.
—Alguien que recorrió las zonas técnicas antes del fin de semana. Alguien que preguntó. Alguien suficientemente inteligente para recordar qué elemento debía tocar, pero no suficientemente formado para entender por qué.
—Veyrac.
—Muerto.
—Mireille.
—Sí.
—Hélène.
—Sí.
—André.
Géraud pensó.
—Conoce el edificio, pero no tanto la técnica.
—Podría.
—Sí.
—¿Alguien más?
—No veo cómo.
Delacroix miró los cuatro nombres mentalmente.
Veyrac eliminado.
Mireille.
Hélène.
André.
Mucho más estrecho.
—No digas esto a nadie.
—No pensaba.
—Ni siquiera que has descartado a Rémi.
Rémi levantó la cabeza.
—¿Por qué?
Delacroix lo miró.
—Porque si alguien necesita que sigamos sospechando de ti, quiero que crea que lo estamos haciendo.
Rémi no parecía disfrutarlo.
—Así que sigo siendo culpable públicamente.
—Temporalmente.
—Magnífico.
Géraud sonrió.
—Siempre quisiste ser interesante.
—No de esta manera.
Delacroix dobló el esquema.
—Me lo llevo.
Géraud puso una mano encima.
—No.
Delacroix lo miró.
—¿Por qué?
—Es mi única copia completa.
—Precisamente.
—Haré otra.
—Entonces dame esta.
Géraud sostuvo su mirada un momento.
Después cedió.
—Bien.
Delacroix guardó la hoja dentro de la chaqueta.
—Y tú no vuelves a estudiar nada solo.
—Armand.
—Has reducido el círculo de sospechosos a tres personas vivas.
—Cuatro si te incluyo.
Delacroix lo miró.
Géraud sonrió.
—No tenemos una coartada perfecta tuya para todo.
—Eso ha sido innecesario.
—Me mantiene intelectualmente honesto.
—Te mantendrá vivo obedecerme.
La sonrisa desapareció un poco.
Géraud asintió.
—Bien.
Regresaron al hotel.
A las siete y media empezaron a despertarse los demás.
El desayuno fue servido en el salón.
No comedor.
Nadie propuso recuperar territorio esa mañana.
La experiencia de los cinco segundos había dejado una resistencia que Delacroix decidió no combatir todavía.
Mireille apareció con el cabello recogido de cualquier manera y una expresión de haber dormido mal.
—¿Todos vivos?
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Cerró los ojos.
—Otra vez.
Thérèse le tocó el brazo.
—Todos.
Mireille miró alrededor.
Contó.
Delacroix lo vio.
Todos empezaban a hacerlo.
Hélène entró última.
—¿Qué ocurre?
—Nada —dijo Delacroix.
Ella lo miró.
—Eso significa algo.
—Significa nada.
—Es la palabra que más miente.
Géraud se sirvió café.
Delacroix lo observó.
No debía revelar nada.
El ingeniero parecía comprender.
Demasiado bien quizá, porque se esforzó en hablar de otras cosas con una naturalidad un poco artificial.
Hélène lo percibió.
—Géraud.
Él levantó la vista.
—¿Sí?
—Has encontrado algo.
Delacroix sintió una irritación inmediata.
Géraud sonrió.
—He encontrado que el café de Octave sigue siendo un delito.
Octave levantó la cabeza.
—Lo hizo André.
Todos miraron al director.
André pareció ofendido.
—Es el mismo café de siempre.
Mireille bebió.
—Entonces el miedo ha mejorado el paladar de Géraud.
Hélène continuó observándolo.
Después miró a Delacroix.
Él tomó pan.
No dijo nada.
Aquello bastó.