Capítulo 12 — Cinco segundos #4
André frunció el ceño.
—Yo habría visto.
—¿Seguro?
El director miró la puerta.
Pensó.
—No.
—Podía quedar entornada. El viento o alguien con el pie podía terminar de moverla.
—¿Durante el apagón?
—O justo antes.
Côme respiró.
—Entonces no tenemos nada.
Delacroix negó.
—Tenemos mucho.
—¿Qué?
—Sabemos que alguien quería que creyéramos que algo ocurrió durante la oscuridad.
Géraud levantó la vista.
—Y quizá que asociáramos el apagón con peligro.
Delacroix asintió.
Eso era importante.
El asesino estaba construyendo miedo.
No necesitaba matar en cada oportunidad.
Quizá precisamente prefería no hacerlo.
Una persona que espera muerte cada vez que se apaga una lámpara empieza a cometer errores incluso cuando nadie la ataca.
—A partir de ahora —dijo—, si se corta la luz, nadie se mueve.
Mireille soltó una risa incrédula.
—¿Después de lo de hoy?
—Sobre todo después de hoy.
—¿Y si alguien está atacando a otro?
—Gritas el nombre de quien tienes al lado. Todos hablamos. Nadie corre.
Côme lo miró.
—¿En la oscuridad?
—Sí.
—Eso parece terrible.
—Es mejor que nueve personas desplazándose mientras nadie sabe quién tocó a quién.
Hélène asintió.
—Nombres.
Delacroix la miró.
—Exacto.
—Cada uno responde por orden.
—Sí.
Mireille miró alrededor.
—Estamos creando protocolo para apagones durante asesinatos.
—Sí.
—Solo quería decirlo en voz alta.
Octave se reclinó.
—La medicina tiene frases peores.
Nadie preguntó cuáles.
A las diez y media comenzaron a subir.
La discusión sobre dormir fue distinta.
Mireille no quería estar sola.
Lo dijo.
Sin vergüenza.
—No quiero cerrar una puerta y pasar seis horas imaginando dedos en la nuca.
Thérèse respondió:
—Duerme conmigo.
Mireille asintió.
Côme miró a Géraud.
El ingeniero levantó una ceja.
—Ni lo sueñes.
Côme sonrió por primera vez en horas.
—No iba a pedirte...
—Sí ibas.
—Quizá.
Rémi aceptó dormir en la habitación comunicada con Géraud, con ambas puertas abiertas entre ellos.
Octave prefirió quedarse solo.
—Ronco —explicó.
Côme lo miró.
—Eso no parece razón suficiente.
—Para ti, no.
André tomó una habitación más próxima al grupo.
Hélène mantuvo la suya.
Delacroix también.
El corredor oeste empezó a parecer un refugio improvisado dentro de un edificio de lujo.
Colocaron una pequeña mesa en el centro con agua, dos linternas, velas y fósforos.
Mireille miró el conjunto.
—Falta una campana para pedir socorro.
André respondió:
—Puedo traer una.
Todos lo miraron.
El director parpadeó.
—Era una propuesta real.
Mireille soltó una pequeña risa.
—Mejor no.
Las puertas fueron cerrándose.
Delacroix esperó otra vez.
La rutina se había convertido en ceremonia.
Contar personas.
Ver puertas.
Escuchar llaves.
Hélène seguía fuera.
—Cinco segundos —dijo.
Delacroix la miró.
—Sí.
—Y todos recordamos algo distinto.
—Sí.
—Ariane tuvo menos suerte.
La frase fue baja.
—¿Por qué?
—Porque nadie sabía todavía que debía desconfiar del primer recuerdo.
Delacroix pensó.
—Édouard sí.
—Once años tarde.
—Sí.
Hélène miró la puerta de Mireille y Thérèse.
—¿Crees que el asesino quería recordarnos eso?
—Creo que quería enseñarnos que puede controlar cuándo creemos que ocurre algo.
Hélène se volvió.
—No es lo mismo.
—No.
—Es peor.
—Sí.
Ella apoyó la mano en su picaporte.
—¿Y la caja?
—Quiero saber qué contenía realmente.
—Mireille ya lo dijo.
—Quiero saber si la fotografía ficticia era realmente ficticia.
Hélène se quedó quieta.
—¿Ariane?
—Quizá.
La novelista lo observó.
—Estás mintiendo menos conmigo.
Delacroix sonrió.
—No te acostumbres.
—Buenas noches, Armand.
—Buenas noches.
Entró.
Delacroix permaneció unos segundos más en el corredor.
Después fue a su habitación.
Cerró.
No encendió la lámpara inmediatamente.
La oscuridad ya no era neutral.
Cinco segundos habían bastado para cambiar eso.
Esperó.
El viento golpeó suavemente la ventana.
Nada más.
Encendió.
Se quitó la chaqueta.
La carta de Veyrac permanecía en el bolsillo interior.
Los documentos de Amaury en otro.
Delacroix los dejó consigo.
No sobre la mesa.
No en la maleta.
Consigo.
Se sentó en la cama.
Pensó en la puerta del comedor.
La caja desaparecida.
La mano sobre el hombro.
Los dedos que Mireille había sentido en la nuca.
Podía ser accidente.
Podía ser deliberado.
En realidad, casi daba igual.
El objetivo había funcionado.
Por primera vez todos habían sentido durante cinco segundos que cualquiera podía morir sin que los demás consiguieran impedirlo.
Eso era suficiente.
Delacroix apagó la lámpara.
Esperó.
La habitación se volvió negra.
Contó.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Encendió de nuevo.
Nada había cambiado.
Sonrió sin humor.
El miedo era una cosa ridícula cuando uno podía medirlo con reloj.
Volvió a apagar.
Esta vez dejó la habitación oscura.
Al otro lado de la pared, alguien se movió.
Después silencio.
Delacroix cerró los ojos.
No estaba seguro de cuánto tardaría en dormir.
Pero había comprendido algo que le resultaba más útil que cualquier pista encontrada aquella noche.
El asesino no necesitaba matar cada vez que apagaba la luz.
Solo necesitaba conseguir que ellos creyeran que podía.