Capítulo 12 — Cinco segundos #3
—Alguien de la mesa abrió —dijo.
—¿Para qué? —preguntó Mireille.
—Eso quiero saber.
Rémi encendió la linterna y se acercó al pasillo.
Delacroix se levantó.
—Juntos.
—Otra procesión —murmuró Hélène.
—Empiezo a pensar en encargar uniformes.
La frase produjo una risa breve en Côme.
Buena.
Necesaria.
Salieron.
El corredor estaba vacío.
No había ruido.
No había puertas abiertas.
Delacroix miró el suelo.
Nada.
—¿Qué sala está enfrente? —preguntó.
André respondió:
—Pequeño salón privado.
Mireille levantó la cabeza.
—Parte del juego.
Delacroix la miró.
—¿Qué había?
—Un objeto.
—¿Cuál?
Mireille ya avanzaba.
Delacroix le sujetó el brazo.
—Todos.
Entraron juntos.
La habitación era pequeña, con dos sofás, una vitrina, un escritorio y una chimenea apagada.
Mireille fue directamente a la vitrina.
Se detuvo.
—No.
Delacroix se acercó.
Dentro había una base de terciopelo vacía.
—¿Qué faltaba?
Mireille lo miró.
—Una caja.
La palabra empezaba a cansarlo.
—¿Otra?
—No la de la escalera. Una pequeña caja azul. Formaba parte del juego.
—Contenido.
—Una llave falsa y una fotografía.
—¿De qué?
—Del escritor ficticio, Mathieu Lorca, con una mujer.
—¿Quién?
Mireille frunció el ceño.
—No se veía el rostro. Era una pista para Clémence.
Todos miraron a Hélène.
Ella levantó las manos.
—Mi personaje.
—Sí —dijo Mireille.
Delacroix examinó la vitrina.
No estaba forzada.
—¿Cerrada?
—No. Durante el juego debía abrirse con una pista posterior.
—¿Quién sabía que estaba aquí?
—Édouard. Yo. Hélène porque revisamos la secuencia.
Hélène suspiró.
—Naturalmente.
—¿Alguien más?
—Côme encontró una pista cerca, pero no sé si vio la caja.
El periodista negó.
—No.
Delacroix miró la puerta.
Cinco segundos.
Oscuridad.
Alguien abre el comedor.
Cruza pocos pasos.
Entra en la sala.
Coge una caja.
Regresa.
Cinco segundos.
No.
Demasiado rápido.
Incluso para alguien preparado.
—La caja ya había desaparecido antes —dijo.
Mireille lo miró.
—¿Entonces por qué abrir la puerta durante el apagón?
—Para que creyéramos que desapareció entonces.
Silencio.
Hélène sonrió apenas.
—Eso es bueno.
—No es elogio al asesino.
—No he dicho que lo fuera.
Delacroix miró la vitrina.
La oscuridad no había servido para robar.
Había servido para marcar el momento del robo.
Una mentira temporal.
Otra vez.
El asesino quería que asociaran un cambio con un apagón.
—¿Cuándo viste la caja por última vez?
Mireille pensó.
—Ayer por la tarde.
—¿Después de la muerte de Amaury?
—Sí.
—¿Seguro?
—La comprobé cuando trasladamos material del ala este.
—Entonces desapareció entre ayer y ahora.
—Sí.
—Un periodo enorme.
Côme miró la puerta.
—¿Y por qué hacer esto?
Delacroix respondió:
—Porque si pensamos que alguien podía salir de la mesa durante cinco segundos, empezamos a preguntarnos quién estaba más cerca de la puerta.
Todos miraron posiciones mentales.
Mireille.
Hélène.
André.
Quizá Côme.
—Y si pensamos que el apagón fue provocado para permitir el robo —continuó Delacroix— dejamos de buscar cuándo desapareció realmente.
Hélène lo observó.
—Control de relato.
Delacroix la miró.
La expresión salió demasiado naturalmente.
—Sí.
Mireille abrazó sus brazos.
—Entonces alguien sabía que notaríamos la caja.
—Tú la notarías.
—Y sabía que yo diría que faltaba.
—Sí.
—Eso me vuelve otra vez parte del truco.
Delacroix no suavizó.
—Sí.
Ella bajó la mirada.
Géraud estaba examinando la instalación eléctrica de la sala.
—El apagón puede haber sido provocado.
Todos se volvieron.
—¿Cómo? —preguntó Rémi.
—No aquí. Pero el tiempo es demasiado breve para una caída general de línea y recuperación automática normal.
Rémi frunció el ceño.
—Puede haber fluctuación.
—Puede.
—Otra vez.
—Sí.
Delacroix miró a ambos.
—¿Podéis saberlo?
Rémi negó.
—Necesito revisar cuadro principal.
—No solos.
Géraud asintió.
Delacroix tomó una decisión.
—Nadie revisa nada esta noche.
Rémi lo miró.
—Armand.
—Cinco segundos no han matado a nadie.
—Precisamente porque volvió la luz.
—Y si alguien provocó el corte, quiere que corramos ahora a los cuadros.
Géraud pensó.
Después asintió.
—Tiene sentido.
Rémi no estaba satisfecho.
—Si hay una avería real...
—¿Riesgo inmediato?
—No.
—Entonces mañana.
Volvieron al comedor.
Esta vez la mesa parecía distinta.
No por la oscuridad.
Por la memoria de ella.
Mireille se quedó de pie junto a su silla.
—No quiero sentarme aquí.
—No hace falta —dijo Delacroix.
—¿Volvemos al salón?
Él miró la puerta abierta.
La cena a medio terminar.
Había insistido en recuperar territorio.
Cinco segundos habían bastado para convertir también ese cuarto en amenaza.
—Sí.
Nadie celebró la decisión.
Trasladaron únicamente lo necesario.
Copas.
Agua.
Una lámpara.
Nada de comida.
La cena había terminado.
En el salón, Delacroix hizo que todos reconstruyeran los cinco segundos por separado.
La tarea resultó casi absurda.
Y reveladora.
Hélène creyó levantarse en el segundo segundo.
Mireille sostuvo que sintió los dedos casi inmediatamente.
Côme pensó que alguien le tocó después del grito.
Thérèse recordó golpear la mesa antes del grito.
Octave recordó el grito primero.
Rémi había sacado la linterna pero no recordaba en qué momento.
Géraud pensaba que la silla arrastrada fue la de Côme.
Côme aseguraba que no se movió hasta que alguien lo tocó.
André creyó escuchar la puerta abrirse durante la oscuridad.
Nadie más recordaba el sonido.
Cinco segundos.
Nueve personas.
Nueve versiones.
Delacroix miró las hojas.
—Esto es exactamente lo que ocurrió en 1919.
Hélène levantó la cabeza.
—No.
—En pequeño.
Ella entendió.
—Un hecho breve.
—Todos juntos.
—Cada uno recordando una secuencia distinta.
Mireille se quedó quieta.
—¿Crees que lo hizo a propósito?
Delacroix miró hacia la puerta del comedor.
—Sí.
La certeza apareció sola.
No sabía quién.
Pero el apagón no había sido simplemente utilidad.
Era demostración.
Durante cinco segundos, una habitación llena de personas había producido recuerdos incompatibles.
El asesino les acababa de enseñar lo fácil que era.
Côme estaba pálido.
—Entonces lo de Ariane...
—Pudo ocurrir igual —dijo Delacroix—. No necesariamente por manipulación. El miedo, la sorpresa y una expectativa previa bastan para alterar el orden.
Hélène apoyó los dedos sobre una hoja.
—Todos esperábamos que Ariane fingiera estar muerta.
—Y eso condicionó lo que visteis.
Octave cerró los ojos.
—Yo tardé en comprobarla porque esperaba que fingiera.
—Sí.
Mireille bajó la cabeza.
—Y yo me reí.
Delacroix la miró.
—Porque el juego te decía qué estabas viendo.
La frase produjo un silencio.
Era eso.
En 1919 habían mirado un cadáver y visto una actriz porque el relato previo se los ordenaba.
En 1930 habían visto una puerta abierta después de un apagón y asumido que alguien la había utilizado durante esos cinco segundos.
Mismo mecanismo.
Otra escala.
—El asesino está utilizando expectativas —dijo Hélène.
Delacroix la miró.
—Sí.
—No solo objetos.
—Sí.
Ella pensó.
—Eso es difícil de hacer sin conocer muy bien el juego.
Mireille levantó la cabeza.
El comentario podía apuntarla.
Hélène lo comprendió.
—No estoy diciendo tú.
—No hace falta.
—Mireille.
—Tú conocías el juego también.
—Parte.
—Bastante.
Delacroix intervino.
—No vamos a elegir entre vosotras dos porque sea cómodo.
Mireille lo miró.
—No pedí eso.
—Lo sé.
Hélène guardó silencio.
Côme habló:
—¿Dónde estaba cada uno sentado respecto de la puerta?
Delacroix lo miró.
—No importa tanto como quieres que importe.
—Pero alguien la abrió.
—Sí.
—Entonces.
—Podía abrirla antes del apagón sin que lo notáramos.