Capítulo 12 — Cinco segundos #2
A mediodía llamó por separado a Thérèse.
No en una habitación cerrada.
En un extremo de la biblioteca, con la puerta abierta y Côme visible a distancia.
—Quiero que recuerdes 1919 sin contarme la historia que todos conocéis.
Thérèse lo miró.
—Eso es imposible.
—Prueba.
—¿Qué parte?
—Ariane y Hélène.
La mujer respiró.
—Eran amigas.
—Eso es historia.
Thérèse entendió.
Cerró los ojos.
—Ariane hablaba más cuando Hélène no estaba.
—Mejor.
—Cuando estaban juntas competían.
—¿Por qué?
—Porque ambas querían ser escuchadas.
—¿Quién era mejor?
Thérèse sonrió apenas.
—Pregunta cruel.
—Por eso sirve.
Pensó.
—Ariane tenía ideas mejores. Hélène escribía mejor.
Delacroix sintió interés.
—¿Eso generaba conflicto?
—Al principio admiración.
—Después.
—Envidia.
—¿De quién?
Thérèse abrió los ojos.
—De las dos.
La respuesta era más humana que una acusación.
—¿Ariane envidiaba a Hélène?
—Hélène publicaba.
—Hélène a Ariane.
—Ariane encontraba historias que Hélène no.
Delacroix guardó la frase.
—¿Crees que Hélène le robó material?
Thérèse tardó.
—Sí.
—¿Lo creías entonces?
—No así.
—¿Cómo?
—Pensaba que había tomado ideas.
—¿Y ahora?
—Después de escuchar a Amaury... no sé.
Delacroix no reveló la carta.
—¿Por qué callaste la discusión?
Thérèse miró hacia la biblioteca.
—Porque Ariane estaba muerta.
—Eso ya lo dijiste.
—Y Hélène estaba viva.
Delacroix esperó.
—Si acusaba a Hélène sin pruebas, podía destruirla. Y si había sido un accidente, habría destruido a una amiga por nada.
—Elegiste proteger a la viva.
—Sí.
La frase fue dura.
—¿Te arrepientes?
Thérèse miró a Delacroix.
—¿Quieres una respuesta moral o verdadera?
—Verdadera.
—No todos los días.
Delacroix asintió.
Eso también era humano.
No convirtió a Thérèse en mejor persona.
La convirtió en una persona.
—Una última cosa. Dijiste que viste papel en manos de Hélène junto al cuerpo.
—Sí.
—¿Podía ser una instrucción del juego?
Thérèse se quedó quieta.
—Nunca lo pensé.
—Mireille preparó muchas.
—Sí.
—Entonces.
Thérèse respiró.
—Puede.
Delacroix sonrió apenas.
—Eso es lo que quiero.
—¿Qué?
—Que empieces a desconfiar también de tus recuerdos acusadores.
Thérèse lo miró.
—Eres irritante.
—Amaury decía cosas peores.
La frase volvió.
Esta vez ambos sonrieron un poco.
Después Delacroix habló con Mireille.
Luego con Octave.
No con Hélène.
Ella lo notó.
A las cuatro de la tarde se acercó.
—¿Cuándo me toca?
—¿Qué?
—La entrevista privada.
—No hay entrevistas privadas.
—Thérèse lleva veinte minutos sonriendo como una persona interrogada. Mireille salió enfadada. Octave te llamó pedante.
—Octave me llama pedante desde ayer.
—Entonces lo mejoraste.
Delacroix dejó un libro sobre la mesa.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque quiero hablar contigo cuando tenga una pregunta.
Hélène lo observó.
—Eso significa que ya no disparas al aire.
—Nunca lo hice.
—Armand.
—A veces.
Ella sonrió.
—Bien.
Se alejó.
Delacroix la siguió con la mirada.
Hélène era demasiado buena con el silencio.
Eso podía ser carácter.
Profesión.
Culpabilidad.
O simplemente inteligencia.
A las seis, el cielo oscureció otra vez.
La tormenta no regresó con la misma violencia, pero el viento aumentó y la nieve volvió a espesar.
Rémi anunció que no habría descenso ese día.
Nadie protestó.
Ese fue quizá el peor signo.
La noche anterior Amaury habría discutido veinte minutos.
Ahora nadie.
Habían empezado a aceptar la prisión.
André sugirió cenar otra vez en el salón.
Delacroix negó.
—Comedor.
Todos lo miraron.
Mireille fue la primera.
—¿Por qué?
—Porque no voy a permitir que abandonemos otra habitación cada vez que algo malo ocurre.
—Amaury cenó allí.
—Amaury cenó en el salón.
—Édouard.
Delacroix miró hacia el comedor.
—Precisamente.
Hélène entendió.
—Si seguimos reduciendo voluntariamente el hotel además de lo que nos obliga la avería, dentro de dos días estaremos todos sentados dentro de un armario.
—Exacto.
Mireille respiró.
—No quiero el mismo sitio.
—Nadie lo tendrá.
André preparó una mesa más pequeña.
No la larga.
Una redonda para nueve personas.
Aquello cambió la sensación.
No había cabecera.
Ningún lugar vacío.
Ninguna silla pertenecía a un muerto.
Fue una buena decisión.
Durante los primeros minutos casi pareció una cena.
André había preparado una sopa espesa, verduras, queso y pan. Rémi habló de la previsión meteorológica. Géraud explicó que si el tiempo mejoraba al amanecer podrían intentar una inspección mayor de la línea.
Côme hizo una pregunta sobre funiculares que no estaba relacionada con sabotaje.
Mireille corrigió la posición de una vela.
Octave bebió vino.
Hélène estaba sentada frente a Delacroix.
—Esto casi parece normal —dijo Côme.
Todos lo miraron.
El periodista cerró los ojos.
—No debería haberlo dicho.
Mireille sonrió.
—No.
Octave levantó la copa.
—A la normalidad mal pronunciada.
Thérèse también.
—Me sirve.
Bebieron.
Delacroix no brindó.
Pero bebió.
Durante quince minutos hablaron de cosas que no eran muertos.
Libros.
París.
Una obra de teatro que Mireille consideraba insoportable.
Un restaurante que Côme defendía y Hélène calificaba de lugar donde servían platos demasiado pequeños sobre vajilla demasiado grande.
Rémi confesó que nunca había estado en París.
Mireille lo miró como si hubiera admitido no haber visto el mar.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Por qué?
—Porque vivo aquí.
—Eso no explica nada.
—Para mí sí.
Géraud sonrió.
Delacroix observó al grupo.
Necesitaban aquello.
No distraerse del peligro.
Recordar que seguían siendo personas fuera de él.
La primera lámpara parpadeó a las ocho y diecisiete.
Solo una vez.
Rémi levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Voltaje.
La lámpara volvió a parpadear.
Géraud miró hacia el techo.
—¿Generador?
—No estamos con generador.
La tercera oscilación fue mayor.
André se levantó.
—Voy a...
—No —dijo Delacroix.
El director se detuvo.
—Todos aquí.
Rémi ya estaba de pie.
—Puede ser línea principal.
—Espera.
La luz se estabilizó.
Cinco segundos.
Diez.
Nada.
Rémi volvió a sentarse lentamente.
—Si cae, entrará el respaldo.
Géraud lo miró.
—Si no tocaron más.
La frase arruinó la mesa.
Mireille dejó el tenedor.
—No digas eso.
—Es verdad.
Delacroix miró las lámparas.
—¿Hay luces de emergencia?
André asintió.
—Algunas.
—Linternas.
Rémi llevaba una pequeña.
Géraud también.
André fue a levantarse.
Delacroix negó.
—Después de cenar.
Hélène lo miró.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Quieres seguir comiendo mientras las luces fallan?
—Quiero dejar de reaccionar exactamente cuando alguien produce un ruido.
Hélène sostuvo la mirada.
Entendió.
—Bien.
La conversación no volvió.
Comieron.
Cada parpadeo, aunque no se repitió durante varios minutos, había quedado dentro de la habitación como amenaza.
A las ocho y veintitrés, Delacroix tomó un trozo de pan.
La lámpara de la pared bajó de intensidad.
Rémi levantó la cabeza.
La araña central se apagó.
Todo el comedor quedó negro.
No penumbra.
Negro.
Alguien inhaló.
—Nadie se mueva —dijo Delacroix.
Un segundo.
Algo golpeó la mesa.
Dos segundos.
Mireille gritó.
No fuerte.
Un sonido breve.
Tres segundos.
Côme dijo:
—¿Quién me toca?
Una silla se arrastró.
Cuatro segundos.
Delacroix sintió una mano sobre su hombro.
No supo de quién.
Cinco.
Las luces volvieron.
Demasiado brillantes.
Todos aparecieron al mismo tiempo.
Hélène estaba de pie.
Mireille tenía ambas manos contra el pecho.
Côme había retrocedido con la silla.
Octave sostenía el borde de la mesa.
Thérèse estaba inmóvil.
Géraud tenía una mano dentro del abrigo buscando la linterna.
Rémi ya la sostenía.
André estaba pálido.
Delacroix permanecía sentado.
—Nadie se mueva.
Esta vez obedecieron con más rapidez.
—¿Todos bien?
Octave miró alrededor.
—Sí.
Mireille respiraba deprisa.
—Algo me tocó.
—¿Dónde?
—La nuca.
Côme levantó una mano.
—A mí también.
—¿Dónde?
—Brazo.
Thérèse dijo:
—Yo golpeé la mesa.
Todos la miraron.
—Intenté buscar la vela.
Delacroix miró la vela.
Apagada.
—¿Quién se levantó?
Hélène levantó una mano.
—Yo.
—¿Por qué?
—Reflejo.
—¿Tocaste a alguien?
—No que sepa.
Mireille la miró.
—Estabas a mi lado.
—Sí.
—¿Fuiste tú?
—No.
Rémi habló:
—Yo saqué la linterna.
Géraud:
—Yo también.
Octave negó.
—No me moví.
André tampoco.
Delacroix miró su hombro.
—Alguien me tocó a mí.
Hélène lo miró.
—Yo.
—¿Tú?
—Cuando me levanté. Busqué el respaldo de tu silla.
—Eso explica uno.
Côme respiró.
—Entonces quizá fue todo...
Mireille negó.
—No.
—¿Qué?
—Lo mío no fue accidental.
La habitación quedó quieta.
—¿Por qué? —preguntó Delacroix.
Mireille tocó la nuca.
—Dos dedos.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Cinco segundos a oscuras.
—Sé cómo se siente una mano.
Hélène la miró.
—Podría haber sido alguien buscando equilibrio.
—No.
—Mireille...
—No.
Delacroix levantó una mano.
—No discutáis sensaciones.
Mireille parecía ofendida.
—No es una sensación.
—Precisamente por eso no vamos a convertirla todavía en identidad.
Rémi fue hacia el interruptor.
—No lo toques —dijo Delacroix.
El técnico se detuvo.
—Necesito comprobar.
—Desde aquí primero.
Géraud miró las lámparas.
—El corte fue total.
—¿Respaldo?
—Entró tarde o la línea volvió antes.
Rémi consultó su reloj.
—Cinco segundos.
Côme soltó una risa nerviosa.
—Cinco.
—Más o menos.
—Parecieron treinta.
Octave asintió.
—Eso hace el miedo.
Mireille lo miró.
—Gracias.
—No pretendía diagnosticar.
—Lo estabas haciendo.
—Probablemente.
Delacroix observó la mesa.
Algo no estaba bien.
No supo qué.
Miró platos.
Copas.
Cubiertos.
Velas.
Servilletas.
La silla de Hélène desplazada.
La de Côme más atrás.
La mano de Mireille sobre la nuca.
Nada.
Después vio la puerta.
Abierta.
Antes estaba cerrada.
No con llave.
Pero cerrada.
—¿Quién abrió?
Todos miraron.
André frunció el ceño.
—Yo no.
—¿Entró alguien?
Côme palideció.
—No puede haber entrado alguien.
—¿Por qué?
—Porque estábamos todos aquí.
La frase salió demasiado deprisa.
Delacroix miró a los presentes.
Él.
Hélène.
Mireille.
Thérèse.
Côme.
Octave.
Géraud.
André.
Rémi.
Todos.
Sí.
Todos estaban allí.
Entonces nadie podía haber entrado desde fuera.
A menos que hubiera otra persona en el hotel.
La idea apareció.
Delacroix la rechazó.
No por imposibilidad.
Por falta de prueba.