Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 12 — Cinco segundos
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Capítulo 12 — Cinco segundos

A la mañana siguiente, Delacroix no contó a nadie que había visto una luz moverse por el ala este.

No porque dudara de lo que había visto.

Dudaba de lo que significaba.

A las siete y diez estaba ya en el salón con una taza de café entre las manos, observando a través de los ventanales la claridad gris que empezaba a dibujar nuevamente la montaña.

La tormenta había cedido durante la madrugada.

No terminado. La nieve seguía cayendo, pero ahora descendía casi vertical y permitía distinguir la estación superior, parte de la vía y algunas rocas más allá de la terraza.

Aquello habría resultado esperanzador si el teléfono hubiera vuelto a funcionar.

No lo había hecho.

Tampoco había respuesta desde la estación inferior.

Rémi y Géraud llevaban desde las seis y media revisando conexiones acompañados por André.

Delacroix bebió.

El café estaba demasiado fuerte.

Por alguna razón pensó en Amaury.

Eso empezaba a ocurrir con demasiadas cosas.

Una frase.

Una protesta.

Una copa de vino.

El sonido de alguien diciendo jurídicamente.

Los muertos tenían una habilidad molesta para ocupar objetos insignificantes después de marcharse.

Hélène entró a las siete y cuarto.

Lo encontró leyendo nuevamente la carta de Veyrac.

—Has abierto el sobre.

Delacroix levantó la vista.

No había dejado la hoja expuesta. La sostenía a la altura del pecho.

—Sí.

Hélène se acercó a la cafetera.

—¿Y?

—Era de Édouard.

—Eso ya es algo.

—Sí.

—¿Qué decía?

Delacroix dobló la carta.

—Que seguía siendo un imbécil.

Hélène sirvió café.

—Eso no necesitaba documentación.

—Coincido.

—¿Algo útil?

Delacroix la observó.

Quería ver cómo preguntaba.

No solo qué.

Hélène se sentó frente a él.

—Armand.

—¿Sí?

—Si vas a analizar cada pausa que hago, me obligarás a empezar a utilizarlas mal a propósito.

Delacroix sonrió.

—Eso sería interesante.

—Sería agotador.

—También.

Hélène bebió.

Hizo una mueca.

—Dios.

—Está fuerte.

—Esto puede disolver una cucharilla.

—Octave lo consideraría terapéutico.

El humor murió al recordar que Octave ya no tenía a Amaury para discutir diagnósticos.

Hélène bajó la taza.

—¿Qué decía Édouard?

Delacroix esperó.

Decidió entregar una parte.

—Que en 1919 todos aceptasteis una historia porque era la más fácil.

Hélène no reaccionó.

—Eso suena a él durante los últimos meses.

—También que no confiara en los recuerdos compartidos.

—Eso suena más inteligente.

—Y que buscara aquello que cada uno necesitó olvidar por separado.

Hélène miró el fuego apagado.

André todavía no lo había encendido.

—Ésa sí es buena.

—¿Por qué?

—Porque una mentira colectiva necesita acuerdo. Una culpa colectiva no.

Delacroix la observó.

—¿Quién habló de culpa?

Hélène lo miró.

—Édouard.

—No en la carta.

—Entonces tú.

Delacroix no respondió.

Ella sonrió apenas.

—Ves.

—¿Qué?

—No solo yo corrijo palabras.

—¿Qué necesitaste olvidar tú?

La pregunta llegó sin preparación.

Hélène no se movió.

Delacroix la dejó allí.

La novelista tardó unos segundos.

—Que estaba enfadada con Ariane cuando murió.

—Eso ya lo recuerdas.

—Ahora.

—¿Y antes?

—Durante años preferí recordar que éramos amigas.

Delacroix esperó.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—Lo sé.

—Es lo más incómodo.

Hélène bebió otro poco del café terrible.

—Cuando alguien muere, la relación se queda sin futuro. Empiezas a editar el pasado porque ya no puedes compensarlo después.

Delacroix pensó en Amaury.

En la última conversación.

Cobarde.

Sí.

Quizá aquello era precisamente lo que él empezaría a hacer con el abogado si se lo permitía.

Recordar la confesión.

Olvidar la irritación.

Convertirlo en una versión más amable porque ya no podía volver a discutir con él.

—No sabía que habías estudiado psicología —dijo.

—No. He conocido escritores.

—Peor.

—Mucho.

André apareció desde el corredor con una bandeja.

—Buenos días.

Hélène levantó la taza.

—Esto no merece esa expresión.

El director miró el café.

—Lo preparó monsieur Octave.

Delacroix entendió.

—Eso explica la violencia.

André casi sonrió.

Después dejó la bandeja.

—Rémi quiere verlo en la estación.

Delacroix se levantó.

—¿Buenas noticias?

André vaciló.

—Noticias.

Hélène soltó aire.

—La palabra oficial está evolucionando.

Delacroix guardó la carta de Veyrac.

—Ven.

Hélène levantó una ceja.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Confías en mí ahora?

—No.

—Bien. Me habría preocupado.

Atravesaron juntos la galería.

Rémi estaba junto al panel de señal con Géraud. Los dos parecían hombres que habían pasado demasiadas horas viendo cables.

—La estación inferior respondió —dijo Rémi.

Delacroix sintió algo parecido al alivio.

—¿Cómo?

—Una señal breve. Dos impulsos.

—¿Qué significa?

—Que hay alguien abajo o que el circuito recibió una respuesta parcial.

—Eso son cosas muy distintas.

—Sí.

Géraud se inclinó sobre el tablero.

—No podemos confirmar que haya una persona.

—¿Podemos enviar mensaje?

Rémi negó.

—Solo señalización técnica. No voz.

—¿Funicular?

—Todavía no.

El alivio se retiró.

—¿Por qué?

—Hay un problema en el control de la cabina inferior. No sabemos si está correctamente posicionada.

Delacroix miró a través de la ventana.

La vía desaparecía bajo nieve a pocos cientos de metros.

—¿Cuándo lo sabremos?

—Cuando recibamos la secuencia completa o mejore suficiente para comprobar más tramo.

—¿Horas?

Rémi se encogió de hombros.

—Quizá.

—¿Día?

—Puede.

Hélène apoyó una mano contra la barandilla.

—Estamos mejor que ayer.

Rémi la miró.

—Técnicamente.

—Acepto técnicamente.

Géraud cerró el panel.

—Hay algo más que quiero enseñarte.

Delacroix recordó la conversación de la noche anterior.

Quiero enseñarte algo mañana con luz.

—Hélène, espera fuera.

Ella lo miró.

—Ah.

—No dramatices.

—No estaba.

—Tu cara sí.

—Mi cara está aprendiendo de la tuya.

Salió a la galería.

Géraud esperó hasta que la puerta cerró.

—No quiero decir esto delante de todos todavía.

Delacroix sintió una pequeña aprobación.

Amaury había enseñado la lección.

—Habla.

Géraud sacó dos piezas metálicas pequeñas y las colocó sobre una mesa.

—Fusibles de reserva.

—Los que faltaban.

—Sí.

—¿Dónde estaban?

Rémi respondió:

—Detrás de un panel de madera en la estación.

Delacroix miró las piezas.

—¿Escondidos?

—Eso parece.

—¿Por qué no simplemente tirarlos?

Géraud sonrió sin humor.

—Exactamente.

Delacroix entendió.

—Quien los retiró quería recuperarlos.

—O quería que pareciera sabotaje sin destruir el material.

—Veyrac.

—Posible.

Rémi negó.

—No me gusta.

—No tiene que gustarte.

—Si monsieur Veyrac hizo esto como parte del juego, tuvo que manipular sistemas reales. No era necesario esconder fusibles para simular aislamiento.

Delacroix miró a Géraud.

—Tu opinión.

El ingeniero señaló una de las piezas.

—Creo que hay dos manos distintas en el sabotaje.

Delacroix se quedó quieto.

—Explícalo.

—La señal principal está manipulada de forma torpe. El circuito auxiliar también. Pero los fusibles fueron retirados correctamente, sin dañar portafusibles ni contactos.

—¿Un técnico y un aficionado?

—No necesariamente. La segunda tarea es mucho más simple.

—Entonces.

—Alguien pudo recibir instrucciones.

Rémi cruzó los brazos.

—O copiar lo que vio hacer a otra persona.

—¿Qué significa para ti? —preguntó Delacroix.

Géraud pensó.

—Que no debemos imaginar al sabotaje como un único acto realizado en cinco minutos.

Delacroix sintió interés.

—¿En varias visitas?

—Quizá. Parte pudo prepararse antes del viernes.

La visita de Hélène.

La visita de Mireille.

Veyrac.

André.

Rémi.

—¿Puedes saberlo?

—No aún.

—¿Por qué no quieres decirlo delante de los demás?

Géraud miró hacia la puerta donde esperaba Hélène.

—Porque si alguien preparó esto antes y cree que lo hemos interpretado como una sola manipulación reciente, no quiero corregirle la ventaja.

Delacroix sonrió apenas.

—Estás aprendiendo.

—Debería preocuparme.

—Sí.

Géraud recogió los fusibles.

—Y otra cosa.

Delacroix cerró los ojos.

Rémi soltó una pequeña risa.

—Ya se lo estamos contagiando.

—¿Qué?

Géraud miró el circuito.

—Quien manipuló el sistema principal sabía qué inutilizar, pero no comprendía bien el funcionamiento. Estoy casi seguro de que no fue Rémi.

El técnico levantó una ceja.

—Gracias.

—No es cariño.

—Lo aceptaré igual.

Delacroix miró a Géraud.

—¿Por qué?

—Rémi habría podido dejar el funicular inutilizable sin tocar nada visible aquí. Mucho más limpio. Y habría sabido que aflojar ese contacto de esa manera podía producir respuestas intermitentes como las de esta mañana.

—Podría haberlo hecho precisamente para parecer incompetente.

—Sí.

—Entonces no lo elimina.

—No.

—Pero.

Géraud sostuvo su mirada.

—Pero quien lo hizo parece alguien que conoce el nombre de las piezas, no su comportamiento.

Delacroix guardó la frase.

No fue Rémi. Es alguien que...

Todavía no existía la nota del futuro, pero la semilla estaba ahí.

—No lo digas.

—No pensaba.

—Ni a Hélène.

Géraud lo miró.

—¿Sospechas de ella?

—Sospecho de todos.

—Eso es una respuesta cómoda.

—Amaury habría dicho jurídicamente sólida.

Los tres quedaron en silencio.

Después Delacroix abrió la puerta.

Hélène estaba al otro lado, mirando la nieve.

—¿Habéis descubierto que el asesino es una polea?

—Todavía no.

—Una lástima. Me gustaba la solución.

Regresaron.

Delacroix no contó nada.

Eso produjo una tensión pequeña.

Côme lo miró varias veces.

Mireille preguntó directamente.

—¿Qué quería Géraud?

—Revisión técnica.

—¿Y?

—Nada definitivo.

Era verdad.

Parcialmente.

Hélène lo observó.

Sabía que ocultaba algo.

No preguntó.

También estaba aprendiendo.

La mañana transcurrió sin grandes acontecimientos.

Y precisamente por eso fue una de las peores.

El grupo no sabía qué hacer con las horas normales.

André preparó comida.

Octave revisó a todos casi por obligación, buscando síntomas de agotamiento, presión, deshidratación y cualquier otra cosa que pudiera convertirse en problema sin ayuda médica exterior.

Mireille intentó leer.

Côme escribió durante casi una hora y después arrancó las páginas.

Thérèse revisó algunas cartas viejas que llevaba consigo.

Rémi y Géraud alternaron trabajo en la estación.

Hélène tomó notas.

Delacroix investigó menos de lo que todos esperaban.

Observaba.

Eso inquietaba más.