Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 11 — El hotel empieza a cerrarse #4
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Capítulo 11 — El hotel empieza a cerrarse #4

—Ayer discutíamos si el mi del piano estaba desafinado.

Delacroix la miró.

Mireille sonrió sin humor.

—Lo estaba.

—Amaury decía que no.

La sonrisa murió.

Thérèse se acercó y tomó a Mireille del brazo.

—Vamos.

Las puertas empezaron a cerrarse.

Delacroix permaneció otra vez en el corredor.

Esta vez no fue el último por casualidad.

Esperó hasta que todos estuvieron dentro.

Hélène seguía frente a su habitación.

—¿Otra noche sin dormir?

—Probablemente.

—Yo también.

—No fumes junto a la ventana abierta. Estamos perdiendo bastante calefacción sin tu ayuda.

—Eso ha sonado doméstico.

—Retiro la frase.

Hélène apoyó una mano sobre la puerta.

—Armand.

—¿Sí?

—Mireille no mató a Édouard.

Delacroix la miró.

—Eso es bastante categórico.

—La conozco.

—No es prueba.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo dices?

Hélène pensó.

—Porque Mireille construye trucos para que la gente los vea.

Delacroix no respondió.

—Necesita el efecto —continuó—. El instante en que alguien mira donde ella quiere. El aplauso. La sorpresa. Incluso cuando se burla, necesita que entiendas el mecanismo después.

—¿Y el asesino?

Hélène miró hacia el extremo oscuro del corredor.

—Quiere que entendamos otra cosa.

La frase era buena.

Otra vez.

—¿Qué?

—No sé.

—Entonces no me sirve.

—Aún.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Buenas noches, Hélène.

—Buenas noches.

Ella entró.

La puerta se cerró.

Delacroix esperó.

Ningún paso.

Ningún roce.

Nada bajo su puerta.

Entró en la 214.

Cerró.

Por primera vez desde la mañana se permitió quitarse la chaqueta.

Al hacerlo recordó la carpeta.

El sobre de Veyrac seguía dentro.

Lo sacó.

Lo dejó sobre el escritorio.

Armand.

Una palabra escrita por un muerto.

O por su asesino.

Se sentó.

Durante varios minutos simplemente lo miró.

Había esperado demasiado.

Quizá precisamente porque sabía que podía contener algo fundamental.

La paciencia también podía convertirse en cobardía cuando uno la prolongaba lo suficiente.

Tomó el sobre.

Lo abrió.

Dentro había una sola hoja.

La letra era de Veyrac.

Delacroix la reconoció inmediatamente.

No mecanografiada.

No imitada.

Édouard.

«Armand:

Si has abierto esto antes del final de la partida, has hecho trampas.

Si lo has abierto después de mi muerte, supongo que tengo problemas mayores.

No sé todavía si estoy en lo cierto. Esa es la razón por la que no acudí a ti con una acusación, sino con una pregunta.

En 1919 aceptamos una historia porque era la historia que más fácil resultaba aceptar.

He encontrado razones para creer que la escribimos mal.

No confíes en lo que recordamos todos.

Busca aquello que cada uno necesitó olvidar por separado.

Y una cosa más:

La última página no desapareció aquella noche.

Alguien la conservó.»

Delacroix dejó de respirar durante un segundo.

Leyó de nuevo.

La última página no desapareció aquella noche.

Alguien la conservó.

Debajo había una frase más.

Mucho más pequeña.

«No sé quién.»

Nada más.

Delacroix apoyó la hoja sobre el escritorio.

Afuera, el viento volvió a golpear.

Pensó en Amaury.

En la carta destruida.

En Thérèse recordando un papel en manos de Hélène.

En Édouard preguntando:

¿Dónde está la última página, Hélène?

Pensó en Mireille.

En las herramientas.

En la escenografía.

En su culpa.

En la visita previa.

En Hélène llegando sola al hotel en enero.

En la manipulación torpe de un sistema que alguien había visto pero no comprendido de verdad.

Demasiadas cosas.

Delacroix cerró los ojos.

No iba a acusar a Hélène.

No todavía.

Ni siquiera estaba seguro de sospechar específicamente de ella.

Eso era lo peligroso.

Había empezado a existir una explicación demasiado atractiva.

Y las explicaciones atractivas eran exactamente aquellas que necesitaban más resistencia.

Guardó la carta en el bolsillo interior de la chaqueta.

No la dejaría en la habitación.

Se levantó.

Fue hacia la ventana.

La tormenta había disminuido lo suficiente para permitir distinguir una parte del hotel reflejada contra el cristal.

No el exterior.

El interior.

Su propia habitación aparecía detrás de él: cama, lámpara, escritorio.

Delacroix contempló el reflejo.

Entonces vio algo moverse.

No detrás.

En el corredor exterior del ala este, visible por un ángulo entre edificios.

Una luz.

Muy pequeña.

Desplazándose detrás de varias ventanas oscuras.

Delacroix se quedó inmóvil.

El ala estaba cerrada.

La luz apareció en una ventana.

Desapareció.

Apareció en la siguiente.

Alguien caminaba por dentro.

Delacroix no abrió la puerta.

Esta vez no por miedo.

Por decisión.

Apagó su lámpara.

Volvió a la ventana.

La pequeña luz avanzó dos ventanas más.

Después desapareció.

Delacroix esperó.

Diez segundos.

Veinte.

Treinta.

Nada.

Podía despertar al hotel.

Correr.

Abrir el ala.

Buscar.

Exactamente lo que alguien quizá quería.

No lo hizo.

Por primera vez desde que había empezado la investigación, Delacroix dejó que una pista pasara delante de él sin perseguirla.

Se quedó quieto en la oscuridad.

Y sonrió apenas.

No porque hubiera algo divertido.

Porque acababa de comprender que el asesino no era la única persona del Grand Hôtel des Cimes capaz de cambiar las reglas.