Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 11 — El hotel empieza a cerrarse #3
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Capítulo 11 — El hotel empieza a cerrarse #3

—Tengo herramientas desaparecidas, objetos cambiados, una escena mía convertida en asesinato y ahora descubro que alguien volvió después de que yo dejara todo preparado.

Hélène apretó la mandíbula.

—Édouard me autorizó.

—Édouard está muerto.

—Eso no convierte todo lo que hice en secreto.

—No. Pero cambia mucho lo que significa.

Delacroix levantó la caja.

—Terminamos primero.

Mireille lo miró.

—¿Qué?

—El ala.

—Armand...

—Después discutís.

La frase sonó autoritaria incluso para él.

Pero funcionó.

Mireille volvió a coger su caja.

Caminaron.

Al llegar al salón, la noticia de la segunda visita de Hélène circuló sin que Delacroix tuviera que decirla.

Mireille lo hizo.

No como acusación.

Como protesta.

—Hélène vino sola en enero.

Côme abrió la libreta.

Hélène lo vio.

—Escribe.

El periodista obedeció.

Amaury habría protestado por la rapidez con que una frase se convertía en registro.

Otra vez aquel pensamiento.

Delacroix empezaba a odiar la forma en que los muertos seguían participando.

Géraud regresó poco después con Rémi.

—Encontramos otra válvula tocada.

Delacroix se volvió.

—¿Dónde?

—Circuito del tercer piso.

André frunció el ceño.

—Ese piso ya está casi sin uso.

—Precisamente.

—¿Qué efecto?

Géraud se quitó los guantes.

—Ninguno inmediato porque allí ya había calefacción reducida. Pero confirma que alguien manipuló varios puntos.

—¿Mismo nivel de habilidad?

Géraud asintió.

—Sí.

Delacroix miró a Hélène.

Ella no apartó la vista.

Côme registró el gesto.

Delacroix lo vio.

—No escribas miradas.

El periodista levantó la cabeza.

—No estaba...

—Sí estabas.

Côme tachó algo.

Mireille se sentó.

—Yo conozco las válvulas.

Todos se volvieron hacia ella.

Delacroix esperó.

—Durante la preparación —continuó— una habitación estaba demasiado caliente para conservar un efecto de cera. Rémi me enseñó cómo cerrar parcialmente una sección.

Rémi la miró.

—Sí.

—¿Cuál?

—Este.

—¿Y la del tercer piso?

—No.

Géraud se cruzó de brazos.

—Pero sabías que había circuitos independientes.

—Sí.

Mireille sostuvo las miradas.

—Ahorrad tiempo. Tengo herramientas, conozco los corredores, preparé la escena donde murió Édouard, sabía dónde estaba el arma falsa, utilicé las escaleras, conozco la calefacción y puedo abrir cerraduras.

Côme dejó de escribir.

—Mireille...

—No. Es mejor decirlo yo.

Delacroix la observó.

—¿Sabías cómo sabotear el funicular?

—No.

Rémi habló:

—Le expliqué dónde estaba el freno auxiliar durante la preparación.

Mireille giró hacia él.

—¿Qué?

—Me preguntaste.

—Porque Édouard quería saber si podíamos detener una cabina como parte de una pista.

—Lo sé.

Mireille cerró los ojos.

—Perfecto.

Hélène permanecía quieta.

No necesitaba acusarla.

Las circunstancias lo hacían.

Delacroix recordó su conversación en el corredor:

Mireille también.

Aquella simple frase se volvía ahora mucho más pesada.

—¿Qué más sabía Mireille? —preguntó Delacroix a Rémi.

El técnico pensó.

—Estación. Sala de máquinas de forma general. Sistema de campanas porque lo usó para efectos. Montacargas.

—¿Y Hélène?

—Más o menos lo mismo, pero preguntó más.

Mireille abrió los ojos.

Hélène levantó una ceja.

—¿Más?

—Por novelas, dijo.

—Era verdad.

—No he dicho que no.

Delacroix sintió el desplazamiento.

El grupo empezaba a mirar a dos mujeres.

Mireille, porque podía fabricar las ilusiones.

Hélène, porque había preguntado cómo funcionaban.

Era demasiado pronto.

Y demasiado cómodo.

—Basta —dijo.

Côme levantó la vista.

—¿Qué?

—Acceso no es culpabilidad.

Mireille pareció agradecerlo.

Hélène no mostró nada.

—Quiero una lista completa de personas que estuvieron en el hotel antes del viernes —continuó—. No solo nosotros. Proveedores, personal, cualquier miembro del Círculo.

André asintió.

—Tengo registros.

Hélène habló:

—Édouard. Mireille. Yo.

Todos la miraron.

—Que sepamos —añadió.

Delacroix observó la elección.

Lo había dicho ella.

Había colocado su propio nombre voluntariamente entre los tres.

Transparencia otra vez.

Y, al mismo tiempo, había colocado el de Mireille.

—¿Nadie más del grupo? —preguntó.

André negó.

—No.

—¿Amaury?

—No.

—Octave.

—No.

—Thérèse.

—No.

—Côme.

El periodista levantó las manos.

—Ni sabía dónde quedaba el hotel hasta hace una semana.

—Géraud.

—Primera vez ayer.

Delacroix miró a Rémi.

—Entonces, dentro del Círculo, tres personas tuvieron oportunidad previa de estudiar el edificio.

—Sí.

Veyrac estaba muerto.

Quedaban dos.

Mireille y Hélène.

El red herring se había construido solo.

Demasiado bien.

Delacroix decidió romperlo un poco.

—Y André y Rémi viven aquí.

Todos los miraron.

André palideció.

Rémi frunció el ceño.

—Exacto —continuó Delacroix—. Si vamos a confundir oportunidad con culpa, hagámoslo de forma democrática.

Amaury habría apreciado la frase.

Tal vez.

Mireille respiró.

Hélène miró a Delacroix con una pequeña sonrisa que él decidió ignorar.

Alrededor de las once y media de la noche, el ala este quedó oficialmente cerrada.

André recorrió con Delacroix las puertas principales. Cerraron una a una.

Sala lateral.

Pasillo de huéspedes.

Escalera secundaria.

Acceso a un pequeño salón que ya nadie utilizaba.

Finalmente la puerta cortafuegos entre el núcleo central y el ala este.

André giró la llave.

El sonido fue seco.

—Nunca cerramos esto salvo mantenimiento.

Delacroix miró el cristal esmerilado de la puerta.

Al otro lado quedaba un corredor oscuro.

—Ahora sí.

André sostuvo la llave.

—Parece una derrota.

—Es una puerta.

—Soy director de hotel.

—Eso explica el sentimentalismo inmobiliario.

André sonrió débilmente.

—Quizá.

Delacroix le quitó la llave.

—Una copia conmigo.

André asintió.

Volvieron al salón.

El grupo había trasladado mantas, agua, parte de la utilería y algunos libros. Mireille había elegido una novela al azar de la biblioteca y la tenía cerrada sobre las rodillas.

—¿No lees? —preguntó Côme.

—Llevo diez minutos en la misma línea.

—¿Cuál?

—No lo sé.

Côme asintió.

—Yo también intenté.

Hélène estaba escribiendo.

Delacroix lo vio.

—¿Qué haces?

Ella levantó la mirada.

—Notas.

—¿Sobre el caso?

—Sobre nosotros.

—Eso suena peor.

—Quiero recordar qué se dijo hoy antes de que mañana todos lo recordemos distinto.

La idea era buena.

Demasiado buena para prohibirla.

—No las compartas.

—No pensaba.

Delacroix se sentó frente a ella.

—¿Puedo verlas después?

—Si sobrevives.

Côme levantó la vista.

Nadie rió.

Hélène cerró los ojos.

—Perdón.

Delacroix la observó.

El humor empezaba a producir heridas involuntarias.

Era otra señal de que la tensión había cambiado.

—No pasa nada.

Ella guardó la pluma.

—Sí pasa.

—Entonces no lo repitas.

—Qué magnánimo.

—Eso ha estado mejor.

Una pequeña sonrisa.

Duró poco.

Géraud se acercó.

—Armand.

—¿Qué?

—Quiero enseñarte algo mañana con luz.

—¿Sobre el funicular?

—Sí.

Delacroix no preguntó más delante del grupo.

El cambio fue consciente.

Géraud lo percibió.

—Bien.

Se alejó.

Hélène observó el intercambio.

—Ya empezaste.

—¿Qué?

—A callarte.

—Estoy cansado.

—Mientes peor de lo que crees.

Delacroix la miró.

—Eso sería preocupante.

—No demasiado. Los buenos mentirosos suelen creer que son excelentes.

—¿Y los novelistas?

—Tenemos la ventaja de poder corregir después.

La frase quedó entre ambos.

Delacroix recordó el tren.

La conversación sobre autores.

La facilidad de volver atrás y colocar un cenicero donde faltaba.

Correcciones.

Ariane.

Hélène.

Por primera vez la asociación apareció con una claridad que le resultó incómoda.

La apartó.

No porque no importara.

Porque todavía podía ser únicamente una palabra repitiéndose demasiado.

Poco antes de medianoche, Octave ordenó descanso.

Esta vez nadie protestó por dormir en el corredor oeste.

Nadie pidió privacidad.

André colocó dos jarras de agua común en una mesa del corredor. Cada habitación recibió una lámpara adicional. Rémi comprobó las cerraduras.

Delacroix modificó otra regla.

—No quiero llaves puestas en las cerraduras por dentro.

Côme lo miró.

—¿Por qué?

—Porque si alguien consigue abrir con duplicado desde fuera, una llave interior puede impedirlo en algunos modelos, pero también puede ser manipulada según la cerradura. Prefiero pestillo donde haya.

André explicó cuáles funcionaban de cada manera.

Acabaron cambiando tres habitaciones.

Mireille miró el corredor.

—¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo?

Delacroix siguió comprobando una puerta.

—Sí.

—Hemos cerrado treinta habitaciones. Repartido agua. Sellado herramientas. Cambiado dormitorios. Guardado armas. Prohibido caminar solo.

—Sí.