Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 11 — El hotel empieza a cerrarse #2
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Capítulo 11 — El hotel empieza a cerrarse #2

Todos lo miraron.

El periodista levantó las manos.

—Era una pregunta.

Géraud se acercó.

—No parece.

—¿Seguro?

—No.

Mireille soltó aire.

—La palabra oficial.

Delacroix miró el marco.

No quería que todo se convirtiera automáticamente en asesinato.

El hotel podía sufrir.

La tormenta podía romper cosas sin ayuda humana.

Eso era importante.

Un enemigo omnipotente era intelectualmente cómodo y psicológicamente devastador.

—Lo consideramos accidente hasta tener motivo para lo contrario.

Hélène lo miró.

—Qué prudente.

—Estoy aprendiendo de Amaury.

El nombre produjo un pequeño silencio.

Delacroix se arrepintió apenas.

Después decidió no hacerlo.

No podían convertir cada mención de los muertos en sacrilegio.

André fue al radiador.

Lo tocó.

—Está frío.

Rémi se acercó.

—Eso no tiene relación con la ventana.

—Esta mañana funcionaba.

Géraud tocó la tubería.

—Muy poco flujo.

André frunció el ceño.

—No.

—¿Qué?

—La calefacción del ala.

Se apresuró al corredor.

Probó otro radiador.

Frío.

Otro.

Tibio apenas.

—Tenemos un problema.

Mireille cerró los ojos.

—No digas «otra cosa».

André no la entendió.

—¿Qué?

—Nada.

Rémi bajó hacia una pequeña puerta técnica al final del pasillo. Géraud lo acompañó.

Delacroix miró alrededor.

—¿Qué controla esta ala?

André respondió:

—Circuito secundario de calefacción. Hay válvulas y una bomba de circulación en el sótano técnico.

—¿Puede congelarse?

—Si queda parada suficiente tiempo.

—¿Cuánto?

—Depende.

—Esa también está teniendo un buen fin de semana.

André no sonrió.

Rémi apareció nuevamente.

—La válvula de este tramo está casi cerrada.

Géraud venía detrás.

—No sola.

Delacroix lo miró.

—¿Manipulada?

El ingeniero asintió.

—Sí.

Algo cambió.

El cristal podía ser tormenta.

La calefacción no.

—¿Qué consigue alguien cerrándola? —preguntó.

Rémi respondió:

—Que esta ala pierda calor progresivamente.

—¿Daño?

—Si se congela una conducción, sí.

—¿Cuánto lleva así?

Géraud tocó otra tubería.

—Horas.

André abrió mucho los ojos.

—Anoche estaba normal.

—Entonces después.

Delacroix sintió cómo el hotel se reducía otro poco.

—¿Puede reabrirse?

Rémi miró a Géraud.

—Sí, pero quiero revisar el resto antes. Si alguien cerró una válvula, puede haber tocado otras.

—Hazlo acompañado.

—Géraud.

—Sí.

Delacroix miró el ala.

Una ventana rota.

Calefacción alterada.

Habitaciones vacías.

No tenía sentido mantener personas allí.

—La cerramos.

André se volvió.

—¿Toda?

—Sí.

—Monsieur Delacroix, hay treinta y cuatro habitaciones en este lado.

—Hoy necesitamos cero.

—Hay almacenes.

—Se accede acompañado.

André parecía sufrir físicamente.

Un hotel no estaba diseñado para renunciar a sus propios espacios.

Pero terminó asintiendo.

—Bien.

—Cerramos las puertas cortafuegos. Desconectamos lo que no necesitemos y trasladamos cualquier cosa útil.

Mireille miró el corredor.

—Entonces ya no podemos utilizar la escalera de Amaury.

—Solo si es imprescindible.

—Un ala entera.

Delacroix la miró.

—Sí.

Ella no dijo nada.

Había expresado por la mañana que cada vez que alguien decía que no podían utilizar una zona, el hotel se hacía más pequeño.

Ahora ocurría literalmente.

El traslado de equipaje empezó una hora después.

No era imprescindible, porque casi todos dormían ya en el ala oeste, pero André explicó que algunas pertenencias de servicio y material del juego seguían guardados en habitaciones del este. Delacroix decidió retirarlo antes de cerrar.

Se organizaron en grupos.

André, Rémi y Géraud revisaban calefacción.

Mireille y Thérèse recogían utilería.

Octave y Côme trasladaban mantas y agua.

Hélène permanecía con Delacroix revisando qué habitaciones podían contener materiales de La última página.

—¿Confías en mí? —preguntó ella.

Delacroix estaba comprobando una lista.

—No.

Hélène lo miró.

—Eso ha sido rápido.

—Has preguntado una cosa sencilla.

—Podrías haber mentido.

—Estoy reservando las mentiras para momentos útiles.

Ella sonrió.

—Entonces sí has cambiado.

Delacroix levantó la vista.

—¿En qué?

—Ayer preguntabas todo en voz alta.

—Ayer Édouard era el único muerto.

—Y hoy Amaury.

—Sí.

La sonrisa desapareció.

Caminaron hacia la antigua sala de preparación.

Hélène llevaba una lámpara.

La corriente de aire se hacía más fuerte conforme avanzaban.

—¿Qué te dijo Amaury? —preguntó.

—Ya te respondí.

—No. Dijiste que la hoja confirmaba una acusación de Ariane.

—Eso es suficiente.

—Para ti.

—Por el momento también para ti.

Hélène se detuvo.

Delacroix avanzó dos pasos antes de darse cuenta.

Se volvió.

Ella estaba quieta en medio del corredor.

—¿Qué?

—No me gusta ser tratada como sospechosa mientras finges que no lo haces.

Delacroix la observó.

—Todos sois sospechosos.

—No de la misma manera.

—No.

Hélène apretó la lámpara.

—Entonces dilo.

—Ariane te acusó de utilizar material suyo. Murió antes de hacerlo público. Tu carrera despegó después. Veyrac encuentra documentos once años más tarde y muere. Amaury confirma que los documentos existen y muere.

Hélène sostuvo su mirada.

—Sí.

La respuesta lo sorprendió.

—¿Sí?

—Es una secuencia razonable.

—No parece molestarte admitirlo.

—Me molestaría más que fingieras que no existe.

Delacroix se acercó.

—¿Y tu explicación?

Hélène tardó un instante.

—Que no maté a ninguno.

—Eso es una afirmación.

—Es la única explicación que tengo derecho a exigir que consideres.

—La considero.

—¿Y?

—No basta.

Hélène sonrió apenas.

—Bien.

—¿Bien?

—Prefería eso a que me dijeras que me crees.

—Qué exigente.

—Soy novelista.

Continuaron caminando.

La sala de preparación tenía dos mesas cubiertas de papeles, cajas y objetos. Mireille había retirado ya gran parte de sus materiales, pero quedaban carpetas con secuencias del juego.

Delacroix las observó.

—¿Estuviste aquí durante la visita previa?

Hélène lo miró.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Dos días.

—¿Por qué tanto?

—Édouard quería opinión sobre la parte literaria.

—Mireille dijo que preparaba la técnica.

—Exactamente. Yo ayudé con textos, estructura y documentos.

—¿Viste la estación del funicular?

—Sí.

—¿Sala de máquinas?

—Sí.

—¿Cuadro de campanas?

—Sí.

Hélène empezó a recoger papeles.

Delacroix la miró.

—No parece que te preocupe decirlo.

—¿Debería?

—Te coloca entre las pocas personas que conocían zonas manipuladas.

Ella sostuvo una carpeta.

—Mireille también.

Delacroix no respondió.

Hélène lo miró.

—Ah.

—¿Qué?

—Eso querías saber.

—¿Qué cosa?

—Si intentaría ocultar la visita.

Delacroix sonrió apenas.

—No necesitaba ayudarte.

—No. Pero has sido bastante transparente.

Ella dejó la carpeta sobre una caja.

—Entonces voy a serlo más.

Delacroix esperó.

—No vine solo una vez.

La frase cambió el aire.

—¿Cuántas?

—Dos.

—¿La segunda con quién?

—Sola.

Delacroix se quedó quieto.

Hélène continuó antes de que preguntara.

—A principios de enero. Édouard me pidió revisar algunos textos y comprobar cómo funcionaban ciertos espacios en el juego.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

—Porque nadie preguntó cuántas veces vine.

La frase recordó demasiado a 1919.

Nunca me preguntaste.

Delacroix la observó con dureza.

Hélène lo notó.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertir cada omisión en confesión.

—Una segunda visita sola importa.

—Sí.

—¿Viste la sala de máquinas esa vez?

—Sí.

—¿El circuito de señal?

—Rémi me explicó superficialmente el funcionamiento durante la primera visita. La segunda me limité a recorrer el hotel.

Delacroix sintió cómo encajaba perfectamente con la descripción de Géraud.

Alguien que sabía qué desactivar, pero no cómo hacerlo con pericia.

Hélène acababa de entregarle voluntariamente una razón para sospechar de ella.

Eso era inteligente.

O inocente.

O ambas.

—¿Por qué me lo dices ahora?

—Porque vas a descubrirlo.

—¿Cómo?

—André lleva registro de visitas.

Delacroix no respondió.

Hélène se acercó.

—Y porque si ocultara algo que puede comprobarse dentro de unas horas, sería una idiota.

—No pareces una.

—Gracias.

—No era elogio.

—Los mejores suelen empezar así.

La frase era de Veyrac.

Los dos lo recordaron.

Ninguno sonrió.

—¿Qué zonas recorriste sola? —preguntó Delacroix.

—Biblioteca. Salón. Escaleras de servicio. Observatorio. Estación. El cuadro de llamadas. Montacargas.

—Mucho para revisar textos.

—También escribo novelas.

—Investigación.

—Exactamente.

—Conveniente.

Hélène lo miró.

—Muchísimo.

Delacroix sintió que había llegado deliberadamente al borde.

Ella sabía cómo sonaba.

Y no evitaba nada.

—Mireille estuvo en todas esas zonas también —añadió Hélène.

Ahí estaba.

La primera orientación.

No una acusación.

Un hecho.

Pero el efecto era evidente.

—¿Por qué mencionarla?

—Porque acabas de enumerar mi acceso como si fuera exclusivo.

—No lo era.

—Entonces.

—Mireille no vino sola.

Hélène se quedó quieta.

—No.

—Tú sí.

—Sí.

—Eso es una diferencia.

—Lo es.

No discutió.

Otra vez.

Delacroix no sabía si admirarlo o preocuparse.

Recogieron las carpetas.

Al salir encontraron a Mireille al final del corredor cargando una caja de utilería.

—¿Terminasteis? —preguntó.

Hélène respondió:

—Casi.

Mireille miró la caja que llevaba Delacroix.

—Eso es documentación del juego.

—Sí.

—No la mezcles.

—No pensaba.

Mireille suspiró.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Porque llevo dos días hablando como si el orden de mis cajas importara más que los muertos.

Delacroix la miró.

—El orden de tus cajas puede decirnos qué objetos no pertenecían al juego.

Mireille asintió.

—Eso me hace sentir peor.

Hélène se acercó.

—Mireille.

La escenógrafa la miró.

—¿Qué?

—Le conté a Armand que vine una segunda vez.

El cambio fue inmediato.

Mireille dejó la caja en el suelo.

—¿Sola?

—Sí.

—No lo sabía.

—Édouard me lo pidió.

Mireille miró a Delacroix.

Después a Hélène.

—¿Cuándo?

—Principios de enero.

—¿Para qué?

—Textos.

Mireille soltó una risa breve y amarga.

—Claro.

Hélène frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que Édouard me dijo que nadie vendría después de nuestra visita hasta el fin de semana.

—Cambió de opinión.

—Sin decírmelo.

—Eso parece.

Mireille miró el corredor.

—¿Entraste en mi sala?

—Sí.

—¿Tocaste material?

—No que recuerde.

Mireille soltó el aire.

—Maravilloso.

—¿Me estás acusando?

—No.

—Suena parecido.

Mireille levantó la cabeza.