Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 11 — El hotel empieza a cerrarse
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Capítulo 11 — El hotel empieza a cerrarse

La primera mentira de Armand Delacroix fue pequeña.

Precisamente por eso funcionó.

—Amaury no llegó a contarme qué contenían exactamente los documentos de Veyrac —dijo.

Nadie respondió inmediatamente.

Los ocho supervivientes estaban repartidos alrededor del salón con la misma distancia que habían conservado desde que bajaron de la escalera de servicio.

Hélène permanecía junto a la chimenea. Mireille se había sentado en el brazo de un sofá en lugar de hacerlo sobre el asiento.

Thérèse miraba las llamas. Octave tenía las manos cerradas alrededor de una taza que ya no debía de conservar calor.

Côme sostenía su libreta pero no escribía.

Géraud y Rémi ocupaban dos sillas próximas a la puerta.

André seguía de pie, incapaz al parecer de abandonar definitivamente la idea de que un director de hotel no debía sentarse mientras hubiera huéspedes despiertos.

Delacroix tenía dentro del bolsillo las dos hojas que Amaury le había entregado.

Conocía exactamente lo que contenían.

Una carta de Ariane acusando a Hélène de apropiación literaria.

Una instrucción que remitía a la escalera.

Una referencia a una página desaparecida.

Y la confesión oral de Amaury sobre una segunda carta que había destruido en 1919.

No iba a compartir nada de eso.

Todavía.

—¿Nada? —preguntó Côme.

Delacroix lo miró.

—Nada que podamos demostrar que pertenezca a la muerte de Édouard.

No era exactamente otra mentira.

Empezaba a entender por qué Amaury había disfrutado tanto de los matices.

Hélène lo observaba.

—Antes dijiste que lo que sabía Amaury probablemente lo había convertido en objetivo.

—Probablemente.

—Entonces sí era importante.

—Para él.

—Eso tampoco significa nada.

—Lo sé.

Hélène entrecerró los ojos.

Delacroix sintió una satisfacción pequeña y desagradable.

Estaba probando algo.

No a Hélène específicamente.

A todos.

Si alguien conocía el contenido verdadero de aquellas hojas, la afirmación de Delacroix podía producir reacción. Corrección. Alivio. Necesidad de saber cuánto ocultaba.

No vio nada suficientemente claro.

Mireille habló:

—¿Qué hacemos con Amaury?

La pregunta devolvió el cadáver al edificio.

Delacroix miró a Octave.

—¿Puede quedarse donde está?

El médico negó.

—No toda la noche. La temperatura del ala es baja, lo que ayuda, pero no es un lugar apropiado. Además necesitamos poder utilizar la escalera si ocurre algo.

—¿Moverlo altera demasiado?

—Ya he observado lo esencial. No tenemos policía, fotógrafo ni médico forense. A estas alturas nuestra pureza de escena es bastante teórica.

La frase resultó brutal porque era cierta.

En París, Delacroix habría impedido cualquier traslado hasta que las autoridades examinaran el cuerpo.

Allí no había autoridades.

No había laboratorio.

No había fotógrafo.

No había siquiera una voz al otro lado de un teléfono confirmando que el mundo exterior conocía lo ocurrido.

Solo ellos.

—¿Dónde? —preguntó.

André respondió:

—Hay una pequeña cámara fría junto a despensa.

Todos lo miraron.

El director se dio cuenta de cómo había sonado.

—No para... —Se detuvo—. Quiero decir que puede mantenerse a baja temperatura.

Mireille cerró los ojos.

—Édouard está todavía en el gabinete.

André palideció más.

Delacroix había evitado pensar en ello.

Dos muertos.

En plantas distintas.

El hotel empezaba a adquirir una geografía de cadáveres.

—Los pondremos juntos —dijo Octave.

Thérèse levantó la cabeza.

—¿Juntos?

—En una dependencia cerrada.

—No suena mejor.

—No intento que suene mejor.

Delacroix asintió.

—Lo hacemos ahora. Todos sabrán dónde están. La llave se queda conmigo y con André.

—¿Dos llaves? —preguntó Côme.

—Dos.

—¿Por qué no una?

Delacroix lo miró.

—Porque si solo la tengo yo y aparezco muerto, tendremos una conversación muy estúpida.

Côme abrió la boca.

Después asintió.

Nadie sonrió.

Octave, Géraud y Rémi acompañaron a Delacroix para trasladar primero a Amaury. Hélène quiso ir.

—No.

Ella levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque no necesito cinco personas.

—Géraud tampoco es necesario.

El ingeniero la miró.

—Gracias.

—No era personal.

Delacroix observó a Hélène.

Había interés en su insistencia.

Podía ser simple humanidad.

Podía ser deseo de comprobar si Amaury llevaba algo más.

Podía ser nada.

—Quédate con los demás.

Hélène sostuvo la mirada.

—Bien.

No discutió.

Eso también quedó registrado.

La escalera de servicio parecía diferente al regresar.

No porque hubiera cambiado.

Porque Amaury continuaba en el descansillo.

La lámpara superior proyectaba una luz amarilla sobre el cuerpo y dejaba el resto del tramo en sombras. Delacroix sintió un rechazo físico al verlo.

Habían hablado durante horas.

Discutido.

Amaury había confesado una cobardía once años después de cometerla y prometido quizá, sin decirlo, empezar a corregirla.

Ahora ya no podía.

Octave se agachó.

—Necesitamos una manta.

Rémi volvió y regresó con una del armario de servicio.

Cubrieron el cuerpo antes de moverlo.

Géraud observó el escalón donde había aparecido la sangre.

—Armand.

—¿Qué?

—Aquí.

Señaló el borde lateral de la pared.

Delacroix se inclinó.

Una pequeña marca oscura.

No sangre.

Algo parecido a una raspadura.

—¿Qué es?

Géraud pasó un dedo cerca sin tocar.

—Metal contra madera, quizá.

—¿Arma?

—Podría.

Delacroix miró a Octave.

—La contusión detrás de la oreja.

—Objeto romo. No muy grande.

Rémi recorrió visualmente el descansillo.

—Aquí había una barra para enganchar una ventana alta.

André no estaba con ellos.

—¿Dónde?

Rémi señaló dos soportes vacíos junto a la pared.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Falta?

—Parece.

—¿Cómo es?

—Madera con extremo de latón. Un metro aproximadamente.

Octave miró la marca.

—El extremo podría producir una lesión así.

Delacroix sintió que aparecía otra pieza.

—¿Quién sabía que estaba aquí?

Rémi se encogió de hombros.

—Cualquiera que utilizara esta escalera.

—No sirve.

—Es una barra para ventanas, no un arma escondida.

Géraud recorrió los escalones con la vista.

—Puede haberla tirado después.

Buscaron.

Nada.

Ni en el descanso inferior ni detrás de los radiadores ni bajo el pequeño armario de limpieza.

El arma, si había sido aquella, ya no estaba.

—Otro objeto desaparecido —dijo Octave.

Delacroix miró los soportes vacíos.

La caja de Mireille.

La página.

Ahora una barra.

El asesino no solo dejaba cosas.

También retiraba.

El hotel entero se había convertido en inventario.

—Movamos a Amaury.

No quería pasar más tiempo allí.

El traslado resultó mucho más difícil emocionalmente que físicamente. Rémi y Géraud se encargaron del peso principal. Octave controló la cabeza y Delacroix abrió camino.

No hablaron.

Los pasos descendieron despacio.

Cuando atravesaron el vestíbulo con el cuerpo cubierto, todos los demás se pusieron de pie.

Mireille miró la manta y giró la cabeza.

Hélène no.

Thérèse cerró los ojos.

Côme retiró la libreta.

André abrió la puerta hacia la zona de despensa.

La pequeña cámara fría tenía paredes de azulejo claro, estanterías vacías y un suelo limpio. El aire era varios grados más frío.

Colocaron a Amaury sobre una mesa larga que André cubrió antes con otra manta.

Después fueron por Veyrac.

Aquello fue peor.

No porque el cuerpo estuviera en peores condiciones.

Porque al abrir el gabinete Delacroix encontró todavía la escena del juego alrededor de él.

Las páginas.

La sangre.

La silla.

El abrecartas.

Y, debajo de los papeles, el sobre crema con su nombre.

Seguía allí.

Delacroix lo miró.

Octave también.

—¿Ahora?

Delacroix negó.

—No.

—Empiezo a creer que vas a esperar hasta París.

—O hasta que alguien intente robarlo.

Géraud levantó la vista.

—Eso puede ocurrir.

—Precisamente.

Delacroix tomó el sobre finalmente, pero no lo abrió. Lo introdujo dentro de una carpeta vacía y la guardó bajo su chaqueta.

Octave lo observó.

—Eso cuenta como mover evidencia.

—También impedir que desaparezca.

—No te estaba criticando.

—Empiezo a estar acostumbrado.

Trasladaron a Veyrac.

Cuando ambos cuerpos quedaron en la cámara, André cerró la puerta.

Entregó una llave a Delacroix.

Conservó la otra.

—Nadie entra solo —dijo Delacroix.

André asintió.

Miró la puerta.

—Nunca había muerto nadie en el hotel.

Delacroix se volvió.

El director parecía genuinamente sorprendido por su propia frase.

—En veintitrés años —continuó—. Algún huésped enfermo. Un empleado accidentado en la vía, pero murió abajo. Aquí dentro, nunca.

Rémi le puso una mano en el hombro.

André no reaccionó.

—Ahora hay dos.

Nadie tuvo respuesta.

Regresaron al salón.

Apenas habían pasado quince minutos cuando un ruido semejante a un disparo sacudió el edificio.

Mireille gritó.

Côme se agachó por reflejo.

Una corriente de aire atravesó el salón casi inmediatamente y varias llamas de las lámparas oscilaron.

Delacroix se volvió hacia los ventanales.

—¿Qué ha sido?

André ya estaba corriendo hacia el corredor del ala este.

—Cristal.

Rémi se levantó.

—No solo.

Otro ruido.

Un golpe largo de madera.

Después el viento entró en alguna parte del hotel con un rugido nuevo.

—Todos juntos —dijo Delacroix.

Amaury habría protestado por la repetición.

El pensamiento apareció otra vez.

Lo apartó.

Avanzaron.

El cambio de temperatura se sintió antes de llegar.

Una corriente helada descendía por el corredor del ala este. Las lámparas titilaron. Una puerta al fondo golpeaba repetidamente contra la pared.

¡Bang!

Pausa.

¡Bang!

André llegó primero.

—Habitación ciento treinta y dos.

Entraron.

La ventana exterior había reventado.

No una grieta.

El panel inferior estaba roto casi por completo y la tormenta empujaba nieve dentro de la habitación. La cama, la alfombra y parte de los muebles estaban cubiertos por una capa blanca irregular. Una cortina se agitaba violentamente.

Rémi y Géraud avanzaron.

—Atrás —gritó Rémi.

Entre ambos intentaron cerrar una contraventana interior. El viento se lo impidió durante varios segundos.

Finalmente consiguieron.

La habitación quedó en una penumbra extraña.

Mireille se abrazó.

—¿Qué pasó?

André miró el marco.

—Presión. O impacto de hielo.

Géraud examinó los restos.

—El cristal estaba bajo tensión.

—¿Sabotaje? —preguntó Côme.