Capítulo 10 — La escalera #4
Mireille cerró los ojos.
Côme apoyó la espalda contra la pared.
Thérèse soltó a Mireille y se llevó una mano a la boca.
Géraud miró hacia arriba.
Hélène permaneció inmóvil.
Amaury Delatour no había resbalado.
No había muerto intentando seguir una pista de Veyrac.
Alguien lo había golpeado.
Después había caído.
La semejanza con Ariane ya no era simplemente narrativa.
Era construcción.
—¿Había una página aquí cuando vinimos esta tarde? —preguntó Delacroix.
Mireille negó.
—No.
—¿Algún lugar donde pudiera esconderse otro documento?
—La caja ya no estaba.
—¿Otro hueco?
Mireille miró las paredes.
—No que yo sepa.
Delacroix se levantó.
Miró la escalera completa.
Si Amaury recibió la nota, vino solo porque la frase relacionada con 1919 pudo resultar suficientemente importante para hacerle romper la regla.
Quien lo esperaba sabía que había ocultado algo.
Sabía que Delacroix ya tenía los primeros documentos.
Y, por tanto, necesitaba recuperar o impedir una segunda revelación.
Delacroix sintió un peso frío en el estómago.
Había interrogado a Amaury delante de todos.
Había obligado a recordar la consulta jurídica.
Había permitido que quedara claro que Veyrac le había contado cosas días antes.
Había mostrado al asesino exactamente qué persona podía convertirse en problema.
Hélène bajó lentamente hasta quedar dos escalones por encima.
—Armand.
No la miró.
—Te lo dije.
La frase no fue acusación.
Eso la hizo peor.
—Sí.
—No sabíamos que...
—Sí.
Hélène guardó silencio.
Delacroix miró el cuerpo.
Algo había cambiado en la investigación.
No en el asesino.
En él.
Hasta ahora había preguntado en voz alta porque todos eran sospechosos y todos eran testigos. La transparencia parecía defensa: cada dato compartido reducía la capacidad de alguien para esconderlo.
Amaury acababa de demostrar lo contrario.
Cada dato compartido también informaba al asesino.
Quién recordaba.
Quién sabía.
Quién dudaba.
Quién estaba a punto de hablar.
Delacroix cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, observó los nueve rostros.
No.
Ocho.
Habían sido diez esa mañana.
Ahora eran nueve personas vivas contando a Delacroix.
La reducción fue brutal al hacerla mentalmente.
—A partir de ahora cambia una regla —dijo.
Amaury seguía tendido entre ellos.
Nadie preguntó cuál.
—No quiero que nadie diga delante del grupo completo qué ha descubierto hasta hablar conmigo primero.
Amaury habría protestado.
El pensamiento llegó solo.
Delacroix casi oyó la voz del abogado:
¿Y quién te ha dado autoridad para decidir eso?
Sintió algo en el pecho.
Rabia otra vez.
—¿Por qué? —preguntó Côme.
Delacroix lo miró.
—Porque hemos estado investigando como si compartir información nos protegiera.
Señaló a Amaury.
—No lo hace.
Hélène comprendió antes que los demás.
—El asesino escucha.
—Sí.
Mireille se abrazó.
—Lo dijiste esta mañana.
—No entendí lo suficiente lo que significaba.
Octave se puso lentamente de pie.
—¿Crees que Amaury murió por lo que dijo?
Delacroix miró el fragmento de papel.
La pregunta sobre quién llegó primero.
La segunda página desaparecida.
El conocimiento de la correspondencia de Ariane.
—Creo que murió por algo que sabía.
Thérèse cerró los ojos.
—Entonces cualquiera de nosotros...
—Sí.
Delacroix no suavizó.
—Cualquiera que recuerde algo importante puede convertirse en la siguiente persona que el asesino necesite callar.
Côme guardó la libreta.
Por primera vez sin que nadie se lo pidiera.
Delacroix miró hacia el pasillo superior.
La luz seguía encendida.
Alguien la había encendido para Amaury.
O para esperarlo.
—Quiero los movimientos de los últimos diez minutos.
Todos se tensaron.
—Ahora —dijo.
Géraud respondió primero.
—Desde que volví con Amaury estuve en el salón.
—Confirmado —dijo Rémi.
—Rémi.
—Salón.
—Octave.
—Salón.
—Mireille.
—Salón.
—Thérèse.
—Fui a la cocina con André dos minutos para buscar agua caliente.
André asintió.
—Sí.
—Côme.
—Salón. Todo el tiempo.
Delacroix miró a Hélène.
Ella sostuvo la mirada.
—Galería.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Tres minutos. Quizá cuatro.
—¿Para qué?
—Fumar.
Delacroix sintió cómo todos la miraban.
Hélène también.
No se defendió.
—¿Desde la galería se accede a este corredor?
—No directamente —dijo André.
Rémi intervino:
—Hay un corredor de servicio desde el extremo.
André frunció el ceño.
—Pero requiere pasar por la puerta lateral.
—¿Cerrada?
El director pensó.
—No sé.
Otra vez.
Hélène miró a Delacroix.
—¿Quieres registrarme?
—No todavía.
—Puedo haber llegado.
—Sí.
La sinceridad provocó un movimiento en Mireille.
Hélène no cambió.
—También Thérèse y André podían desde cocina.
André palideció.
—Madame...
—No estoy acusando. Estoy diciendo que la geografía no nos da todavía una coartada.
Géraud habló:
—Yo podría haber salido del salón por el corredor secundario antes de que Rémi se fijara.
Rémi lo miró.
—No.
—¿Seguro?
El técnico pensó.
—No.
Côme se pasó una mano por el rostro.
—Esto es imposible.
Delacroix lo miró.
—No.
Géraud bajó la vista hacia Amaury.
—Difícil de separar.
La misma frase que había utilizado frente al cadáver de Veyrac.
—No imposible.
Delacroix miró el cuerpo del abogado.
Después el pasamanos.
La herida.
Los papeles.
La escalera.
La imagen estaba demasiado bien construida.
Una caída.
Otra vez.
Un hombre que sabía algo.
Otra vez.
Una escena ficticia mezclada con una muerte real.
Otra vez.
Pero había una diferencia.
Veyrac había sido asesinado porque sabía demasiado antes de que la investigación comenzara.
Amaury había muerto después de que la investigación revelara que sabía demasiado.
Eso era nuevo.
Y aterrador.
El asesino no estaba ejecutando simplemente un plan.
Estaba respondiendo.
Aprendiendo.
Corrigiendo.
Delacroix sintió por primera vez que no perseguía únicamente una secuencia preparada.
Había alguien al otro lado pensando al mismo tiempo que él.
—Volvemos todos al salón —dijo.
Octave señaló el cuerpo.
—Amaury.
—Se queda.
Mireille lo miró.
—Aquí.
—Hasta que podamos trasladarlo en condiciones y después de documentar la escena. Nadie vuelve sin mí y Octave.
Thérèse miró al muerto.
—No podemos dejarlo solo.
La frase no tenía lógica.
Precisamente por eso Delacroix la entendió.
—No está solo —dijo Octave con suavidad.
Thérèse lo miró.
El médico negó apenas.
—Ya no.
Ella cerró los ojos.
Delacroix fue el último en subir.
Antes de abandonar la escalera miró hacia abajo.
Amaury Delatour había pasado once años ayudando a sostener la idea de que una mujer se había caído accidentalmente por unas escaleras.
Ahora yacía al pie de otra.
La simetría era tan perfecta que resultaba vulgar.
Eso molestó a Delacroix.
Un asesino inteligente podía utilizar símbolos.
Un asesino demasiado enamorado de ellos terminaba revelando algo sobre sí mismo.
Apagó la luz del corredor lateral.
Solo dejó encendida la del descansillo.
La puerta se cerró detrás.
En el salón nadie eligió asiento inmediatamente.
Las personas permanecieron de pie como si sentarse significara aceptar que aquello iba a durar.
Delacroix fue hasta la mesa.
Sacó del bolsillo los documentos que Amaury le había entregado.
Los puso delante.
No permitió que nadie se acercara.
Hélène permaneció junto a la chimenea.
—¿Vas a decirnos qué sabía?
Delacroix la miró.
Antes habría respondido.
Ahora no.
—No.
La palabra produjo un silencio nuevo.
Amaury habría aprobado la privacidad y odiado el motivo.
Hélène lo comprendió.
—Entonces el juego cambia.
Delacroix miró los papeles.
—Sí.
—¿Para todos?
—Para todos.
Côme habló:
—¿Incluso si encontramos algo?
—Me lo dices a mí o a una sola persona designada. No delante del grupo.
Mireille frunció el ceño.
—Pero tú también puedes ser el asesino.
Nadie respiró.
Era la primera vez que alguien lo decía.
Delacroix levantó la vista.
Mireille parecía horrorizada consigo misma, pero no retiró la frase.
—Sí —respondió.
La sorpresa fue general.
—¿Sí? —preguntó Côme.
—Desde vuestro punto de vista, sí.
Hélène lo observó.
—Entonces tu sistema depende de que confiemos en ti.
—No. Depende de que reduzcamos la cantidad de información que escucha todo el mundo al mismo tiempo.
—No es lo mismo.
—Exactamente.
Mireille se sentó.
—Odio esto.
—Yo también.
Delacroix guardó de nuevo las hojas.
Afuera, el viento aumentó.
Las ventanas vibraron.
Nadie miró.
El sonido ya se había convertido en parte del hotel.
Delacroix pensó en la nota encontrada junto a Amaury.
«Si recuerdas quién llegó primero.»
En 1919 cinco personas afirmaban recordar momentos distintos.
Thérèse creía que Hélène estaba ya junto al cuerpo.
Hélène decía haber llegado después de Octave.
Mireille no recordaba.
Amaury había evitado responder demasiado.
Édouard había buscado una última página.
Y ahora Amaury estaba muerto antes de poder completar otra frase.
La página.
Eso había dicho.
La página.
Delacroix apoyó los dedos sobre el bolsillo donde guardaba los documentos.
Algo faltaba.
No sabía qué.
Pero el asesino sí.
Y había matado por ello.
El pensamiento produjo una certeza mucho más incómoda que cualquiera de las anteriores.
El asesino no necesitaba saber todo lo que Delacroix sabía.
Solo necesitaba escuchar suficiente para descubrir quién podía ayudarlo.
Amaury había sido el primero.
Delacroix miró a los supervivientes.
Hélène.
Mireille.
Thérèse.
Octave.
Géraud.
Côme.
André.
Rémi.
Ocho rostros frente a él.
Uno menos que aquella mañana.
Uno de ellos estaba decidiendo ya qué información podía permitirse que Delacroix descubriera después.
Y por primera vez desde que subieron al Grand Hôtel des Cimes, Delacroix decidió que la mejor manera de investigar no sería hacer más preguntas.
Sería aprender a mentir.