Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 10 — La escalera #3
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Capítulo 10 — La escalera #3

El abogado tocó otra vez su bolsillo por costumbre.

Esta vez estaba vacío.

Recordó que los papeles estaban con Delacroix.

—Volvemos.

Amaury obedeció.

El grupo dio media vuelta.

A mitad del corredor, una ráfaga golpeó una ventana.

La madera vibró.

Côme dio un pequeño respingo.

Mireille lo vio.

No se burló.

El miedo estaba empezando a perder valor humorístico.

De regreso al salón, Delacroix decidió que los documentos de Amaury permanecerían consigo hasta la mañana. El abogado protestó por principio y cedió por cansancio.

A las diez menos cuarto André preparó coñac.

Nadie bebió de una copa que no hubiera visto servirse.

A las diez, Rémi hizo una última comprobación de la estación acompañado por Géraud.

A las diez y diez regresaron.

Nada.

A las diez y veinte, Octave anunció que se acostaría.

Mireille dijo que también.

La perspectiva de dispersarse produjo una resistencia silenciosa.

Nadie quería ser el primero.

Delacroix lo comprendió.

—Veinte minutos más.

Hélène estaba junto a la chimenea.

—¿Después?

—Dormimos.

—Qué palabra optimista.

Amaury se levantó.

—Antes necesito recuperar una cosa de mi habitación.

Delacroix lo miró.

—Mañana.

—Es un libro.

—Mañana.

—Lo necesito para dormir.

Mireille lo observó.

—No sabía que leías por placer.

—No lo hago. Precisamente por eso funciona.

Géraud se levantó.

—Voy contigo.

Amaury miró a Delacroix.

—¿Satisfecho?

—Moderadamente.

Salieron juntos.

Delacroix consultó su reloj.

Diez veintidós.

Hélène apagó el cigarrillo.

—¿Qué había en la hoja?

Él la miró.

—Sabías que preguntaría.

—Sí.

—Entonces también sabes que no voy a responder.

—No necesariamente.

—¿Qué quieres saber?

—Si me acusa.

Delacroix se quedó quieto.

La franqueza era peligrosa.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque Ariane me acusaba en 1919. Porque Veyrac encontró papeles. Porque Amaury sabía cosas que no contó. Porque cada conversación termina mirándome a mí.

—Eso no significa que la hoja te acuse de asesinato.

—No he dicho asesinato.

Delacroix la observó.

Hélène sonrió sin alegría.

—Ves. También yo puedo hacerlo.

—La hoja confirma que Ariane consideraba que habías utilizado material suyo.

Hélène no se movió.

—Eso ya lo sabemos.

—Con nombre y fecha.

La novelista inhaló lentamente.

—¿Veyrac la encontró?

—Sí.

—¿Original?

—Parece.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Amaury?

—Tampoco.

Hélène miró hacia el fuego.

—Entonces Édouard tenía pruebas.

—De una disputa literaria.

—No minimices.

—No lo hago.

—Una acusación de plagio puede destruir una carrera.

—También una muerte.

Hélène giró hacia él.

Delacroix sostuvo la mirada.

No había acusado nada.

Ambos lo sabían.

—Yo no maté a Ariane —dijo ella.

Fue la primera negación directa.

Delacroix no respondió enseguida.

—No te lo he preguntado.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando demasiadas cosas.

—Entonces añade esa respuesta a una.

—Bien.

Hélène se acercó un poco.

—Y tampoco maté a Édouard.

—Tampoco te lo he preguntado.

—No pienso esperar once años.

La frase fue buena.

Humana.

Delacroix casi le creyó por la forma en que la dijo.

Casi.

Pasos llegaron por el corredor.

Géraud entró solo.

Delacroix se puso de pie.

—¿Amaury?

El ingeniero señaló detrás.

—Fue al lavabo.

El salón quedó inmóvil.

—¿Solo? —preguntó Delacroix.

Géraud frunció el ceño.

—Está a diez metros.

Delacroix sintió una punzada de rabia.

—La regla.

—Lo acompañé hasta su habitación. Cogió el libro. Al volver dijo que iba al lavabo. Yo vine aquí.

—¿Cuánto hace?

Géraud miró el reloj.

—Dos minutos.

Delacroix ya iba hacia la puerta.

Hélène se levantó.

—Armand.

—Todos aquí.

—No.

Él se volvió.

—No vayas solo.

La frase lo detuvo.

Tenía razón.

Otra vez.

—Géraud conmigo. Rémi también.

Amaury llevaba quizá tres minutos fuera.

Nada.

Ridículo.

Delacroix sabía eso.

El cuerpo humano podía necesitar tres minutos para infinidad de cosas que no implicaban morir.

Aun así caminaron deprisa.

El lavabo del corredor estaba vacío.

—Amaury —llamó Géraud.

Nada.

Delacroix miró hacia la habitación 206.

Puerta abierta.

Entraron.

El libro estaba sobre la cama.

Amaury no.

—Mierda —dijo Géraud.

Delacroix salió.

—¿Qué llevaba?

—Chaqueta. Nada más.

—¿Viste que recibiera algo?

—No.

—¿Salió de la habitación antes que tú?

—Sí. Yo cerré la puerta porque él tenía las manos ocupadas con el libro.

—¿Hacia dónde fue?

—Derecha. Lavabo.

Derecha conducía también, después de una curva, hacia el acceso lateral del ala este.

Delacroix sintió cómo la posibilidad aparecía antes de quererla.

—Rémi.

El técnico entendió.

Caminaron más deprisa.

El hotel parecía mucho más silencioso que diez minutos atrás.

—Amaury —llamó Delacroix.

Nada.

Llegaron al corredor del ala este.

La luz estaba encendida.

Eso no debería haber ocurrido.

André la había apagado al salir.

Delacroix lo recordó perfectamente.

—¿Quién encendió? —preguntó Géraud.

Nadie respondió.

Avanzaron.

La puerta hacia la escalera de servicio estaba abierta.

Delacroix sintió que algo dentro de él se cerraba.

No corrió.

Correr hacia un cadáver nunca había servido de nada.

Pero bajó los primeros metros deprisa.

—Amaury.

Silencio.

Llegó al descanso superior.

Miró hacia abajo.

Algo oscuro yacía al pie del siguiente tramo.

Géraud dejó escapar una maldición.

Rémi se quedó inmóvil.

Delacroix descendió.

Amaury Delatour estaba boca abajo sobre el descansillo inferior, con una pierna doblada bajo el cuerpo y el brazo derecho extendido hacia la pared.

Un libro había caído varios escalones más arriba.

Delacroix se agachó.

—Amaury.

Nada.

Puso dos dedos en el cuello.

Encontró algo.

Muy débil.

—Está vivo.

Géraud reaccionó.

—Octave.

—Corre.

El ingeniero subió.

Delacroix no movió el cuerpo.

Amaury respiraba con dificultad.

Había sangre en el cabello, cerca de la sien.

—Amaury.

Los párpados se movieron.

No abrió los ojos.

—No te muevas.

La respiración produjo un sonido húmedo.

Delacroix acercó el rostro.

—¿Quién?

No esperaba respuesta.

Amaury abrió los ojos apenas.

No parecía verlo.

La boca se movió.

—La...

—¿Qué?

Amaury tragó.

—Página...

Delacroix se inclinó más.

—¿Qué página?

Los ojos del abogado encontraron los suyos durante un segundo.

—No...

La palabra murió con el aire.

Delacroix sintió cómo el pulso se debilitaba bajo sus dedos.

—Amaury.

Pasos.

Octave apareció casi corriendo, seguido por Hélène, Mireille y los demás pese a la orden de quedarse.

—Atrás —gritó Delacroix.

Octave bajó.

Se arrodilló.

—No lo muevas.

—No lo he hecho.

El médico comprobó cuello, respiración, pupilas.

Amaury emitió un pequeño sonido.

Octave se volvió.

—Necesito girarlo.

Entre ambos lo hicieron con cuidado.

La lesión quedó visible.

Había una herida en la región temporal izquierda.

Pero al quedar el rostro hacia arriba, Delacroix vio otra cosa.

Una contusión detrás de la oreja.

Redondeada.

Oscura.

Octave también.

Sus ojos cambiaron.

—¿Caída? —preguntó Delacroix.

El médico no respondió.

Amaury dejó de respirar.

Octave buscó pulso.

Nada.

Empezó maniobras.

Uno.

Dos.

Tres intentos.

Silencio.

La escalera parecía esperar.

Finalmente Octave se detuvo.

No dijo está muerto.

No hacía falta.

Cerró los ojos de Amaury con una mano.

Mireille empezó a llorar en el descanso superior.

Sin ruido.

Thérèse la sostuvo.

Côme estaba blanco.

Hélène tenía una mano sobre el pasamanos.

Delacroix miró al hombre muerto.

Horas antes lo había acusado de cobardía.

Ahora ya no podría preguntarle nada más.

La rabia fue inmediata.

Y esta vez también estaba dirigida hacia sí mismo.

Hélène había dicho:

Podrían matarlo.

Él había respondido que no estaría solo.

Amaury había estado solo durante tres minutos.

Tres.

—Nadie se mueve —dijo.

La voz le salió baja.

Todo el mundo la obedeció.

Delacroix miró alrededor.

Escalones.

Pasamanos.

Pared.

Libro.

No había ninguna caja.

Ninguna página visible.

—Géraud.

El ingeniero bajó dos escalones.

—¿Sí?

—¿Viste algo en sus manos cuando salió de la habitación?

—El libro.

—¿Papel?

—No.

Delacroix metió cuidadosamente una mano en el bolsillo interior de la chaqueta de Amaury.

Vacío.

Naturalmente.

Los documentos estaban con él.

Revisó el otro.

Pañuelo.

Cartera.

Una llave.

Después encontró algo en el bolsillo lateral.

Un pequeño trozo de papel crema.

Lo extrajo por una esquina.

No era una hoja completa.

Era media hoja rasgada.

Hélène bajó la mirada.

—¿Qué es?

Delacroix no respondió.

Sobre el fragmento se leían tres líneas:

«...no estaba donde Édouard dijo.

...si recuerdas quién llegó primero...

...la segunda página.»

El resto había sido arrancado.

Mireille dejó de llorar.

—Eso no estaba antes.

Delacroix miró hacia ella.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque vimos la nota de su habitación.

—Esta es otra.

Côme habló desde arriba:

—Entonces alguien lo llamó aquí.

Amaury había salido con un libro.

Había dicho que iba al lavabo.

En algún momento entre su habitación y el corredor había recibido o encontrado un mensaje.

O ya lo tenía escondido.

Delacroix miró el fragmento.

«Si recuerdas quién llegó primero.»

La escalera.

Las versiones contradictorias sobre quién había encontrado a Ariane.

—¿Dónde está la otra mitad? —preguntó Hélène.

Delacroix no respondió.

La pregunta era demasiado buena.

Miró el cuerpo.

La mano izquierda de Amaury estaba cerrada.

—Octave.

El médico entendió.

Abrió los dedos con cuidado.

Dentro había un pequeño trozo de papel negro arrugado.

No crema.

Negro.

Del mismo material del Cercle de Minuit.

Mireille lo vio.

—No.

Delacroix desplegó con la punta de un lápiz.

Una sola frase:

«El abogado debe volver al lugar de la caída.»

Côme respiró.

—Veyrac.

—Quizá —dijo Delacroix.

Mireille negó.

—No recuerdo esa instrucción.

—Eso ya no basta.

Ella bajó la cabeza.

Octave volvió a examinar la lesión detrás de la oreja.

Delacroix lo miró.

—Dilo.

El médico tocó alrededor sin presionar.

—Esto no me gusta.

—¿Puede producirlo la escalera?

Octave miró los escalones.

—Podría golpearse ahí.

Señaló un borde.

Después negó.

—Pero no con esta forma.

—¿Qué forma?

—Demasiado localizada. El impacto principal de la caída está en la sien y hombro. Esto parece anterior.

Delacroix sintió cómo se endurecía la conclusión.

—¿Golpe?

—Probablemente.

—¿Con objeto?

—Sí.

—¿Antes de caer?

—Eso creo.

Silencio.