Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 10 — La escalera #2
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Capítulo 10 — La escalera #2

—Ariane me escribió esa tarde. Quería que conservara una copia de ciertas páginas y de su correspondencia si ocurría algo.

Delacroix no apartó la mirada.

—¿Si ocurría algo?

—Eso escribió.

—¿Por qué?

—Porque estaba asustada.

—Y en 1919 no dijiste nada.

Amaury sostuvo la mirada.

—No.

—¿A la policía?

—No.

—¿A Édouard?

—No todo.

—¿Por qué?

El abogado apretó la hoja con fuerza.

—Porque cuando Ariane murió yo tenía una carta en la que prácticamente anticipaba que podía ocurrirle algo. Si la entregaba, convertía aquello inmediatamente en una investigación de homicidio.

Delacroix sintió rabia.

—Era precisamente lo que debía ocurrir.

—Ahora lo sé.

—También lo sabías entonces.

Amaury lo miró.

—Tenía treinta y un años. Un despacho que apenas empezaba.

El Círculo era un grupo de amigos. Hélène era una escritora joven.

Ariane había discutido con media sala. No sabía si su miedo era real o dramatización.

Habíamos pasado toda la noche jugando a amenazas falsas.

Había una nota ficticia que decía que pagaría por lo que había robado.

Una cuerda ficticia. Sangre falsa. Una escena falsa.

Todo parecía diseñado para que cualquier dato verdadero sonara parte del juego.

—Y elegiste la explicación que menos molestaba.

Amaury cerró los ojos.

—Sí.

La sinceridad frenó a Delacroix.

No lo absolvió.

Pero cambió el tono.

—¿Qué hiciste con la carta?

—La destruí.

Delacroix tardó varios segundos en responder.

—¿Cuándo?

—Dos días después.

—¿Por qué?

—Porque la investigación ya hablaba de accidente. Porque Hélène estaba destrozada. Porque Thérèse estaba destrozada. Mireille se culpaba. Octave repetía que la lesión era compatible con caída. Édouard dudaba de todo. Yo... —Se detuvo—. Yo quise que terminara.

Delacroix miró al hombre frente a él.

Amaury Delatour llevaba once años defendiendo una versión legalmente prudente de aquella muerte.

No porque desconociera las grietas.

Porque él mismo había ayudado a taparlas.

—¿Veyrac sabía que destruiste la carta?

—Ahora sí.

—¿Se lo confesaste la semana pasada?

—Sí.

—¿Cómo reaccionó?

Amaury soltó una risa sin humor.

—Me llamó cobarde.

—¿Tenía razón?

—Sí.

No hubo nada que añadir.

Delacroix volvió a extender la mano.

—La hoja.

Amaury la entregó.

No era la carta original.

Era una reproducción mecanografiada de parte de la correspondencia encontrada por Veyrac.

Arriba aparecía una anotación:

Archivo Valbert. Copia 3.

Debajo, un fragmento de Ariane:

«No se trata ya de una semejanza. H.D. conoce el origen de esas páginas y sabe que puedo demostrarlo. He cometido el error de creer que una amistad podía sobrevivir a una ambición. Si antes del final de esta semana no existe rectificación, enviaré las versiones fechadas.»

El texto terminaba abruptamente.

Delacroix giró la hoja.

Nada.

—¿Esto estaba en el sobre de tu habitación?

—Sí.

—¿Solo esto?

Amaury tardó.

—No.

Delacroix levantó la mirada.

—¿Qué más?

—Una segunda hoja.

—¿Dónde está?

Amaury volvió a tocar el bolsillo.

Sacó otro papel.

Esta vez sí se lo entregó sin discutir.

No era una copia de la carta.

Era una instrucción mecanografiada en papel crema.

«El abogado ha sobrevivido once años a una omisión.

La víctima no.

Antes de que termine la partida deberá decidir si todavía considera prudente el silencio.

Busque la página que faltaba donde empezó la caída.»

Debajo:

E.C.

Delacroix leyó dos veces.

—¿E.C.?

—No sé.

—¿Iniciales?

—Puede.

—¿Formaban parte del juego?

—No recuerdo ningún personaje con esas iniciales.

Delacroix pensó.

Édouard Veyrac habría podido utilizar códigos internos.

También podía ser algo añadido por el asesino.

—«Donde empezó la caída.» —levantó la vista—. La escalera de 1919.

Amaury asintió.

—O la escalera de servicio de aquí.

—¿Por qué?

—Porque Veyrac reprodujo la escena.

Delacroix dobló cuidadosamente los papeles.

—No vas.

Amaury lo miró.

—No pensaba.

—Bien.

—Pero si hay algo allí...

—Lo comprobaremos todos.

—Eso puede destruir el propósito.

—Édouard está muerto. Su propósito está bajando rápidamente en mi lista de prioridades.

Amaury respiró.

—Hay otra cosa.

Delacroix cerró los ojos un segundo.

—Empiezo a odiar esa frase.

Amaury casi sonrió.

—La copia que Veyrac me mostró la semana pasada era más larga.

—¿Qué faltaba?

—Una línea final.

—¿Cuál?

El abogado miró la hoja que Delacroix sostenía.

—No la recuerdo palabra por palabra. Decía algo sobre que Ariane tenía «la página que demostraba de quién era la historia».

—¿La última página?

—Supongo.

Delacroix sintió cómo el juego de Veyrac volvía a encajar alrededor de ellos.

La última página no era solo un recurso literario.

Podía ser prueba.

Una versión fechada.

Un fragmento que vinculaba la obra de Ariane con una publicación posterior.

—¿Y Hélène sabía que Veyrac había encontrado esto?

Amaury negó.

—No se lo dije.

—¿Édouard?

—No sé.

Delacroix pensó en la visita preparatoria al hotel.

En el sobre blanco recibido por Hélène.

En la capacidad de Veyrac para convertir cada revelación en espectáculo.

—Volvemos al salón.

Amaury extendió la mano.

—La hoja.

Delacroix no se la devolvió.

—No.

El abogado frunció el ceño.

—Está dirigida a mí.

—Y acabas de demostrar que once años no mejoran tus decisiones cuando tienes documentos comprometidos.

Amaury lo miró.

Después soltó aire.

—Eso ha sido bajo.

—Sí.

—Bien.

Delacroix guardó ambas hojas dentro de su chaqueta.

Abrió la puerta.

Octave estaba apoyado contra la pared del corredor.

—No escuché.

Amaury lo miró.

—No te pregunté.

—Lo ibas a hacer.

Regresaron al salón.

Hélène levantó la mirada cuando entraron.

Lo primero que observó fue el bolsillo de Amaury.

Después el de Delacroix.

Fue muy rápido.

Delacroix lo vio.

—¿Y? —preguntó Côme.

Amaury se sentó.

—Y nada.

El periodista abrió la boca.

Amaury levantó una mano.

—No.

Côme volvió a cerrarla.

Hélène observó a Delacroix.

—¿Importante?

—Sí.

—¿Relacionado con Ariane?

—Sí.

—¿Vas a contarlo?

Delacroix se sentó.

—No todavía.

Hélène sonrió apenas.

—Empiezas a parecerte a Amaury.

—Lo superaré.

—Eso espero.

Durante los siguientes veinte minutos discutieron qué hacer con la instrucción sin revelar su contenido completo. Delacroix contó únicamente que la nota dirigía a Amaury hacia una zona relacionada con una caída y que podía referirse a la escalera de servicio del ala este.

Mireille reaccionó inmediatamente.

—La escena.

—Sí.

—Édouard preparó algo allí.

Todos la miraron.

—¿Qué?

—No sé exactamente. Me pidió que dejara una pequeña caja detrás de un panel decorativo del primer descansillo.

Delacroix sintió irritación.

—¿Cuándo pensabas contar eso?

—Cuando apareciera una pista que condujera allí.

—Ha aparecido.

—Precisamente por eso lo estoy diciendo.

Amaury miró a Delacroix.

—Entonces la nota es de Édouard.

—No necesariamente.

—Sabía que había algo en la escalera.

—También podía saberlo alguien que conociera el juego.

Mireille se abrazó.

—Yo.

—Veyrac.

—Hélène estuvo cuando preparé algunas zonas —añadió Mireille.

La novelista levantó la mirada.

—No esa.

—No he dicho esa.

—Sonó bastante parecido.

Delacroix intervino.

—¿Quién más sabía de la caja?

—Nadie.

—¿Dónde está exactamente?

—Detrás de un panel de madera, ala este, primera planta, escalera de servicio.

André negó.

—Esa zona está fría.

—¿Por la calefacción?

—La hemos reducido desde esta tarde. La ventana del corredor pierde aislamiento y no tiene sentido mantener toda el ala caliente sin huéspedes.

—Vamos ahora —dijo Amaury.

Delacroix lo miró.

—Todos.

Mireille negó.

—No hace falta que vayamos diez.

—Precisamente por eso vamos diez.

Amaury soltó una risa.

—Dentro de dos días avanzaremos por el hotel unidos por una cuerda.

Rémi respondió:

—Con este grupo sería más seguro.

Se levantaron.

La marcha hacia el ala este tuvo algo distinto a las anteriores.

No había ruido misterioso.

No había una puerta abierta.

Sabían lo que buscaban.

Eso debería haber reducido el miedo.

En cambio, el hecho de dirigirse conscientemente hacia una escalera asociada a una muerte antigua produjo una incomodidad que nadie quiso reconocer.

El ala este estaba más fría.

No helada, pero el contraste con el salón resultaba inmediato. Varias lámparas habían sido apagadas para ahorrar energía y André tuvo que encender dos interruptores al entrar. La luz apareció por tramos, dejando zonas más alejadas todavía oscuras.

—Muy acogedor —dijo Mireille.

Amaury la miró.

—No empieces.

—No era humor.

La escalera de servicio era estrecha.

Madera oscura.

Pasamanos sencillo.

Descansillos cuadrados.

Nada espectacular.

Precisamente por eso Delacroix comprendió el efecto de Veyrac.

No había reconstruido una gran escena teatral.

Había elegido algo banal.

Una escalera de servicio.

Un lugar donde una persona podía caer sin que el edificio pareciera culpable.

Mireille señaló el primer descansillo.

—Ahí.

Todos permanecieron varios escalones más arriba.

Delacroix y Mireille bajaron.

El panel decorativo era una tabla estrecha fijada junto al zócalo. Mireille introdujo los dedos en una ranura y tiró.

Nada.

—Debería salir.

Volvió a intentarlo.

Delacroix observó.

—¿Seguro que es ese?

—Sí.

Géraud bajó.

—Déjame.

Utilizó una herramienta pequeña.

El panel cedió.

Detrás había un hueco.

Vacío.

Mireille se quedó quieta.

—No.

Delacroix se agachó.

—¿Qué debía haber?

—Una caja.

—¿Contenido?

—Un fragmento del manuscrito ficticio. Y una llave.

—¿Cuándo la pusiste?

—Ayer antes de la cena.

—¿Veyrac la vio?

—Sí.

—¿Después?

—No revisé.

Amaury miró el hueco.

—Entonces alguien la sacó.

Côme, desde arriba, preguntó:

—¿El asesino?

Amaury se volvió.

—No sabemos.

Mireille tocó el borde interior.

—Hay polvo movido.

Géraud asintió.

—La caja estuvo aquí.

Delacroix se incorporó.

La instrucción recibida por Amaury decía que buscara una página allí.

Y la caja había desaparecido.

Si Veyrac había escrito la instrucción, esperaba que todavía estuviera.

Si el asesino la había escrito, sabía que no.

Dos posibilidades.

Ambas malas.

—Volvemos —dijo.

Amaury seguía mirando el hueco.

—Armand.

—No hay nada.

—La página pudo estar en la caja.

—Sí.

—Y ahora alguien la tiene.

—Sí.